jueves, 19 de abril de 2012

Steven - Capitulo 8.


Triland Port, 4 de mayo

Cuando llegaron al apartamento, Steven se aflojó el cuello de la camisa y se dejó caer en el sofá con los ojos cerrados. Desde que iban en el coche no le había vuelto a dirigir la palabra a Sam. 
 Leah ya se había ido a la cama, pero Samantha estaba intranquila y se quedó dando vueltas por el living. 
Notó lo enojado que estaba Steven y se acercó a él para tratar de calmarlo.
—Steven, ¿quieres que hablemos?
—Si vas a seguir burlándote de mí será mejor que me dejes en paz. —respondió molesto, abriendo los ojos lentamente.
—No seas tonto, Steve. Sabes que solo lo hago para fastidiarte.
—Pues se te da de maravilla.
—Gracias. Son años de practica. —repuso ella bromeando, pero luego volvió a ponerse seria— ¿Porqué se han peleado?
Steven dejó escapar un largo suspiro.
—Fue todo un mal entendido. Cuando yo estaba en la terraza con Leanne apareció Jenna y escuchó un pedazo de la conversación, y entendió todo mal.
—Kellan tendría que haber cerrado la boca. —dijo Sam, como para sí misma.
—¿Kellan? ¿Qué tiene que ver Kellan? —preguntó Steve, con tono amenazante.
Samantha titubeó por un momento. Sintió que eso era algo que no tendría que haber dicho.
—Él...bueno, él solo dijo que... Le dijo a Jenna que tú le pediste que los dejara solos en la terraza a ti y a Leah, que tenían un ''asuntillo'' pendiente.
Él la miró incrédulo y se puso de pie.
—Steven, yo creo que tendrías que ser un poco más cuidadoso —continuó Sam—. Es decir...si vas a intentar seducir a Leah hazlo lejos de tu novia. Fue un poco estúpido de tu...
—No —interrumpió él—. No, yo no estaba intentando seducirla. Yo le pedí que Kellan que me dejara con ella para conversar. La noté extraña cuando salió a la terraza y fui a preguntarle que sucedía. Kellan es un traidor.
—Tranquilo, Steve. A lo mejor no fue su intención meter sisaña.
—Mañana mismo le mostraré con quien se ha metido.
—No seas tonto. Él y tú han sido amigos por años, y confío en que no harás que una mujer los consiga separar.
—Es un maldito envidioso. Venga, Sam, tú bien sabes que siempre ha querido todo lo mio. Desde que estábamos en el instituto me ha querido robar a todas las chicas con las que he salido.
—Pero nunca lo ha conseguido...
—Pero lo ha intentado. Y ahora ha ido detrás de Leah.
—¿De Leah has dicho? —preguntó Samantha, enarcando una ceja.
Steven vaciló.
—No. Bueno si. He visto como la miraba cuando estaban en la terraza, y cuando le pedí que me dejara un momento con ella aceptó a regañadientes. Y créeme que me doy cuenta perfectamente cuando un hombre está detrás de una chica.
—Espera un momento, aquí hay algo que no cuadra. ¿Qué tiene que ver Leah contigo? ¿Acaso estás saliendo con ella y yo no me he enterado?
—No, en absoluto. Es solo que... me da mucha rabia que ese hijo de puta se quiera enganchar con todas las mujeres que están relacionadas conmigo. —farfulló inseguro.
Samantha lo observó por un momento con recelo.
—Hmm, ya veo. Y dime, ¿en que forma se relaciona Leanne contigo específicamente? Siento que me estoy perdiendo una parte de la historia.
—Leah es mi amiga. Pero temo por ella. No quiero que se enamore de un imbécil como Kellan. Ella merece alguien mejor.
—¿Alguien como quién? ¿Como tú?
—Por Dios, Sam, estás diciendo tonterías. Te advierto que éstas especulaciones tuyas están totalmente equivocadas.
—Pues yo no sabría decir hasta que punto estoy equivocada. Lo extraño de este asunto es que cuando vine a hablar contigo pensé que te encontrarías destrozado por la ruptura con Jenna, y resulta que no es así. Solo estás molesto porque Kellan está detrás de Leanne.
—¿Qué es lo que estás insinuando? ¿Crees que no me a dolido terminar con Jenna? Diablos, Samantha, hasta hace unas horas yo estaba prácticamente con un pie en el altar y de un momento a otro todo se ha arruinado, ¿cómo demonios crees que me siento? Estoy devastado. Y tú en vez de apoyarme solo te encargas de darme con un palo —suspiró exasperado y se masajeó las sienes—. Claro que estoy molesto con Kellan, pero no por Leanne. Estoy enojado con él porque me ha dado una puñalada por la espalda. Maldita sea. Él iba a ser el padrino de mi boda, Samantha —continuó, con los ojos vidriosos—. A pesar de que en diez años me ha decepcionado mil veces siempre lo perdoné. Pensé que había cambiado. Pensé que era mi mejor amigo. Y cuando estoy a punto de dar el paso más importante de mi vida con la mujer perfecta, él va y le llena la cabeza de mentiras.
—Pero Jenna no solo te ha dejado por lo que le dijo Kellan. Tú también tuviste que ver con eso. Si cuando llegó no te hubiera encontrado en una actitud sospechosa nada de esto estaría pasando.
—Yo no estaba en ninguna actitud sospechosa.
—Lo que tú digas, Steven. Pero solo te diré una cosa más: Si quieres puedes mentirme a mí, mentirle a Jenna, y mentirle a todo el mundo. Pero a ti mismo no te puedes mentir. Tú sabes mejor que nadie la verdad. Y mejor piensa muy bien lo que le dirás a Kellan cuando lo veas, porque puede que te haya hecho un favor —suspiró—. Más allá de que yo no soporte a Jenna, puede que cometieras un gran error si te casabas. Tú mismo lo has dicho; te ibas a casar con «la mujer perfecta», no con la mujer que amas. Admito que Jenna es muy bella, pero esa belleza que tiene ahora no le durará para siempre. Tal vez una mujer perfecta sea lo que tú quieres hoy, con veinticuatro años, ¿pero la seguirás queriendo en cuarenta años, cuando esté vieja y arrugada? Quizá la quieras, pero quizás no, y sinceramente, cariño, los divorcios son muy caros.
Él la escuchó pensativo y sin mirarla a los ojos, pero con expresión angustiada.
—Tú ya eres un hombre grande, Steven —continuó ella, acercándose a él y tomando su rostro entre las manos, obligandolo a mirarla—, y seguro piensas que yo no tengo derecho a meterme en tus cosas. Tal vez sea cierto, pero no dejaré que te arruines la vida. Sé que eres un testarudo y un enojón, que nunca quiere escuchar a nadie y que se equivoca miles de veces. Pero eres el hermano que nunca tuve, y aunque te hiera con mis palabras sabes que lo hago para que reacciones y abras los ojos.  Puede que tengas razón y parezca que siempre te doy con un palo en vez de ayudarte, pero es que eres tan obstinado que...
Steven le sonrió con ternura.
—Lo sé, tonta. Sé que no hago más que equivocarme y herir a todo el mundo, y sé que las cosas que me dices son para ayudarme, pero bueno, ya sabes, me cuesta controlar mi carácter. Pero por más cosas que me digas no puedo dejar de sentirme lastimado. Jenna rompió conmigo a los gritos. Prácticamente me tiró el anillo en la cara. Me humillo delante de todo el mundo.
—¿Y cuantas veces la humillaste tú acostándote con cualquiera?
—Eso fue hace mucho, ahora es diferente.
—¿Porqué es diferente? Steven, tienes que intentar dejar de ser tan egoísta. Trata de imaginar lo lastimada que ella también se sentía. Sabes que Jenna te adoraba, pero no lo soportó más, y la entiendo. La paciencia de las mujeres tiene un limite, como la de todo el mundo.
—Yo también la quería.
—Pero quererla no es suficiente. Tienes que respetarla, cuidarla, entenderla. Y tú no has echo nada de eso. Steven, por favor, no te mientas; tú nunca estuviste enamorado de ella, y si no es así dime, ¿porque le has sido infiel tantas veces?
—No lo sé. Jenna a veces es muy vanidosa, arrogante, y casi siempre tiene un humor de perros. Por todo me hacía una escena de celos. Es una histérica. Estaba totalmente obsesionada, y me asfixiaba todo el tiempo.
Samantha lo miró incrédula.
—¿Entonces porque demonios te ibas a casar con ella?
—Creo que era lo que todos esperaban de mí. Mis padres siempre quisieron que me casara con una mujer de categoría, hermosa, de buena familia, y ella cumplía con todos los requisitos. Además era una chica envidiable, y creo que eso era lo que más me gustaba de ella. En cuanto a su personalidad, no todo era tan malo... también tenía sus días buenos, y cuando estábamos con otras personas se comportaba como un ángel. No lo sé, pensé que funcionaría.
—Nunca funcionaría, Steven. Claramente iban de mal en peor. En mi opinión, si te sirve de consuelo, hacía mucho tiempo que tu noviazgo se había disuelto. La relación de ustedes se terminó hace tres meses atrás; desde el momento en el que te fijaste en Leanne.
—¿Qué rayos estás diciendo?
Sam sonrió con suspicacia. 
—Puedes negarlo si quieres, pero sé que es así. Lo sospeché desde el día en que la conociste y lo acabé confirmando en estos días que has estado viviendo aquí con nosotras.
—Es una locura. —repuso él, meneando la cabeza.
—Te daré un consejo, Steve: No te enamores de ella. Es lo mejor para los dos.
—¿Porqué no?
—Leah se mudó aquí para alejarse de algo que la lastimaba. Hace meses que terminó una relación que le caló hasta el alma, y todas esas heridas aún siguen en carne viva para ella, y puede que siempre sea así. Sé que es una chica muy bonita, y no me extraña que te guste, pero sería un error intentar ganarle el corazón. No es tu tipo de mujer, Steve, hazme caso.
