miércoles, 27 de junio de 2012

Llamada inesperada - Capitulo 20.

Triland Port, 26 de mayo
 Leah se estaba tardando demasiado. Le había dicho que volvería a casa para ir a cenar juntas, pero ya había pasado más de media hora de lo acordado, y Leanne aún no aparecía.
 Sam se dejó caer en el sillón, pero el sonar del teléfono la obligó a ponerse de pie de nuevo, para atender de mala gana.
—Disculpe, buscaba a Samantha Raven —musitó una voz masculina del otro lado, titubeante.
—Ella está al habla.
— ¡Sam! ¡Qué gusto escuchar que eres tú!
— ¿Quién habla?
—Oh, por supuesto. Que tonto. Soy Ian. Brahian Higgins, ¿me recuerdas? Se ha pasado mucho tiempo, pero…
Un estremecimiento le recorrió la columna vertical al oír ese nombre.
— ¿De dónde has sacado mi número? —le interrumpió, cortante.
—Verás, necesitaba hablar contigo, y recurrí a una vieja agenda en la que tenía tu antiguo número. Llamé a él, y una señora me atendió. Me dijo que ya no vivías ahí, y me pasó este teléfono.
—Ya. ¿Qué querías?
—Perdona, ¿he llamado en un mal momento?
—No, en absoluto.
—Bien, entonces iré al grano. Estoy buscando a Leanne. Soy consiente de que han pasado muchos años, pero en la juventud ustedes eran amigas intimas. Ella se ha marchado de Remembranzas hace meses, y tal vez tú si has tenido noticias suyas.
Tragó saliva.
— ¿Leanne? ¿Por qué ha dejado Remembranzas?
—Es una larga historia. Todo ha sido un maldito malentendido.
— ¿Un malentendido? La gente no abandona su ciudad natal por un simple ‘’malentendido’’.
Ian suspiró con pesar.
— ¿Recuerdas a Claire Strasser?
—Por supuesto, ¿Qué hay con ella?
—Hace aproximadamente cuatro meses, ella le escribió una carta a Leah diciéndole que teníamos una aventura. Era mentira, claro. Pero la cuestión es que Leanne lo creyó, y decidió huir.
— ¡¿Una carta?! ¡Por Dios, Ian, eso es mentira! Leanne nunca recibió ninguna carta.
Hubo un silencio.
— ¿Cómo lo sabes?
Sam se maldijo interiormente por lo que había dicho. Sabía que ahora tendría que confesarle la verdad.
—Ian, cariño, ¿con quién hablas? —una voz femenina se oyó detrás del tubo.
—Creo que tu novia te está llamando…—sugirió Sam, deseosa por cambiar de tema.
—Mi prometida.
— ¿Te has comprometido?
—Así es.
— ¿Entonces para que rayos buscas a Leah?
—Venga, Sam. No lo entenderías.
—Tampoco me interesa escucharlo…Pero que fácil la has olvidado, ¿eh? Me dices que Leanne abandona la ciudad, y tú en vez salir a buscarla, vas y te comprometes con otra. Eres un imbécil.
—Calla, Samantha. No sabes de lo que estás hablando.
—Claro que lo sé. Al final, tan príncipe ideal que parecías, y has terminado siendo un canalla, como la mayoría. ¿Por qué la buscas ahora, eh? ¿Te has aburrido de acostarte con otras, y te ha picado la nostalgia del primer amor?
—Solo necesito que me digas si sabes dónde está.
—Pues no lo sé, y si lo supiera, solo le diría que jamás vuelva contigo.
—Estás entendiendo todo mal…—dijo, con voz torturada, bajando el tono hasta un susurro—. Yo amo a Leah, la necesito. Tengo que encontrarla, Sam, por favor, ayúdame.
— ¡Amor, está lista la cena! —la voz de la chica se volvía a oír.
—Ya voy, Donna, estoy hablando por teléfono…—respondió Ian, malhumorado.
¿Donna? ¿Ian se había comprometido con Donna? Por un momento sintió el mismo dolor que sentiría Leanne si lo supiera. Interiormente, odió a Ian con todas sus fuerzas.
—Ve, y atiende a tu futura esposa. Y no vuelvas a llamar —tronó Sam.
—Samantha, por favor. Sólo dime como sabes que Leah no recibió ninguna carta.
—Mejor pregúntaselo a Donna. A ver si tiene las agallas para admitir lo que hizo. Adiós, Ian —concluyó, al tiempo que cortaba la llamada.
 Las manos le temblaban. No podía creer lo que acababa de suceder.
¿Qué tenía que hacer ahora? ¿Contarle a Leah que Ian la estaba buscando, u ocultarlo para no seguir revolviendo la herida?
