domingo, 9 de diciembre de 2012

Promesa - Capitulo 33.

Vercega, 6 de junio

 Todo había pasado demasiado rápido. En eso estaba pensando mientras un punzante dolor de cabeza parecía querer partirla en dos.
No había logrado dejar de llorar. El nudo en su garganta era tal que apenas podía hablar. Ni siquiera podía pensar con claridad desde que había recibido la carta de Dante. Luego de ese momento todo se había vuelto extraño y borroso. Solo sabía que había enloquecido y buscó de todas las maneras posibles averiguar dónde se encontraba Dante, hasta que al fin dio con su paradero, casi milagrosamente.
 Leanne se enderezó en su sitio y con un sollozo ahogado se retiró las manos del rostro. Observó a Samantha, que se encontraba a su lado posando una mano sobre su espalda y observándola con una mezcla de compasión y ternura.
—Deberías descansar un poco…—murmuró su amiga, intentando sonar agradable.
Leah negó con la cabeza.
—Entonces un café te vendría bien. ¿Está bien si te dejo sola un momento?
—Claro —se forzó a asentir, con un hilo de voz. En realidad no quería que Sam se alejara, la necesitaba.
Trató centrar su atención en la figura de Samantha al alejarse por el pasillo, en un inútil intento de ahuyentar todo lo demás de su mente, pero no tuvo éxito. Los recuerdos y pensamientos dolorosos volvían a ella como puñales en el pecho. No podía dejar de memorar una y otra vez todo lo que había vivido con Dante, todo lo que él había hecho por ella.
Jamás se perdonaría el haber sido tan ciega como para no notar lo que le estaba sucediendo.
No, «ciega» no era la palabra. La palabra era «egoísta». Había sido demasiado egoísta con Dante, tanto que, por pensar solo en ella y en sus problemas, nunca reparó en los problemas de él.
No merecía todo lo que Dante le había dado. Ya no merecía nada. Nunca se perdonaría por esto.
«Si tan solo lo hubiera imaginado…», pensó en su fuero interno, pero se detuvo allí. Ahora no servía de nada pensar en lo que hubiera sucedido. Lo único que importaba era que Dante estaba muriendo en ese preciso instante, y ella no podía hacer nada por evitarlo.
Pensar aquello fue como un baldazo de agua fría.
Volvió a dejar caer el rostro entre sus manos y comenzó a llorar fuertemente. Deseaba que todo aquello fuera un sueño. Deseó estar en el lugar de Dante, darle su propia vida si fuera necesario.
No merecía morir así. Dante, tan honesto y leal. Tan buena persona, tan fuerte. No, no podía morir de aquella forma. No aún. Era muy joven. No podían quitarle la vida después de todo lo que había soportado para lograr mantenerse a flote. No era justo. No quería creerlo.
 Y de pronto alguien rozó su espalda, y fue como un cable a tierra. Por un segundo creyó que cuando abriera los ojos todo estaría bien.
Se incorporó repentinamente, desorientada, y lo que sintió le quitó el aire.
Era Dante. Tuvo la certeza de que él se encontraba ahí junto a ella, aunque no pudiera verlo. Su presencia era tal que la dejó sin palabras, atónita.
Trató de aferrarse a aquella sensación que le trasmitía una paz inconmensurable, pero tras unos segundos se empezó a desvanecer.
Ahora lo entendía; él se estaba despidiendo. Entender eso le produjo un espasmo de dolor.
No todavía. No estaba preparada para decirle adiós.
«Por favor…», rogó en su interior a Dante para que permanecería a su lado, pero de nuevo las lágrimas comenzaron a manar de sus ojos sin darle tregua, nublando su mente por completo.
El solo imaginar que en cualquier momento podía salir de la sala un médico para anunciarle la muerte de Dante la sobrecogía. No podría soportarlo. Necesitaba que Samantha estuviera a su lado, y dirigió los ojos con desespero hacia el extremo del pasillo, como si pudiera llamarla con la mirada. Pero lejos de encontrarse con los ojos de su amiga, se cruzó con la mirada de un joven con rostro desencajado y aspecto desaliñado que se dirigía vacilante hacia ella.
Leah, consumida por la congoja, volvió la vista al suelo, pero un impulso inconsciente la hizo volver una vez más el rostro hacia el muchacho.
Y de pronto, el alma se le fue a los pies. Perdió consciencia de todo lo que la rodeaba y por un momento pensó que iba a desmayarse. Le era prácticamente imposible creer a quien tenía enfrente.
—Ian —murmuró para sí misma, sin voz, al tiempo que salía corriendo indeliberadamente a su encuentro.
Si Leanne había creído en algún momento que todo aquello era un sueño, esa repentina aparición casi se lo había confirmado. Pero no importaba, nada importaba ya. Si seguía intentando comprenderlo se volvería loca, estaba segura.
Ian la rodeó con sus brazos fornidos y la levantó en el aire, en un fuerte abrazo.
Leah no paraba de llorar y de murmurar incongruencias, el corazón estaba a punto de estallarle.
Por un segundo se preguntó cuánto tiempo había esperado por aquel momento. Cuántas noches había llorado apretando los dientes, deseando estar en los brazos de Ian. Era increíble, simplemente no tenía palabras.
 Al cabo de varios minutos, él la apartó con delicadeza y tomó su rostro entre las manos. En sus ojos claros asomaban lágrimas que no dejaba salir.
Lentamente, Ian acercó sus labios a los de ella, pero Leah a regañadientes se separó de él bruscamente.
De un momento a otro la realidad la había abofeteado, haciéndola volver a poner los pies en la tierra.
Aquello no era un sueño, y aunque no comprendiera realmente que estaba sucediendo no podía dejarse llevar por las emociones.
—Ian…—gimoteó, intentando que su voz sonara firme, sin conseguirlo.
— ¿Qué sucede? —preguntó él, sin disimular su sorpresa ante tal rechazo.
— ¿Qué sucede? —repitió, incrédula —. ¿Apareces de la nada y me preguntas qué sucede? ¿Estás intentando matarme o qué?
—Leah, lo sé, lo siento… Yo…
Unos pasos provenientes del pasillo lo obligaron a interrumpirse, y ambos voltearon a ver.
Las piernas de Leah comenzaron a temblar cuando identificó al médico de Dante, que se dirigía hacia ellos con rostro sombrío. Ella sabía lo que estaba a punto de suceder, y las palabras que vinieron después cayeron como una cascada sobre sus hombros.
—Lo siento muchísimo señorita Winick…—comenzó el hombre, pero Leah dejó de escucharlo.
Sintió la presión de la mano de Ian en su codo, intentando sostenerla al ver que se desvanecía, y eso fue lo último que identificó. Entre sonidos dispares y formas borrosas que se movían en su entorno su vista se fue apagando hasta abandonarla en la más terrible oscuridad.
Dante había muerto, y una parte de ella se había ido con él.