—¿Y tú desde cuándo sabes cual es mi tipo de mujer? 
—Sólo sé que ella no lo es. Y aunque así fuera no se fijaría en ti.
—No me desafíes...—advirtió con una sonrisa divertida.
—Estoy hablando en serio, Steven. Tú solo conseguirías lastimarla. No es de la clase de chicas que se toman una traición a la ligera. 
—Venga, lo que digas, primita —respondió, poniéndose de pie y sacando una botella de whisky del armario—. Para ser sincero sí, Leanne siempre me ha parecido muy linda, aunque bueno, nada de otro mundo. Pero si la pintas como un fruto prohibido es practicamente como si me invitaras a probarla. —concluyó con una fugáz carcajada, mientras tomaba el primer trago.
—No estoy jugando. —centenció ella con tono severo.
—Si lo estás haciendo. Es casi como si me plantearas una apuesta. Dices que nunca se fijaría en mí, ¿verdad? Pues entonces no pasa nada. Solo haré la prueba y acabaré por confirmar tu teoría. No pierdo nada con intentarlo.
—No es justo para ella que la tomes como un juego, Steven. Es una chica muy sensible. La terminarás destrozando.
—Eso no pasará, Sammy, tranquila. No soy tonto. Se tratar a una señorita. —dijo Steven petulantemente, guiñandole con complicidad el ojo a su prima.
—Te romperé esa carita de niño bonito si mi amiga derrama una sola lágrima por tu culpa.
—¿De verdad?
—Tomalo por hecho.
—De todas formas no será necesario. He dicho que no le haré daño.
—Más te vale —advirtió Sam, poniéndose de pie—. Ahora me voy a dormir, y tú deberías hacer lo mismo. Será mejor que dejes de beber. No quiero ebrios en mi casa.
—Descuida, ya hace cinco años que superé mi etapa de «alcohólico anónimo» —repuso sonriente, con voz burlona.
—Ni me lo recuerdes —masculló Samantha entornando los ojos, al tiempo que se alejaba—. Buenas noches —añadió y desapareció tras la puerta del living.
  Una vez solo, Steven se acomodó en el sofá, con el vaso de whisky en la mano, y se puso a pensar sobre la conversión que había tenido con Samantha.
 Una sonrísa se le dibujó en los labios al pensar en el hecho de conquistar a Leanne.
«¿Porqué no?», se dijo.
Sin duda había algo en Leah que lograba cautivarlo, pero aún no sabía con exactitud qué era. Y fue cuando se le ocurrió que ha decir verdad no sabía mucho acerca de ella, ni de su pasado. Tenía que empezar por averiguar algunas cosas si quería saber de verdad en que terreno estaba entrando.
Daba la impresión de ser una chica fuerte, y algo ingenua quizás. Pero no era ninguna estúpida. No se dejaría atrapar fácilmente y Steven lo sabía. Saltaba a la vista que Leanne estaba siempre a la defensiva, y la pregunta era porqué.
De pronto se preguntó qué era en realidad lo que quería lograr con Leanne. Sabía que estaba muy lejos de enamorarse de ella, y eso no era tampoco lo que tenía en mente. Él no la quería hacer sufrir, pues ella era su amiga. Y a su vez poder conquistarla se había convertido casi en un desafío consigo mismo. Esto lo ponía en un pequeño dilema. 
Estaba seguro de que su prima tenía razón: si la lograba seducir y Leah se enteraba de que todo era para probarse él, se sentiría lastimada y lo odiaría, y ese no era su plan. 
Por un momento sintió cierta culpa y vaciló. Habiendo tantas mujeres en el mundo, ¿porqué jugar justo con una que, según Samantha, había salido de una terrible relación? 
Se prometió que la ayudaría en todo lo que pudiera, y que si ella no mostraba ningún interés por él finalmente desistiría.
¿Qué pasaría si Leanne se enamoraba de él por completo?, se preguntó en su fuero interno con algo de incertidumbre. Definitivamente no sabría manejar la situación. En realidad lo había hecho muchas veces durante su adolescencia: cuando una chica se enamoraba de él, y él ya no la quería, simplemente la abandonaba sin reparo alguno.
Sabía que con Leah no podía hacer eso. No quería hacer eso. Leanne, a diferencia de otras, si le importaba, y había visto con sus propios ojos lo mucho que podían llegar a angustiarse algunas chicas cuando un hombre la dejaba sin darle ninguna explicación. No quería que ella pasara por eso cuando, aparentemente, ya lo había soportado recientemente. 
Toda su vida había sido un verdadero cabrón con las mujeres. Nunca se involucraba demasiado con nadie. Nunca había tenido una relación que le durára más de seis meses. Excepto con Jenna, con quien había estado un año y unos cuantos meses. Un año de idas y venidas, de peleas y discusiones interminables, de enojo para él y de dolor para ella. Pero todos esos aspectos negativos de su flamante compromiso se los guardaba para él. Nadie imaginaba hasta que punto había llegado a detestar a Jenna a veces, cuando no hacía más que fastidiarlo con histeriqueos y reproches. Sin embargo, y por una razón que escapaba de su entendimiento, siempre volvía con ella. Pensaba que eso era lo más cerca que había estado del amor.
«Tal vez el amor finalmente se reduce a eso; a soportarlo todo», pensó.
Pero esa noche se había convencido de que el amor no existía. ¿Cómo podía ser posible que después de haber estado con tantas mujeres ninguna le había robado el corazón? 
No entendía como había personas que hablaban de «el amor de su vida», cuando ese supuesto amor no hacía más que hacerlos sufrir. 
«El amor no existe», se repitió. Y si existía no era para él. Él ya no lo quería. Había estado demasiados años buscando «el amor», y cuando creyó que finalmente lo había encontrado todo se le derrumbó encima. Eso era lo que más le dolía de todo; el haber estado tanto tiempo volcado a encontrar a esa persona con la cual compartir su vida para luego perderle repentinamente. Entonces entendió que no era la ruptura con Jenna lo que le dolía, si no el sabor amargo que dejaba la pérdida. No estaba acostumbrado a perder, y eso le dolía en su propio orgullo. Le dolía la humillación por la que Jenna lo había hecho pasar. Le dolía la lastima que se veía reflejada en los ojos de sus propios amigos cuando lo miraban durante la cena. 
Samantha le había dado al clavo: él no quería a Jenna ni en lo más mínimo. Simplemente se había acostumbrado a estar con ella, pero no la quería. El compromiso con Jenna había sido una asquerosa mentira. Él ni siquiera se quería casar. 
Lo hacía porque, como le había dicho a Sam, era lo que todos esperaban de él. Especialmente sus padres, para quienes nunca nada de lo que hiciera era suficiente. Ryan, su hermano mayor, siempre había sido mejor que él en todo a los ojos de sus progenitores, y era algo con lo que Steven secretamente siempre había cargado. 
Para sus padres él siempre había sido el inútil, el gamberro, y Ryan, por el contrario, el hijo perfecto en todos los aspectos. Cuando Steven era pequeño se desvivía por ser como su hermano, pero nunca lo lograba. Ryan siempre iba un paso adelante y lo hacía todo mejor. Eso, desde temprana edad, había estado alimentando una envidia negra en el interior de Steven, aunque nunca lo expresaba. 
Sus padres siempre repetían que Ryan era un ejemplo, y que Steven, con lo desaliñado e incivil que era, jamás llegaría a ser como su hermano. No les importaba que Steven destacara en todos los deportes del instituto, ni que fuera todos los años el capitán de su equipo; consideraban que era mucho mejor ser el alumno estrella que arrasaba con todas las asignaturas, como Ryan. Y cuando Steve les dijo que no iría a la universidad fue la gota que revazó el vaso. Su madre le dijo que sería un mediocre toda su vida, y que, sin la universidad, nunca llegaría a nada. Su padre enfureció y no había día en que no amargara su existencia con reproches e incriminaciones. Finalmente Steven terminó por irse de su casa, y vivió por unos meses con Kellan. Tiempo después, cuando Ryan volvió de su viaje a Inglaterra, lo convenció de que fuera a vivir con él.
Steven nunca pudo controlar el sentimiento de culpa que sentía al estar con su hermano. Ryan siempre había sido bueno con él, y era consiente de que lo adoraba. Cuando eran pequeños y Steven cometía alguna travesura, muchas veces Ryan se inculpaba a sí mismo para que no riñeran a su hermano pequeño. Y sin embargo, en repetidas ocasiones Steve había sentido que lo odiaba por ser tan perfecto en todo. 
Más allá del rencor que le guardaba a sus padres por haberlo hecho sentir tan miserable durante años sabía que la última carta que le quedaba era conformar un buen matrimonio. Ryan tenía ya veintiocho años y aún no se había casado, y Steven pensaba que si él se casaba primero ganaría así la aprobación de sus padres. Sus sospechas se confirmaron cuando llamó a sus padres y les contó sobre su flamante compromiso. Jenna y ellos mantenían contacto telefónico a menudo, y éstos la adoraban. Felicitaron a Steven por su elección, invitándolo a visitarlos cuando quisiera a su nueva casa en Italia, algo que realmente le sorprendió. 
 Se preguntó como demonios le contaría a sus padres que habían terminado, al tiempo que se bebía el último trago que quedaba en la botella de whisky. 