Si Leanne se enteraba de que Ian estaba comprometido con Donna, el alma le caería a los pies.
 Sintió que la puerta principal se abría. Seguramente era ella.
Antes de salir a su encuentro, borró el registro de llamadas, y lo configuró para que desviara toda comunicación con el número de Ian.
«Mi amiga no seguirá sufriendo por tu causa», pensó, saliendo de la habitación.
 Cuando Sam y Leah salieron de la casa, tomaron un taxi y se dirigieron a un modesto restaurante que no quedaba a más de un par de manzanas de su apartamento.
El tema principal de la cena fue Steven. Samantha mostraba una gran preocupación, temía que su primo se estuviera enamorando de verdad de Leanne.
—No digas tonterías —negó Leah, meneando la cabeza—. Steve tiene muy clara cual es nuestra relación.
—Yo no estaría tan segura. Ayer me llamó y me ha dicho que está preocupado. Dice que tu repentino interés por ese tal Dante lo inquieta demasiado —respondió, con voz grave, al tiempo que se llevaba el tenedor a la boca—. Venga, hace apenas dos días que ha vuelto a su casa, y no ha hecho más que llamarme cada cinco minutos para hablar contigo. Deberías contestarle las llamadas.
—No quiero hablar con él, Sam. Estoy segura de que lo único que quiere es hacerme un cuestionario sobre Dante, y no quiero responder a eso.
—Lamento decirte esto, Leah, pero estás jodida. Conozco a mi primo, no te dejará en paz hasta conseguir lo que quiere.
—¿Y qué es lo que quiere?
—Vaya pregunta más tonta. ¿Acaso no es obvio? Te quiere a ti, con él.
Leanne dejó escapar una pequeña carcajada.
—No lo conseguirá.
—¿Cómo estás tan segura?
—Por favor, Samantha. Como si no supieras que el único que tiene espacio en mi mente es Ian.
El recuerdo de la llamada de Ian se agolpó contra su memoria.
—Pero eso puede cambiar. Tú no puedes esperarlo toda la vida, Leah. Tienes que continuar con tu vida…así como tal vez Ian continuó con la suya.
Leah sonrió.
—¿De qué vas? ¿Steven te está pagando para que me convenzas de salir con él? —bromeó.
—Estoy hablando en serio, Leanne.
—También yo. No hay lugar en mi vida para otro hombre, al menos no por ahora.
—¿Y qué hay de Dante?
—¡Venga ya, Sam! —exclamó Leah, indignada— ¿Tú también estás como Steven?
—No es eso, solo que no comprendo porqué te molesta tanto que te pregunten sobre él.
—No me molesta que me pregunten sobre él, me molesta que insinúen que estamos saliendo.
—A ver, Leah…sales con él prácticamente todos los días, ¿cómo le llamas tú a eso?
—Pero no salimos en plan novios.
—Nadie ha dicho que fuera así.
—¿Entonces?
—No sé, dímelo tú —contestó Sam, acomodándose en su sitio.
Leanne puso los ojos en blanco, y soltó un suspiro.
—Dante es una persona increíble, y me hace muy bien estar con él, porque me escucha y me entiende como si me conociera de toda la vida…
—Pero…
—Pero no es como tú y Steven se imaginan. Él y yo solo tenemos una amistad, y es lo único que tendremos, así que descuida.
Samantha asintió lentamente con la cabeza. Leah estiró una mano sobre la mesa, y tocó la de ella.
—Sam, eres mi mejor amiga, ¿de verdad crees que si saliera con alguien, no te lo contaría?
—Tienes razón, lo siento —repuso, bajando la mirada—. Es que ha pasado mucho tiempo desde que has llegado aquí, y para mí no es fácil seguir viéndote mal por Ian. Creo que ya lo has llorado lo suficiente, y es tiempo de que continúes con tu vida.
—¿Por qué me dices esto ahora?
«Porque Ian se casará con Donna», pensó, mordiéndose el labio para no contárselo todo.
—Porque creo que tú más que nadie te mereces ser feliz al lado de alguien que te valoré.
 Cuando volvían, camino a casa, Leanne siguió hablándole más sobre Dante y Sam la hizo prometer que se lo presentaría pronto. Aunque en realidad la repentina curiosidad que Samantha expresaba por Dante, solo ocultaba la culpa que sentía por ocultarle a su amiga que el amor de su vida había comenzado a buscarla.