*       *       *

 Después de que el doctor les anunciara la terrible noticia del fallecimiento de Dante, Leanne había sufrido una fuerte crisis nerviosa, desplomándose en medio del pasillo. Había sido trasladada de inmediato a la sala de enfermería del hospital y, tras suministrarle algunos tranquilizantes, había caído en un profundo sueño.
Ian se encontraba a un lado de la camilla, aguardando a que ella despertara, bajo la mirada escrutadora de Sam, que lo observaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho, desde la pared donde estaba recostada, al otro lado de la habitación.
—Ya deja de mirarme como si tuviera la culpa —masculló Ian, irritado.
—No sé cómo has tenido el descaro de venir hasta aquí en una situación como esta.
—Eso no te lo explicaré a ti. ¡Deja de meterte en todo! —exclamó, lleno de cólera.
—Calla, imbécil, que estás en un hospital. Y no hables como si tu vida me interesara en lo más mínimo, cariño, que por mí te tiras de un puente y me da igual. Lo que haces me afecta sólo cuando le afecta a Leanne, como ahora.
—Bah, cierra la boca de una vez —resopló, poniendo los ojos en blanco.
Leanne comenzó a removerse en la cama y ambos se reclinaron cerca de ella.
—Ian…—susurró, al tiempo que abría los ojos lentamente.
—Aquí estoy, calma —repuso él enseguida, tomándole una mano entre las suyas.
Leanne cerró los ojos con fuerza y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas.
Samantha carraspeó y arrastrando los pies se dirigió hasta la puerta.
—Yo… les daré un momento. Estaré fuera —anunció sin esperar respuesta, al tiempo que abandonaba la sala.
—Leah, cariño, lo siento tanto…
Ella abrió los ojos de repente y con un movimiento brusco apartó su mano de las de Ian.
—No entiendo, Ian, no lo entiendo. Lo estás arruinando todo —dijo con voz débil pero llena de rabia.
— ¿De qué hablas?
— ¡Hablo de que eres un imbécil! —gritó, con la voz rasgada.
— Leah, por Dios, ya basta. Basta de esto. Tranquilízate. Sé que hay muchas cosas de las que hablar, pero con estas rabietas tuyas no me es fácil comprenderte.
Leanne se sentó en la cama y dejó caer su rostro entre las manos. Al cabo de unos segundos comenzó a llorar desconsoladamente, frente a la mirada impotente de Ian, que moría por abrazarla pero sabía que si lo hacía solo empeoraría la situación.
— ¿Qué te crees? —comenzó por lo bajo entre sollozos ahogados— ¿Qué puedes aparecerte un día y hacer de cuenta que nada sucedió? ¿Qué puedes venir en plan de ‘’Hola, estoy aquí’’, y pretender que caiga a tus brazos olvidándolo todo?
—Oh, Leah…
Ella levantó la vista y clavó sus ojos cristalizados en los de él.
—Maldita sea, Ian. Esto no se supone que ocurriría así. No ahora, no en estas circunstancias. Demonios…He estado los últimos malditos cinco meses de mi vida imaginando cómo sería el día en el que volvería a verte, y te juro por Dios que esto jamás cruzó mi mente.
—No era mi intención que…
—Cuando Sam me dijo que llamaste y que me esperarías en Remembranzas casi me dio un vuelco el corazón —le interrumpió—. Me volví completamente loca y comencé a imaginar de diez mil formas diferentes como sería ese reencuentro. Pero aunque verte era lo que más deseaba, no estaba segura de que fuera lo correcto.
»Decidí contárselo a Dante y preguntarle su opinión al respecto, así que me dirigí a su casa y…—Leah tragó saliva, le costaba reprimir sus ganas de llorar—. Cuando llegué a su casa recibí una carta que él me había dejado, en la que me hablaba de su enfermedad y de lo…cobarde que se sentía al decírmelo de aquella forma —las lágrimas rodaron sin control por sus mejillas y el nudo en su garganta comenzaba a ahogarla—. Pero no fue cobarde —se forzó a agregar, con un hilo de voz.
—Leah, puedes dejarlo. Podemos hablar de esto cuando te sientas mejor si te hace daño.
—No fue cobarde en absoluto —continuó, haciéndole caso omiso—. Fue una de las personas más fuertes y maravillosas que conocí jamás, y siempre estará en mi corazón —enjugó sus lágrimas con el dorso de la mano y dejó escapar un suspiro—. Y no es así como esta maldita historia debería continuar, Ian. Yo solo tendría que haber llegado allí, encontrar a Dante, escuchar sus palabras de ánimo y salir a buscarte. Y luego te encontraría a tiempo, justo en la puesta de sol. Te besaría, te abrazaría, te contaría cuanta falta me has hecho. Nos perdonaríamos por todo el daño y todo estaría bien. Volveríamos a Triland, te presentaría a Dante formalmente y te contaría con detalles todo lo que ese hombre hizo por mí. Tú y Dante podrían ser buenos amigos, porque él es muy importante para mí, y sé que te llevarías bien con él por verme feliz ¿no es así?
—Claro que sí, cariño…
—Él es una persona increíble. Estoy segura de que te agradaría, era muy amable, y bueno, y…—nuevamente las lágrimas acudieron a sus ojos—. No puedo soportar que se haya ido. No puedo, no puedo creerlo, maldita sea. Él no puede estar muerto.
—Ven aquí, Leah —repuso Ian, profundamente conmovido, sentándose al lado de ella y rodeándola con sus brazos—. Estoy aquí ahora. Superaremos esto juntos, ¿está bien? No volveré a alejarme de ti, ni dejaré que tú te vayas de nuevo.
Leanne relajó su cuerpo y se abandonó al llanto, dejando que Ian la abrazara y la protegiera, como lo había hecho durante tantos años.
—Esto es tan difícil…—murmuró, con tono ausente—. No puedo simplemente cerrar los ojos y aceptar que Dante se ha ido. Él merecía vivir. Merecía vivir y ser feliz, porque eso es lo que las buenas personas merecen.
—Dante fue muy feliz, Leah. Tú lo hiciste feliz.
— ¿Cómo puedes saberlo?
—Tuve la suerte de conocer a Dante…Y le debo muchísimo.
Leanne se apartó un poco de él y lo miró a la cara seriamente.
— ¿Cómo rayos…
—Leah, hay muchas cosas que he de contarte. Dante hizo más cosas de las que imaginas, por ti y también por mí. Pero no te contaré nada de eso ahora; este no es el momento ni el lugar apropiado para hacerlo, solo te diré que fue Dante el que me pidió que viniera aquí.
Los ojos de Leanne se abrieron como platos, y antes de que estallara en preguntas Ian continuó:
—Luego de que te esperara varias horas junto al lago, volví a casa, descorazonado por tu ausencia, pero al llegar me encontré con una pequeña nota metida debajo de la puerta. No tenía remitente, ni siquiera destinatario. Era solo un trozo de papel con un número de teléfono y cinco palabras escritas «Es importante que me llames». Al principio dudé, pensé que no era algo confiable. De hecho había decidido no hacerlo, pero a la tarde siguiente tenía un presentimiento tan fuerte de que era algo importante, que no pude postergarlo más, así que lo hice.
»Me atendieron al primer tono. «Sabía que llamarías, Ian. Soy Dante», me dijo, y sin dejarme responder ni darme alguna clase de explicación continuó hablando. Fue breve con sus palabras, pero supo qué decir exactamente para movilizarme por completo. «Creo que Leah te necesita, y es urgente». Luego de eso me pasó una dirección, la de este hospital, diciendo que te encontraría aquí. Y antes de colgar la llamada, me dijo que probablemente no lo volvería a ver, pero que sabía que yo era un buen muchacho y confiaba en que te amaría como mereces. Que no quería que en nuestros corazones quedara algún sentimiento de culpa o deuda para consigo, porque cualquier deuda había sido saldada por la felicidad que tú le habías regalado. Me pidió específicamente que te dijera eso, que le hiciste inmensamente feliz y que ése era el único propósito de su vida. Que te cuide, y que me cuide, y que siempre estaría contigo, aunque no pudieras verle.
Leanne se apegó a Ian y él la abrazó con más fuerza. Le era imposible responder. Quería desaparecer, que toda aquella tortura acabara de una vez por todas. Las palabras que Dante le había comunicado por medio de Ian le habían calado hasta lo más profundo de su alma, pero aunque todo aquello le dolía, la reconfortaba de cierta forma el saber que él había sido feliz.
— ¿Porqué no me lo dijo? —susurró con una voz apenas audible—. Él no permitió que yo entrara a verle cuando llegué aquí.
—No lo culpes por eso. Quizá solo quería que guardaras un lindo recuerdo de él, y de la última vez que lo has visto.
—No es que lo culpe. Es solo que…me hubiese gustado poder despedirme de él.
—Creo que siempre fue consciente de su estado, y de cómo acabarían las cosas, Leah. Puedo intentar ponerme en su lugar y creo entender su manera de actuar.
—Él no me dio una opción, Ian. No pensó en cómo me sentiría yo al saber de su enfermedad y al tener que asumir que no podría hacer nada para evitarlo. Debió habérmelo contado y dejar que yo decidiera verle o no. Debió permitir que yo le ayudara en lo que pudiera, que lo acompañara en su enfermedad así como él estuvo conmigo en los momentos duros. Pero él se ha ido para siempre, y ya no lo veré de nuevo.
—A él tampoco le dieron una opción, cariño. Él no eligió esto, pero así es la vida. Y claro que pensó en ti, Leah, pensó demasiado en ti. Sabía que no tenía cura y no podía evitar hacerte daño, pero trató de lastimarte lo menos posible. Apuesto a que él también hubiera deseado despedirse personalmente de ti, pero tal vez no lo hubiera soportado. Estoy seguro de que Dante desde que te conoció ha estado preparando todo para cuando este día llegara. Por algo hizo todo lo que hizo por ti, y me trajo contigo justo en el momento en el que él ya no podía permanecer a tu lado. Sé que duele muchísimo, Leanne. El único motivo por el cual no estoy llorando como un niño es porque tú me necesitas fuerte ahora, pero no creas que la muerte de Dante me ha sido indiferente.
Ella se apartó un poco de él y secó sus lágrimas, procurando no derramar las que se juntaban en sus ojos nuevamente.
—Es tan injusto…—suspiró, apagada—. Todo es horrible, Ian. Se supone que esto acabaría bien. En el fondo de mi corazón siempre tuve la esperanza de que algún día tendríamos nuestro final feliz…pero no es de esta forma como terminan los cuentos. Esto no es lo que yo esperaba.
— ¿Y crees que yo esperaba algo así? Leanne, tienes que entender que en la vida pasan cosas, y a veces nada tiene sentido. Y la realidad te golpea, te derriba, te enloquece, y simplemente no puedes comprenderlo. Pero esta es la vida real, y de eso se trata. De aguantar los golpes y continuar. Y no sé como terminan las demás cuentos, pero mira hacia atrás y recuerda; nuestra historia siempre ha sido así. Tú perdiste a tu padre, yo perdí al mío, y soportamos juntos cada piedra que el destino nos ha lanzado, y tú sabes que no han sido pocas. Pero aquí estamos, míranos. Seguimos vivos, aunque duela, y eso es lo importante.
—Sé que tienes razón —gimoteó, cubriéndose la boca con una mano—. Pero no puedo hacerme a la idea de que…
—No digas que no puedes, Leah, porque sí puedes. Lo único que no puedes hacer ahora es rendirte. Tienes que ser fuerte y seguir luchando por los que no han podido hacerlo, y si lo haces, a la larga entenderás que la recompensa es maravillosa, porque Dante vivirá atreves de ti. En cada risa, en cada momento de felicidad, será él quién ría y se alegre de haberte devuelto todo eso que habías perdido.
Leah, con el rostro empapado, se acercó a Ian nuevamente y le rodeó el cuello con los brazos. Ahora cualquier palabra sobraba.
Él instintivamente le correspondió el abrazo, conmovido, con un nudo en la garganta que amenazaba con convertirse en llanto.
«No hay forma de que pueda volver a alejarme de esta mujer», pensó convencido, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
—Tengo miedo, Ian —admitió ella, de pronto.
— ¿A qué tienes miedo?
—Tengo miedo de volver a perderte. No aguantaría esto si tú no estuvieras aquí conmigo.
—No pienses así, cariño. Sé que todo esto ha sido muy rápido y extraño, pero verte otra vez me ha convencido de que no podré vivir nunca más lejos de ti. Ahora todo es difícil y doloroso, pero cuando esto pasé, volveremos a reconstruir todo lo que ambos, por necios, hemos destruido.
Leanne levantó la vista y lo miró directamente a los ojos, como si pudiera ver su alma.
— ¿Lo prometes? 
Ian se deshizo del abrazo, tomó la mano de Leah y la colocó contra su pecho.
—Lo prometo.