miércoles, 18 de abril de 2012

Cena - Capitulo 7.


Triland Port, 4 de mayo


En el momento en que Sam supo que Leanne iría a la cena de Steve enloqueció de alegría y olvidó por completo el pequeño percance que habían tenido en la mañana.
 Leanne le preguntó si le prestaba algo de ropa apropiada para la ocasión, pero Samantha se negó rotundamente:
—De ninguna manera, Leah. Esta es una salida especial, por lo tanto tendremos que ir de compras. —le había respondido emocionada
Leah simplemente se dejó arrastrar por el entusiasmo de su amiga y estuvieron practicamente tres horas recorriendo las mejores tiendas del centro de Triland.
El resto de la tarde Samantha lo dedicó a arreglar y peinar a Leah hasta dejarla hecha una maravilla, y para cuando Steve volvió al apartamento ambas estaban listas.
—Oh, creo que me he equivocado de puerta —bromeó al entrar—. Guau, chicas, ¿de verdad son ustedes? Están preciosas.
—Vamos, no exageres.
—No lo hago. De verdad se ven hermosas. —respondió, más serio esta vez.
 Cuando se bajaron del auto de Steve frente al restaurante Leanne quedó atónita. Agradeció al cielo por dejar que Sam la obligara a comprarse ropa nueva, porque evidentemente nada de lo que tenía en su armario se veía adecuado para tal lugar. Era una edificación enorme, de estilo victoriano y sumamente refinado.
Se preguntó a que le llamaría «elegante» Steve, porque le había dicho que no se vista de gala pero sin lugar a dudas este lugar lo requería y también él venía vestido acorde a la situación. Estaba realmente encantador con una camisa azul y una chaqueta negra encima, luciendo un enorme y hermoso reloj de plata en la mano derecha.
El maítre los dirigió a una mesa en el piso superior donde ya los esperaban al menos cuatro personas. Al verlos llegar una chica de cabello rubio y ojos oscuros se puso de pie para abrazar a Steven, y luego se sentó a su lado.
Jenna, supuso Leanne.
Leah se sentó en el extremo opuesto a Jenna, al lado de Sam, y frente a dos chicos que hablaban tranquilamente. Uno era de aspecto desgarbado, de cabello castaño claro y ojos miel al que Steve había presentado como Lyon, y el otro, Kellan, mucho más fornido, de ojos oscuros y una cabellera despeinada de color carbón. También había otra chica de mirada nerviosa y pelo risado llamada Katia, que no le sacaba la mirada de encima a Steve. Ninguno de ellos parecía superar los veinticinco años.
 Todos comían, bebían y reían animadamente, mientras contaban anécdotas de forma divertida o hablaban de personas a las que Leah no conocía. Pero sin lugar a dudas el centro de atención era Jenna. No paraba de alardear de sus viajes a Londres, Amsterdam, Estocolmo, Verona, Paris, etc, y todos la escuchaban atentamente, cautivados. No se podía negar que tenía una elegancia y carisma naturales. No le sorprendía que Steven fuera su novio, ni mucho menos que hablara de casarse con ella. Pero aún así había algo en Jenna que no le terminaba de gustar. Su mirada era fría y arrogante. Por un segundo creyó estar viendo a Donna en persona y un escalofrío la recorrió. En un momento dejó de escuchar sus largas historias y su voz aguda, y le pareció escuchar la voz metálica de Donna:
—«No te engañes. Ian nunca llegará a ser nadie junto a alguien como tú. No lo arrastres contigo al fracaso, Leanne. Él merece algo mejor
El solo imaginarlo la hizo dar un golpe con el puño a la mesa, y al instante todos abandonaron sus respectivas conversaciones para fijar sus desentendidas miradas en Leah.
—¿Está todo en orden, Leah? —preguntó Steven, preocupado.
—Si, lo siento. Creo que saldré a fumar un cigarrillo. —se excusó, poniéndose de pie y caminando mareada hasta la terraza.
Las copas de champán y el whisky que había bebido se le empezaban a subir a la cabeza.
Abrió la puerta de cristal que daba a la terraza y la brisa gélida de la noche la golpeó en la cara. Se aproximó hasta la barandilla y encendió un cigarillo.
 Había sido perturbador «ver» a Donna y por un minuto se preguntó si había cumplido su promesa. Quiso convencerse de que así era.
Se preguntó que era de la vida de los hermanos pequeños de Ian, y deseó con todo su corazón que no sufrieran demasiado si su madre enfermaba más o moría. Eran niños tan especiales y valiosos. Especialmente Molly. La niña más encantadora que había conocido. Intentó imaginarla dentro de unos años, cuando se convirtiera en una adolescente y más tarde en una mujer, y se le encogió el corazón al pensar que nunca más la podría ver.
 Los Higgins habían marcado su vida para siempre. Nunca conocería una familia igual a la de Ian. Aunque luego pensó que ella hubiera adorado a su familia aunque fuera cualquier otra. Él era el que la hacía especial.
—¿Bonita noche, eh? —oyó que decía un muchacho a su lado, y tardó unos segundos en darse cuenta que era Kellan y que le hablaba a ella.
Leah se limitó a asentir con la cabeza. Le molestaba de sobremanera que interrumpieran sus pensamientos, y además no tenía ganas de hacer sociales con los amigos de Steven, a los que ni siquiera conocía.
—¿Eres de esta ciudad? —preguntó, insistiendo en entablar conversación.
—No. Bueno, sí. Mas o menos. A decir verdad vivo aquí, pero no hace mucho.
—Lo imaginé.
Leanne enarcó una ceja. No comprendía.
Él la miró y rió ante su cara de confusión.
—Tienes acento sureño. Se nota que no eres de aquí —aclaró—. ¿Dónde vivías?
Caviló por un momento. No sabía si tenía ganas de contestar esa pregunta.
—Remembranzas —soltó finalmente, con un gusto amargo en la boca.
—Hmm, he estado por ahí un par de veces. Es un bonito lugar. Muy tranquilo. Libre del ajetreo de las grandes ciudades.
—Así es.
—Yo nací en Vercega, al éste de Monte Mercuccio. Aunque ahora vivo aquí.
Un chico con dinero, pensó Leah al tiempo que le daba la última calada a su cigarrillo.
—¿Y porqué te mudaste? —preguntó ella, arrepintiéndose enseguida de haberlo hecho, ya que seguramente él se lo preguntaría a ella después.
—Digamos que me aburrí. Tanto Vercega como Mercuccio son dos ciudades enormes y llenas de posibilidades, con lugares deslumbrantes y toda la cosa. Pero cuando terminé la universidad me di cuenta de que ése no era un sitio para mí. Se podría decir que cuando vives por años rodeado de gente arrogante y superficial tienes dos opciones: convertirte en uno de ellos o huir. Y ya vez, preferí huir.
—Dudo que en Triland sea muy diferente —observó Leanne.
Kellan soltó una pequeña carcajada.
—¿Alguna vez visitaste Vercega?
—A decir verdad no. Pero me es difícil imaginar una ciudad peor que esta.
—Vete a vivir a mi ciudad un par de años y cuando vuelvas a Triland Port te sentirás en el paraíso —sugirió con una sonrisa.
—No, gracias. Ya me es bastante malo vivir aquí para conocer un lugar peor.
—¿Y tú porqué te mudaste? —preguntó Kellan, formulando la pregunta que Leah no quería responder.
Para su suerte, el suave sonido de la puerta de la terraza distrajo la atención de ambos, salvándola de contestar.
Steven se acercaba a ellos.
—Vaya, nos han abandonado en la mesa, ¿tan bien se está aquí? —preguntó, mirando a Kellan— Kell, ¿te molestaría ir a suplantarme un momento allá dentro?
Kellan entendió que quería que los dejara solos y asintió con la cabeza, mientras se alejaba.
—Veo que le has caído bien a mi amigo —comentó Steve con tono insinuante.
—Tú no tendrías que estar aquí. Tus invitados están dentro.
—No todos...
—Entro en un momento. Necesitaba tomar aire.
—Vamos, Leah, solo hace tres meses que te conozco y hasta yo puedo darme cuenta de que algo no va bien. ¿Qué sucede?
—No sé de que hablas —respondió Leah, fingiendo no entender.
—No te hagas la tonta conmigo. Vi muy bien la forma en que reaccionaste cuando Jenna hablaba. ¿Qué pasa? ¿No te cae bien?
—Por Dios, Steven, estás paranoico. No es nada de eso.
—Oh claro, ahora estoy loco.
—En absoluto, aquí la loca soy yo. No hay lugar para dos locos en el décimo piso —repuso Leanne, bromeando e intentando desviar la conversación.
—Entonces debes ser tú la que me tiene loco—insinuó con doble sentido, bajando la voz.
—Oh, siento interrumpirlos... —intervino de pronto Jenna con voz cortante.
—Jenna...—murmuró Steve, temeroso de que su novia lo hubiera escuchado, al tiempo que los dos se volteaban para verla, sorprendidos.
—Maldita sea, Steven. Tienes tan poca decencia que coqueteas con cualquiera en mis narices y encima la invitas a nuestra mesa.
—No, mi amor, esto de verdad es un malentendido.
—¿Crees que no te escuche? —preguntó, apunto de estallar en cólera— ''Entonces debes ser tú la que me tiene loco''—continuó, imitando con tono burlón la voz de Steven— ¿Te piensas que soy imbécil? Eres un bastardo, Steven. Y maldigo la hora en la que te perdoné que me fueras infiel.
 Leanne estaba atónita. No sabía si quedarse o salir corriendo. Tenía ganas de que se la tragase la tierra. No podía creer que Jenna pensara que Steve la engañaría con alguien como ella. No se sentía a la altura de Jenna, ni mucho menos.
—Estás equivocada, Jen. Por el amor de Dios, calmate. Estás armando un escandalo.
—No puedo creer que me hicieras esto de nuevo...—dijo con la voz quebrada, ahogada por las lágrimas.
 Jenna estaba mal de verdad, y Leah lo notaba. Ahora no se parecía nada a Donna. Sus ojos reflejaban el más puro dolor.
—Oh no, no, no. Amor, de verdad, yo no he hecho nada.
—¡No has hecho nada porque he llegado antes! Aún no puedo creer que te importe tan poco humillarme delante de todas estas personas.
—Cariño, porfavor, escuchame, puedo explicarlo...—suplicó Steven con voz acongojada.
—Te escuché durante un año entero, Steven. Un año. Te perdoné que me mintieras, que me engañaras, que me hicieras sufrir, y siempre estuve contigo. Me prometiste que cambiarías por mí. Me dijiste que me amabas y que te casarías conmigo, y ahora me doy cuenta que solo eran más mentiras. No quiero escucharte más. No quiero volver a verte. No dejaré que me hagas más daño.
 A Leah se le encogió el corazón al ver la penosa imagen de Jenna y la agonía de sus palabras. Quería acercarse y explicarle todo, pero eso solo empeoraría las cosas.
—Porfavor, Jen, dame un minuto y te lo explicaré todo. No es nada de lo que tú piensas. —respondió Steven desesperado, acercandose para abrazarla.
—¡Alejate de mí! —gritó Jenna entre lágrimas e hizo que las demás personas que estaban en la terraza se voltearan a verlos— No quiero que me toques.
—Estás muy alterada. Mejor te llevo a tu casa y hablamos.
—¡Yo no iré contigo a ningún lado!
—Cariño, estás exagerando. Yo no estaba haciendo nada.
—¿Entonces quién es ésta? ¿Porqué la has traído a la cena?
—Ella es Leanne, una amiga. Vive con mi prima.
—Vaya, eso explica muchas cosas. Ahora entiendo porque te querías ir a vivir con Samantha y no conmigo cuando Ryan te echó de tu casa.
—¡No, Jenna, no! Estás entendiendo todo mal.
—Apuesto que te acuestas con ella todas las noches, ¿a que si?. Eres un hijo de puta, Steven.
—Jen, amor, no me hagas esto. Por favor. Es mi cumpleaños, ¿recuerdas?
—¡Oh, claro, es tu cumpleaños! Lo olvidaba. Pues tengo un regalo para ti. —dijo Jenna, al tiempo que se sacaba un anillo del dedo anular y lo dejaba en la palma de la mano de Steven.
—Este es el anillo de compromiso que te regalé...—murmuró él, titubeando.
—Venga ya, que listo eres.
—Jenna, este es tu anillo. —repitió.
—No, a partir de hoy es tu anillo. Yo ya no lo quiero, ni lo necesito.
—¿Estás rompiendo conmigo?
—¿Qué crees? —inquirió acomodándose la cartera en el hombro.
—Oye, tú no puedes...
—Oh, si que puedo. Claro que puedo. Hasta nunca, mi amor. —concluyó, dándose media vuelta y encaminándose a la puerta.
—Jen, te llamaré más tarde, ¿vale? Tú y yo tenemos que hablar. Esto no quedará así. —farfulló en voz alta Steve antes que ella desapareciera.
—Púdrete Steven. —soltó al tiempo que cruzaba la puerta.
 Después de lo sucedido ambos entraron en silencio y se sentaron nuevamente en la mesa, ante los ojos expectantes de todos los presentes que seguramente habían visto a Jenna marcharse como alma que lleva el diablo. Nadie hizo preguntas, solamente se limitaron a terminar la cena en silencio. Todos estaban de acuerdo en que la fiesta había terminado por esa noche.
Samantha no pudo contener más su curiosidad y estalló cuando iban camino al apartamento en el auto de Steven.
—¿Pero que rayos pasó allá fuera? Madre mía, ¿han visto como se fue Jenna? Esa chica estaba echa una furia.
No obtuvo respuesta por parte de Steve, por tanto intentó sacarle información a Leah, que iba sentada a su lado.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Alguien me quiere decir?
—Si serás pesada... —resopló Leanne, poniendo los ojos en blanco—. Steven y Jenna han discutido. Nada más. —continuó en voz baja.
—¿Qué se han peleado? —preguntó casi en un grito de emoción— ¡Felicidades, Steven! Ya venía siendo hora de que te quites de encima a esa arpía.
—No es gracioso, Samantha.
—¡Claro que lo es! Vaya regalo de cumpleaños. Esta vez si que se ha portado la chiquilla.
—¿Quieres continuar lo que queda de viaje a pie?
—Hombre, que amargado me has salido. Relájate Steven, por Dios. Al fin y al cabo es tu cumpleaños, y no es justo que esa estúpida lo arruine.
—No hables así de ella.
—Solo digo la verdad. Esa chica no era para ti, escucha lo que te digo. Es demasiado hueca. ¿Es que acaso no la has escuchado hablar? Yo creo seriamente que le faltan unos cuantos caramelos en el frasco.
Steven detuvo el auto en seco.
—Donde me sigas fastidiando te bajas del coche.
Samantha soltó una carcajada.
—Anda, ¿de verdad? —preguntó con voz burlona.
—No me desafíes...
—Bueno, entonces venga, obligame a bajar.
—No quieres que lo haga. Sam, es mejor cerrar la boca y nos ahorramos la molestia ambos.
—Pues no, no cerraré la boca.
—Eres odiosa. —masculló Steven, fulminándola con la mirada por el espejo retrovisor, mientras volvía a poner en marcha el auto y Samantha se carcajeaba.