sábado, 23 de junio de 2012

Chantaje emocional - Capitulo 19.


Ville Navarra, 18 de mayo

 Después de lo sucedido en casa de Drew, Ian salió a dar una vuelta por el pueblo para despejar un poco su cabeza.
Cuando volvió, recogió sus cosas rápidamente y decidió que era tiempo de regresar a casa.
 Ahora se encontraba en su estudio, con los codos sobre el escritorio y la cabeza descansando sobre sus manos.
«¿Qué rayos haré ahora?», se preguntó, estresado.
Sabía que en ese momento lo unico que quería era encontrar a Leah y explicarle todo, pero sintió una puñalada en el costado al verse obligado a admitir en su fuero interno que no sería tan fácil. Él ahora era un hombre comprometido, y sería dificil romper con Donna. Ella simplemente no lo entendería, y se pondría histerica. Además, sería muy injusto obrar de esa forma, ya que gracias a ella Ian al fin conocía el verdadero motivo por el cual Leanne se había marchado.
 Ian quitó los brazos y dejó que su cabeza cayera y golpeara contra la madera del escritorio. Nunca en su puta vida se había sentido tan contrariado.
Terminar con Donna no era el unico problema. También tendría que encontrar la forma de seguir costeando el tratamiento de su madre, y encontrar otro lugar para vivir.
El rostro se le iluminó por un momento cuando recordó que había firmado el contrato con la discográfica, pero sabía que si rompía con Donna, ella sabotearía ese acuerdo.
Y por ultimo, y como si fuera poco, no tenía ni la más remota idea de por donde empezar a buscar a Leah. Estaba acorralado.
 La puerta a sus espaldas rechinó y se abrió lentamente. Ian se volteó y observó a su sonriente novia adentrarse a la habitación. Él se puso de pie, y ella lo abrazó.
—Ven, tengo que hablar contigo —empezó, por lo bajo, al tiempo que deshacía el abrazo y la dirigía al sillón.
Se sentaron, y Donna lo observó con una expresión extraña que Ian no supo identificar. ¿Nervios? ¿Curiosidad?...¿Miedo?
—Donna, ¿tú estás segura de que esa carta es real? ¿de verdad crees que fue el motivo que hizo que Leah se marchase?
Ella tragó saliva, y unió sus manos, tratando de controlar el temblequeo.
—Pues, no lo sé. Lo unico que hice fue dar con el chico que limpió su casa después de su partida, y él me entregó ese sobre. Las suposiciones de que ese fue el motivo de la huída de Leah son mias, pero me parece una explicación bastante obvia. Es decir, ponte en su lugar, cariño. Yo también hubiera reaccionado de esa forma.
Ian suspiró.
—Siendo así, no se como empezar a decirte esto sin que te lo tomes a mal...
Donna abrió más los ojos, y tomó las manos de Ian con fuerza.
—Dime lo que quieras, cariño.
—Eso intento, pero...
—Ian, tú eres conciente de cuanto te amo, ¿verdad? —le interrumpió, acariciandole la mejilla.
Él tomó su mano y la quitó de su cara con suavidad, rechazando el gesto.
—Claro que lo sé, Donna.
—Eres todo para mí, Ian. Te amo más que a mi propia vida, ¿lo sabes? No podría vivir sin ti —continuó, acercandose más a él para besarlo.
Ian la detuvo.
—Porfavor, intento decirte algo.
Ella rió, nerviosa, con la mirada ausente.
—Oh, claro. Disculpa, cielo. ¿Qué me decias?
—Verás, Donna... tengo que ser sincero contigo, creo que te lo mereces después de todo lo que has hecho por mí —comenzó, titubeante—. Sé que investigaste la huída de Leah porque pensaste que eso me haría feliz, y en cierta forma es cierto, pero haciendolo, te has perjudicado a ti misma —suspiró—. Mira, Onnie... siempre supiste lo que significó Leanne en mi vida, y sé que eres conciente de que yo aún la...
—No, Ian, no —intervino ella, colocando una mano sobre los labios de Ian—. No digas esas cosas, porfavor. Tú me amas a mí ahora. Eres mi prometido, y nos casaremos pronto. No la necesitas. Te daré todo lo que tú quieras, pero no la busques —concluyó, sin poder evitar que las lágrimas manaran de sus ojos.
—No hagas esto más dificil, por el amor de Dios...—susurró él, con un hilo de voz. Odiaba lastimarla así.
—Ian, amor, te diré que es lo que haremos —dijo ella, apegando su cuerpo contra el de él—. Tú y yo nos iremos un par de semanas al Caribe, ¿qué te parece? Compraré un yate para ti. Sé que te gusta navegar, ¿verdad? ¿Te haría ilusión tener un yate? Sé que pensabamos irnos al Caribe en nuestra Luna de Miel, pero podemos cambiar de destino. O podemos casarnos allí directamente ¿Qué te parece?
Ian tomó el rostro de Donna entre sus manos, y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Donna, no habrá boda.
—Está bien. Aunque desde niña soñé con casarme de blanco. Un caro y hermoso vestido blanco, con una larga cola. Pero si no quieres boda, no la habrá. Al fin y al cabo, ya casi ni se festejan ese tipo de ceremonias, ¿verdad? No necesitamos de ningún papel que certifique cuanto nos amamos.
Él se apartó de ella, y la observó, fastidiado.
—Deja de hacerte la estúpida. Intento decirte que ya no somos novios, ¿comprendes, Donna? No quiero seguir contigo. Me marcharé de aquí.
