miércoles, 30 de mayo de 2012

Dante - Capitulo 15.


Monte Mercuccio, 15 de mayo
Una noche glacial se abría paso sobre la gran ciudad, coronada por una enorme, brillante y bien centrada Luna.
 Dante, con su postura encorvada, se mantenía de pie frente al enorme ventanal, en la penumbra de su biblioteca. En una mano sostenía una copa de vino, y en la otra, entre sus delgados y lánguido dedos escondía un mechero. 
—15 de mayo... —susurró y el cristal de la ventana se empañó con su aliento.
 Su memoria retrocedió exactamente catorce años atrás, y los recuerdos, como flechas incrustadas en su mente volvieron.
La palabra «piromanía» apareció en su cabeza. Un incendio, un funeral. Acusaciones, psicólogos, perdidas, dolor. Pastillas, terapia, otro funeral. Pero esta vez no había dolor, solo tranquilidad. Luego llegó la mayoría de edad. La tan añorada libertad e independencia. Y dinero, mucho dinero. 
Eres el único heredero vivo de los Blaird, Dante. Ahora todo te pertenece —le había dicho alguien una vez. Pero el no lo quería, no lo necesitaba. 
Y más tarde, responsabilidades. Problemas, y culpas. Remordimientos del pasado. Miedo, inestabilidad, y más pastillas. Y cada 15 de mayo una rosa roja sobre aquella fría tumba, en un cementerio de Londres. No una corona de flores, ni siquiera un ramo. Una sola rosa. Ella no merecía más.
Pero esta vez no podría ser. Ahora él se encontraba a miles de kilómetros de esa tumba, y por primera vez en catorce años no habría una rosa roja allí ese día. 
«Clic, chas», ese sonido nuevamente. Ese maldito sonido que había atormentado su mente durante tantos años, ahora por fin sabía que era.
—Clic, chas —dijo en voz alta al tiempo que lo hacía con el mechero. Levantó la tapita, y giró el rodillo, encendiendo la pequeña llama, para luego apartar el dedo y dejar que se apagara. 
«Clic, chas», el único recuerdo que tenía de aquella noche momentos antes de que todo ardiera en llamas.
«Sabía que no estaba loco», pensó y dejó escapar un suspiro. Pero ahora que más daba. Ya habían pasado demasiados años, y el verdadero autor de aquel incendio por el cual Dante había sido culpado ya estaba muerto hacía diez años. Pero él no lo olvidaría. Ahora estaba seguro de lo que había pasado, y podría jugarse la cabeza a que su padre lo había provocado todo.
 Dante giró sobre sus talones y caminó hasta una mesa en medio del salón. Dejó allí la copa de vino, y sacó de un florero una rosa roja, enorme y hermosa. La acercó a su nariz y aspiró el dulce aroma. Luego la tomó por la punta del tallo, y encendiendo nuevamente el mechero la prendió fuego, y la dejó caer sobre la mesa de cristal, observando como se consumía lentamente. 
Sopló las cenizas, y éstas se esparcieron por el suelo con ligereza. 
—Clic, chas —repitió, al tiempo que una leve sonrisa se pintaba en sus labios.
 La luz de la biblioteca se encendió de pronto, y Dante se encontró con la mirada aterrada de su joven criada. Él no recordaba su edad con exactitud, pero la chica no tenía más de 19, o 20 años. Tenía el cabello recogido en la nuca, y lo observaba con los ojos abiertos desmesuradamente. 
Dante, al percibir el miedo de la muchacha, sonrío con amabilidad para cortar la tensión.
—¿Sucede algo, Kathy?
—No, no, en absoluto —farfulló nerviosa—. Disculpe, no quería molestarlo, señor Blaird. Es solo que me ha parecido sentir olor a quemado, y...
—¿Y creíste que estaba intentando incendiar la mansión? —soltó una corta carcajada—. Dime, querida Kathy, ¿será que el apellido Blaird siempre estará ligado a la piromanía?
—Oh, perdóneme señor Blaird. Yo no quería insinuar eso. No fue mi intención ofenderle.
—No lo has hecho, tranquila —respondió él, cordial, avanzando hacia ella—. ¿Aún no está lista la cena?
—En un rato, señor.
—Bien —repuso, y se dignó a abandonar la biblioteca—. Ah, Kathy, por cierto...barre esas cenizas, por favor —agregó con tono divertido, y una sonrisa algo burlona.
 Una vez Dante estuvo fuera, Kathy se apresuró a hacer lo que le había ordenado y volvió a la cocina, a reunirse con los demás empleados de la casa.
—Tenias que haberle visto —le decía a la cocinera, que escuchaba atentamente—. Cuando entré en la biblioteca le vi ahí en la oscuridad con las luces apagadas, en medio de la sala, sonriendo como un desquiciado y con un mechero en la mano. También oí que decía algo en voz baja, pero no distinguí sus palabras. Dios santo, fue una escena de lo más macabra. 
—Deja de exagerar, Kathy. Eso de la piromanía es solo un rumor malintencionado —respondió la otra mujer, con mirada escéptica.
—¡Que no, Rebecca, que no! Además el suelo de la biblioteca estaba lleno de cenizas, lo juro. Mira, tú cree lo que quieras, mujer. Pero yo no se cuanto tiempo podré seguir trabajando en esta casa.
—Déjame decirte que eres una tonta si vas a dejar un trabajo como este por esos estúpidos rumores, Kathy. El señor es un hombre tranquilo, educado y super amable con todos, y gracias a él puedo mantener a mis hijos. Lo demás no me interesa.
—¿Te has fijado en todas las medicaciones que toma? ¿Y que me dices sus visitas al psicólogo?
—Kathy, por favor, deja la paranoia. En los tiempos en que vivimos cualquier persona tiene citas con el psicólogo, y eso no significa que estén locos. 
—Hasta he llegado a escuchar que mató a su propia madre, y estuvo internado en un hospital psiquiátrico de Suiza donde no podía ni siquiera recibir visitas. Lo han soltado solo porque pagó por ello, no porque le dieran el alta... ¡es un puto enfermo!
Rebecca se volteó para quedar de frente con Kathy, y le dirigió una mirada fastidiada.
—Es increíble. Tienes más imaginación que mi hija de 6 años. Deja de decir esas cosas, o nos meterás en problemas a las dos. El señor es sólo un tipo excentrico, y algo raro, pero al fin y al cabo es solo un muchacho de 25 años que no tiene a nadie más en el mundo que a si mismo. ¡Ni siquiera tiene amigos! Es duro vivir solo desde tan joven, no importa cuanto dinero tengas.
—Si está tan solo por algo será...
—Sí, claro que es por algo. Porque el mundo está plagado de gente cerrada como tú, que juzga lo diferente y se llena la cabeza de paranoias irracionales, justificando prejuicios absurdos y completamente estúpidos. Joder, Kathy, que el tipo ese no te ha hecho nada malo. Te trata de maravilla, te da trabajo, y te paga un salario que excede bastante la media normal. Déjalo vivir y que haga de su vida lo que quiera, por Dios.
Kathy guardó silencio un momento y bajó la cabeza.
—Tienes razón, Rebecca. Lo siento...
—Da igual, niña. Tómalo como un consejo. No puedes ir por la vida dejándote llevar por lo que dicen los demás. Ahora ve, y avísale al señor que la cena estará lista pronto.
 Kathy abandonó la cocina, y fue en busca de Dante. Lo encontró tendido en el diván de su despacho, leyendo un libro.
—Con su permiso, señor. Vengo a avisarle que la mesa estará puesta en un momento. 
—Oh, muchas gracias. Pero por favor, dile a Rebecca que prepáre la mesa para cinco.
—¿Tiene invitados esta noche, señor?
—No, pero me gustaría que me acompañaran en la cena de hoy.
—¿Nosotros?
—Así es. No me apetece comer solo, y aunque suene extraño, ustedes son las personas más cercanas que tengo.
La muchacha sintió una oleada de culpa en su interior. 
—Como usted diga, señor. Le avisaré a Rebecca enseguida.
—Gracias, Kathy.
Cuando Kathy avisó a los demás que esta noche cenarían con Dante, todos compartieron el estado de sorpresa, pero aún así nadie declinó la oferta. 
En el momento de la cena, Dante estaba sentado a la cabecera. La ama de llaves a la derecha, el mayordomo a la izquierda, y luego Kathy, y Rebecca. Era algo bastante inusual, por tanto los empleados se sentían un poco incómodos con la idea de comer junto a Dante. 
—Cuando era pequeño y aún vivía en Londres, a veces iba a cenar a la casa de Chris, un viejo amigo de la infancia. Sus padres eran muy amables, y tenían unos cuantos hijos. Siempre a la hora de la cena se sentaban a comer todos juntos, en una mesa enorme, y charlaban, y reían. Era una escena muy bonita de ver, y para mí, siendo un niño, era algo desconocido. Esas situaciones familiares nunca se daban en mi casa —comentó de pronto Dante, con voz nostálgica.
—¿Sus padres no cenaban con usted? —se atrevió a preguntar Rebecca, para continuar la charla.
—No, casi nunca. Nunca tuvieron una buena relación conmigo, especialmente mi padre. A decir verdad, nunca tuvieron una buena relación con nadie que viviera en mi casa. Mi padre me trataba muy mal, y a los empleados peor aún. Los insultaba, los trataba con desdén, pero ninguno se atrevía a renunciar. En aquella época era difícil encontrar trabajo, y muchos preferían soportar el maltrato a quedarse sin empleo —tomó un sorbo de vino, y continuó—. Me dolía mucho que los tratara así. Esos empleados supieron ser mi familia durante toda mi infancia, y odiaba ver la forma en que mi padre los denigraba. Había una anciana a la que yo quería mucho, era el ama de llaves. El día que mi padre le dio una bofetada por dejar caer sin querer un juego de cerámicas, me juré a mi mismo que si un día tenía criados nunca les levantaría la voz siquiera. 
—Muy noble de su parte, señor —repuso Theressa, el ama de llaves.
—No es cuestión de nobleza, es simple humanidad. Si hoy por hoy tengo empleados es porque no podría ocuparme de esta casa yo solo, no para sentirme superior ante personas que dependen de un sueldo para coexistir.
—¿Y qué fue de la vida de su amigo, señor? ¿Ya no tiene contacto con él? —inquirió Kathy, alzando la mirada.
—Falleció.
—Oh, lo siento...
—Si, también yo —admitió Dante, con tono controlado—. Es curiosa la forma en que el destino me ha ido quitando a todas las personas importantes en mi vida. Creo que a lo largo de mi existencia cuento más funerales que años cumplidos —comentó, con una amarga sonrisa. Pero en la mesa fue el único que rió del chiste. Los demás compartieron miradas de pesar, y comprensión. 
—Es una triste estadística —contestó Kathy, por lo bajo, como con miedo de ser oída. Sentía que ya había metido la pata.
—Si que lo es. Dímelo a mí... —suspiró—. La vida a veces puede ser muy frágil, querida. Es como si todos viviéramos abrazados por un fuego inapagable. Sufriendo, siempre sufriendo por una cosa o por otra a lo largo de la vida. Y al final, no importa cuanto tiempo estés quemándote... sabes que acabarás reducido a cenizas. 
 La metáfora de Dante creó un clima de incomodidad y nerviosismo, pues sabía que había rozado un tema del que nadie quería hablar.
Dante tomó el ultimo sorbo de vino, carraspeó y se puso de pie.
—Si no les molesta, me retiraré a mi habitación. Gracias por la cena, y la amena conversación. Buenas noches —concluyó él.
—Buenas noches, señor —respondieron todos al unísono.
 Luego de despedirse, abandonó el comedor y se dirigió a su despacho. En realidad no tenía ganas de dormir aún.
Escuchó pasos a su espalda, y se giró a ver. Edward, el mayordomo, se dirigía hacia él.
—Señor, he olvidado decirle algo. Hoy en la tarde, cuando usted salió, recibió una llamada. Una muchacha...Jenna, si mal no recuerdo.
—¿Jenna Biancciani? —preguntó interesado, sin poder disimular la sorpresa.
—Así es.
—Oh, Edward, ¿cómo no me has avisado antes? Quedará muy descortés que no haya devuelto la llamada.
—Disculpe, señor Blaird. No volverá a ocurrir. Ella dejó un número telefónico. Ha dicho que podría llamarla si le apetecía conversar. Lo he dejado anotado en un papel, sobre su escritorio.
—Bien. Gracias, Edward.
—Con su permiso, señor. —repuso el mayordomo, dando una pequeña reverencia y abandonando el despacho.
Dante caminó hasta su escritorio, y como esperaba, encontró allí el número telefónico. Miró el reloj de pared. 22:04. Sería demasiado imprudente llamarla a esas horas, mejor esperaría al otro día.
Sonrió. Volver a saber de ella le había alegrado la noche.
Se dejó caer en el sofá, y cerró los ojos.
«El compromiso de Jenna y Steven es tan falso como decir que estoy del todo cuerdo», pensó, y se rió de su propio chiste interno. Y poco a poco le fue ganando el sueño, mientras en su mente dominaba el pensamiento de que «Jenna» ni siquiera se llamaba así.