lunes, 16 de abril de 2012

Noches - Capitulo 6.

Triland Port, 4 de mayo

 Mientras su cabello bailaba con el viento, cerró los ojos por un segundo e intentó imaginar un entorno tranquilo a su alrededor, pero no tuvo éxito. Era difícil ignorar todos los edificios que la rodeaban, y el molesto murmullo de la calle. Ya hacía poco más de tres meses que estaba en Triland Port y aún no se acostumbraba del todo.
Sentía el olor del humo de cigarrillo impregnado en la nariz. Fumar era otro hábito que había copiado de su amiga. Apagó el consumido cigarrillo y miró hacia abajo, a la calle abarrotada de vehículos cuando apenas pasaban las 6 de la mañana.
Diez pisos la separaban del concreto.
 «¿No se a preguntado nunca que ocurriría si toda el agua del río desapareciera y se viera el fondo cubierto por los rostros de los que han buscado descanso allí?», recordó, citando una frase de uno de sus libros favoritos.
Trató de imaginar la calle repleta de los rostros de los que habrían pensado en acabar con su vida en la misma azotea en la que ella se encontraba.
Se preguntó a que clase de persona se le cruzaría por la mente tirarse de un décimo piso. Habiendo tantas formas de morir justo elegían una de las peores. Claro que sería peor prenderse fuego, o algo así... pero terminar escrachado contra el pavimento no era una linda perspectiva. Muy poco elegante. Demasiado desagradable.
Intentó recordar cuantas veces se le había ocurrido quitarse la vida desde que terminó con Ian, mientras se palpaba las largas y oscuras cicatrices que le surcaban las muñecas.
Unas quince al menos, se respondió en su fuero interno.
Si no hubiera sido porque tenía a Sam con ella seguramente lo hubiera hecho. No le cabía la menor duda.
 Leanne había odiado toda su vida el cigarrillo. Especialmente cuando el que los fumaba era Ian, aunque lo hiciera esporádicamente.
Se rió sola al pensar que ahora también ella era una viciosa. Incluso fumaba más que Samantha.
Sabía cuanto daño hacía la nicotina en sus pulmones, pero que más daba.
 Ya todo carecía de valor para ella.
Su depresión había empeorado desde que llegó. Lo sabía. Pero sin embargo se había hecho más llevadera.
Sentir dolor la hacía sentirse viva, y supuso que eso al menos era algo positivo.
Leah, en sus días más críticos, pasaba horas en esa misma azotea, sumida en la más negra depresión.
Su amiga le aconsejó que visitara a un psicólogo, pero Leanne se negaba rotundamente.
«Una persona especializada en problemas mentales no podrá curar las heridas que tengo en el corazón.», repetía siempre dándole fin a la conversación.
Sam también había intentado presentarle otros hombres, pero las pocas veces que Leanne aceptaba terminaba hartando a sus pretendientes con su indiferencia y su carácter esquivo; dos cosas que en los últimos meses se habían acentuado a su personalidad.
 Leanne no había vuelto a besar a nadie. Ni siquiera podía pensar en encontrar atractivo a alguien más. El solo hecho de pensar en otro hombre que no fuera Ian le generaba rechazo. Al menos «siendole fiel» se sentía mejor consigo misma. Era como un castigo que ella misma se había impuesto. Pensaba que si no estaba con Ian no estaría con ningún otro hombre jamás.
 En su edificio la conocían como «la loca del décimo piso», y aunque Sam se enfurecía cuando oía que la llamaban así a Leanne le daba absolutamente igual.
En el fondo pensaba que tal vez tenían razón y sí estaba un poco loca. Era difícil no estarlo cuando tenía tanto tiempo libre para autodestruirce psicológicamente.
 Observó como los maravillosos colores del amanecer se mezclaban en el horizonte.
¿Cuántas veces había observado el amanecer al lado de Ian?
Había perdido la cuenta.
Podían pasar horas observando el cielo, deleitándose de su mutua compañía.
Ian siempre hablaba de cuanto amaba la noche. La oscuridad, la tranquilidad, la Luna y las estrellas. Decía que no había nada más hermoso que eso. Nada excepto ella. Leanne se reía siempre que él le decía eso, y él le aclaraba que estaba hablando en serio. Luego poco convencida asentía y lo besaba.
«—A mí me gusta más el día —insistía ella—. Todo es menos misterioso a la luz del día, menos desconocido. La oscuridad, en cambio, me da miedo—»
«—El día es muy bello —había respondido—, pero dura demasiado. La noche es especial. La tienes y cuando vuelves a mirar ya no está. Es como un regalo para aquellos que se quedan con ella, observándola en lo alto. Oscura, fuerte, hermosa, silenciosa, fugaz...»
«Si vas a temer, que no sea la noche...», le había susurrado él una vez, y esa frase —como tantas otras— había marcado su memoria.
 Ya no le tenía miedo a la oscuridad. Después de que la negra y oscura agonía se apoderó de su vida aprendió a vivir con ella. Incluso a quererla. Pero la quería porque le recordaba a Ian. Porque él era como la noche; misterioso, tranquilo, fuerte, silencioso, especial, hermoso,...incluso fugaz.
«...La tienes y cuando vuelves a mirar ya no está.»
Eso había pasado con él. Había desaparecido como la noche. Había desaparecido con la noche. Ian se había llevado la noche y solo le había dejado de ella la oscuridad. Oscuridad que tomó forma de tristeza. Oscurísima tristeza. Más negra que cualquier noche. A su lado la noche no parecía oscura, no parecía negra ni misteriosa. A su lado, la noche, era como una mujer mulata, como una mezcla de la noche y el día. Ya no era noche. No aquella noche que había conocido con Ian. Aquellas noches hermosas. Esas noches habían quedado atrás. Ahora su única noche era la tristeza. La noche más oscura y más amarga de todas.
Se preguntó si en el cielo de Remembranzas la noche seguía siendo hermosa como siempre.
Supuso que sí. Quería creerlo. No quería que Ian conociera las horribles noches que habían en Triland. Tal vez si las conocía dejaría de amar su noche, porque vería cuanto daño le hacian éstas otras a Leah.
Pero las de Leah no eran dignas de llamarse noche. Solo era la tristeza disfrazada. Era como un cuervo negro intentando ser mirlo. Un cuervo que la atormentaba. Que picoteaba su ventana sin cesar hasta que, resignada, lo dejó entrar. Pero un día se iría. Se daría cuenta de que ser mirlo no era cosa de cuervos, así como ser noche no es cosa de tristeza.
Ian y la noche eran la misma cosa. Pero la noche bella. La noche que representaba alegría, felicidad, amor, futuro, vida. La noche que guardaba en sus recuerdos. Las noches de Ian. No la tristeza vestida de noche. Aunque se pusiera sus mejores galas seguiría siendo tristeza. Seguiría siendo cuervo. Solo Ian podía ser noche, y solo él sería noche para siempre. Lo sería para ella. Su noche, su Ian, su mirlo.
«Mirlo en cien versiones de mirlo, pluma muy fina, pincel de pino para pintar de perfil, uno en mil...»
Recitó, recordando un poema de Eduardo Milán.
Mirar el mar. Imágenes que no son lo real de su aridez. Sus aristas no son graves, ni son el dolor de la forma por la arena que no termina de nacer...—continuó con un ronco susurro.
Se rió amargamente al escucharse hablarle a la nada.
Tú te acompañas, viajas acompañado de ti mismo. Y te conversas. Eso es lo peor, cuando empiezas a hablar solo por lástima de ti mismo. Y te atormentas.—soltó, rompiendo el silencio nuevamente, citando las palabras de Attys Luna.
Pensó que no había nada más bello y exacto que la poesía. Solo había que saberla entender. Poder sentirla. Indentificarse con ella. Incluso se le ocurrió que en ese momento la poesía era lo más preciado que tenía. Especialmente porque de alguna manera la conectaba con Ian. No había poema o libro que Ian hubiera leído que ella no conociera ya. Era una de las muchas cosas que tenían en común.
 De pronto sintió un peso sobre sus hombros que la alejó de sus cavilaciones. No tardó más de un segundo en notar que se trataba de una manta, y sintió como la cálida mano de su amiga se posaba suavemente en su espalda. Leanne la miró por encima del hombro e intentó sonreirle, pero no dijo nada.
—Creo que no es bueno que pases la noche aquí arriba, Leah. —susurró Samantha.
Leanne se encogió de hombros y volvió su vista a la calle.
—Gracias por la manta. —respondió intentando sonar amable.
—Sería bueno que entres. Te vendría bien comer algo, darte una ducha y dormir hasta tarde.
No obtuvo respuesta.
—Leah, por favor. Te enfermarás aquí fuera.
—Qué más da.
—¿Qué más da? —repitió consternada, poniéndose a su lado y mirándola fijamente, aunque sabía que Leah no la miraba—. Nada se arregla diciendo «qué más da».
—No hay nada que arreglar, Sam.
—No puedo creer que te des por vencida tan fácilmente.
—Deberías intentar ponerte en mi lugar.
—¡Claro que lo hago, Leanne!
—No, no podrías. No lo entiendes.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Leanne le dirigió una mirada cansada.
—Porque a ti nunca te pasó. —soltó fríamente.