La expresión risueña e infantil de Donna se desplomó. Sus ojos azules parecieron centellear y volverse grises.
—Entiendo...—fue lo único que logró musitar, antes de ponerse de pie.
Caminó hasta la puerta arrastrando sus pasos, y volvió la vista a Ian por ultima vez.
—Estaré arriba, preparando la lista de invitados...—agregó, sonriendo a medias, al tiempo que desaparecía tras la puerta.
 Ian meneó la cabeza. Empezaba a ser conciente de cuanto daño psicologico le estaba haciendo ese noviazgo a Donna, y no quería eso para ella.
Ahora estaba muy alterada, pero decidió que volvería a abordar el tema en la noche. Tenía que cortar con todo cuanto antes, no quería hacerle más daño, y ahora estaba determinado a encontrar a Leanne.
 Recordó la carta. Tuvo ganas de tenerla en sus manos para romperla, pero la había olvidado en casa de Drew.
No concebía la traición de Claire. ¿Porqué lo había hecho?
Le dolía en lo más profundo, y se sentía desanimado y desepcionado. Pero lo alegraba saber que al fin alguien echaba un poco de luz sobre lo que había sucedido con Leah.
Se estiró en el sofá, y meditó una vez más por dónde comenzaría su busqueda. Recordó que aún guardaba una antigua libreta de la adolescencia donde tenía los números de algunas viejas amigas de Leah en la juventud. Sabía que probablemente no serviría de nada, pero aún así lo intentaría.
Se puso de pie y se dirigió al piso superior. Había un pequeño desván donde guardaban cosas viejas, y sabía que ahí se encontraba una caja con las pertenencias que había traído de Remembranzas y que ya no usaría.
Estaba cruzando el pasillo, y cuando llegó a la puerta del desván, sintió el ruido de un golpe y el fuerte crugir de un vidrio desde el baño de al lado. Corrió hasta ahí y abrió la puerta de un empujón.
Se quedó congelado al ver el enorme espejo destrozado, y a Donna parada frente a lo poco que quedaba de él, con sus manos crispadas y ensangrientadas, llenas de pequeños trozos de vidrio.
Ian se movió rápidamente hacia ella, la levantó en sus brazos y la sacó de ahí. Su mente estaba en blanco, y actuaba por inercia. La llevó a su habitación, y cuando se dispuso a dejarla sobre la cama para llamar a un médico, Donna abrazó su cueyo con fuerza, sin dejarlo alejarse.
—Dime que me amas, Ian.
Él se soltó de su agarre y la miró fijamente. Vestía ropa de cama. Estaba descalza, y su cabello mojado. Tenía algunos cortes leves en los pies, y en la cara, pero los que tenía en las manos y brazos eran los más profundos.
—¿Qué has hecho, Onnie?
—Tengo miedo, amor. Dime que me amas.
—Déjame llamarte un médico, Donna. Mira las heridas que tienes en las manos. ¿Qué rayos se te cruzó por la cabeza?
—Fue un accidente. No llames a nadie, solo te necesito a ti. Acercate, Ian. Quédate conmigo.
Se sentó junto a ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué era lo que le había hecho? Por su culpa Donna estaba así.
—¿Porqué has hecho esto, Donna?
—Te amo, y tú también me amas.
Ian guardó silencio, mirandola con pesar. Se sentía demasiado culpable.
—¿Porqué no dices nada? Tú me amas, Ian. Dilo. Di que me amas.
—Claro que te amo, Onnie...—mintió, y ella sonrió. Parecía ignorar todas las heridas que tenía.
Él la llevó al baño de abajo, la hizo sentarse en una silla y se dispuso a curar y vendar todas las heridas de sus manos y brazos.
Donna, por su parte, parecía feliz, como si ignorara que hacía un momento había destrozado un espejo de pared y se había revanado con sus pedazos.
Cuando estuvieron nuevamente en la habitación, Ian le dió un calmante, y se recostó a su lado. Ella lo abrazó, pegando sus cuerpos, y con un dedo le contorneaba desde el mentón hasta la clavícula.
—No sé que fue lo que me pasó...—murmuró ella, con un hilo de voz.
—Olvidalo, Donna.
—No puedo olvidarlo. Fue horrible lo que hice —su voz se quebró—. Ian, necesito ayuda. Esto se me está yendo de las manos —tragó saliva y suspiró, mientras una primera lágrima rodaba por su mejilla—. De todas formas no quiero atarte a mí. Entiendo que quieras romper conmigo después de lo de hoy. Tal vez con un poco de terapia...—se detuvo, conteniendo un sollozo— lo superaré.
Ian secó sus lágrimas, y negó con la cabeza.
—No te dejaré sola, Donna. Acabo de entender cuanto me necesitas.
—No quiero que estés conmigo por lástima. Sé que tú quieres a Leah y no te puedo prohibir que la busques, así que eres libre de hacerlo. Rompiste conmigo esta tarde, así que no tengo derecho a opinar sobre tu vida.
—Donna, no me iré. Estaré aquí para ti, ahora más que nunca. Si estás así es por mi culpa. No podría ser tan cobarde para marcharme ahora.
Ella lo besó, y se mantuvo abrazada a él, con la cabeza sobre su pecho. Al cabo de un rato, notó que la respiración de Ian era cada vez más acompasada y tranquila, y dio por hecho que se había dormido.
Sonrió. Había ganado.