lunes, 19 de noviembre de 2012

Agonía - Capitulo 32.

Vercega, 6 de junio


 La blancura de todo lo que lo rodeaba en conjunto con aquellos focos, que sin piedad pendían sobre su cabeza y a lo largo del techo de la habitación, estaban quemando sus ojos.
Él hacía lo imposible por mantenerse alerta, invertía todas sus fuerzas en ello, pero había una especie de fuerza oscura que lo invitaba a rendirse y sucumbir ante aquel letargo que lo abrumaba. De repente, en las lamparillas de luz incandescente que tenía sobre sí, comenzó a ver los ojos de la bestia que estaba acabando con su vida. Como demonios, ardientes, implacables, se abrían de par en par frente a él los ojos sombríos de la muerte que le aguardaba. Aquella mirada blanca, intensa, que dolía, lo llamaba a dejarse ir y a bailar en el limbo el vals de los No vivos. De pronto aquella idea lo cautivó por un momento. Estaba tan cansado… Aquel cuerpo que durante veinticinco miserables años había sido el mausoleo de su alma rota hacía tiempo había comenzado a agrietarse. Tenía los músculos entumecidos, le dolía incluso respirar y su mente comenzaba a balancearse peligrosamente en los riscos más altos y letales de la locura. 
 Su respiración lenta, débil y apenas audible comenzaba a agitarse. Un manto de sombras comenzó a ceñirse sobre aquella blancura inminente que lo ocupaba todo. Los parpados comenzaban a pesarle terriblemente y un dolor agónico y punzante comenzó a clavarse en su pecho como un hacha que lo abría lentamente, de arriba abajo. Quiso gritar, no soportaba aquello, más la voz no quiso subir por su garganta. Por primera vez en tantos años sintió la verdadera necesitad de quebrarse en llanto, pero no conseguía que su cuerpo respondiera.
 El pánico iba apropiándose de lo poco que quedaba de su ser. Sentía miedo porque sabía que ese era el fin. Después de tanto luchar, después de soportar aquella tortuosa vida a cuestas, derramando lágrimas de sangre y rompiéndose las uñas arañando las paredes para poder mantenerse en pie, finalmente estaba acabando. Aquel suplicio terminaba para siempre, y Dante comenzaba a preguntarse si de verdad había valido la pena levantarse después de cada caída durante tantos años, a un precio terrible, para terminar su vida en aquella terrible soledad, despojado de todas las personas a quienes había querido y bajo la mirada burlona de sus demonios, que venían a mofarse cruelmente de su agonía.
Se preguntó interiormente si ese sentimiento de vacío y despojo era lo mismo que habían experimentado sus padres en sus horas finales. Porque cuando ya estabas tan abajo, tan hundido en el pozo, el dolor físico pasaba a segundo plano. Cuando finalmente estabas muriendo, el cuerpo simplemente empieza a desvanecer, mientras el alma, enloquecida, rebota contra todas las paredes de tu mente, choca, explota, deja que sus llamas de memoria quemen tu cabeza como en una hoguera.
Su visión comenzó a nublarse gradualmente. Todas las formas que podía reconocer a su alrededor se volvían oscuras sombras amenazantes que se ondulaban con violencia y se acercaban vertiginosamente, soltándole su aliento de muerte en el rostro.
Aunque ya no podía distinguirlo, sabía que alguien acababa de entrar en la habitación. Se esforzó de forma sobre humana para disipar la neblina demente que alteraba su realidad, y descubrir de quien se trataba pero no lo consiguió. Solo sentía aquella presencia negativa más y más cerca cada vez.
De pronto, un rostro se materializó frente a él. Su madre estaba allí, y lo observaba con sus furiosos ojos inyectados en sangre. Al reconocerla, un miedo terrible comenzó a brotarle desde lo más profundo de su ser.
La mujer se veía igual a como él la recordaba. Su rostro bello, su cabello dorado como el oro, sus ojos cristalinos llenos de una ira irracional. Era ella, estaba seguro, tan seguro como de lo que pasaría a continuación. Había venido a buscarlo.
Repentinamente, aquella cara comenzó a cambiar. La deslumbrante dama que hasta hacía segundos había estado frente a sus ojos se transformó en una cosa amorfa. Su piel se retorcía y se arrugaba, como derretida, deformándole el rostro. La sangre corría por su semblante y horribles heridas comenzaban a abrirse en él. Se veía como un personaje sacado de alguna morbosa película de terror…Se veía exactamente como una persona que había sido calcinada viva.
Ecos aterradores comenzaban a atormentarlo. Gritos desesperados, agonizantes, retumbaban en su cabeza como si se tratase del mismo infierno.
—Oh, Dan…me has decepcionado —anunció con voz mecánica aquella cosa que pretendía ser una persona—. Siempre me has decepcionado, pero esta vez no tendré compasión contigo. Y que tu padre se apiade de ti, si es tan valiente.
Y comenzó a golpearlo.
Sentía el impacto de alguna clase de objeto golpear contra su pecho una y otra vez. El dolor era terrible, pero el miedo era más fuerte. De nuevo, volvió a ser aquel niño de siete años, acobardado, resignado, siendo abatido por el odio inhumano de una madre que lo detestaba.
Los golpes no cesaban y sus fuerzas comenzaban a flaquear. No sabía cuánto tiempo lo soportaría. Estaba matándolo.
Fijó su vista firmemente en los ojos de su atacante. La rabia de su madre se descargaba una y otra vez contra su cuerpo magullado, y parecía sonreír mientras lo hacía.
Eso lo hizo sentirse un poco mejor. Muchos años antes de que muriera, su madre había dejado de sonreír, mas hoy parecía feliz. Aterradoramente feliz.
De repente, con horror, descubrió que aquella persona no era su madre. Era Donna quien lo golpeaba y arremetía contra él. Y no sólo era Donna, también era su padre, y eran todas las personas que lo habían herido o abandonado. Y volvían a lastimarlo sin piedad ahora.
Quiso gritarles que se largaran, que dejaran de torturarle. Deseó con todas sus fuerzas poder decirles que había tenido suficiente. Quería llorar, prefería morir de una vez por todas a seguir soportando aquello. A revivir con una claridad aterradora a todos los fantasmas de su mente.
Y como si fuera un milagro, algo sucedió. Entre aquel bullicio de terror que lo aturdía, sonó una voz dulce y familiar. Una voz que había anhelado más que nada volver a oír alguna vez, y ahora se presentaba, cada vez más cerca, aunque no entendía sus palabras.
En la esquina de la habitación, más allá de la oscuridad y las sombras tenebrosas, una figura conocida y luminosa se acercaba a él con lentitud, disipando a su paso toda la penumbra que lo rodeaba.
Chris caminó hasta el borde de la camilla en la que Dante se encontraba, y con una sonrisa en su rostro, le tendió una mano.
— ¿Estás preparado para venir conmigo, Dan? —preguntó, sin dejar de mirarle.
Dante sabía lo que aquello significaba, pero en un impulso ciego por deshacerse de aquel sufrimiento y del sopor que lo adormecía, tomó la mano de Chris entre la suya sin vacilar.
Una paz instantánea abrazó su interior. Chris le ayudó a ponerse de pie, y codo con codo se alejaron lentamente de su lecho de muerte.
Pero antes de abandonar aquel sitio, Dante volvió la vista hacia atrás. La escena que encontró a sus espaldas le causó un impacto terrible.
Ahí seguía él, yaciendo inerte en aquella camilla de hospital, rodeado por un grupo de personas que vestían bata blanca y accionaban sobre él con sus rostros parcialmente cubiertos y los ceños fruncidos. Uno de esos hombres, aplicaba sobre su pecho dos manivelas que soltaban descargas eléctricas, haciéndolo estremecer.
— ¡Lo perdemos! —Exclamó alguien—. ¡Lo estamos perdiendo, maldita sea!
Sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas. Intentó creer que aquel muchacho no era él.
Aquel joven de veinticinco años, de piel mortecina, y delgado hasta los huesos, era declarado clínicamente muerto, pero nadie sabía que él había muerto mucho antes. Su alma había muerto hacía demasiados años, aunque hubiera permanecido respirando.
Sintió una mano cálida recaer en su hombro.
—Ven un momento, Dan, hay algo que quiero enseñarte —declaró Chris.
Dante asintió con la cabeza, y de pronto el entorno que los rodeaba cambió por completo.
Se encontraron en un largo y estrecho pasillo, lleno de ventanales que dejaban admirar la terrible tormenta que tenía lugar aquella noche.  
Había varias personas  sentadas en la extensa hilera de sillas que se enfrentaban a una considerable cantidad de puertas, todas numeradas. Pero una persona en especial atrajo toda su atención.
En el extremo norte del pasillo, había una muchacha de cabello oscuro, cuyo llanto desconsolado retumbaba cruelmente en toda la estancia. Se mantenía con la espalda arqueada y el rostro entre las manos, mientras los violentos sollozos la hacían estremecer.
Dante se vio impulsado a acercarse a ella. Se sentó a su lado, y colocó una mano en su espalda. Quería saber que le sucedía a aquella mujer para manifestar tal agonía.
En cuanto la tocó, la joven se quedó en silencio y levantó la vista repentinamente, confundida.
Él, observando aquellos ojos irritados y el rostro congestionado por el dolor, sintió un vuelco al saber que aquella miserable chica era la mismísima Leanne, y sufría por él.
Por primera vez desde que había ingresado al hospital, Dante sintió que no quería abandonar esa vida. No si hacerlo significaba la desdicha de Leah.
—Lo siento, Chris, creo que no estoy listo para irme de aquí aún —se disculpó, con un hilo de voz, mirando con el alma encogida a aquella aparición de su viejo amigo.
Chris negó con la cabeza y luego la movió indicando el extremo opuesto del pasillo. Dante miró en aquella dirección, justo en el momento en el que un chico aparecía allí.
El joven parecía no saber bien donde se encontraba, ya que miraba hacia todos lados con expresión desencajada, hasta que finalmente pareció encontrar su punto de referencia.
Por un momento Dante creyó que lo observaba a él, pero después entendió que en realidad miraba a Leanne. Ella pasó la vista distraídamente en rededor, y luego la volvió al piso. Un momento después volvió a observar, esta vez con más atención, al muchacho que se dirigía hacia ella. Los ojos se le dilataron y se puso de pie, manteniéndose paralizada en su sitio.
Al cabo de unos segundos, comenzó a correr  y se abalanzó a sus brazos. El chico la sostuvo en el aire, rodeándola fuertemente, correspondiéndole el abrazo.
La imagen empezó a disolverse para Dante, pero lo había comprendido. Los gritos y ruidos tormentosos de antes comenzaban a oírse de nuevo como desde algún lugar lejano, pero no sin antes poder identificar el susurro ahogado de Leanne al salir despedida por el pasillo:
«Ian»