—Por Dios, Leah. No te ahogues en un vaso de agua. No es tan grave.
—¿No es grave? Sam, hablas como si no conocieras mi vida. Soy de lo peor.
—No, no es así.
—Sabes tengo razón.
—Pues no lo creo.
—¿Entonces cómo justificas lo que le hice a Ian? ¿Cómo justificar que le arruiné la vida?
—No le arruinaste la vida. Te fuiste porque era lo mejor para él. Lo hiciste por amor, Leanne. No hay nada más noble que eso.
—A la mierda con la nobleza. No tengo perdón —sentenció, apartando la mirada con crudeza.
Samantha guardó silencio por unos segundos, mientras encendía un cigarrillo y buscaba las palabras apropiadas.
—¿Te arrepientes de lo que hiciste? ¿Te sentirías mejor si la madre de Ian muriera a cambio de tu felicidad?
—Te escuchas exactamente como Donna, Samantha. —respondió Leah con odio en la voz pero sin mirarla.
—Solo te lo estoy preguntando.
—Y por más que me arrepintiera, ¿de qué serviría, eh? ¡Maldíta sea! ¿De qué mierda sirve ahora? —rugió, con ira en la mirada— ¡Ian me odia! ¿Entiendes? Y no quiero vivir en un mundo donde ya no me queda nadie. No quiero vivir si la única persona importante en mi vida me detesta.
—Pues gracias por lo que me toca, amiga. —resopló con sorna, dandole énfasis a la última palabra. Soltó una última bocanada de humo y se marchó.
Intentó detenerla, pero Samantha la ignoró.
 Sabía que la había herido. Dejó caer la cabeza entre sus manos, fatigada. Tendría que disculparse con ella más tarde. No era la primera vez que hacía un comentario inoportuno y lastimaba a Samantha. Su amiga parecía una chica dura, pero en el fondo era alguien muy suceptible y era muy fácil dañarla.
 Leanne, con toda la parsimonia del mundo, se dignó a entrar. Le dolía mucho la cabeza, y además quería intentar hablar con Sam antes de que se fuera a trabajar.
Al pasar por la puerta del apartamento se observó por un minuto en el espejo de la entrada y sintió un espasmo al ver su aspecto. Tenía unas enormes ojeras negras y profundas, y su piel estaba cenicienta. Parecía muerta. Y tal vez lo estaba un poco. Miró sus ojos, buscando en ellos algún indicio de la chica feliz que había sido alguna vez, pero no tuvo éxito. Sus ojos azules habían tomado un color gélido y triste. Estaban vacíos, como ella.
 No encontró a Samantha y soltó una maldición. Tendría que esperar hasta la tarde, o quizá hasta la noche para hablar con ella.
 Encendió un cigarrillo y se dejó caer en el sofá, cerrando con fuerza los ojos. Tenía frío y sentía las extremidades entumecidas por pasar toda la noche quieta y a la intemperie. Sin embargo, no tenía sueño.
 Tomó un libro que estaba sobre la mesita ratona y lo abrió por la página que estaba marcada. Al leer las primeras líneas recordó que hacía algunos días Sam le había comentado sobre el libro «super-interesante» que había empezado, y aunque ahora no recordaba el nombre suponía que era ése.
«Sólo porque una vez uno pase por dificultades, eso no quiere decir que esté condenado para siempre. La gente sobrevive. La gente lo supera. La gente vuelve a florecer...», leyó para sus adentros. Quería creerlo. Quería pensar que ella tampoco estaba condenada para siempre. Pero sin embargo, tenía la amarga certeza de que nunca volvería a florecer.
Dejó el libro a un lado y volvió a cerrar los ojos. No quería pensar en nada. Necesitaba tener la mente en blanco. Cada vez que Sam se iba a trabajar la soledad la abrumaba. Generalmente no le molestaba, ya estaba acostumbrada. Pero al pensar que Sam se había ido enojada y dolída por culpa de ella la hacía sentirse peor.
Pero el ruido de una puerta al abrirse le recordó que no estaba sola ese día.
—Buenos días. —dijo Steven con voz ronca, dedicándole una sonrisa mientras se acercaba a ella.
Había olvidado por completo que Steven se estaba quedando en el apartamento con ellas desde los últimos dos días.
Él era el primo de Sam, pero ésta lo quería como si fuese su propio hermano. Se habían criado practicamente juntos, hasta el día en que murieron los padres de Samantha y la trasladaron a Ville Navarra. Estuvieron incomunicados muchos años, y cuando Sam salió de la casa de los Covarenni se mudó a Triland Port porque sabía que Steven aún vivía ahí. Convivía con su hermano tres años mayor que él, pero por culpa de una estúpida pelea hacía unos días lo había echado de la casa y Samantha lo había alojado con ellas hasta que consiguiera otro sitio. Cuando Sam le preguntó si le molestaba que Steven estuviera unos días allí Leah respondió que le daba igual. Lo conocía desde que había llegado de Remembranzas y ahora eran buenos amigos.
Ella creía que Steven era un hombre encantador, pero sin embargo no lo podía ver como algo más que un amigo, por más atractivo que fuera. Ni a Steven ni a ningún otro hombre. Se lo debía a Ian.
La tenía tranquila el hecho de saber que Steven tenía novia formal. No quería que tampoco él confundiera las cosas.
—Buenas...—respondió, sonriendole amablemente.
—¿Puedo hacerte compañía? —preguntó, señalando el sofá.
—Por supuesto —repuso ella de buena gana.
Él no sabía bien porque Leah estaba allí, pero se notaba a leguas que estaba pasando por un duro momento. Y aunque le costaba contener su personalidad bromista y espontánea intentaba respetar los silencios y los momentos de soledad de Leah. Ella estaba echa una antisocial, pero sin embargo, no se podía escapar del encanto arrebatador que Steven inconscientemente ejercía sobre todos.
Steven tenía veintitrés años y trabajaba por las tardes en una librería. Tenía el cabello oscuro y unos ojos azul cielo que le daban una mirada de niño bueno que seguramente pocas podían resistir. Era alto y esbelto, con un cuerpo que delataba una juventud llena de deporte y constante ejercicio.
Ahora, sentado al lado de ella, permanecía con los ojos entrecerrados y semblante tranquilo, mientras ambos guardaban silencio. Estaba despeinado, descalzo, y solo tenía puesto el pantalón que usaba para dormir. La sombra gris que empezaba a notarse en su rostro dejaba en evidencia que no se había afeitado.
—Si sigues observandome así voy a sonrojarme. —dijo él, divertido, y Leah apartó la vista avergonzada. No había reparado en que lo estaba mirando descaradamente.
—No te observaba a ti. —mintió y ambos rieron.
—Dejaré que me mires cuanto quieras si después puedo hacer lo mismo. —repuso él, en tono seductor.
A Leah no le sorprendían las galanterías de Steven. Se había dado cuenta que era algo que él no podía controlar, y no era de extrañar; con lo atractivo que era cualquier chica moriría por sus flirteos. Pero ahora que tenía novia, Leah sabía que lo hacía en broma y por mera costumbre.
—No coquetees conmigo. —dijo ella, sonriendo con malicia.
Steven soltó una carcajada con una sonrisa que en otra vida la habría dejado sin respiración.
—¿Cómo me crees capás de semejante cosa? —preguntó él con fingido dramatismo y luego ambos echaron a reír.
Era increíble lo mucho que Steven le cambiaba el humor. Era un chico maravilloso.
—No cenaste ayer con nosotros —protestó él de pronto.
—Lo siento...
—¿Qué hiciste en tu ausencia? ¿Fiestas, descontrol, lo de siempre? —bromeó Steven, sabedor de que Leah practicamente no pisaba la calle.
Leanne rió.
—Lo de siempre. Otra enriquecedora experiencia en la azotea —agregó, siguiéndole la corriente.
—Pues lamento comunicarte que esta noche tendrás que suspender tu exilio.
—¿Porqué lo dices?
—Hoy iremos a cenar fuera con Sam, Jenna, y un par de amigos más, y tú vendrás con nosotros.
—No lo dices en serio...
—Por supuesto que sí. Y no te lo estoy preguntando.
—Oh, Steve, yo...
—No aceptaré un no.
—Lo pensaré.
—Vamos, Leah, no seas aguafiestas —dijo Steven, poniéndose de pie—. Yo no estaré en todo el día, le prometí a Jenna que pasaría por su casa antes de ir a trabajar, pero cuando vuelva espero que estés pronta. No necesitas ponerte nada demasiado elegante. La situación no lo requiere. —concluyó con una sonrisa.
—Pero Steven...—intentó protestar ella.
Steven puso los ojos en blanco y suspiró.
—Está bien, hagamos un trato: si vienes esta noche con nosotros ignoraré el hecho de que has olvidado mi cumpleaños. —propúso y Leah lo miró sorprendida.
—Oh... ¿hoy es...
—Sí, 4 de mayo. ¿Dónde tienes la cabeza? —preguntó riendo—. Da igual. ¿Entonces qué me dices?
—Pues siendo así creo que no tengo excusa. Ahí estaré.
—Me alegra escuchar eso. Ahora si me disculpas tengo que arreglarme un poco. Jenna me espera. —Hizo una mueca al decir el nombre de su novia y se volteó para entrar en la habitación.
—Ah, Steve, por cierto...feliz cumpleaños.
—Muchas gracias, linda. —respondió guiñandole un ojo para después cerrar la puerta a sus espaldas.
 Leanne se estiró en el sofá y dejó escapar un largo suspiro.
Esta será una larga noche, pensó.


Premio de Victoria

sábado, 14 de abril de 2012

Despedida - Capitulo 5.