martes, 19 de junio de 2012

Engaño - Capitulo 18.


Remembranzas, 18 de mayo

[Remembranzas, 17 de febrero.
 Leanne, dejaré las formalidades de lado e intentaré ir al grano, porque lo que he de confesarte en esta carta no es fácil para mí, y menos lo será para ti cuando lo sepas.
Sé que nos conocemos desde que somos niñas, y aunque nunca fuimos amigas yo te apreciaba. Te apreciaba hasta que decidiste meterte con el chico de mis sueños: Ian. Yo, al igual que tú, me volví loca por él desde la primera vez que lo vi. Y verlo de novio contigo en la adolescencia me partía el corazón, pero había decidido mantenerme al margen para no arruinar vuestra relación. Las cosas cambiaron bastante cuando Ian y yo compartimos algunas clases en la secundaria. Pasábamos más tiempo juntos, y para mi sorpresa él mostraba un increíble interés por mí. Le recordé muchas veces que tú eras su novia, pero el insistía y al final no pude resistirme más a sus encantos.
La cuestión es que desde que tenemos 17 años él y yo tenemos una aventura a escondidas de todos, pero yo ya no soporto esta situación. Ian quiere dejarte, y yo quiero formalizar la relación con él, pero no tiene las agallas para encararte y romper contigo. Sé que es cobarde hacértelo saber por medio de esta carta, pero será lo mejor para todos.
 Espero que lo entiendas, Leah. Y que sepas sobre todas las cosas que él y yo nunca quisimos hacerte daño, pero lo que sentíamos mutuamente era más fuerte que todo lo demás. Ojalá que tomes la decisión correcta en cuanto a Ian, y tengas en cuenta todas estas cosas. Y si cabe una disculpa, tienes que saber que siento profundamente hacerte pasar por todo esto.
 No quiero tu rencor, solo desearía que comprendas que esta es una situación dolorosa para los tres, y no sufrirás más de lo que yo sufrí tantos años por Ian.
 Te deseo suerte Leah, y que encuentres a alguien más que te haga tan feliz como Ian me hizo a mí en estos últimos cinco años.
 Animo.
Atentamente, tu amiga, Claire Strasser]
 No daba crédito a lo que acababa de leer. Dirigió una mirada desencajada a Andrew, que se encontraba a su lado, mirándolo con expresión expectante.
—¿Y? ¿Qué es lo que dice la carta?
Ian no contestó, se encontraba atónito.
—Espera, también había una pequeña nota en el sobre —continuó su amigo, extendiéndole un trozo de papel.
«Querido Ian, veo que tu estadía en casa de Drew se ha extendido a más de ''un par de días''. Aún así, he hablado con él por teléfono hace unos días y me ha comentado tu inquietud con el tema de Leah, y me he tomado el atrevimiento de mover algunos contactos e investigar los movimientos de Leanne durante sus últimos días en Remembranzas. He dado con el muchacho al que Leanne había contratado para limpiar su casa luego de su partída, y éste me ha entregado esta carta. Dice que la encontró bajo el escritorio de Leanne, y la guardó porque parecía importante, y tal vez la había olvidado. Espero que no te lo tomes a mal, pero creo que merecías saber la verdad. Te espero pronto por casa, te extraño mucho. Cuidate.
Siempre tuya, Donna»
 Aún en estado de shock, Ian caminó hasta el sillón y se quebró en llanto. Andrew no entendía nada.
—¿Qué rayos sucede, Ian? Por Dios, habla ya.
—Lo sabía, Drew, lo sabía. Leah no me abandonó, la engañaron, ¡la engañaron! —exclamó, conmocionado.
De pronto, la puerta principal de la casa de Drew se abrió de un golpazo, y Claire entró como alma que lleva el diablo.
—¡Ian! ¡Gracias al cielo te encuentro! Tengo que decirte algo muy importante.
Ian se puso de pie secándose las lágrimas bruscamente, y se paró frente a Claire, apretando los puños.
—¡¿Cómo pudiste hacerlo?! —le gritó— ¡Aléjate de mi vista! ¡No quiero volver a verte!
Claire no comprendía nada, y su corazón se encogía a cada grito de Ian.
—¿De qué demonios hablas, Ian? Por Dios, deja las tonterías. Tengo que hablar contigo...
—Se terminó tu farsa, Strasser. Donna lo ha descubierto todo. Eres una bastarda —contestó con voz controlada, mientras le extendía la carta.
Ella leyó rápidamente, con ojos desmesurados por la sorpresa y la indignación.
—¡Esto es mentira! Ian, yo jamás escribiría una cosa así. Te lo he venido a contar todo, lo que en verdad pasó con Leah, tienes que saberlo...
—Me has decepcionado hasta lo más profundo, Claire. Eras mi mejor amiga y me has clavado un puñal por la espalda. Nunca lo esperé de ti —dijo Ian, con la voz quebrada y los ojos brillantes.
—Ian, porfavor, te ruego que me escuches un minuto —insistió Claire, tomándolo de las mejillas, pero Ian se apartó violentamente.
—¡No quiero escucharte más! Eres una traidora. Solo te pido que tengas la decencia de irte en este momento de aquí, y no vuelvas a buscarme.
—Todo esto lo planeó Donna. Ian, por el amor de Dios, no seas tan ciego
—Ya fue suficiente lo que has hecho con Leanne. No tengas el atrevimiento de ensuciar el nombre de Donna porque no respondo de mí. Juro que si fueras hombre ya te hubiera roto la cara a puñetazos ni bien cruzaste esa puerta.
Claire cayó de rodillas y se echó a llorar.
—Escúchame Ian, por lo que más quieras escúchame.. —sollozó.
—Ya escuché suficiente. No perdonaré lo que hiciste Claire, no esta vez —caminó hasta la puerta—. Saldré un rato, y cuando vuelva espero que ya no estés aquí.
Cuando Ian salió de la casa, Andrew se puso junto a Claire y la abrazó. Había leído la carta mientras ellos discutían.
—Juro que no lo hice, Drew... tú si tienes que creerme. Donna, ella fue...
—Esta vez has ido demasiado lejos —le dijo Drew, por lo bajo, mientras la ayudaba a ponerse de pie.
Claire se alejó de él bruscamente.
—¿Tampoco tú me crees? —preguntó, con rabia en la voz—. Perfecto. Crean en lo que dice esa arpía de Donna, pero cuando sepan la verdad no me culpen. Ah, Andrew, una cosa más... si de verdad aprecias a Brahian, no permitas que se case con ella —concluyó, saliendo por la puerta.
 Drew se quedó solo en su casa, parado en medio de la sala, con aquella carta en la mano, y con la certeza de que esa no era la letra de Claire y esa carta jamás la habría podido escribir ella.