martes, 16 de octubre de 2012

Hasta siempre y nunca - Capitulo 31.

Triland Port, 5 de junio

 No había podido dejar de dar vueltas en la cama en toda la noche, sin lograr conciliar el sueño. Cuando la luz del alba comenzó a filtrarse por las rendijas de la persiana, Leah supo que era en vano seguir intentándolo, Morfeo no quería acogerla en sus brazos.
Miró el reloj, que daba exactamente las 7:35 a.m. y se incorporó de la cama. Caminó hasta el baño, y se dio una ducha rápida. Luego se dirigió a la cocina y decidió prepararse un café fuerte.
Dio una vista rápida en derredor  y suspiró. Tanto silencio la perturbaba. Hacía ya tiempo que Steven no vivía con ellas, y Sam no había pasado en casa aquella noche. Había salido a cenar con un misterioso chico X, del cual no había querido dar detalles aún, y le sugirió que no la esperara para cenar. Sonrío al recordarlo. Le gustaba ver a su amiga feliz. Se lo merecía más que nadie.
 Dante apareció en su mente de pronto. Tomó entre sus manos la taza de café humeante y se encaminó hasta la mesa, aún con él en su cabeza, recordando todas las cosas que le había contado de su vida, y de la forma en la que se había ensañado con ayudarla. Desde el primer momento, cuando eran completos desconocidos, Dante le había brindado una confianza que Leah no había encontrado en nadie jamás. Aún cuando ella se mostraba desconfiada, incluso mezquina, él jamás había perdido los nervios y siempre se mostraba igual, tranquilo, imperturbable, neutral. Era prácticamente imposible descifrar las emociones que Dante experimentaba, ya que no dejaba que estas se vieran en su exterior. La única ventana que reflejaba sus pensamientos eran sus ojos. Aquellos ojos negros como la noche, sombríos, profundos. Aquella mirada vacía, ausente, rota, que hablaba de un dolor inconmensurable, de maltratos e injusticias, que no contrastaba con la sonrisa siempre dispuesta que él solía esbozar.
Se sentía profundamente culpable por haber desconfiado de él alguna vez. Dante tenía un corazón tan bueno y  honesto como un niño pequeño, pero poseía a la vez la sabiduría y experiencia de un anciano. Así como algunas personas transforman sus experiencias dolorosas en una armadura de odio y rencores, él había podido canalizarlo en lecciones aprendidas que lo habían ayudado a madurar y a entender que la vida tenía sentido solo si se ayudaba a los demás con intenciones desinteresadas y salidas del corazón.
Ahora hacía cuatro días que no lo veía. Recordó aquella conversación que habían tenido en su casa, cuando después de haberle contado todas sus tristes experiencias le había sugerido que hablara con Sam para que ella le contara con detalles sobre la llamada de Ian. También había comentado algo sobre saldar cuentas con alguien, y le había jurado que muy pronto todo habría vuelto a su sitio.
Después, rememoró el momento en el que Donna había caído en su casa hecha una fiera, declarando que esperaba un hijo de Ian. Cuando Leah escuchó aquello casi pierde la cabeza, pero Dante había intercedido alegando que Donna viviría su supuesto embarazado en la cárcel. Luego de eso la mujer había enloquecido, y se había ido de ahí hecha una bola de nervios. Dante tranquilizó a Leah asegurándole que aquello del embarazo era mentira, y cuando ella preguntó que había querido decir con eso de que Donna iría a prisión, Dante se limitó a decir que solo era parte de su estrategia.
Leah no había comprendido muy bien a qué se refería, pero en ese momento había optado por no preguntar más. Se encontraba muy confundida y perturbada por todo lo que había oído, y no quería seguir fastidiando a Dante. Pero ahora que ya habían transcurrido días, y la ausencia de Dante comenzaba a notarse más, Leah había empezado a inquietarse, especialmente porque en el fondo de su corazón tenía un extraño presentimiento sobre todo aquello que había ido aumentando con los días, sumado a que cada vez que intentaba llamar a Dante al móvil saltaba el contestador automático.
Era consciente de que podía llamarlo a su casa, o ir allí directamente, pero no quería molestar. Le preocupaba estar agobiando demasiado a Dante, y meditaba la idea de si todo aquello de la ausencia no lo hacía para que ella le diera un respiro.
Suspiró, estaba resignada. A esta altura ya había entendido que el misterio siempre formaría parte del aura de Dante y aquello no cambiaría.
 De pronto escuchó el ruido de la cerradura, y la puerta abrirse, y a continuación el suave repiqueteo de unos tacones que se escuchaban más y más cerca.
Segundos después, apareció Sam caminando sigilosamente hasta la cocina, y sonrió sorprendida al ver allí a Leah.
—Vaya, ¿tan temprano y despierta?
—No he podido dormir en toda la noche.
—No me digas, te has estado preocupando por mí y no has podido dormir. Oh, que tierna eres —contestó, bromeando.
—Que va, ni recordaba que no estabas en casa —repuso, siguiéndole el juego a la vez que reía.
—Auch, eso ha sido cruel —se quejó Sam, caminando hasta la mesa y sentándose frente a Leanne—. Y yo que me he estado preguntando toda la noche si estarías bien sin mí. Eres muy insensible.
—Deja de mentir, de seguro el chico X te ha tenido tan entretenida que ni siquiera recordabas que habías dejado aquí sola y abatida a tu triste amiga.
Ambas soltaron una carcajada al unísono.
—Bueno, a decir verdad sí, lo siento. Es que ese chico es una dulzura, niña.
— ¿Y sigues en plan de ocultarme su identidad?
—Efectivamente.
—Venga, Sam, ya suéltalo. ¿O planeas decírmelo cuando estén por irse al altar?
—Ya, está bien, te lo diré. Es que hace varias semanas que estamos saliendo. No te lo había dicho hasta ahora porque no sabía que tan enserio iba la cosa…
— ¡Sam! —protestó Leanne.
—Sí, sí, sé que te lo debería de haber contado desde un principio, lo siento. Es que sabía que te emocionarías por mí, pero no quería que lo hicieras hasta no estar segura de cómo iría todo.
— ¿Eso significa que ahora es algo formal?
—No sé si decir que es formal, ya que aún no somos novios, pero venga… ayer me ha llevado a su casa por primera vez ¡Vive solo! Es un chico súper simpático y emprendedor. Creo que te agradará.
—Aún no me has dicho su nombre.
—Se llama Andrew, ¿no es un nombre precioso? Dios, escucha como hablo. Parece que estuviera más enganchada de lo normal —sonrío, se la notaba realmente contenta—. Pero espera, todavía no te he dicho lo mejor. ¿Sabes dónde vive? ¡En Remembranzas! Mira, que loco el destino, que me ha llevado a conocer a un chico de tu pueblo de la infancia. Quizá incluso se conocen ya…
Leah la observó extrañada y visiblemente sorprendida.
— ¿Andrew? ¿De Remembranzas? ¿No será…—unos golpes en la puerta principal la interrumpieron.
— ¿Esperabas a alguien? —preguntó Sam de pronto.
—No, a nadie. ¿Quién rayos viene a esta hora?