Remembranzas, 18 de febrero

 Para cuando salió de la casa de Donna ya había tomado una decisión.
No entendía como Donna había logrado convencerla, pero lo había echo y ya no había marcha atrás. Leanne le había dado su palabra de que se iria lo más lejos posible con tal de que ella cumpliera con lo prometido. Aunque Donna le había dejado claro que sólo cumpliría con su parte una vez que Leanne estuviera fuera de la ciudad.
Leah no tenía ninguna seguridad de que Donna sería fiel a su promesa, pero era un riesgo que tenía que tomar. No tenía ninguna otra opción.
 El acuerdo era que Donna ayudaría en todo lo posible a Ian siempre y cuando Leanne se marchara para no regresar. Y no solo eso, si no que quedaba prohibido intentar comunicarse con él por cualquier medio. 
Ambas pactaron que jamás le contarían a Ian sobre su trato.
 Leanne le había pedido que le diera un par de días antes de irse. Tenía decidir a donde se iría, juntar algunas pertenencias, renunciar a su trabajo, y lo más difícil: romper con Ian. 
 Lo primero que hizo al llegar a su casa fue llamar al bar donde trabajaba. Habló con el dueño y le inventó una historia de porqué se iba de Remembranzas.
 Lo segundo era intentar comunicarse con Samantha, su vieja amiga. Buscó en su agenda y dio con el único número de teléfono que Samantha le había dado.
La atendió una mujer mayor que le comunicó que Samantha ya no vivía allí, pero le pasó otro número para que pudiera encontrarla.
—¿Quién habla? —preguntó del otro lado la voz que Leah conocía tan bien.
—Sam, soy Leanne W...
—¡Leah! —exclamó Sam, interrumpiéndola con alegría— ¡Qué sorpresa! Me alegra escucharte después de tanto tiempo, amiga.
Se mantuvieron hablando durante prácticamente dos horas para ponerse al corriente de sus respectivas vidas. Leanne le contó todo lo que había sucedido con Donna, y Sam practicamente la obligó a que fuera a vivir con ella, al menos durante un tiempo.
—¡Tienes que venir a Triland Port, Leah! Esta ciudad es lo máximo. Te encantará. Lo sé. Sé que está prácticamente a siete horas de vuelo, pero vale la pena. Además, te hará bien tener a alguien más para ayudar a curarte las heridas. 
 Luego de cortar la llamada se preparó un bocadillo y se dispuso a armar su maleta. Extrañaría su casa.
 Unas inmensas ganas de llorar la abrumaron, pero no se lo permitió. Necesitaría las lágrimas para después. 
 Miró por la ventana y notó que estaba por atardecer. Decidió dar un último paseo por la pequeña y hermosa ciudad que la había visto crecer.
Recorrió calles y calles, todas adoquinadas. Miró cada una de las bonitas y modestas casas que se erguían en cada patio. Una al lado de otra. Observó cada árbol y cada flor que había en el parque principal. Paseó por enfrente de los locales y tiendas del centro, admirando la antigua arquitectura que aún se conservaba intacta. Y finalmente llegó a su lugar preferido, las orillas del lago. Todas las casas desaparecían poco a poco a medida que se acercaba al lago, hasta convertirse en un paisaje verde y hermoso. 
Revivió con dolorosa nostalgia los mil atardeceres que despidió con Ian desde que tenía quince años, en ese mismo lugar. Cada tarde en la que se entretenían leyendo poesía, o cuando Ian llevaba su guitarra y le improvisaba canciones de amor. Todas las veces que se quedaron hasta la noche observando el inmenso firmamento.
 Como después de cada día soleado, los colores se empezaron a entreverar en el cielo frente a ella, pintando el lago de dorado.
 Miró nuevamente a su alrededor y aspiró el aire fresco.
«Nunca olvides este lugar, Leah. Pase lo que pase, nunca lo olvides.» se dijo misma, intentando gravar en su memoria para siempre cada detalle.
 No se dió cuenta de que estaba llorando hasta que inconscientemente se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano.
 Suspiró y decidió visitar por ultima vez a los pequeños hermanos de Ian. 
Sabía que no se encontraría con él allí, ya que ése día estaría trabajando hasta tarde. A decir verdad aún no lo quería ver. Todavía no tenía idea de como lo iba a encarar.
Al aproximarse a la casa pudo divisar a Molly sentada en los primeros escalones de la entrada. La niña la vio llegar y corrió hasta ella abriendo los brazos. Leanne la levantó en sus brazos cuando la alcanzó y le dio un beso en la mejilla.
—Ian no está en casa. —se apresuró a decir Molly.
—Lo sé. En realidad vine a verte a ti y a tus hermanos. ¿Dónde están?
—Se fueron a comer pastel a la casa de tía Audie.
Así era como Molly llamaba a Adriana, una vieja amiga de su madre.
—¿Y tú porqué no fuiste?
—Mamá no quería que vaya. —repuso tristemente.
—¿Porqué no?
—No lo sé. 
—Bueno, de todas formas ya está oscuro y no tendrías que estar aquí fuera sola.
—Morgan dice que mamá esta loca. —le susurró Molly al oído, como contándole un secreto.
—Eso no es verdad.
—Mamá grita mucho, y habla sola. Fran dice que tiene un amigo imaginario. 
Leah tragó saliva.
—Será mejor que entres, Molly. Yo ya me iba. —dijo, dejándola en en suelo.
—Está bien. Te quiero Leah. —respondió, dándole un beso en la mejilla.
A Leanne se le encogió el corazón.
—También te quiero, cariño.
La observó entrar en la casa y se dignó a volver a la suya, arrastrando los pies.
Cuando llegó a su casa se sintió desolada. Empezaba a darse cuenta del vuelco que estaba por dar su vida. 
El solo hecho de pensar en lo que le diría a Ian la hacía sentirse aturdida.
Se dejó caer en el sofá y cerró los ojos. Quería que todo fuera una pesadilla. Que cuando despertara todo estuviera bien.
Sin quererlo y abrumada por el dolor se durmió allí un par de horas, hasta que unos golpes resonaron en su puerta y la despertaron.
Se forzó a levantarse y abrir la puerta, y en cuanto lo hizo sintió como una puñalada en medio del estómago al ver a Ian esperándola en el umbral.
Él se acercó y la besó tiernamente. 
Leanne, de forma distante, lo invitó a pasar y ambos se sentaron en el sofá. 
—Parece que Adriana se quedará hoy en casa con los chicos. Podré pasar la noche contigo. —dijo sonriente, pasándole un brazo por la cintura y atrayéndola hacia sí.
Leanne lo observó en silencio, a escasos centímetros de su cuerpo. El pensamiento de que podía ser la ultima vez que estuviera tan cerca de él casi la hace llorar. 
Ian notó enseguida el cambio de su expresión. 
—¿Pasa algo, cariño? —le preguntó, acariciando su mejilla. 
«Claro que pasa algo. Pasa que tu madre está muriendo. Pasa que mañana en la noche me iré y no te volveré a ver.» pensó para sus adentros Leah, incapaz de decirlo.
—No, no pasa nada. —se escuchó decir, para luego acortar más la distancia entre ellos y besarlo apasionadamente. 
No sabía lo que estaba haciendo. Solo se estaba dejando llevar por sus impulsos. 
Eso no estaba bien. No si después tendría que despedirse de él para siempre.
Ian la recorría con sus manos fuertes, dominado por la pasión que lo embriagaba cada vez que la tocaba. Él se separó de sus labios un momento para sacarse la camiseta de un solo movimiento, como lo había echo tantas veces antes y volvió a besarla. 
Leah sentía el calor del torso desnudo de Ian sobre ella, y notó como él buscaba los primeros botones de su blusa.
No podía dejar que continuara. Estar con Ian solo haría más difícil la despedida después. 
Sabía que deseaba tener una última noche con él, pero dudaba que lo pudiera dejar si eso pasaba.
—Ian, espera...—susurró ella.
Él pareció no escucharla.
—Ian. Ian...detente...—insistió— ¡Basta, Ian! 
Ian se apartó de ella y la miró a la cara, desconcertado. 
—¿Qué sucede?— jadeó.
Leanne se deshizo de los brazos de él, que la rodeaban, y se sentó erguida, con las manos en la cara.
—¿Qué ocurre, Leah? ¿Te hice daño?—preguntó, aún con la respiración entrecortada.
Ella negó con la cabeza, sin dejar de cubrirse el rostro.
—¿No quieres que me quede? ¿Estás indispuesta?
—Tengo que hablar contigo. —murmuró insegura, bajando lentamente las manos.
Cuando Ian notó que estaba llorando, se acercó precipitadamente a ella.
— Oh, Leanne, no me digas que tienes un atraso. ¿Estás embarazada? ¿Vamos a ser padres?
—No, nada de eso —se apresuró a decir, haciéndolo a un lado con la mano.
—¿Entonces qué? —inquirió consternado, insistiendo en abrazarla, pero ella lo volvió a evitar.
—No me toques. —ordenó Leanne, esquivando su mirada.
Él la miró sin dar crédito a lo que escuchaba. Se encontraba totalmente confundido.
—Leah, no estoy entendiendo. Explícame que es lo que te pasa, por favor.
—¿Qué es lo que no entiendes, Brahian? —gritó ella, histérica, poniéndose de pie y caminando rápidamente en dirección a su habitación.
Ian la siguió, pero Leanne le cerró la puerta en la cara.
—Oh, por el amor de Dios, Leanne ¿Quieres decirme que demonios está pasando? —preguntó alzando la voz para que lo escuchara desde el otro lado.