sábado, 16 de junio de 2012

Enfrentamiento - Capitulo 17.


Ville Navarra, 17 de mayo

Claire paseaba la vista nerviosamente de un lado a otro en aquel despacho, esperando la llegada de Donna. 
Desde el sitio donde estaba sentada podía observar casi la mitad de aquella enorme habitación, y un ventanal que daba a un hermoso jardín. 
Centró su atención en la decoración. Se preguntó cuantos años tendría esa antigua casa, recientemente decorada con buen gusto y estilo moderno, de lo que seguramente se había hecho cargo Donna cuando murieron sus padres.
«¿Para que me habrá citado?», pensó Claire, mientras recordaba la conversación que había tenido con Donna la noche anterior.
Sabía que algo iba mal. Muy mal. Lo había notado en su tono de voz, lleno de cólera.
—Será mejor que mañana antes del medio día vengas a verme, Claire —le había espetado, sin dejarla pronunciar palabra.
Miró su reloj de mano. Ya habían pasado casi un cuarto de hora de lo acordado, y Donna no aparecía. Claire empezaba a impacientarse.
«Me exige que venga a su casa, y luego me hace esperar. Vaya modales», se quejó en su fuero interno. 
 De pronto, las grandes puertas del despacho se abrieron. Claire se volvió, y observó a Donna entrar. 
Donna tenía unas facciones preciosas, pero su mirada fría y su actitud arrogante le daban un aura desagradable.
«Sería un poco más guapa si sonriera más», se dijo a si misma, al tiempo que Donna pasaba al otro lado del escritorio y se sentaba frente a ella.
—Al menos podrías ponerte de pie y darme la bienvenida —comentó Donna, con desdén.
—No soy tu sirvienta para estar haciéndote reverencias —le contestó, con el mismo tono.
—¿Ah, no? Pues luces como una. Y si mal no recuerdo, trabajas en la empresa de mi familia, lo que te hace casi mi empleada.
—¿Porqué no me dices para que me llamaste y me dejas en paz, Donna?
—Tranquila, querida. No te conviene ser tan grosera conmigo —sonrío, cinica—. Sabes a lo que me refiero, ¿no?
—¡Deja de chantajearme con eso! —le gritó Claire, sin poder controlarse.
Donna ni se inmutó. Entornó los ojos, y agregó:
—He estado conversando con Andrew, y me comentó algo que no me agradó para nada. Me ha dicho que hace un par de días estuvo con Ian, y éste le confesó que tiene dudas acerca de la huida de Leah. Está seguro de que hay una historia detrás.
—¿Y qué con eso? —farfulló Claire, nerviosa.
—¿No intuyes a que quiero llegar, querida?
—No, sinceramente —mintió.
Donna suspiró, exasperada.
—Claire, eres la única que sabe lo que en verdad pasó con Leanne. Y no me gustaría enterarme de que te has dejado llevar por lo que sientes por mi prometido, y le has dicho, o siquiera insinuado que Leanne se ha marchado por mi culpa.
—¡No! —exclamó enseguida—. Claro que no lo hice, Donna, por Dios, ni siquiera sabe que me conoces. ¿Cómo hacerlo, si sé que si abro la boca me quitarás el trabajo? Es cierto que amo a Ian, y que si la situación fuera otra se lo habría dicho ni bien lo supe, pero más aprecio a mi abuela, y sin empleo no podría mantenerla. Sabes muy bien que mis padres no quieren saber de ella, y soy la única persona que puede ayudarla.
De repente Donna se puso de pie, y le dio una fuerte bofetada a Claire en la cara.
—No...no vuelvas a decir que amas a Ian, ¿comprendes? —tartamudeo con las manos crispadas, intentando controlar la cólera que la dominaba—. Tanto tú como Leah son dos rameras que están obsesionadas con mi futuro marido. ¡La única que lo ama soy yo! Y él también me ama, por eso se casará conmigo —gritó, histérica.
Claire levantó la mirada y la observó con odio.
—Estás enferma, Donna —le dijo Claire, con voz serena—. Deberías buscar ayuda.
Volvió a levantarle la mano, pero esta vez Claire la tomó por la muñeca antes de que la golpeara.
—Ahora escúchame tú a mí —continuó, sin soltarla—. Mi abuela está vieja, enferma y se está muriendo. No vivirá más de dos meses, ¿entiendes? Puedes extorsionarme ahora que necesito del sucio dinero que me paga tu maldita empresa, pero en cuanto mi abuela muera Ian será el primero en enterarse de todo lo que has hecho. Bastarda.
Donna se soltó bruscamente del agarre de Claire, y soltó una cruel carcajada.
—¿Y crees que correrá a tus brazos por decirle la verdad? —volvió a reir—. Si lo haces lo primero que hará será correr en busca de Leanne, estúpida. No se quedará contigo, ni conmigo, ¿entiendes eso? ¿Y entiendes que no estás en posición de amenazarme ahora? ¿Comprendes que si yo te despido tu abuelita morirá?
Los ojos de Claire brillaron de angustia y rabia.
—No juegues con eso.
—Solo estoy siendo sincera, cariño. No importa si esa vieja muere en dos meses, la cuestión es que hoy por hoy estás en mis manos.
Claire se puso de pie, con los puños apretados contra el escritorio.
—Renunciaré a tu empresa y buscaré otro empleo. No seguiré tu juego.
—Oh, querida, claro que no. Tú no harás eso. Solo me obligarás a advertir a otras compañías de tu mala conducta y bajo rendimiento en el trabajo, además de los pequeños hurtos que has cometido en mi empresa, claro.
—¿Hurtos? ¿Qué rayos dices? ¡Yo jamás te robé nada!
—Será tu palabra contra la mía... ¿y adivina quién de nosotras dos tiene más poder aquí?
—Ojalá te pudras en el infierno, hija de perra —le espetó Claire, al tiempo que se ponía de pie y se dignaba a salir de allí—. Por cierto, puedes hacerte a la idea de que no trabajaré más para ti. Renuncio.
 Donna la observó salir de su despacho, con semblante tranquilo. 
Levantó el auricular del teléfono y marcó un número.
—Carl, querido, ¿como estás? Habla Donna Covarenni. 
—¡Donna! Cuanto tiempo sin saber de ti, ¿qué es de tu vida?
—Ahora mismo estoy en apuros. Por eso te llamaba. Necesito que me hagas un pequeño favor.
—Claro, lo que sea.
—Necesito que redactes una carta...