Muchísimas gracias a todas las que se tomaron la molestia de dejarme opiniones y sugerencias en el capitulo anterior. La verdad es que me llenan de animo y me ayudan a seguir con esta historia. Después de este, ya llevo tres capítulos escritos, pero de ahí en más empezaré a poner en práctica todo lo que me han dicho.
Gracias por pasar por aquí, un abrazo.

lunes, 28 de mayo de 2012

Secretos - Capitulo 14

Remembranzas, 14 de mayo

—Déjalo ya, Ian... —ordenó Drew, con voz resignada, al tiempo que le lanzaba una lata vacía de cerveza a su amigo para golpearlo. Éste la esquivó, y le devolvió el tiro.
Ian suspiró.
—Bah, es inútil hablar contigo. Siempre acabas diciendo lo mismo.
—Es lo mejor que puedo decirte. Olvídala y sigue adelante. Tienes que reaccionar, estás comprometido con una chica maravillosa y sigues lamentándote por una perra.
—No es necesario que la llames así...
—Bueno, sabes que nunca hice muy buenas migas con Leanne. Sí, intenté llevarme bien con ella por ti, pero después de lo que hizo no tiene perdón. Así que no la defiendas ahora.
—Créeme que intento sacarla de mi cabeza, pero te juro que no puedo, Drew. Nunca me cerró la forma en la que se fue. Leanne no es así de impulsiva, la conozco bien. Y desde que se marchó no puedo quitarme de encima la sensación de que hay algo más detrás de toda esta historia.
—Oh, claro que hay algo detrás, ¿quieres saber la verdadera razón por la que se marchó? Tenía otro.
—¿Otro qué?
—¡Otro hombre!
—¿Quién?
—Ian, ¿tú eres imbécil o qué? Te estoy diciendo que Leanne, la luz de tus ojos, seguramente tenía algún otro hombre por ahí. Un amante. No hay otra explicación.
—No digas tonterías...—resopló molesto—. Te estoy diciendo que conocía a Leanne como a la palma de mi mano. Si ella me estuviera engañando lo hubiera notado. No soy tan idiota.
—Crée lo que quieras, yo solo te doy mi opinión. Si prefieres vivir en la negación, supongo que es tu asunto. Pero solo te diré una cosa más...No importa cuanto conocieses a Leanne, ella es una mujer, y las mujeres pueden ser unas verdaderas arpías cuando se lo proponen.
Ian guardó silencio por un momento y suspiró, cansado.
—Lo sé, lo sé... puede que tengas razón. Es solo que hay una parte de mí que se niega a aceptar lo que Leah me hizo...
—Imagino cuan duro debe ser, Ian, pero tú ya tienes otros planes, y afortunadamente éstos no incluyen a Leanne. Tienes la oportunidad de cerrar para siempre ese capítulo de tu vida junto a Donna, una mujer que daría todo por ti. No lo desaproveches.
—Pero a veces siento que hasta no poder matar esta incertidumbre que llevo dentro no podré seguir mi vida tranquilamente. Solo quisiera poder verla una vez más y preguntarle porqué. Ahora, después de tanto tiempo, me gustaría mirarla a los ojos y exigirle una explicación. Solo así podría continuar.
—Dime una cosa... si Leah se apareciera hoy mismo aquí a pedirte perdón, ¿tú que harías?
—Ambos sabemos que eso no pasará.
—Solo dime que harías, Ian.
Ian se mordió el labio inferior y caviló, contrariado.
—Ya te lo dije antes. Solo le pediría una explicación, y le diría en la cara todas las cosas que me he estado guardado, y que cada noche me atenazan la garganta. Luego le dejaría claro que no quiero volver a saber de ella, y nada más. Ahí terminaría todo. Ahí podría seguir con mi vida.
—Bien, supongo que eso esperaba escuchar...
—También yo —afirmó una voz femenina que asomaba por la puerta. Claire hacía su entrada a la casa de Drew —. Perdonen, no pude evitar escuchar... Ian, creí que ya no se hablaba más de este tema.
—Venga ya. No estoy para sermones, Clay.
 La chica cruzó el salón, esquivando todas las porquerías que habían en el suelo, tratando de no pisar nada.
—No son sermones, Ian, es solo que sé muy bien como te pones cuando hablas de ella y no me gusta verte así —hizo a un lado una caja de pizza en mal estado que había sobre el sofá y se sentó frente a los otros dos—. Drew, creo seriamente que necesitas una criada. No me extraña que no tengas novia con esta casa hecha un chiquero.
—¿Y porqué no me cuentas que tan aficionado de la limpieza es tu novio, Claire?
—Imbécil.
—Disculpa, solo quería saber que se siente ser tan independiente y tener tu propia casa con veinte años...
—Puedes dejar el sarcasmo, idiota —repuso molesta ante el tono burlón de Drew y las carcajadas de Ian—. No tendré novio y viviré con mis padres, pero al menos soy más ordenada que tú.
—Vamos, estoy bromeando. Tómatelo con calma. Así de amargada te saldrán arrugas muy pronto, y ahí si que ser ordenada no te servirá mucho con lo de encontrar marido...
—¡Andrew! —gritó Claire, histérica.
—Tranquila, mujer —intervino Ian, aguantando la risa—. Solo lo dice por molestar. Y tú, Drew, dejalo ya... Dios santo, parecen niños peleando.
—Ella se lo busca.
—Él es el inmaduro aquí.
—Ya Claire, no me fastidies. Pareces mi madre —respondió Drew, entornando los ojos.
 Ian se puso de pie.
—Están insoportables hoy, y sinceramente me siento bastante agobiado. Así que si no se ofenden saldré a dar una vuelta por el pueblo. Hacía bastante que no visitaba Remembranzas.
—Como quieras, hermano. Sabes que estaré aquí si necesitas algo.
—¡Iré contigo! —exclamó Clay, animada.
—Arrastrada... —le susurró Drew, por lo bajo.
—Cierra la boca.
Ian puso los ojos en blanco.
—Gracias Drew, lo más probable es que en un rato me pase nuevamente, planeo quedarme algunos días. Y está bien Claire, puedes venir.
 Cuando salieron de la casa Claire se puso a parlotear sin tregua, pero hoy Ian casi no le prestaba atención. Solo se limitaba a asentir con la cabeza, o le dedicaba alguna mirada ausente. Su mente estaba muy lejos de esa conversación. El solo hecho de volver a pisar las calles de Remembranzas le traía atormentadores recuerdos.
 Inconscientemente terminaron su caminata cuando llegaron a orillas del lago.
Claire se detuvo y guardó silencio para contemplar como el dorado atardecer se mezclaba en los ojos celestes de Ian. Esos ojos celestes que antaño brillaban con luz propia, pero que la desgraciada de Leanne había opacado, llenando el corazón de él con dolor y sufrimiento. Apretó los puños con ira. No podía ni siquiera recordar su nombre.
«Eres tan perfecto», pensó, sin apartar la vista del perfil de Ian. Quiso decírselo, pero sintió una puntada de dolor al recordar que no podía.
De pronto notó como la expresión de él cambiaba. Algo no andaba bien.
—¿Qué sucede, Ian? —se oyó preguntar.
—Oh, nada. Solo... recordaba.
—¿En que piensas?
Él se pasó una mano distraidamente por el cabello, y caviló unos segundos antes de contestar.
—Es curioso...a pesar de que en este pueblo todo me recuerda a ella, pararme frente a este lago me da una paz increíble. Frente a él he estado con las personas más importantes de mi vida —se detuvo, vacilante—. Primero Leanne, luego Donna...
A Claire se le encogió el corazón, y los ojos le brillaron con rabia.
«¿Porqué no me incluyes, Ian?» preguntó indignada en su fuero interno, «También estás frente al lago junto a mí ahora, ¿acaso yo no soy importante?»
—¿Y de qué sirve tener paz, si ello no te devuelve la alegría? —inquirió, disimulando su malestar.
—Es una buena pregunta... Supongo que considero a la alegría como un modo de vida. Cada quien elije si vivir alegremente o no, pero yo no tengo una razón para hacerlo.
—¿Cómo que no? Ian, por favor, te estás por casar. ¿Eso no te hace feliz?
—Has dado en el clavo, Claire. No es cuestión de si me hace feliz o no, es que eso es lo que me tiene intranquilo, y un poco de paz era lo que necesitaba.
—La verdad es que no te entiendo. ¿No quieres casarte?
Ian titubeó al responder.
—Las cosas con Donna están algo tirantes ahora. Y además de eso, digamos que hay otros asuntos de los que me quiero encargar antes de casarme.
—Volver a ver a Leah, por ejemplo...—comentó con desapruebo.
—Clay...
—No, Ian. No te lo estoy reprochando. Es solo que no entiendo tu obsesión con esa chica. Deberías dejarla atrás y seguir con tu vida.
—Basta, Claire. Sé que lo haces con la mejor intención, pero estoy harto de que me digan lo que debería hacer. Yo no estoy obsesionado con Leanne, yo la amaba. Y nadie puede pretender que me olvide de ella de la noche a la mañana —suspiró, exasperado—. Tú misma lo has dicho: no lo entiendes. Así que es en vano hablar con alguien que no se puede poner en mi lugar.
—Pero ella se fue porque quiso, Ian. Nadie la obligó a marcharse —mintió, y sintió como el escalofrío de la culpa le recorría el cuerpo—. Tú debes...
—Deja de decirme lo que debo hacer. —rugió Ian, mirándola con ojos centelleantes y dándole énfasis a cada palabra.
Luego se dio media vuelta, y se alejó de Claire, arrastrando los pies, en dirección a la calle.
Ella volteó y lo observó marcharse.
«Debes contarle la verdad, Claire. Tienes que decirle todo lo que sábes», se dijo a sí misma.
Meneó la cabeza, negando la idea.
«No puedo. Si se entera de que todo este tiempo supe el motivo por el cual Leanne se marchó me odiaría para siempre»
Volvió nuevamente su vista a Ian, que ya casi desaparecía en la lejanía.
—Lo siento, mi amor. Nunca te lo podré decir...—susurró con un hilo de voz, emprendiendo lentamente el camino a casa.