Sam se encogió de hombros, mientras se ponía de pie.
—Descuida, yo iré a ver.
Salió de la cocina y tardó unos minutos en volver. Cuando regresó, tenía una expresión extraña.
—Leah, te buscan en la entrada.
— ¿A mí? ¿Quién es?
Sam puso los ojos en blanco y suspiró.
—Será mejor que vayas a verlo tú misma.
Poco convencida se levantó de su sitio y se encaminó hasta la entrada. Su sorpresa fue grande cuando al asomarse a la puerta vio a una persona de pie, con un enorme ramo de rosas rojas que cubría su rostro, y llevaba una nota en la que se leía ‘’Discúlpame’’.
Hubo un pequeño momento de silencio. Leah aún no comprendía la situación.
El hombre fue retirando lentamente el ramo, hasta dejar ver su rostro. Steven, sonriendo tímidamente, apareció tras él.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, cortante.
—He venido a disculparme por lo que pasó la última vez que nos vimos —comenzó, titubeante, extendiéndole las flores—.  Lo siento mucho, Leah.
Leanne tomó las flores, pero no hizo amague de dejarle entrar.
—Steven, te comportaste como un animal con Dante. Ni siquiera tenías motivo para golpearlo, y aunque los tuvieses seguiría estando mal.
—Lo sé, y lo siento. Entiende, Leanne, los celos me estaban matando.
— ¿Celos? ¿Celos de qué? Mira, Steve, tal vez te has tomado muy enserio lo del compromiso, pero sea lo que sea, te aclaro que tú y yo solo éramos amigos.
—Pero tú me besaste.
—No. Tú me besaste.
—Da igual, porque no me detuviste.
Leah resopló, irritada.
—Venga, Steven, será mejor que dejemos las cosas así.
—Quieres dejarlo así porque sabes que tengo razón, ¿verdad? Vamos, Leah, no está mal que estés interesada en mí, solo dilo. A decir verdad, siempre lo supe.
— ¡Deja de ser tan egocéntrico, por Dios! —exclamó Leanne, molesta—. Siento decepcionarte, Steven, pero no. Nunca estuve interesada por ti. Éramos amigos, y como amigo te apreciaba muchísimo, pero tú confundiste las cosas y te volviste sumamente fastidioso —se detuvo para respirar, y le devolvió las flores—. Toma, llévatelas. No las quiero. Ahora será mejor que tú y tus flores desaparezcan de mi vista en este momento porque estoy perdiendo los nervios.
—No puedo creer que me trates de esta forma, Leah. ¿Por qué te empeñas en aferrarte a tu pasado? Porque es por lo que me rechazas, ¿no es así? Aún guardas la esperanza de que ese tal Ian vuelva por ti.
—No toques ese tema, Steven. No sabes ni siquiera de lo que estás hablando.
— ¡Es que estoy seguro de que es eso! Y si no, peor aún, estás saliendo con Dante. ¿A que sí?
— ¿Cuándo te volviste tan imbécil?
—Es que no concibo la idea de que me rechaces así. No puedo creerlo.
—Tu arrogancia me da asco, Steven. Te ruego que desaparezcas de mi vista si no quieres ponerme histérica.
— ¿Y si no me marcho, qué? ¿Gritaras hasta que me exploten los tímpanos?
Leanne lo fulminó con la mirada, y luego soltó un suspiro resignado.
—Está bien, me rindo. Entra —respondió condescendiente, haciéndose a un lado.
Steven la miró extrañado pero no vaciló en entrar a la casa. Caminó hasta el living, dejó las rosas en un florero, y se sentó en el sofá. Luego observó como Leanne tomaba unas llaves, su abrigo, y se encaminaba a la puerta.
— ¡Oye! ¿A dónde demonios vas?
—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees, Steven, pero no me quedaré yo también a soportar tu presencia —concluyó, desapareciendo tras la puerta.
Steven apretó los puños, y gruñó con rabia al escuchar como su prima se carcajeaba desde la cocina escuchando el pleito.
Sam caminó hasta la sala, y se quedó mirando a Steve desde el umbral de la puerta.
—Date por vencido, Steven. Te advertí desde un principio que Leanne no era la chica ideal para ti.
— ¡Cierra la boca! —gritó él, furioso por la jugada de Leah.
—No tienes que escucharme si no quieres, pero en el fondo eres consciente de que en tu estrategia de conquistarla no contabas con enamorarte de ella.
—No estoy enamorado, Samantha, deja de decir estupideces.
— ¿Ah, no? Pues te comportas como si lo estuvieras. Y déjame decirte que tus escenitas de despecho son patéticas, Steve, déjalo ya.
—No recuerdo haberte pedido opinión al respecto.
—Resulta que estás en mi casa, y puedo decir lo que se me pegue la gana, ¿cómo lo ves?
Él se puso de pie, y caminó hasta la puerta de entrada como alma que lleva el diablo.
—Púdrete, Sam —rugió entre dientes, al tiempo que salía del apartamento pegando un portazo.  
Samantha soltó una estrepitosa carcajada. Amaba hacerlo enojar.
—También te quiero, Steve.
Se extendió en el sofá y cerró los ojos, relajada. Había dormido realmente poco la noche anterior, pero valía la pena por haberla pasado con Andrew. Sonrió feliz. Tal vez al fin había encontrado al hombre de su vida.
Se puso de pie y decidió tomar un largo baño de burbujas. Más tarde se hizo algo de almorzar, y se preguntó interiormente dónde se había metido Leanne.
El sonido del teléfono al sonar rompió el silencio del lugar. Sam resopló, disgustada. Temía que fuera Steven, no tenía ganas de seguir hablando con él, pero la idea de que fuera Andrew la impulsó a ponerse de pie y contestar la llamada después de que sonara durante unos minutos.
— ¿Samantha? —habló una voz perturbadoramente conocida desde el otro lado.
—Así es. ¿Quién habla ahí? —preguntó ella, con curiosidad.
—Sam, soy yo. Ian…
Al escuchar aquello Samantha pudo sentir como su rostro se encendía de rabia.
—Ah, tú. Vete al demonio —gruñó, a punto de cortar.
— ¡No! ¡Por favor, te ruego que no cuelgues!
— ¿Qué rayos quieres, Ian? ¿Seguir atormentando a Leah? No te lo permitiré. No dejaré que te burles de ella —le espetó, sin reparo alguno.
—Oh, Sam, por el amor de Dios, tienes que escucharme.
—Tienes 10 segundos —cedió, de mala gana.
—Escucha, Samantha. Ni siquiera he llamado para que me comuniques con Leanne, solo quiero que le hagas llegar un mensaje de mi parte, nada más.
—Continúa…
—Primero promete que lo harás.
—Venga ya, Ian. No estás en condiciones de exigirme nada. Tú solo habla, y yo evaluaré si contárselo o no  —repuso prepotente.
—Es muy importante para mí, Sam, por favor…
—Bah, que eres insoportable —se quejó, irritada —. Bien, te lo prometo. Ahora dime.
—Dile que necesito verla. Que ya no hay nada con Donna, y que lo sé todo. Estoy arrepentido, y no podré vivir en paz si no hablo con ella pronto. Dile que si está dispuesta a oírme, la esperaré esta tarde a las cinco, a orillas del lago Remembranzas, bajo del roble donde solíamos descansar. Ahí estaré, y la esperaré todo el tiempo que sea necesario. Si no aparece, entenderé que no quiere saber de mí, y no volverá a tener noticias mías nunca más.  Eso es todo.
Samantha no podía creer lo que oía. Tantas cosas abrumaron su cabeza que no sabía si aquello que él le decía era bueno o malo para Leanne.
—Si tanto la necesitas, ¿por qué no vienes por ella? —inquirió inconscientemente.