Se que el capitulo es corto, pero estoy feliz porque recuperé todo lo de mi computadora. Gracias por la paciencia. Un abrazo a todas.

jueves, 14 de junio de 2012

Excuse me!


¡Hola! ¿Cómo están? Si, después una pequeña ausencia vuelvo a escribir por aquí.
 No suelo hacer este tipo de entradas. Ha decir verdad, es la primera entrada que hago en este blog que no sea para postear un capitulo de Remembranzas.
Escribo esto para contarles el porqué de mi ausencia, y también simplemente porque tenía ganas de hacer una entrada; siento que tengo el blog un poco abandonado.
 Bueno, en primer lugar, no he subido capitulos no por falta de inspiración, ni nada por el estilo, si no porque mi computadora se ha vuelto a joder.
Les seré sincera, Remembranzas es hasta ahora, de mis novelas, las que más me gusta. Y tengo el fuerte deseo de poder terminarla. ¿Porqué digo esto? Fácil. Este no es mi primer blog. Yo hace aproximadamente tres años tenía otro blog donde también escribía novelas. En el correr de esos años comencé escribir en ese blog al rededor de cinco o seis novelas, de las cuales alcance a terminar solo la primera (que irónicamente, se llamaba Historia sin fin). Por supuesto que esta estadística no me agradaba nada. Tenía muchas seguidoras, y la verdad no me hacía gracia presentarles una historia, y luego dejarla por la mitad, remplazandola por otra, y así sucesivamente. Dejaba todas las novelas inconclusas, y siempre por diferentes motivos; me aburría, le perdía el hilo a la historia, me fallaba la inspiración, me falta iniciativa o simplemente me dejaba llevar por nuevas ideas, dejando la novela actual en el olvido y comenzando una nueva.
 La cuestión es que hace aproximadamente un año y medio decidí cerrar ese blog. ¿El motivo? Sentía que les estaba fallando. Llegó un momento en el que quedé estancada con todo y no pude seguir escribiendo. Me encontraba presionada por el fuerte compromiso que sentía por quienes me leían y comentaban cada capítulo. Y la verdad que me sentaba mal no poder cumplir con sus expectativas. Supongo que al final intentaba que mis escritos gustaran a todos, y dejaron de gustarme a mi misma. 
En fin, el punto es que si decidí volver a escribir fue porque estaba segura de que podría llegar a darle un final a la novela sin quedarme en el camino. Es algo que deseo profundamente. Escribir es algo que me llena el alma, y a lo que me gustaría dedicarme algún día, pero no es solo por eso, si no porque, modestamente, me gusta el rumbo que está tomando la novela. Es una historia en la que se reflejan muchos aspectos de mi vida, y en la que la mayoría de personajes tienen partes de mi personalidad, por lo que me identifico con muchas de las situaciones y he llegado a llorar narrando determinados capítulos.
Por otra parte, he de admitir que me desmotiva bastante tener problemas con mi computadora. Por lo general, cuando publico un capitulo, trato de tener los cuatro o cinco siguientes ya escritos, pero al hacer esto, si llego a perder los datos de mi computadora pierdo todo lo avanzado en la historia. 
Si, es cierto: no son tantos, y podría volverlos a escribir. Pero si hago eso no quedarán tal cual los había escrito, y seguramente no me terminaran de convencer. Entonces haré lo siguiente...me tomaré unos días para intentar solucionar los problemas con mi computadora y recuperar los datos. Si pasada una semana no lo conseguí, simplemente me pondré a escribir nuevamente los capítulos restantes y los publicaré. Mientras tanto, si les apetece, pueden leerme en mi blog personal, que recién lo empiezo y estaría encantada de que lo visitaran.
Ahora se preguntarán porqué les cuento todo esto. Es simple, solo quería que supieran que aunque a veces me tarde en publicar no abandonaré la historia. Creo que luego de que se tomen el tiempo de leerme y darme animo, continuarla hasta el final es lo mínimo que puedo hacer.
 En fin, luego de este embrollo que acabo de escribir, solo resta darles las gracias por milésima vez. Me gustaría que hubiera otra forma de expresarlo, porque de verdad que les agradezco desde el alma que se tomen el tiempo y la molestia de leerme. Sus comentarios siempre me hacen sonreír y me ayudan a mejorar. Gracias, porque escribir es algo que amo, y sin ustedes no tendría sentido. No hay nada más hermoso que sentir que alguien aprecia lo que haces.
 Es increíble como personas que prácticamente no conozco son capaces de alegrarme el día con sus comentarios y palabras de apoyo. Siempre se los agradeceré.
 Me despido por hoy, y perdón por hacer una entrada tan larga. No esperaba explayarme tanto. Un fuerte abrazo a todas, y espero traerles un nuevo capítulo lo más pronto que pueda.
Saludos, y buen fin de semana :)