miércoles, 23 de mayo de 2012

Error - Capitulo 13.


Monte Mercuccio, 6 de mayo

 Leanne no podía conciliar el sueño. Hacía un buen rato ya que Steven había caído profundamente dormido, pero no había forma de que ella hiciera lo mismo. Estaba muy inquieta y nerviosa, sin saber la razón. No dejaba de pensar y de dar vueltas en la cama.
«Será mejor que tome un poco de aire», pensó.
Se levantó despacio, con cuidado de no despertar a Steven, y caminó con sigilo por el pasillo. Al final de éste habían dos grandes ventanales, y una puerta de cristal que daba a una terraza. Afuera, la radiante luna llena brillaba en una noche totalmente despejada. Leah abrió la puerta con suavidad, y salió fuera, apoyándose en el barandal de hierro.
Miró al cielo. Suspiró. Y como siempre, los inevitables recuerdos empezaron a torturarla, llenando su mente.
Odiaba no poder sacar a Ian de su mente ni siquiera por un día. Apretó los puños. Ella no quería esta vida. Vivir con tanto dolor no era vivir.
Recordó como había roto la promesa que se había echo. Sintió que había engañado a Ian con Steven.
—Prometiste que le serias fiel, Leah —se susurró con odio—, y aquí estás, simulando ser la prometida de Steven Cacciatore. Soy una imbécil...—concluyó por lo bajo, sin poder evitar que su voz se quebrara, y las lágrimas empaparan su rostro.
—Disculpe, señorita...—escuchó de pronto a sus espaldas una voz titubeante.
Leanne instintivamente se secó las lágrimas y se giró a ver. Dante Blaird estaba de pie frente a ella, tendiéndole un pañuelo. Ella para no ser descortés lo aceptó, más no respondió nada. El miedo de que Dante la hubiera escuchado decir que fingía ser la prometida de Steven la abrumó.
—Siento molestarla. Si quiere puedo dejarla sola...
—No, no, porfavor. No se moleste. Yo solo salí un momento a tomar aire y pensaba regresar a la cama. Al fin y al cabo ésta prácticamente es su casa. Puede permanecer aquí si lo desea —farfulló nerviosamente.
—Tranquila, yo también estoy desvelado, y tu compañía no me molesta —respondió con tono amable, al tiempo que caminaba hasta el barandal y dirigía su mirada al cielo.
 Leah meditó un momento si sería adecuado quedarse allí con él, y llegó a la conclusión de que no tenía nada de malo hacerlo.
—Y entonces...¿porqué decidió mudarse aquí? —se oyó preguntar, casi sin pensarlo.
Dante la miró con expresión de sorpresa, y luego sonrió a medias.
—Digamos que Italia nunca fue un lugar para mí...
—Pero usted proviene de Inglaterra, ¿no es así?
—Exacto. Viví los primeros once años de mi vida en Londres, hasta que mi madre...—tragó saliva y vaciló en continuar—. Me fui a Italia con mi padre al cumplir doce años. A los quince él falleció, y naturalmente, heredé su fortuna.
—Oh, lo siento...
—No, no lo sientas. Sonará algo mal, pero la muerte de mi padre fue algo que nadie lamentó nunca. Ni siquiera yo. No me duele hablar de eso, así que no tienes porque disculparte —repuso con voz serena e imperturbable—. A los dieciocho años volví a Inglaterra y estuve allí hasta los veintitrés, pero el dolor y los recuerdos que me traía ese lugar era demasiado para soportarlo más tiempo, así que regresé a Italia nuevamente. Pasaron dos años, y me di cuenta que nunca había encajado ahí. Me agobiaba. Y bueno, aquí estoy ahora...
Ella se mantuvo un momento observándolo en la penumbra de la noche, cavilando sobre las palabras que acababa de escuchar.
«¿Porqué me recuerdas tanto a Ian?», se preguntó interiormente, consternada.
 Dante soltó una pequeña carcajada.
—Oh, disculpa. Te he aburrido con mi historia.
—No, no, en absoluto. Solo me quedé pensando en lo que me has contado. Me parece extraño que en países como esos no te puedas sentir a gusto.
—Mmm... supongo que tengo mis razones. Y tú también las tendrías, imagino... ¿porqué te fuiste de Italia?
 Leanne rió.
—¡Oh, no! Yo siempre he vivido aquí.
Él la observó atónito.
—¿En serio?
—Si, así es. Ya quisiera yo poder conocer otros países...
La cara de sorpresa de Dante cada vez era más evidente, y Leah comenzaba a sentirse desconcertada.
—Que extraño... —murmuró él—. En la cena creí oírte decir que viviste casi la mitad de tu vida en Italia...
—¿Yo? Claro que no, por Dios... Mi pueblo natal se llama Rememb...—paró en seco y se sintió palidecer.
—¿Remem? ¿Dónde es eso? —preguntó extrañado— Vaya, Jenna...me da la impresión de que estoy hablando con otra chica muy diferente a la que estaba sentada a la mesa hoy...
«La has cagado, maldita sea», pensó, mientras el corazón le latía a mil, «Eres Jenna Biancciani, descendiente italiana, no una chica pobre de pueblo. Estúpida»
De pronto Dante volteó y la miró a los ojos, al tiempo que una sonrisa un tanto burlona se le pintaba en los labios.
«Lo ha descubierto. La has cagado, Leanne, la has cagado»
—Perdona, ¿he dicho algo que te molestó? —preguntó él, con gesto desentendido y preocupado.
—No, nada... —farfulló ella torpemente, al tiempo que se secaba el sudor de la frente—. Creo que se ha hecho tarde ya y será mejor que vuelva a la cama.
—Si, tienes razón. De todas formas me ha gustado charlar contigo y podríamos...
—Hasta mañana, señor Blaird. Gracias por la plática. Buenas noches. —le interrumpió, intentando sonar amable.
Dante no entendía el repentino cambio de humor de ella, y la miró desencajado, con sus ojos negros y profundos. Leanne se sintió intimidada y apartó la mirada.
—Buenas noches, Leah. Que descanses...
Leanne se apresuró a volver a la habitación, intentando hacer el menor ruido posible. Volvió a la cama y se tendió al lado de Steven.
Se puso a pensar sobre las cosas que había hablado con Dante. Ese hombre le despertaba un sentimiento extraño que Leanne no entendía. La capa de misterio que lo envolvía solo aumentaba sus ganas de conocerle más. Pero sabía que si quería entablar algún tipo de relación amistosa con Dante, tendría que esperar a que los padres de Steven estuvieran lejos.
De pronto recordó algo que le congeló la sangre.
«Un momento, ¿Dante me llamó Leah?»

lunes, 21 de mayo de 2012

Prometidos - Capitulo 12.