No obtuvo respuesta.
—¿Quién es la que se comporta como una adolescente ahora? —continuó— Ya no tenemos quince años, Leah. Dijiste que querías hablar, ¿verdad? Pues entonces abre la puta puerta y hablaremos.
Ella seguía sin contestarle.
—Si no me abres tú la abriré yo. —advirtió.
Segundos después intento hacer girar el picaporte y para su sorpresa estaba sin llave. 
Al entrar se encontró con Leanne acostaba boca abajo, sobre su cama. Ian se sorprendió al ver dos maletas llenas de ropa en el suelo, y el armario vacío.
Cerró los ojos con fuerza y trató de mantener la calma.
—Leah, estoy haciendo una fuerza sobre humana por no perder los estribos en este mismo instante. Será mejor que me expliques que sucede contigo y que significan esas maletas. —farfullo con la voz dominada por la angustia y la cólera.
Leanne se puso de pie frente a él y lo miró fijamente, con los ojos irritados por el llanto. 
—¡Me voy, Ian! ¿Aún no lo comprendes? ¡Me marcho de aquí! —gritó con la voz quebrada. 
—¿Qué? —preguntó él sin pestañear, mientras las manos le empezaban a temblar compulsivamente.
—Me voy de Remembranzas, Ian. 
—Tú no puedes abandonarme.
—Lo estoy haciendo en este momento.
—No, no. No te creo —se llevó las manos a la cabeza, moviéndola de un lado a otro—. ¿Tú estás terminando conmigo?
—Lo siento, Brahian...
—No puedes estar hablando en serio.
—Mira...he estado pensando mucho sobre esto y creo que deberíamos tomarnos un tiempo. Alejarnos. Salir con otras personas. No sé. Por Dios, Ian... hemos sido novios por más de siete años y siendo sincera tú...empiezas a asfixiarme.
Ian la observó perplejo.
—¿Que te asfixio? ¿Dices que te asfixio cuando apenas podemos vernos un par de horas cada tarde?
—Tal vez ese sea el problema. No tienes suficiente tiempo para mí.
—Te estás contradiciendo.
—Sea lo que sea, Ian, es mejor dejarlo así.
—Leah, por Dios, no seas irracional —dijo, acercándose a ella y tomando su rostro entre las manos—. Si quieres que te dedique más tiempo buscaré la manera de hacerlo. No tienes que montar todo este circo.
—No, Ian, no. No estás entendiendo —respondió, alejándose más de él—. Me voy, ¿comprendes? Es un hecho, no una pregunta.
—No te comportes como una niña, cariño. ¿Qué sucede? Ayer todo estaba tan bien...¿Qué fue lo que pasó?
—Abrí los ojos, Ian. Eso fue lo que pasó. Me di cuenta que ya no somos aquellos niños que eramos cuando nos conocimos. No tiene sentido seguir con una relación que debió terminar junto con la adolescencia.
—¿Pero porqué dices esto? Estás diciendo estupideces, Leanne. 
—¿Es que acaso no te das cuenta? ¡Mirate, Ian! Ya eres un hombre. Nunca volveremos a ser los de antes.
—Claro que no volveremos a ser los de antes. Hemos crecido, ¿pero qué hay con eso? Los sentimientos son los mismos, cielo. Y yo por ti siento exactamente lo mismo que sentí el primer día que te dije que te amaba. 
A Leah le dió un vuelco el corazón, pero intentó mantener su aparente firmeza. Sabía que Ian tenía razón: sólo estaba diciendo estupideces. Pero aún así no se podía echar atrás.
—No me refiero a eso.
—¿Entonces a qué? Madre mía, estás haciendo un embrollo que ni tú misma entiendes. A ver, cariño... si lo que quieres es tomarnos un tiempo, está bien, te daré un tiempo. Pero no es necesario que te vayas de Remembranzas. Juro que no te molestaré, pero no es preciso que te marches. 
—Sí, sí es necesario. Tengo que irme de esta maldita ciudad. 
—Disculpa, pero en esta «maldita ciudad» hemos formado cada uno de nuestros planes.
—Por eso mismo, Ian. Tengo que irme lejos. A un lugar donde no pueda verte. En este lugar todo me recuerda a ti, y si quiero acabar con esta historia lo mejor será no volver a verte, ni a recordarte nunca más. Tú también debes seguir con tu vida. Es lo mejor para ambos.
Observó como las lágrimas lentamente inundaban los ojos de Ian, pero él luchaba por no dejarlas salir.
—¡No, Leah, no! ¡Mi única vida eres tú, maldita sea! No puedes irte así como así. No puedes dejarme. Por favor, mi amor, no me abandones. Sabes cuanto te necesito.
Leanne sintió que su corazón se detenía mientras escuchaba las suplicas de Ian. Pero sabía que si quería irse tenía que lastimarlo, aunque le doliera más a ella. De otra forma nunca podría dejarlo. Apretó los dientes y cerró los ojos por un segundo, buscando valor para mostrarse fría y distante.
—Algún día entenderás que tengo razón...
—Nunca lo haré, ¿y sabes porqué? Porque has perdido la razón completamente. ¡Tú me amas, Leanne! ¿Cómo puedes dejarme?
—Ian, yo...
—¡Me amas! Sabes que es así, y si no, atrévete a negarlo.
—No lo hagas más difícil...—dijo ella, con la voz quebrada, mirando al suelo.
—Niegalo, Leanne. Mirame a los ojos y dime que no me amas. Tal vez así pueda comprenderlo.
Leah, torturada, levanto lentamente la mirada hasta encontrarse con sus ojos llenos de lágrimas.
—Ya no te amo. —musitó, y observó como la falsa serenidad de él se venía al suelo. Casi pudo escuchar como algo se partía dentro del pecho de Ian.
—¡Mientes! ¡Estás mintiendo! Maldíta sea, Leanne, lo veo en tus ojos...¿cuándo fue que te convertiste en una hipócrita?
Las palabras de Ian la cortaron como un cuchillo.
—Es la verdad...—sollozó— Perdoname.
—¿Que te perdone?—rugió él— Me estás matando Leanne. Pero lo peor es que al mentirme también te estás destruyendo a ti misma. Puedo amar a quien me mata, ¿pero como puedo perdonar a quien te destruye a ti? Y por favor, deja de llorar. Guarda esas lágrimas para cuando me vaya. Porque te juro que en cuanto cruce esa puerta no habrá marcha atrás.
—Brahian, escúchame. Si hago esto es porque fuiste una persona muy importante para mí y sé que mereces ser feliz. Yo también lo merezco. Y en el fondo ambos sabemos que si me quedo me quedaré encasillada aquí por el resto de mi vida. Yo no quiero eso, Ian. Yo quiero salir de este lugar. Conocer mundo. Conocer personas nuevas, y así tal vez...
—¿Y así tal vez, qué? ¿Así tal vez enganchar algún otro idiota como yo, que se enamore ciegamente de ti? Porque eso fui, un idiota. Y recién ahora me doy cuenta cuan cruel y falsa has sido conmigo.
—No, Ian, no es así...—chilló ella, abandonada al llanto, acercándose a él y besándolo en los labios casi inconscientemente.
Él no la rechazo, pero la besó casi con agresividad. La rodeo con sus brazos fuertemente, apegandola a él, y a Leah le costó terriblemente deshacerse de su abrazo. Cuando se apartó de él vio como se enjugaba las lágrimas con rabia.
—¿Porqué me haces esto? ¿Porqué sigues torturandome?
—Lo siento —comenzó a farfullar torpemente Leanne, en modo de disculpa—, yo no quise hacer eso. 
—Lo haces para que intente detenerte, ¿no es así? Lo haces porque en el fondo no quieres irte. Porque sabes que aún me amas. Pero está bien...Atormentame cuanto quieras. Lastimame, hiéreme, que algún día recordarás lo que hiciste, y el arrepentimiento será tu peor condena.
Leanne estaba rendida. No tenía más palabras. No tenía más fuerza para seguir con aquella farsa. Sabía que todo lo que decía Ian era cierto. Sabía que jamás podría olvidarlo. Sabía que lo amaba. Quería echarse a su cuello y llorar desconsoladamente en sus brazos. Explicarle todo. Quería quedarse con él para siempre. Pero lamentablemente no podía hacer nada de eso.
Ahora solo podía llorar. Sentía el corazón desgarrado. Cuando miraba los irritados ojos de Ian sentía como si le estuvieran abriendo el pecho con una navaja.
Ian, a su vez, conmovido por las lágrimas de ella, llevó una mano a su mejilla pero la dejó caer enseguida y la miró con rencor. 
—No se decirte ni una palabra de consuelo. No te lo mereces. Me has matado. 
—No me digas eso...—susurró Leah con un hilo de voz.
—No tengo otras palabras para ti.
—Si es así entonces vete de una vez. 
—¿Eso es lo que quieres?
—¡Vete, Ian, vete! —gritó ella, dominada por la angustia— Deja de torturarme, por favor. Sólo déjame en paz. 
—Yo no te torturo. Eres tú la que provocó todo esto. Pero si quieres que me vaya lo haré—respondió él, girándose en dirección a la puerta—. Te deseo suerte para cuando tengas que enfrentarte a todos los fantasmas de tu remordimiento. —concluyó, con voz distante y controlada, alejándose lentamente. 
Antes de que saliera de la habitación Leah lo tomó del brazo.
—Espera, Ian...
Él se volvió a ella y la miró con desprecio, pero no abrió la boca.
—Quiero decirte que...aunque ahora me vaya eso no significa que yo no te haya querido. Tú has sido...
Ian movió bruscamente el brazo para liberarse de la mano de ella.
—Hasta nunca, Leanne. —la interrumpió con voz ronca, y cruzó finalmente la puerta. 
 Cuando escuchó el golpe sordo de la puerta principal al cerrarse se tumbó en su cama y se hundió en la más negra depresión.
Todo había terminado.