—No la obligaré a verme si no quiere hacerlo. Solo dejaré que ella decida. Confío en que le harás llegar el recado. Gracias, Sam.
—Lo haré. Adiós —concluyó finalmente, cortando la comunicación.
Se encontraba en shock. Se dejó caer en una silla, mientras meditaba qué sería lo correcto. Una fuerte sensación de dejavú la invadía. Se sentía exactamente igual que cuando Ian había llamado preguntando por el paradero de Leanne. Ahora parecía saberlo todo, porque ni siquiera había titubeado al dar por hecho que Sam tenía contacto con ella.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero algo tenía claro: esta vez sí se lo diría a Leanne.
Volvió a ponerse de pie, tomó el teléfono, y marcó el número del móvil de Leanne. Sonó un par de veces, y ésta atendió.
— ¿Qué sucede, Sam? ¿Steven se ha marchado ya? —se apresuró a deducir.
—No, Leah, no tiene nada que ver con eso. Mira, te diría que vinieras para decírtelo personalmente, pero creo que cuanto antes lo sepas mejor.
—Me asustas cuando hablas tan seria, Sam…
—Mira, cariño, iré al grano. Ian acaba de llamar a casa. Ha dicho que si estás dispuesta a verlo, te esperará esta tarde a las cinco bajo el roble que está a orillas del lago Remembranzas. Dijo que si decidías no ir, lo entendería y no volvería a molestarte.
Escuchó un silencio sepulcral al otro lado de la línea.
— ¿Ian? —fue lo único que llegó a murmurar Leah, ahogada por el nudo creciente de su garganta.
—Siento soltarte esta bomba así como así, Leah, pero tenías que saberlo.
—Está bien, Sam. Has hecho lo correcto. Gracias —respondió, conmocionada, con una voz totalmente ida y ausente.
Leanne cortó la llamada y se quedó unos minutos mirando a la nada. No podía creer lo que había escuchado.
«Esta tarde, a las cinco…» repitió en su fuero interno, aún incapaz de asimilarlo.
¿De verdad estaba preparada para ver a Ian en aquel momento? Ella no olvidaba lo fácil que Ian la había superado. Todavía recordaba con un dolor punzante que Ian no había vacilado en correr a los brazos de su peor enemiga a buscar consuelo. Aquello le dolía profundamente, y no estaba segura de querer perdonarlo.
Miró su reloj de mano. Era consciente de que llegar a Remembranzas le constaría un par de horas, pero aún estaba a tiempo si decidía hacerlo.
Se encontraba tan confusa que no sabía ni siquiera que pensar.
De pronto Dante volvió a su mente, y ese mismo pensamiento fue el que le dio la respuesta que necesitaba. Iría a verlo, le contaría lo de la repentina llamada de Ian y dejaría que el juzgase a su criterio que era lo que tenía que hacer. Confiaba seriamente en lo que Dante le diría, ya que hasta ahora nunca le había fallado, y necesitaba de una opinión centrada y objetiva como la suya.
No perdió más tiempo y emprendió camino hacia Monte Mercuccio.
 Debido al tráfico, demoró más de lo que esperaba. Sabía que el tiempo le jugaba en contra ya que en caso de que decidiera finalmente ir a Remembranzas, tenía que llegar a las cinco allí.
Cerró los ojos por un momento e intentó relajarse. De nada servía agobiarse de antemano. Solo trataría de mantener la mente en blanco y confiar en el juicio que Dante le diera.
Cuando por fin llegó a la mansión, su corazón comenzó a latir desenfrenadamente. Tenía un malestar terrible y no entendía a que se debía aquella sensación. Se convenció de que era todo provocado por su psicosis mental y se dignó a llamar a la puerta. El ama de llaves abrió enseguida, y notó que los ojos de la mujer brillaron en lágrimas apenas la vio.
— ¡Gracias al cielo que has venido, niña! —exclamó, estrechándola en brazos al tiempo que quebraba en llanto.
Leanne no comprendía nada, y su cara de desconcierto total llevó a la mujer a apartarse, secar sus lágrimas, e intentar explicarse.
—Por favor, entra. Hay algo muy serio que tengo que contarte —comenzó, haciéndose a un lado y dejando que Leanne se adentrara a la casa.
Ambas caminaron en silencio hasta la sala. La mujer indicó a Leah que tomara asiento y aguardara allí un momento, al tiempo que desaparecía tras las puertas del despacho de Dante.
Volvió a aparecer tras un par de minutos, con los ojos cristalizados nuevamente, y un papel temblando entre sus manos.
— ¿Usted es la señorita Leanne Winick, no es así? La muchacha que había venido aquí hace unos días buscando al señor Blaird —inquirió, más como una afirmación que como una pregunta, intentando fuertemente reprimir el llanto.
—Así es, soy yo. Y me está asustando, señora. Agradecería profundamente que me explicase que significa todo esto.
El ama de llaves se sentó al lado de Leah y tomó su mano, mirándola a los ojos.
—Verá, señorita Winick, la cuestión es que el señor Blaird no ha vuelto a casa en tres días. La última vez  que lo vimos, él apenas podía hablar y mantenerse en pie. Estaba muchísimo más pálido y delgado, después de haber pasado todo el día anterior encerrado en su habitación —soltó un pequeño sollozo, pero hizo lo posible por contenerse y seguir—. Nos pidió a todos que nos reuniéramos en la sala, y que esperásemos a que bajara. Cuando lo hizo, con ayuda de su chofer, nos saludó a todos con un beso y un abrazó, y nos dio las gracias por haber sido una familia para él. Luego de eso, solicitó que nadie hiciera preguntas y que volviéramos a nuestras actividades de rutina. Nadie se atrevió a desobedecer, aunque todos sabíamos que algo andaba terriblemente mal. Volví a la cocina, y al cabo de media hora el señor requirió mi presencia en su despacho. Fui hasta allí sin vacilar, y él… me entregó este sobre —dijo, mostrándoselo a Leanne, que la observaba perpleja—. Me dijo que confiaba en mí y que por eso me encomendaría esa misión. Me pidió expresamente que si tú volvías por aquí preguntando por él, te diera este sobre de su parte. Pero si no volvías a la mansión nadie podía llamarte y avisarte de lo acontecido, ni mucho menos enviarte la carta por correo, o hacértela llegar por otra persona —la mujer se detuvo por un par de segundos, tragó saliva y continuó—. Supongo que todo esto lo explicará en la carta, o quizás no, pero ahora está en tus manos, tal y como el señor me lo había pedido —se puso de pie y tomó una larga bocanada de aire—. Te dejaré sola. Estaré en la cocina —concluyó la mujer, dejando a Leah sola en medio de la sala, con aquella carta en la mano.
Leanne no podía reaccionar ante lo que había escuchado. No comprendía que era lo que estaba sucediendo realmente. Sus manos temblaban y sudaban, temerosa de lo que pudiera leer cuando abriera aquel sobre.
Cerró los ojos, suspiró, y se llenó de valor para hacerlo. Abrió el sobre, en el que se leía claramente ‘’Leanne Winick’’, y extrajo de él la carta.
Era un papel suave y de textura lisa, saltaba a la vista que no había sido elegido al azar. En él estaba gravado el mensaje, con una letra limpia y clara.