Monte Mercuccio, 6 de mayo

 Aún no comprendía cómo se había dejado convencer.
Leah iba sentada en el coche de Steven, mientras él conducía en silencio, con una estúpida sonrisa en la cara, hasta la casa de sus padres.
—Nunca dejaré de agradecerte esto... —dijo de pronto.
—Tengo miedo Steven. Lo arruinaré todo, soy muy torpe.
—No pienses así, mujer. Vamos, piensa en otra cosa. Cuando quieras acordar todo esto habrá terminado.
—¿Hace cuánto no ves a tus padres? —preguntó Leanne, en un intento por cambiar de tema.
—No lo sé... ¿dos años tal vez?
—Uff, eso es mucho.
—No tanto como yo quisiera... De verdad, Leah, no los soporto. Esto es tan malo para ti como para mí, y si lo hago es solo porque quiero que se vayan y dejen de fastidiarme por un tiempo.
—¿Y que pasará cuando se den cuenta de que tu boda nunca llega?
—Esto es solo para darme un poco más de tiempo para inventar una excusa creíble de porqué me peleé contigo. Si le digo que me has dejado por coquetear con otra, nunca me lo perdonarían y sería oficialmente la vergüenza de la familia.
—Hablas como si de verdad fuera tu prometida...
—Así tenemos que sonar, Leah, como si de verdad fuéramos novios. Y no te olvides, esta noche te llamarás Jenna.
—Está bien, lo recordaré.
—Ah, Jen.. solo una cosa más... —dijo metiéndose la mano en el bolsillo de su chaqueta, y sacando una cajita negra—. Sería conveniente que lo lleves puesto. Ya sabes...
Leah tomó la cajita, y obtuvo de ella un hermoso anillo de brillantes.
—Es increíblemente hermoso... —comentó, al tiempo que se lo ponía.
—Entonces valió lo que pagué por él —repuso Steve, con una sonrisa torcida, sin despegar los ojos del parabrisas.
 Al cabo de unos 15 minutos, se encontraban tocando timbre en la puerta de una lujosa mansión. Leanne no daba crédito a sus ojos. ¿Cómo Steven siendo hijo de unos padres que tenían tanto dinero podía estar viviendo de prestado en la casa de su prima? Empezó a creer que la relación de él con sus padres era peor de lo que ella se imaginaba.
Le temblaban las piernas. No recordaba la ultima vez que se había sentido tan nerviosa. Se miró en el reflejo de la ventana y por un momento creyó que no era ella. Demasiado maquillaje. El vestido muy escotado y ajustado. El color negro no la favorecía. Tenía miedo. No. Mejor dicho, tenía pánico. Quería salir corriendo y volver a ser Leanne.
«Tú no eres Jenna, deja de fingir », ordenó una voz en su cabeza.
—Calla...—se murmuró a si misma.
Steven la observó extrañado y suspiró.
—Estás hermosa —le dijo por lo bajo, como leyendo sus pensamientos, al tiempo que le pasaba un brazo por la cintura.
Leah respiró profundo y se tranquilizó un poco.
La puerta se abrió, y un mayordomo les dio una amable bienvenida.
—Oh, señor Cacciatore. Bienvenido. Cuanto tiempo sin verlo.
—¿Qué tal estás Gregory? Si, es verdad. Mucho tiempo ha pasado —respondió adentradose a la casa, tomando a Jenna del brazo.
 Al llegar al living, vislumbró a sus padres sentados en los sillones, tomando una taza de té. Constanza, la madre, fue la primera en verlos y en ponerse de pie para saludarlos.
—¡Steven, hijo, bienvenido a casa! —exclamó Constanza, besándole las dos mejillas. Su padre, Bernard, también se puso de pie y le estrechó la mano.
—¿Como están? Los he echado de menos —mintió Steve, con su acostumbrada sonrisa.
Leanne se mantenía a unos pasos de distancia, observando la sintética escena familiar que parecía sacada de una película norteamericana. Después de las preguntas de rutina, llegó el momento que Leah temía.
—Bueno, papá, mamá... les presento a mi futura esposa, Jenna Biancciani —anunció con tono orgulloso y animado Steven.
—Es más bonita de lo que imaginaba... —comentó con ojos brillosos Constanza, observándola risueña.
—¡Y tiene apellido Italiano! —agregó Bernard, victorioso—. Por favor, tomen asiento mientras esperamos la cena.
 Estuvieron un buen rato conversando sobre temas triviales. Leanne evitaba todas las preguntas que podía, y hablaba solo cuando era necesario. Steven no se movía de su lado, y se mantenía tomando su mano para infundirle valor de algún modo.
 Al ver que la hora de la cena no llegaba, Steve se empezó a impacientar.
—Se está haciendo tarde, ¿qué esperamos?
—Oh, es que falta un invitado —respondió Constanza, algo nerviosa—. Tendríamos que haberles comentado de esto antes, pero no hubo oportunidad. Como ya saben, hemos vuelto de Italia porque vendimos esta casa. Y nos pareció una buena idea invitar al comprador a cenar con nosotros. Ya saben, para asegurarnos de que esta casa quedará en buenas manos...
—Hay un detalle que tal vez les incomode un poco —interrumpió Bernard—. Verán, yo tuve la oportunidad de encontrarme una vez con el hombre que compró la casa, y bueno, la verdad...
—Es un hombre algo excéntrico...
—Un majara, venga ya.
—¡Bernard! —exclamó Constanza.
—Es la verdad, querida. Ese tipo parece salido de un manicomio.
Steven y Leanne intercambiaron miradas de confusión.
—O sea que han invitado a un psiquiátrico a comer con nosotros, ¿es eso?
—No, cariño, claro que no —le tranquilizó su madre—. Él no es un psiquiátrico ni mucho menos. Al contrario, es un joven inglés, exitoso y con mucho dinero.
—Y se viste como un pordiosero...
—¡Bernard, porfavor!
—Bueno, digamos que no es de nuestra categoría. A lo que queremos llegar es que no lo observen demasiado, ni con desdén...
—Nos dices a nosotros que no lo desdeñemos y lo acabas de llamar pordiosero...—espetó Steve, con un tono irritado.
—No importa que parezca un tipo algo raro, no podemos perder esta venta, hijo —explicó su madre—. A pesar de su peculiar... personalidad, es un hombre poderoso.
Steven frunció el ceño ante la ambición e hipocresía de sus padres. Más no respondió nada y guardó silencio.
 Segundos después tocaron el timbre.
—Debe de ser él —se anticipó Bernard, con una sonrisa.
Todos se mantuvieron en silencio. Escucharon algunos murmullos en el vestíbulo y un momento después apareció Gregory anunciando la nueva llegada.
—Acaba de llegar el señor Blaird.
—Oh, no lo hagas esperar Gregory. Invitalo a entrar.
 Cuando finalmente Blaird entró en el living todos lo observaron intentando disimular la sorpresa. Y es que no era para menos. Decir que aquel hombre —que no aparentaba ni treinta años— desencajaba entre tanta elegancia era quedarse corto.
Llevaba puesta una sudadera gris, y unos jeans desgastados. Su piel cenicienta en contraste con su pelo negro azabache y unos desmesurados ojos igual de oscuros le daban una apariencia inquietantemente sombría. Su porte tampoco era nada elegante. Se mantenía parado, rígido, con las manos en los bolsillos, mientras miraba nerviosamente de un lado a otro.
«¿Éste es quién compró la mansión o su criado?», pensó Steven.
 Bernard se aclaró la garganta y se puso de pie para recibirlo.
—Buenas noches, señor Blaird. Lo estabamos esperando —le dijo, tendiendole la mano.
Blair le tomó la mano torpemente, y Bernard notó como su pulso temblaba.
—Llámeme Dante, porfavor —respondió con voz serena y amable —. Siento la demora. Tuve un pequeño problema con el chofer.
 Cuando todos se sentaron en la mesa y se dispusieron a cenar parecían una familia normal en una comida festiva. Lo único que allí desentonaba era la presencia de ese tal Dante Blaird, que estaba sentado justo frente a Leanne y la miraba descaradamente. A Leah la perturbaba, y creía saber porqué: por una extraña razón aquel hombre le recordaba demasiado a Ian. No físicamente, pero era algo que ella no sabía explicar. La forma en la que había entrado y se había plantado en la sála, robando la atención de todos con su aura atrapadora...
«Venga ya, te estás volviendo loca, Leanne», se dijo así misma, meneado la cabeza.
 Para su suerte, no tuvo que intervenir demasiadas veces en la conversación de la cena. El que parecía llevar las riendas del asunto era Dante, quien hablaba con tal educación que los había dejado a todos atónitos.
Según lo que contaba, él no tenía familia. Había sido hijo único de un matrimonio por conveniencia, que acabó por arruinarle la vida en cuestión de años. Bernard alegó que al menos había tenido la suerte de haber heredado tal fortuna él solo, pero Dante negó que eso fuera cierto. Si bien ahora, y con tan solo 26 años tenía más dinero del que podía recordar, era una persona muy infeliz.
—Ni todo el dinero del mundo podría compensar el calvario por el que me hicieron pasar mis padres durante quince terribles años—había respondido Dante.
 Todo había sido mucho más llevadero de lo que Leah se había imaginado, y sabía que la razón era la presencia de Dante, que había acaparado toda la atención de la noche. Era increíble lo mucho que había cambiado la impresión que Leanne —y todos los demás— había tenido de Dante a primera vista. Había pasado de creer que era un millonario loco y excentrico a tener la certeza de que se encontraba frente a un joven amable, modesto, educado, y muy golpeado por la vida.
 Después de que retiraran la mesa, y mientras los hombres tomaban una última copa de vino, Constanza se acercó a Leanne.
—Estoy muy feliz de que vayas a formar parte de nuestra familia, Jenna. Me llena de orgullo saber que mi hijo al fin sentará cabeza gracias a una muchachita que logró enderesarlo. Pensé que eso nunca iba a suceder...
—Oh, no hable así señora Cacciatore. Steven tiene muchas cualidades para enamorar a una mujer. He sido yo la afortunada de que me eligiera para ser su esposa. Estoy muy ansiosa por que llegue la boda. Y luego de conocer a su maravillosa familia más aún —repuso ella, con una sonrisa, intentando parecer convincente.
—Me alegra que sepas lo afortunada que eres, querida. No cualquiera tiene el privilegio de ser la esposa de un Cacciatore. Y aprovecharé la oportunidad de que podemos hablar sin que los demás escuchen para decirte algo. Los Cacciatore somos una familia honrada y tradicional, y no nos gusta vernos envueltos en escándalos que puedan llegar a ensuciar nuestro apellido...
—Pero, ¿porqué me dice esto? —le interrumpió Leah, mientras sus piernas comenzaban a temblar.
—Te lo diré más claro, Jenna, y espero que entiendas lo que te quiero decir. No estaría muy bien visto que la flamante prometida de mi hijo fuera sorprendida en situaciones extrañas con un muchacho millonario recién llegado de Inglaterra, ¿verdad?
—¿Pero que rayos...
—Aunque no lo creas soy una mujer astuta y bastante espabilada, y no he pasado por alto las miradas que cruzaban tú y el jóven Blaird. No sé de dónde se conocen, o que pasó allí, pero espero no enterarme de que mantienen contacto mientras seas la novia, y futura esposa de Steven. Quiero creer que es casualidad que Blaird se haya mudado a Monte Mercuccio, y no porque tú también vivas aquí.
—Señora Cacciatore, usted está confundida. Yo no había visto al señor Blaird nunca en mi vida, lo juro.
—Porfavor, jovencita, aunque mi apariencia pueda engañarla tengo unos cuantos años más que usted, y he conocido a muchas caza fortunas en mi vida como para no identificar a una cuando la tengo enfrente. No es difícil adivinar como has encandilado a mi hijo; con una cara bonita y un escote piensas que cualquier muchacho caerá a tus pies, ¿no es así? Pues ten en cuenta que aunque mañana me vuelva a Italia, te tendré vigilada. Y si quieres llegar a ser una Cacciatore, te conviene hacer las cosas bien.
—Señora, yo...
—Aquí a terminado nuestra platica por esta noche. Estoy algo cansada y necesito dormir. Una de las empleadas les ha preparado uno de los cuartos de huéspedes para ti y Steven; es evidente que ha bebido bastante y en ese estado no puede conducir, por tanto pasarán la noche aquí. Ahora, con tu permiso, me retiro a mi habitación —concluyó, alejándose con una sonrisa falsa.
 Leanne apretó los puños. Se sentía desbordada por la prepotencia y falta de respeto de Constanza. Pero no podía hacer nada, al menos por esa noche seguía siendo su casa y Leah tenía que atenerse a las reglas.
Steve apareció de pronto y la abrazó por la cintura, dándole un suave beso en el cuello.
—Estás aprovechándote de la situación... —gruñó Leah, por lo bajo.
—Eso y que estoy un poco ebrio —respondió él, con una sonrisa compradora.
—Si, claro. Decir que estás ebrio es tu excusa favorita, ¿verdad?
—Si quieres intento conducir y vemos cuanto logro avanzar sin estrellarnos contra una columna.
Leanne suspiró, resignada.
—¿Así que nos toca pasar la noche aquí?
—Eso parece.
—Steve, promete que no te propasarás.
—Oye, eres mi prometida, ¿no? —dijo poniéndose frente a ella, sonriendo burlonamente.
—Hablo en serio —advirtió Leanne, con voz firme.
—Venga, Leah... me gustas, pero no soy ningún violador. Ahora dejemos de hablar así, alguien nos podría escuchar.
 Después de que subieran a la habitación de huéspedes y se perpararan para dormir, ambos se acostaron en la enorme cama que se encontraba en medio de la habitación.
Steve se puso de costado y miró a Leanne fijamente.
—Eres increíble, Leanne. Me has salvado la noche. Te juro que estaré eternamente agradecido por lo que has hecho hoy.
—Venga Steve, no fue para tanto...
—¿Hay algo que pueda hacer para compensar el favor que me has hecho?
 Leanne caviló un momento.
—No, en absoluto —repuso, dándose la vuelta y mirando al techo.
—¿Segura?
—Así es...
—De todas formas te debo una —murmuró Steve, repitiendo el movimiento de Leanne y quedándose tendido boca arriba.
—Sera mejor dormir, Steve...
—Tienes razón, hasta mañana, cariño...—respondió, acercándose a ella y dándole un beso en la coronilla.
—Que descanses —dijo Leah, por lo bajo, al tiempo que se giraba y le daba la espalda.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Acuerdos - Capitulo 11.