jueves, 12 de abril de 2012

Determinación - Capitulo 4.

Ville Navarra, 18 de febrero

 En las primeras horas de la mañana Leanne se tomó un autobús que la llevaría 26 km al éste, a la ciudad vecina de Ville Navarra.
 Trataba de convenserce de que ésa era la única posibilidad que tenía de ayudar a Ian, porque de no ser así jamás lo haría.
Se encargó de memorizar palabra por palabra lo que le diría cuando la tuviera enfrente, aunque temía que llegado el momento la mente se le quedara en blanco, como le solía ocurrir.
 Al llegar a la estación bajó del autobús y aspiró profundamente. Observó el paisaje urbano que la rodeaba. Había cantidad de enormes edificios, y mucho tráfico, y casas demasiado ostentosas. Nada de árboles, ni flores. Nada de verde naturaleza. Nada parecido a Remembranzas. Se sentía practicamente en otro mundo.
Hacía tanto tiempo que no visitaba Ville Navarra que casi olvidaba lo poco que le agradaba.
 Apresuró el paso por unas cuantas calles y llegó finalmente a su destino. Sintió que los músculos se le entumecían al saberse parada enfrente de aquella hermosa casa que conocía muy bien.
 Sentía que la boca se le secaba y tragó saliva. Rogó interiormente poder salir con su dignidad intacta.
Se obligó a tocar timbre y se repitió que todo esto era por Ian. Fue suficiente recordar la expresión desolada de él la noche anterior para llenarse de coraje.
 Tocó el timbre por segunda vez.
Una mujer baja y rechoncha, con apariencia de criada, le abrió la puerta.
—Buenos días, señorita ¿En que puedo ayudarla?—dijo la mujer, dedicándole una afable sonrisa.
—Busco a la señora Covarenni —repuso enseguida Leah, devolviéndole la sonrisa.
—¿De parte de quién?
—De...una vieja amiga.
La mujer abrió del todo la puerta y le hizo una seña para que entrara hasta el recibidor.
—Espere aquí un minuto —ordenó, desapareciendo por una puerta.
 Al cabo de segundos la misma puerta se volvió a abrir.
Leanne, que esperaba ver a una mujer arrugada y de pelo cano, con la cálida mirada que recordaba, se sorprendió mucho al encontrarse de frente con los gélidos ojos de su antigua adversaria, que le sonreía cínicamente, aunque sin poder disimular la sorpresa.
 De pronto, se sintió estúpida por no imaginar que ''señora Covarenni'' también podía ser Donna.
—¡Qué grata sorpresa, Leah! —exclamó Donna, acercándose y besándola en las dos mejillas.
—Si, perdón por no avisar de mi visita. Tampoco yo esperaba venir —farfulló torpemente.
—De todas formas no creo que hayas venido solo a verme, ¿me equivoco?
—En absoluto. En realidad, buscaba a Sharon. No me di cuenta que señora Covarenni también eras...
—¿A Sharon? ¿Mi madre? ¡Oh no, querida! Ella falleció hace un año.
Leanne quedó congelada.
—Oh, lo siento mucho, yo no sabía que...
—No te preocupes. Pero ven, pasemos a la sala y charlemos —dijo simulando amabilidad, tomando del brazo a Leah y dirigiéndola a la sala que ya conocía muy bien.
 Si no supiera que Donna en el fondo aún la odiaba, pensaría que se encontraba con una vieja amiga. Donna disimulaba demasiado bien el rencor que aún le guardaba a Leanne, aunque Leah no entendía porque se esforzaba en hacerlo. ¿Querría ver a que venía para luego humillarla y echarla a la calle? Seguramente.
Pero para su pesar, Donna seguía siendo la única forma de ayudar a Ian, y tendría que intentarlo aunque fuera lo ultimo que hiciera.
 Ella estaba muy al tanto de que Donna siempre había estado obsecionada con Ian. Sabía que era en parte por fastidiarla y en parte porque Ian era el típico chico del cual era fácil enamorarse.
 Tal vez al contarle la historia de la madre de él y en la situación que se encontraban llegaba a tocar su vena sensible y los ayudaba.
 La verdad era que los Covarenni eran una familia muy poderosa. Bastaría con que chasquearan los dedos para que la madre de Ian estuviera internada en el mejor centro de rehabilitación y atendida por especialistas profesionales. Leanne se aferraba a esa esperanza. Por eso había venido. Y si Donna era una Covarenni hablaría con ella, aunque le doliera en el orgullo.
 Quizá Donna había madurado y había dejado los resentimientos atrás. Tal vez se compadecería de ellos y les brindaría su apoyo. Era todo lo que necesitaba.
—Gisselle, tráenos dos cafés, por favor —ordenó en voz alta Donna, mientras le indicaba a Leanne que se sentara en el sofá.
 Sentadas frente a frente ambas se observaron por unos minutos.
Donna se encontraba tal y como Leanne la recordaba, pero más estilizada y con un porte más elegante.
El peinado y el maquillaje perfectos, y la ropa carísima la hacían parecer una muñeca Barbie.
Leanne se sintió insignificante frente a ella, y enderezó su espalda para mejorar la postura.
Donna era hermosa. Tanto que la hacía sentirse fea. Más que eso, horrible. Le entraron ganas de salir corriendo y escapar de los ojos fríos y escrutadores de ella.
—¿Qué tal está Ian? —preguntó con un tono de voz insinuante que casi hizo que Leanne apretara los puños.
Le daba rabia el solo echo de que ella pronunciara su nombre.
—Bien —soltó secamente.
—Me enteré de lo de su madre...—comentó como quien no quiere la cosa, al tiempo que Gisselle dejaba la bandeja con las tazas en la mesita ratona y se retiraba.
Se quedó sin palabras.
—¿Cómo? —alcanzó a murmurar.
Donna rió divertida.
—El terapeuta de Lina es un gran amigo mio, querida. Se todo sobre su enfermedad. Por cierto... lo siento mucho —respondió con falso pesar.
Leanne estaba atónita. No se esperaba esto. Como había previsto, su mente se quedó repentinamente en blanco, sin dejarla pronunciar palabra.
Donna tomó un sorbo de café y la miró pensativa. En el fondo todo esto la entretenía. Leah lo sabía.
—Intuyo que tu visita tiene que ver con eso, ¿verdad?—dijo Donna, más como una afirmación que como una pregunta.
Asintió con la cabeza, buscando las palabras adecuadas.
—¿Me dices que conoces al doctor Darwin Milanno? —inquirió Leanne, por lo bajo.
—Así es, ¿no lo sabias?
—No. No lo sabía.
—Hmm, ya veo. Entonces tal vez intuí mal —respuso Donna.
Leanne suspiró.
—A decir verdad...—farfullo, nerviosa— no, no intuiste mal. Estás en lo cierto.
Donna sonrió autosuficiente.
—Entonces...¿qué es lo que puedo hacer por ti, querida?
—Donna...ya sabes que Lina está algo enferma y...puede que haya que internarla. También sabes que el padre de Ian se suicidó hace dos años y desde entonces se ha echo cargo prácticamente él solo de su madre y sus hermanos pequeños —tragó saliva—. Él no puede permitirse pagar todas las medicinas de su madre, ni mucho menos el centro de rehabilitación. Si lo hace no podría mantener a sus hermanos, y tendrá que vender su casa, y...
—¿Y te a pedido a ti que vengas a pedirme dinero? —interrumpió Donna, con los ojos entornados y voz indiferente.
—No, por supuesto que no. Es más, él no se puede enterar que vine. Me mataría.
—¿Entonces?
Leanne resopló fuertemente. Veía que Donna no se lo pondría fácil.
—Escucha, Donna —dijo firmemente—, vine a pedirte que lo ayudes. Y si el doctor Milanno es tu amigo solo facilita las cosas. Sería cuestión de que hables con él y le encuentre un lugar en su centro para Lina. Ni siquiera te estoy pidiendo dinero, por el amor de Dios. Te estoy pidiendo que ayudes a Ian. No a mí —se detuvo para tomar aire—. Si quieres puedes ayudarlo, o echarme ahora mismo. Pero si harás esto último te pido que no me hagas perder tiempo y me lo digas sin rodeos.
Donna guardó silencio por unos segundos, con una expresión casi de satisfacción.
—No te alteres —respondió al fin, con voz imperturbable—. Te diré algo: yo podría hacer mucho más que eso por Ian. No solo le podría encontrar un lugar en el centro de rehabilitación a su madre, si no que podría conseguirle todas sus medicinas sin que Ian tenga que gastar un centavo. También podría hacer que él continuara sus estudios en la academia de música si así lo desease, ¿no es lo que siempre soñó?
Ella asintió en silencio, observándola con recelo.
—Lamentablemente, querida Leanne, yo no hago favores —continuó triunfante—. Porque no creerás que las personas como yo hemos conseguido todo lo que tenemos por ir regalando cosas por la vida, ¿verdad?
«Tienes todo lo que tienes gracias a tus padres», pensó Leanne, pero se mordió la lengua y la dejó continuar.
—Creo que negociando ambas podríamos quedar conformes, ¿no es así?
—¿Me chantajearas? —le espetó Leanne, sin poder evitar fulminarla con la mirada.
—Oh, no. Por supuesto que no. Chantaje es una palabra muy fea, Leah. Digamos que simplemente podemos llegar a un acuerdo para que las dos salgamos ganando.
La observó cavilante. Sabía que debía esperar cualquier cosa de Donna, pero no se le ocurría qué. ¿Qué podría tener ella que Donna quisiera?
—A ver, ¿qué quieres? —soltó de pronto, sin vacilar.
—Quiero que te vayas.
—¿Perdona?
—A París, a Londres, a Nueva York, a Tailandia si quieres. A donde sea. Sólo vete y le daré a Ian todo lo que necesita.
No daba crédito a sus oídos. No pudo más que soltar una corta carcajada.
—¿Qué rayos estás diciendo, Donna? —preguntó incrédula, aunque había entendido muy bien.
—Lo que has oído, Leanne. Aléjate de Ian para siempre y tendrá todo lo que desea.
—Eso es imposible. —murmuró consternada.
—Bien, entonces si esa es tu ultima palabra no tenemos nada más de que hablar —sentenció Donna, fríamente, poniéndose de pie—. Sólo te diré una ultima cosa...será mejor que tú y Ian no se tomen tan a la ligera la enfermedad de Lina. Ella no está «algo enferma», está muy enferma. Y sin los tratamientos y cuidados necesario en cuestión de tiempo morirá.
Leah la miró fulminante.
—No juegues con eso. —rugió, poniéndose de pie frente a Donna.
—¿Crees que lo digo en broma? —respondió tranquilamente—. Lina padece una enfermedad llamada Demencia por cuerpos de Lewy y sí, se podría decir que es terminal. Solo empieza olvidando cosas simples, cosas cotidianas. Su estado de ánimo es cambiante; de alegría a enojo, de enojo a tristeza, etc. Luego comenzará a tener alucinaciones cada vez más frecuentes. Perderá la memoria a largo plazo, y también perderá el razonamiento crítico. Y no solo eso, también sus funciones corporales se irán desvaneciendo hasta convertirla en nada. Es una enfermedad que ataca los lóbulos frontales, por tanto, pasado el proceso dejará de ser por completo quien es, para convertirse en un cuerpo inútil y más tarde... la inevitable muerte.
Leanne negaba con la cabeza. No quería creerle. Quería taparse los oídos y salir de allí, como si nada hubiera escuchado.
—¿Cómo sabes todo eso? —se oyó preguntar.
—Soy la única persona con la que Darwin habla de sus pacientes. Esta es toda información confidencial, por supuesto. Lo será hasta que decida decírselo a Ian.
—¿Y cómo es que Ian no lo sabe aún?
—Darwin es un profesional, querida. Como todos los doctores sabe cuanta información compartir con sus pacientes, y en que momento.
—Eso es injusto. —susurró Leah por lo bajo, con un nudo en la garganta.
—Tal vez lo sea, pero es un tema que no me concierne.
Se dejó caer en el sofá nuevamente, con las manos en la cara. Donna se sentó a su lado.
—Será muy duro para Ian aceptarlo cuando lo sepa, ¿verdad? —le dijo en voz baja a Leah— Luego del suicidio de su padre quedó devastado... sólo imagina como se sentirá luego de que su madre muera. ¿Crees que podrá superarlo? Imagina qué pensaría él si se enterara de que su novia perfecta sabía de la enfermedad de su madre mucho antes que él, y pudiendo salvarla no hizo nada...—suspiró— ¿Cuánto te ama Ian, Leah? ¿Lo suficiente como para perdonar que hayas dejado morir a su madre?
—¡No es mi culpa que esté enferma! —gritó Leanne, sin poder controlar las emociones que la dominaban.
—No es tu culpa que enfermara, pero si dejas pasar la única oportunidad de que se salve, entonces será tu culpa cuando muera.
—No sean tan cruel, Donna. Tú también tuviste una madre...—sollozó.
—No soy cruel, soy realista. Y mi madre me abandonó en un orfanato, así que mejor no hablemos de ella —espetó con desdén—. Leanne, yo podría darle todo a Ian. Todo lo que tú ni en mil años conseguirías. Yo puedo cumplir sus sueños, Leah. Si tú no lo lograste en tantos años deja que otra persona lo intente. Ian es un chico talentoso, y si da con las personas indicadas puede llegar muy lejos. Sabes mejor que nadie que él merece ser feliz...¿Crees que lo será si su madre muere? ¿Crees que lo será si se tiene que quedar completamente solo criando a tres niños pequeños? No te engañes. Ian nunca llegará a ser nadie junto a alguien como tú. No lo arrastres contigo al fracaso, Leanne. Él merece algo mejor. Y si no es así...¿Qué puedes darle tú?
Leanne se enjugó las lágrimas y la miró fijamente.
—Amor. Eso puedo darle. —respondió con voz torturada.
Donna rió amargamente.
—¿Amor? No me hagas reír, Leanne. ¿Podrá salvar a su madre con amor? ¿Mantendrá a sus hermanos con amor? ¿Pagará sus facturas con amor? —soltó otra carcajada— No lo creo.
—Yo lo amo. Y saldremos adelante. Sé que es así...—contestó débilmente, como una niña encaprichada.
—¿Lo amas? ¿Estás segura de eso?
—Por supuesto que sí.
—¿Y qué tanto lo amas, Leanne? Quiero que me lo digas...¿Lo amas tanto como para anteponer su felicidad a la tuya? ¿Tanto como para querer un buen futuro para él, aunque éste no sea contigo? ¿O eres tan egoísta que preferirías hundirlo contigo por el simple echo de tenerlo junto a ti?