‘’Monte Mercuccio, 3 de junio

  Querida Leanne:
Si estás leyendo esto es porque has ido a buscarme y no me has encontrado. No sé cuánto tiempo habrá pasado ya de mi partida, pero probablemente ya me encuentre muy lejos de casa.
 He estado pensando en este momento desde el día en el que te conocí. Desde aquella noche en la terraza, en la que te vi llorando y supe que cambiarías mi vida.
 Tal vez en este tiempo que hemos vivido juntos has llegado a pensar que soy una persona buena, o posiblemente has creído que soy fuerte por haber soportado todas esas historias de mi vida que hace tan poco te conté. Quizá no sea así, pero en caso de que lo creyeras, déjame decirte que estás equivocada. No soy bueno, ni mucho menos fuerte, solo soy un tonto cobarde y egoísta. ¿Qué por qué digo esto? Te lo explicaré.
Cuando llegué aquí, a Monte Mercuccio, mi vida carecía de sentido. Me fui de Italia intentado escapar de aquellos recuerdos atormentadores que por las noches no me dejaban dormir, pero en el fondo sabía que estaba condenado. No importaba a donde fuera, o en que rincón del mundo intentara esconderme, aquellos demonios del pasado venían siempre por mí y me encontraban, destrozando mi cordura y estabilidad mental.
La noche en la que llegué a esta casa, y te vi, algo cambió dentro de mí. Me encandilaste con esa luz interior y entendí enseguida que había algo especial en ti. Luego hablamos cuando nos encontramos en la terraza, y ese halo de tristeza que había en tus ojos me perturbó profundamente.
Fui muy egoísta, Leah, porque aún siendo consciente de que no podría quedarme por mucho tiempo a tu lado, insistí con verte, una y otra vez, hasta lograr que te encariñaras conmigo.
 Aquel día en el que fui a tu casa, y más tarde me contaste toda la historia de Ian y lo que había sucedido, sin darte cuenta me diste un motivo para vivir. Desde ese maldito momento en el que te abracé y lloraste en mi hombro, soportando aquel sufrimiento terrible, supe que no descansaría en paz hasta quitarte de encima esa carga. Te lo prometí, y aunque no me creíste, puedo decir con orgullo que lo logré.
Ayer, he mandado a prisión a Donna, la vil autora de todos los pesares de tu vida.
Me extendería demasiado si te contara con detalles la razón por las cuales ella está ahora tras las rejas, pero en resumidas cuentas te diré que yo conocí a Donna hace muchísimos años. Ella también me causo mucho dolor, empujando al suicidio a mi mejor amigo, y después de tantos años volví para hacer justicia por todos aquellos que hemos sufrido por su causa.
Seguro ahora Ian está esperando por ti, si es que ya no se han encontrado de nuevo. Él podrá contarte todo con más detalles, y de seguro lo comprenderás.
 Estoy casi seguro de que no esperabas mi partida. Y sabes, no suelo llorar desde hace muchos años, pero créeme que he lagrimeado al escribirte esto. Rayos, está siendo más difícil de lo que esperé.
Solo queda disculparme, Leah. Te pido perdón desde lo más profundo de mi corazón por no haber podido decirte todo esto en la cara. Y es que me he despedido de tanta gente a lo largo de mi vida, de tantos seres queridos que he perdido para siempre, que no sería lo suficientemente fuerte como para soportar despedirme de ti también, y ver tus lágrimas, y causarte dolor, y escucharte pedirme que no me vaya, porque simplemente no puedo quedarme. Lo siento, solo soy un cobarde.
Discúlpame por no tener el valor necesario para decirte la verdad. Por no haber tenido el coraje de confesarte que estoy enfermo hace mucho y no me queda demasiado tiempo de vida.
Elegí venir a esta ciudad para morirme lejos de todo aquello que me había destruido, y apareciste tú, y cambiaste por completo el rumbo de las cosas. Dejé de estar tan vacío y comencé a sentir que en realidad no quería morir. Me volviste a la vida, me diste un motivo por el cual luchar, y levantarme cada día. Verte me hacía feliz y fui tan egoísta al aferrarme a esa alegría, que ni siquiera pensé en el daño que te haría cuando tuviera que alejarme. Entenderé si me odias, Leanne, no merezco menos que eso. En este momento me odio a mi mismo si tu corazón está sufriendo por mi culpa, mas me voy satisfecho por tener la certeza de que al fin podrás volver a los brazos de Ian, como has anhelado todo este tiempo.
Fuiste el milagro más grande de mi existencia, Leanne Winick, y jamás dejaré de agradecerte eso. Y ruego a Dios encontrarte en otra vida, porque eres la clase de chica de la que me hubiera gustado estar enamorado.
 Si has leído esta carta demasiado pronto y hace poco me he marchado, te pido por favor que no me busques. No deseo que me veas en este estado en el que casi no tengo fuerzas para sostener este lápiz con el que te escribo, y no soportaría verte sufrir una vez más.
 Jamás olvides que me fui de aquí feliz de haber cumplido mi palabra, tan feliz como espero que tú también lo seas, al lado de Ian y de todas esas personas que tanto te aman y te cuidan.
Hasta siempre y nunca, Leah.
Te quiere eternamente, Dante.’’