Triland Port, 5 de mayo

 Leah llevaba casi media hora esperándolo. Steven le había dicho que tenía que hablar con ella urgentemente, y le pidió que lo esperara a las 3 en el bar que frecuentaban.
Miró nerviosamente el reloj y dirigió su vista a la ventana. Era un día frío, y aunque el sol luchaba por brillar unas espesas y oscuras nubes se lo impedían. 
Pensó una vez más en el giro que estaba tomando su vida. Recordó el momento en el que Steve le confesó cuanto le gustaba, y sus deseos por conquistarla.
«No importa lo que ese tal Ian te haya echo, Leah. Juro que te haré olvidarlo»
Sintió un escalofrío. 
—No sabes a lo que te enfrentas, Steve...—murmuró para ella misma, con desconsuelo, mientras revolvía distraidamente el café que se estaba enfriando.
 Levantó la mirada una vez más y vislumbró a Steven cruzando la puerta. Al verla sonrió, y ella le devolvió la sonrisa instintivamente.
—Siento llegar tarde —se disculpó él al acercarse a la mesa, al tiempo que se sacaba la chaqueta y se sentaba frente a Leah.
—No me importaría tu retardo si no estuviera tan ansiosa por saber que es eso tan importante que me tienes que decir.
—¿Porqué tan grosera?
—No estoy siendo grosera.
—Pues estás extraña.
—Tal vez no tenga un buen día, Steven. ¿Porqué no me dices lo que tienes que decir y ya?
Steven suspiró y alargó sus manos sobre la mesa para tocar las de Leah. Ella se tensó, pero no las apartó.
—Leanne, he notado el cambio de actitud que has tenido después de lo que pasó ayer, y quería...
—¿Qué pasó ayer?
—Venga ya, no te hagas la tonta.
—Steven, olvidemoslo, ¿está bien? Si lo que quieres es disculparte y decirme que todo lo que has dicho fue consecuencia de tu estado de ebriedad, lo entiendo, y te disculpo. Porfavor, no quiero hablar más del tema.
—No, todo lo contrario. Sigo manteniendo todo lo que te he dicho, Leah. Fui consiente de todo, hasta de cuando te besé...
—Steve, detente ya, ¿si? He dicho que no quiero hablar de eso —le interrumpió, apartando sus manos bruscamente y sentándose rígida en su lugar.
—Leanne, solo fue un beso.
—Basta, Steven. Déjalo ya. Me iré si continúas...
—Solo explícame que rayos te pasa, por Dios. No puedo creer que estés tan paranoica por esa tontería. Te comportas como una niña —le espetó Steve, alzando la voz.
Leanne lo observó atónita por unos segundos.
—Eso es un problema mío.
—¿No te gustan los hombres? ¿Es eso?
—Pues vaya creído estás echo, ¿eh? ¿Ahora si una mujer te ignora significa que es lesbiana? Porfavor, Steven...
—Es que no lo comprendo, Leah, no lo comprendo.
—Y aunque te lo explicara seguirías sin comprenderlo. Créeme Steven, es mejor dejar las cosas así. Estoy segura de que hay mil chicas por ahí que mueren por ti. No te compliques la vida intentando entender mis motivos porque simplemente no lo lograrás.
—Pero tú tienes algo que las demás no, Leanne. Eres especial.
Leah soltó una carcajada.
—Oh, porfavor...no me vengas con esos cuentos de adolescente. Steven, de verdad... no tengo ganas de seguir discutiendo esta tontería. Hagamos que nada pasó, ¿está bien?
—Está bien, pero de todas formas, no era lo único que tenía para decir —titubeó por un momento y tragó saliva—. Leanne, necesito pedirte un favor.
Ella lo miró cavilante un segundo y añadió con recelo:
—¿Qué es?
—Dios, no se cómo pedirte esto... A ver, promete que antes de responder algo me dejarás terminar de hablar.
—Bien, lo prometo.
Volvió a tragar saliva y repiqueteó la mesa con sus dedos, nervioso.
—Verás, ¿recuerdas todo lo que te conté acerca de mis padres, y de mi incesante competencia con mi hermano? —Esperó que ella asintiera y continuó—. Pues bien, la primera vez que mis padres se han sentido orgullosos de mí fue cuando los llamé a Italia y les conté de mi compromiso con Jenna. La chica rica, hermosa y de buena familia que ellos siempre soñaron tener como nuera. El problema es que ellos han regresado por fin de Italia, y como aún no conocen personalmente a mi prometida quieren que la lleve a cenar mañana por la noche a su vieja casa en Monte Mercuccio...—la miró a los ojos, con brillo suplicante—. Leanne, no puedo decirles que he terminado con ella.
—Steven, tú no estarás pensando...
—Porfavor Leah, hazte pasar por Jenna.
Leanne abrió los ojos desmesuradamente.
—¡No, no puedo hacer eso!
—Te lo ruego. Tienes que hacerlo. Solo será una noche, lo prometo.
—¿Y luego qué, eh? Tarde o temprano sabrán la verdad, Steve, ¡es una locura!
—No, nunca lo sabrán. Ellos solo vienen por negocios. Se quedarán dos o tres días y se instalarán definitivamente en Italia. Solo vienen a vender su casa en Mercuccio, y aprovechan la oportunidad para conocerte.
—No vienen a conocerme a mí, vienen a conocer a Jenna.
—Porfavor, Leanne... solo será una noche. Haré lo que quieras, pero hazme este favor. 
Leanne resopló, masajeandose las sienes.
—¿Y si lo hago mal? Jenna es una muchacha de categoría, como tus padres. Ella está acostumbrada a las cenas elegantes, yo no. Yo soy una chica de pueblo. Esas cosas no son para mí. 
—Bastará con un vestido adecuado y tu sola presencia. Juro que no habrá problemas, y si algo sale mal asumiré toda la culpa. De verdad, Leanne, lo prometo.
Cerró los ojos y caviló por un segundo.
—Está bien, lo haré. Pero solo si olvidamos todo lo que pasó ayer.
—¡Trato hecho! —exclamó Steven, estrechándole la mano como cerrando un negocio, con una sonrisa que iluminó su cara.

domingo, 13 de mayo de 2012

Ian - Capitulo 10.

Monte Mercuccio, 5 de mayo

 En el noveno piso del edificio de su compañía, Joel Massoli se encontraba en su oficina mirando atentamente la pantalla, mientras su asistente, Sheila Copper, tomaba nota de las observaciones que hacía su jefe.
—¿Cuántos años me has dicho que tiene? —preguntó Massoli, sin apartar los ojos del plasma.
—Cumplió veintidós años el pasado 2 de mayo, señor.
—Hmm, me gusta. Tiene talento —comentó casi para sí mismo—. ¿Cómo has contactado con él?
—En realidad fue la hija del difunto George Covarenni la que se puso en contacto con nosotros.
—Geogre, un gran hombre y colega. Que en paz descanse —dijo con voz queda—. Si la referencia de este muchacho es la hija de Covarenni, puede contar con nosotros. ¿Qué relación tiene la señorita Covarenni con éste hombre?
—Pues, no se lo pregunté, pero la señorita se refirió a él como «mi prometido».
 El video que se reproducía en la pantalla llegó a su fin, y comenzó otro. Massoli hizo girar su silla y quedó de frente a su joven secretaria.
—Perfecto. Ponte en contacto con Covarenni y dile que su novio está dentro y tiene todo mi apoyo. Ah, y que se presente en mi oficina en cuanto pueda. Vamos, Sheila, muévete. Este chico es un diamante en bruto y nosotros nos encargaremos de pulirlo. No tenemos que darle ventaja a la competencia.
—Entendido, señor Massoli —respondió Sharon, apresurando el paso para salir de la oficina.
—Sheila, por cierto...—la detuvo su jefe— ¿Cómo se llama nuestra futura estrella?
Sheila miró su libreta de apuntes y luego respondió:
—Brahian. Brahian Higgins.

Ville Navarra, 5 de mayo
 En el largo pasillo de su flamante casa solo se podía escuchar el repiquetear de sus tacones en dirección al estudio.
Al llegar a la puerta, Donna se detuvo un momento a escuchar la melodía de guitarra que se podía oír desde el otro lado.
Dio dos golpecitos a la puerta y esperó. Rogó al cielo que estuviera de buen humor. Sintió como la música se detenía pero no obtuvo respuesta ninguna.
Suspiró resignada y abrió la puerta lentamente.
Ian estaba sentado en medio de la sala, en su usual taburete alto de roble, rodeado del carísimo equipamiento de su estúdio de grabación.
Todo el estudio y lo que incluía dentro había sido regalo de Donna, y a pesar de que se gastó una fortuna, ni así consiguió que Ian se contentara.
 Donna cruzó el estudio y se sentó en otro taburete frente a Ian. Éste dejó la guitarra a un lado y la miró indiferente.
—Ian, cariño, ¿cómo estás? —preguntó Donna, intentando parecer animada.
—¿Qué quieres, Donna? Sábes que odio que me interrumpan cuando estoy grabando.
—No sabía que estabas grabando... —repuso Donna en voz baja.
—¿Y qué crees que hago aquí dentro? ¿Tomar el té?
—Lo siento, mi amor. No era mi intención interrumpirte.
—Pues ya que lo has hecho espero que sea algo importante.
Donna se forzó a sonreír, y tomó la mano de Ian entre las suyas.
—Es importante, y son buenas noticias. ¿Recuerdas la vez que te filmé cantando algunas de tus canciones?
—Sí.
—Bueno, ¿conoces a Joel Massoli?
—¿El tipo de M&M Music?
—Él mismo —sonrió ampliamente—-. Resulta que Massoli era un gran amigo de mi papá, y bueno, le debía un par de favores. Hace una semana le envié tus vídeos y le dije que si le interesaba representarte...
—No quiero un puto managger —sentenció Ian, con el ceño fruncido.
—Pero Ian, con el apoyo de M&M entrar en el mundo de la fama será un abrir y cerrar de ojos.
—¿Y quién te dijo que quiero entrar en el mundo de la fama?
—Ese siempre ha sido tu sueño...
—No, Donna. Ese es tu sueño —le espetó—. Yo solo hago música.
—¿Puedes al menos escucharme? —preguntó consternada. Luego suspiró y continuó con voz tranquila—. Ian, M&M es la compañía discográfica más grande del país, y la secretaria de Massoli me acaba de llamar para decirme que él ha visto tus vídeos y ha quedado totalmente impresionado. Quiere que vayas mañana y hables con él. Solo inténtalo, cariño. No tienes que firmar contrato con ellos si el arreglo no te cuadra, pero no rechaces la oferta sin siquiera saber de que se trata. Ian, esta puede ser la oportunidad que estabas esperando.
Notó que el semblante de Ian se relajaba, y guardó silencio por un momento.
—¿A qué hora? —preguntó con voz controlada.
Volvió a sonreír, satisfecha.
—A las diez. Te acompañaré si quieres.
—Bueno. Lo pensaré.
Donna se puso de pie y rodeó el cuello de Ian con sus brazos.
—Relajate, cielo. Estás muy estresado. Creo que deberías salir un poco más. Pasas demasiado tiempo aquí encerrado.
—No hay nada que me interese allá fuera, Onnie —respondió en voz baja.
Ella le dio un corto beso en los labios y le sonrió. Pero su sonrísa se desvaneció al notar el poco interés que Ian demostraba.
«Ojalá te importara lo mismo que te importaba Leanne», pensó con odio y amargura.
 Ian se deshiso del abrazo de Donna y se puso de pie.
—Iré a darme una ducha y tal vez más tarde salga a dar una vuelta —anunció él, con desgano.
—Me parece una estupenda idea —contestó animadamente—. ¿Puedo ir contigo?
—Preferiría estar solo.
«Como siempre», pensó, pero se guardó ese comentario para ella.
 Cuando Ian abandonó el estudio Donna caminó hasta la silla del escritorio y se sentó allí. Cubrió su rostro con las manos y comenzó a llorar en silencio. Lágrimas de angustia, de rabia. Lágrimas contenidas durante meses de intentar llegar al corazón de Ian sin tener exito.
No importaba lo que hiciera, Ian nunca la amaría de la misma forma en la que amaba Leanne. Donna sabía que aunque él lo ocultara pensaba en ella todo el tiempo, aún cuando sabía que Leanne nunca regresaría. Lo notaba en su mirada. Lo notaba cuando Ian pasaba noches enteras sin dormir, o cuando despertaba gritando el nombre de Leah entre lágrimas. Lo notaba cuando escuchaba las canciones de Ian y tenía la certeza de que todas y cada una hablaban de Leanne y no de ella.
 Ian salió del estudio, y como le había dicho a Donna, tomó una larga ducha y se vistió para salir. Estas ultimas semanas hacía mucho frío en Ville Navarra y no era conveniente pasar demasiado tiempo fuera, ya que con este cambio de clima era fácil caer enfermo. Pero esto a Ian no le importaba, no pensaba prohibirse estos paseos diarios, que eran los unicos que le permitían alejarse de Donna y del infierno que era su casa.
Ultimamente Donna no hacía más que agobiarlo. No paraba de hablar de planes, de futuro, de hijos, de casamiento, y a Ian estas cosas lo tenían de los nervios. Sabía que Donna lo quería de verdad, pero él por más que lo intentara no conseguía enamorarse de ella. Se sentía culpable, y a veces creía que solo se estaba aprovechando de ella. Sentía que Donna le daba demasiadas cosas, y él no podía darle nada. Ni siquiera lograba corresponderle el gran amor que ella le brindaba.
 Se alejó de la casa con pasos rápidos y al llegar a la plaza más cercana se sentó en un banco, dejando caer el rostro en sus manos.
«¿Qué voy a hacer con mi vida?», se preguntó por millonésima vez. Cada vez tenía más la impresión de que todo se le iba de las manos.
Sí, ahora su madre estaba en una clínica de rehabilitación donde tenía todo lo que necesitaba. Sí, había logrado entrar en la academia de música con la que tanto había soñado. Pero, ¿qué había de lo demás? Su vida se le había ido a la mierda, y con ella las cosas que más le importaban. Por perseguir su estúpido sueño de ser musico sentía que de alguna manera lo había perdido todo. Había tenído que abandonar su casa porque la academia estaba fuera de Remembranzas; casi no veía a su madre desde que estaba internada; Francis y Morgan se habían ido con Lenna, y a Molly se la había llevado David. Pero lo peor de todo: había perdido para siempre a Leah.
Sintió un espasmo de dolor al recordarlo e intentó tragar el nudo que se estaba formando en su garganta.
Era verdad, ahora él era el prometido de una de las chicas más hermosas y adineradas de Ville Navarra, pero, ¿desde cuándo a él le importaban esas cosas?
No, no. Esas cosas a él definitivamente no le importaban. Él no había sido quien buscó a Donna, si no que ella lo encontró a él, y en el momento más oportuno. Todavía recordaba, con un dolor infernal, ese día como si hubiese sido ayer. El maldito 18 de febrero. El día en que su vida había terminado por completo, o al menos, así planeaba él que sucediera.
Después de que Leanne terminó con él y salió de su casa, Ian había quedado totalmente desencajado. Nada parecía real. Definitivamente eso no podía estar pasando. Todo parecía flotar a su alrededor. Todo inundado por las lágrimas que manaban sin cesar de sus ojos. No podía vivir en un mundo en el que no pudiera estar con Leanne.
Recordaba haberse dejado caer en un bar, donde se gastó absolutamente todo el dinero que traía encima. Para cuando volvió a la calle, totalmente ebrio, ya había tomado una determinación; se quitaría la vida.
Volvió hasta el patio de su casa, y caminó hasta el otro lado del terreno, en dirección a un pequeño galpón donde guardaban herramientas. Al final de una estantería había un baúl de madera, y en el interior muchísimos papeles y ropa vieja. Ian metió la mano hasta el fondo de éste, y aunque todo estaba oscuro no tardó en encontrar lo que buscaba. Sostuvo la 9mm en su mano unos minutos, mientras observaba su contorno en la penumbra que lo rodeaba. Más tarde, y aún con lágrimas en los ojos, se dignó a dirigirse hacia las orillas del lago Remembranzas, donde cumpliría su cometido.
Al llegar allí, se adentró al agua hasta que le llegaba por la cintura. Cerró los ojos y se puso el arma en la sien. Trató de controlar el llanto, pero no podía. Ni siquiera podía mantenerse parado en el lugar.
Estaba decidido a matarse y no le importaba nada más. Ni siquiera pensó en su familia, ya que lo único que ocupaba su mente era la voz de Leanne terminando con él, diciéndole que se iría, diciendo que ya no le amaba. Apretó los dientes y quitó el seguro del arma, pero de pronto, un pensamiento cruzó su mente. Abrió los ojos y miró rencoroso hacia el cielo.
—¡Mírame, papá, al final terminé siendo tan cobarde como tú! —gritó a todo pulmón, con la voz desgarrada—. Eres un bastardo...—continuó, sollozando en voz baja—. ¿Cómo pudiste abandonarnos? Hijo de puta, ojalá te pudras en el infierno. Si estuvieras aquí no tendría que hacer esto. Si tú estuvieras aquí sabrías que decirme, y quizá podrías detenerme. Pero te fuiste y nos abandonaste, así como Leanne me abandonó también. Los odio a los dos, y especialmente a ella, ¿sábes? Y tendrá que cargar con mi muerte hasta el último de sus días. Maldita hija de perra...
Ian respiró profundo y volvió a cerrar los ojos, apretando con fuerza esta vez el arma contra su cabeza. Y cuando iba a apretar el gatillo, un golpe seco en su mano lo obligó a soltarla, dejándola caer al agua.
—¡Ian! —chilló una voz femenina a sus espaldas, y él instintivamente se giró a ver. Antes de poder darse cuenta de quién se trataba, la chica se abalanzó sobre el y lo abrazó fuertemente.
Él no entendía nada, y la esperanza de que esa chica fuera Leanne casi le hace sonreír. La apartó de él para verle la cara, pero se llevó una gran desilusión.
«¿De dónde conozco a esta mujer?», se preguntó en su fuero interno, mientras la observaba en la oscuridad.
La chica lo miraba sin pestañear, con ojos grandes y vidriosos, mientras lo sostenía por los brazos.
—¿Pue...puedes decirme que estabas pensando hacer? —tartamudeó ella, sin quitarle su mirada aterrorizada de encima.
Ian la observó por unos segundos más y luego se soltó bruscamente del agarre de la joven.
—¿Y tú quién demonios eres? —le espetó de forma grosera.
—Oh Ian, yo soy Donna... Donna Covarenni, tal vez no te acuerdes de mí pero yo...
—Da igual, no me interesa. Vete y déjame en paz.
—Tú... ¿tú pensabas matarte?
—¡Que te largues! —gritó él, lleno de cólera.
A Donna le rodó una lágrima por la mejilla, pero no bajó su mirada.
—Pues no, no me iré de aquí si no es contigo.
 Ian abrió los ojos he intentó pensar en otra cosa. No quería recordar. Todo eso le dolía demasiado y quería dejarlo en el pasado.
 No pudo evitar preguntarse en dónde estaría Leah en ese momento, y que sería de su vida. También se preguntó si algún día sería capás de perdonarla, ya que el rencor que le guardaba era muy grande.
No. No quería perdonarla. Ella no se lo merecía.
Y aún así la esperaba y la amaba como siempre.
Suspiró. Sabía que no lo entendería. Por más que repudiara recordarla con amor no lo podía evitar. No importaba cuanto lo intentara; jamás la olvidaría.
 Sintió dos suaves palmadas en su espalda y se volteó a ver. Claire estaba parada a su lado, con una tímida sonrisa.
Ian se puso de pie enseguida, sonriendo también.
—Perdón por la demora, ¿llevas mucho esperando? —preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos.
—No, acababa de llegar, no te preocupes —repuso enseguida, al tiempo que caminaban juntos por el sendero del parque.

jueves, 10 de mayo de 2012

Pesadilla - Capitulo 9.

Triland Port, 4 de mayo
Luego de la cena, cuando llegaron a casa, Leah se duchó y se vistió con su ropa de cama. 
A pesar del agotador día que estaba quedando atrás no tenía sueño. Se recostó sobre su cama y decidió continuar la lectura de un libro que hacía un mes y medio había empezado y nunca había terminado de leer. Pasada una hora decisistió de la idea. Su cabeza estaba en cualquier lado y parecía que Samantha y Steven estaban teniendo una discusión, aunque no podía llegar a escuchar que decían y a los pocos minutos bajaron la voz. 
Su mente volvió al momento en que Jenna rompió con Steven. Había visto el dolor genuino en los ojos de aquella mujer y hasta un tonto se daría cuenta de todo lo que había sufrido, aparentemente, por Steven. Incluso lo trató de mujeriego, y lo acusó de estar acostandose con ella. 
—Imposible...—susurró, con voz queda.
No le sorprendía que Steven fuera un mujeriego. Incluso tenía pinta de serlo. Pero lo de acostarse con ella le parecía totalmente incomprensible. No entendía como una chica con las caracteristicas de Jenna pensaba que su novio podía engañarla con alguien tan corriente como ella.
Jenna y Steve parecian el uno para el otro y la apenaba saber que tenía parte de la culpa de que hubieran terminado.
«A lo mejor se reconcilian», pensó.
 Ian no tardó en aparecer en sus pensamientos.
—Nosotros también eramos el uno para el otro —dijo para sí misma, con desconsuelo.
 Samantha se asomó de pronto por la puerta de su habitación, haciendola sobresaltar.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
—Por supuesto. —repuso Leah, incorporandose y haciendole una seña para que se sentara a su lado.
Su amiga atravesó la habitación y se sentó a los pies de la cama.
—¿Con quién hablabas? —inquirió enarcando una ceja.
—Solo pensaba en voz alta. —respondió Leah con una tenue sonrísa.
—¿Sería muy estúpido preguntar en quién pensabas?
—En Ian —respuso enseguida, sin conseguir que su voz sonara firme. 
—Leanne, no creo que sea conveniente que...
—Porfavor Sam, no empieces. 
Samantha bajo la mirada y guardó silencio por un momento, y Leanne entendió que algo sucedía.
—¿Quieres decirme que pasa o tendré que adivinarlo? —preguntó Leah, con voz tranquila.
Sam la volvió a mirar y tomó sus manos entre las suyas.
—Leah, ¿qué piensas de Steven?
Leanne la observó sorprendida.
—¿Steven? ¿Qué pasa con Steven?
—Responde mi pregunta...
—Pues...no lo sé. ¿Qué debería pensar?
—No sé, tú dime. 
Suspiró.
—Dime a dónde quieres llegar.
—Solo quiero saber que piensas de él como persona. 
—¿Él te pidió que me lo preguntes?
—No, Leah, no. En absoluto. Soy yo quien lo quiere saber.
—No entiendo a que viene todo esto, Sam. Steven es mi amigo, o al menos yo lo considero así. Creo que es una buena persona.
—¿Te parece atractivo? —farfullo Sam, insegura.
De pronto soltó las manos de Samantha y cruzó los brazos sobre su pecho, entornando los ojos.
—¿Qué estás insinuando?
—No estoy insinuando nada.
Leah la miró esceptica y puso los ojos en blanco.
—Tendría que ser ciega o estúpida para no pensar que Steven es atractivo. 
—¿Entonces lo crees?
—Claro que lo creo, Sam. Pero, ¿que hay con eso? No significa nada.
Samantha caviló por un momento y agregó:
—¿Steve no significa nada, o el hecho de que sea atractivo?
—¡Venga ya, Samantha! —exclamó Leanne exasperada, poniendose de pie— ¿Puedes decirme de que va todo esto? Estás haciendo un embrollo que ni Dios entiende.
—Es que no estás siendo especifica. 
—Si que estoy siendo especifica. Mira, Sam, es claro. He dicho que Steven es muy atractivo y que...
—Habías dicho que te parecía atractivo, no muy atractivo...
Leanne la fulminó con la mirada. 
—Me estás estresando. Tienes que saberlo. 
—Creo que hay algo que no me quieres decir —observó Sam, poniendose de pie frente a su amiga.
—Y yo creo que me estoy sientiendo fatigada, y si no te explicas ahora será mejor que continuemos hablando mañana —se detuvo y suspiró pausadamente— ¿Porqué yo habría de ocultarte algo con respecto a tu primo? No hay nada que decir, Sam. Puedes creerlo. Si lo que te preocupa es que pueda surgir algo entre él y yo, puedes estar tranquila. Aún sigo demaciado herida por todo lo que pasó con Ian, y no quiero a otro hombre en mi vida. Y aunque lo quisiera yo no sería una buena novia. Sin Ian me siento incompleta, y si saliera con alguien no sería justo para él que aún siguiera llorando a mi ex. Mi corazón le pertenece a Ian, y siendo así, no hay nada que pueda entregarle a otro hombre más que una sincera amistad.
Samantha sopesó las palabras de Leah y finalmente asintió con lentitud.
—Está bien, Leanne. Lo siento, creo que estoy algo cansada y no estoy con todas las luces. Siento haberte puesto incómoda.
—Descuida. También yo estoy agotada. Será mejor que vayamos a descansar. 
—Si, mejor así —se acercó a Leah y le besó la mejilla—. Buenas noches.
—Buenas noches —respondió dedicandole una sonrísa.
Cuando Samantha se marchó Leanne se tumbó de espaldas sobre su cama y cerró los ojos. 
Presentía que algo se estaba cociendo detrás de ella y no sabía qué. ¿Porqué Sam venía de buenas a primeras con estos planteos sobre ella y Steven? 
No podía quitarse de ensima la sensación de que algo ocurría. ¿Sería que Steven le había dicho a Samantha que ella lo estaba intentando seducir? 
—Más vale que no. —se respondió en voz alta.
Ella nunca había dicho nada a Steven que se pudiera malinterpretar. Al contrario, era Steven quien flirteaba con ella. 
«¿Será que Steven piensa que le sigo la corriente porque voy detrás de él?», se preguntó. «No, de ninguna manera».
Leah daba por hecho que cuando él le coqueteaba lo hacía en plan de broma, por eso a veces ella le seguía el juego. Pero no lo hacía en serio. Leanne no tenía segundas intenciones con Steven, y la recorrió un escalofrío al pensar que él pudiera confundir las cosas. 
«Hablaré con él. No le daré lugar a que entrevere las cosas», se dijo en su fuero interno, antes de caer profundamente dormida. 
 En su sueño vió a Ian, como tantas otras noches. Estaban en una gran casa, con unos ventanales que daban la vista al lago Remembranzas. Ian la abrazaba por la espalda y le susurraba al oído todos los planes que quería llevar a cabo junto con ella. El sol se ponía y de repente, un gran estruendo en otra habitación desvió la atención de ambos. Ian se apartó de ella y fue a ver que sucedía. Leah, al ver que no regresaba fue por donde él hasta llegar a una cocina. Allí vió a Ian tendido en el suelo boca abajo, rodeado de un líquido que desprendía un olor que le quemaba la naríz. Leanne gritó desesperada y quizo avanzar hacia él, pero no podía moverse, y notó que ningún sonido salía de su boca. Sintió el ruido de una puerta cerrarse a sus espaldas y miró sobre su hombro. Era Donna, que la miraba con una sonrísa maligna y perturbadora. Su mirada estaba perdida y ausente, y sus ojos azules estaban abiertos desmesuradamente. Su pelo rubio estaba teñido de sangre, igual que su cara, sus manos y su ropa, y en su mano tenía un bidón de gasolina. Leanne quería avanzar a Ian y protegerlo, pero seguía sin poder moverse de donde estaba. Donna comenzó a vaciar el bidón sobre la cabeza de Leah, y ésta comenzaba a sentir el líquido tibio empapar su rostro. 
—¿Eres tan egoísta que preferirías hundirlo contigo por el simple echo de tenerlo junto a ti? —preguntaba una y otra vez Donna, con voz metálica y lejana. 
«¡Déjalo ir!» intentó gritar. Pero Donna la ignoraba, solo sonreía y la rociaba con gasolina, sin dejar de repetir la maldíta frase. 
De pronto, la voz de Ian sonó casi en su oído:
—Leah, tranquila. Todo está bien —susurró con voz dulce.
Leanne, desesperada, miró en dirección a Ian pero él ya no estaba allí. Tampoco estaba Donna. Todo ardía en llamas, pero ella no se quemaba.
—Cariño, aquí estoy —insistió Ian. Pero Leanne no lo veía por ningún lado. Solo fuego por todos lados.
—Ian, ¿dónde estás? —gritó, con la voz quebrada, intentando avanzar entre las llamas. 
Finalmente lo encontró, pero Ian si se estaba quemando. Se quemaba pero no gritaba, solo lloraba en silencio.
—¡Ian! —exclamó Leah tan fuerte que sintió quedarse sin voz.
—Me estás matando Leanne —susurró él, entre lágrimas. Una frase que sentía haber escuchado antes—. Tú me has matado. Asesinaste a la persona que más te amaba.
—¡No, Ian, yo no lo he hecho! Fue Donna. Ella lo hizo. Ian, te amo.
De pronto Ian comenzó a desintegrarse. A desaparecer con el humo y Leanne enloqueció.
—¡Ian, no me abandones! Te amo. Porfavor, no me abadones.
—Me has matado. Tú me has matado. —dijo con un hilo de voz, un segundo antes de desaparecer completamente.
Leanne, destrozada, se dejó caer sobre las llamas ardientes. Sintió como su cuerpo temblaba y se sacudía de un lado a otro. Pero no se quemaba. Nunca se quemaba. Quería morir. 
—Porfavor, Ian, vuelve. Yo te amo. —murmuró con la voz quebrada, mientras cerraba los ojos y perdía la conciencia. 
Nuevamente, una voz sonó a su lado. 
—Leah, estoy aquí. Porfavor, reacciona. Me estás asustando.
Leanne, deseosa de ver a Ian nuevamente, abrió los ojos desmesuradamente. Pero lo que vió a continuación la desconcertó. Estaba en su cuarto, en su casa, en su cama. Steven se encontraba reclinado a un costado de la cama, y la sacudía por los hombros con semblante preocupado. 
—Gracias a Dios —murmuró Steven más tranquilo al verla despertar.
Ella, aún desencajada, se palpó la cara y la sintió mojada. 
«Gasolina», pensó. Pero un segundo más tarde se dió cuenta de que eran sus propias lágrimas. La voz tan cercana que oía no era la de Ian, si no la de Steven, y el olor a ''gasolina'' que le quemaba la naríz era el olor insoportable a whisky que tenía éste. 
Comprendió que todo no había sido más que una horrible pesadilla, y comenzó a llorar, abrazando instintivamente a Steven, quien estaba casi tan desconcertado como ella. 
—Tranquila, cariño. Estás aquí —susurró él con ternura, acariciandole el cabello. 
Luego de unos minutos Leanne se separó un poco de él, sollozando. Steven le apartó con delicadeza un mechón de cabello que le caía en el rostro, y le secó las lágrimas. 
Cuando pudo reprimir el llanto notó lo desaliñado que se veía Steve.
—Estás ebrio —dijo Leah, en voz baja. 
—Eso no importa ahora, Leanne —reparó él, con sorna—. ¿Qué fue lo que soñaste? ¿Quién es Ian?
Leanne sintió como una puñalada en el estómago al oír su nombre.
—Eso es un asunto mío —repuso Leah, algo grosera. 
—Ey, tranquila —contestó él, con voz serena pero divagante, al tiempo que le acariciaba la mejilla—. Si no quieres que hablemos de eso, no lo haremos.
—¿Qué hora es? ¿Te he despertado?
—Las tres de la mañana. No, no me has despertado. He estado... meditando.
—Has estado bebiendo, que es diferente —le recriminó.
—No estoy ebrio.
—Por Dios, Ian, solo mírate...
Steven sonrió ampliamente.
—¿Ian? —preguntó él, divertido.
—Steven quise decir.
—Si el tal Ian te hace llorar así incluso en sueños no creo que sea bueno que me confundas con él.
—Él no me hace llorar.
—Pues no lo parece. Sólo tenías que oirte gritar...—dijo Steven, al tiempo que se hacía un lugar en la cama, recostandose al lado de Leah.
—¿Qué haces? —preguntó ella, enarcando una ceja.
—Descuida Leanne, mis manos estarán quietas. 
—Imagina lo que pensaría Samantha si nos encuentra acostados en la misma cama.
—Da igual. Ahora soy soltero, ¿no?
—Steven... —comenzó ella, con desapruebo.
—Relájate, Leah. No soy un acosador, ¿vale?
—Pero estás ebrio.
—¿Y qué con eso?
—No serías el primero que aprovecha a estar borracho para propasarse.
—Qué triste que tengas esa idea de mí —repuso él, mirandola inocentemente.
—Ya ves... no me fío de nadie.
—Sin embargo sigo aquí, acostado contigo, y aún no me has pedido que me vaya.
—Por más que te lo pidiera seguirias aquí, así que haz lo que quieras.
—¿Qué haga lo que quiera?
—Da igual, Steven —respondió Leanne con indiferencia, sin advertir del doble sentido de las palabras de Steven.
—No deberías haber dicho eso...
—¿Decir qué?
Steven acortó repentinamente la distancia entre sus rostros y le robó un cortó beso. Se apartó un segundo para ver la reacción de ella, y al ver que no lo rechazaba la volvió a besar, esta vez más intensamente.
Leanne respondió al beso de forma instintiva, pero no estaba del todo conciente de lo que estaba sucediendo. Después de unos minutos Steven se apartó de ella nuevamente para respirar, pero cuando intentó besarla de nuevo ella le dió la espalda y comenzó a sollozar. Steven estaba totalmente desconcertado. Se había esperado cualquier reacción, menos ésta. 
—¿Quiéres que me vaya? —preguntó en un susurró, tendido aún al lado de ella.
Pero no obtubo respuesta por parte de Leanne. Solo la escuchaba llorar en silencio.
Él, sin saber muy bien como actuar, simplemente la rodeo con sus fuertes brazos por la cintura, atrayendola hacia sí para abrazarla y contenerla, y para su sorpresa, Leah no lo apartó. 
Leanne, por su parte, no podía reaccionar. Solo lloraba y se repetía mentalmente una y otra vez: «Perdoname, Ian. Perdoname, Ian. Perdoname, Ian.»