domingo, 3 de junio de 2012

Encuentro - Capitulo 16.


Triland Port, 16 de mayo
Ya hacía más de una semana desde que Leanne había conocido a Dante en Monte Mercuccio, y aún no se lo sacaba de la cabeza.
Ayer, la curiosidad la había superado y no pudo evitar llamar al número que Dante le había dado cuando ella y Steven se retiraron de su casa. Sentía la fuerte necesidad de volver a hablar con ese hombre, pero para su mala suerte, él no se encontraba.
 Ahora, ella estaba sentada frente a la computadora de Samantha, con una taza de café en la mano. Se sentía contrariada.
Abrió el navegador, y casi sin pensarlo tecleó ''Dante Blaird'' en el buscador. Para su sorpresa aparecieron unos cuantos resultados.
Entró en el primer enlace. El título anunciaba ''Hierba mala nunca muere: Charles Blaird se recupera de su accidente''. Era una copia de un artículo del London Times, y tenía fecha de quince años atrás. Hablaba de que el hombre había tenido un terrible accidente ferroviario, y se sospechaba de un intento de homicidio. Al parecer el tal Charles Blaird no era una persona especialmente querida.
Al principio Leah dudó que aquel hombre tuviera algo que ver con Dante, pero al continuar con la lectura confirmó que era su padre.
Siguió husmeando un rato en la web, pero no encontró nada que llamara en especial su atención. Y cuando estaba dando por concluida su búsqueda, encontró algo que la dejó congelada.
[...dos meses después del trágico e inexplicable incendio en la mansión Blaird, los policías creen estar dando con la respuesta a la pregunta de toda Inglaterra; ¿qué fue lo que provocó el fuego?
»El cuerpo policial de Londres al fin tiene una explicación para los sucesos ocurridos el día 15 de mayo de 1997, que dieron fin a la vida de Margott Birrow Blaird. Al principio, como todos, pensamos que el fuego en la mansión había sido un accidente, pero hoy podemos afirmar que fue un homicidio no premeditado. Mucha gente rechazará la idea, y el Instituto de Protección a Menores nos saltará directo al cuello, pero tenemos evidencia verídica para creer que el autor de dicho homicidio fue Dante Blaird Birrow, el unico hijo de la reciente difunta. Nos negabamos a pensar que un niño de once años pudiera hacer una cosa así, pero nos inclinamos a creer que estamos ante un joven pirómano. Al parecer, el más joven de los Blaird sufre un trastorno patológico mejor conocido como Piromanía, al igual que su fallecido abuelo, que hace veinte años atrás puso fin a su vida rociándose de gasolina y prendiéndose fuego. Tampoco podemos ignorar el hecho de que cuando la casa ardió en llamas, los únicos que estaban dentro de ella eran Margott y su hijo. La mujer murió calcinada, y el niño salió totalmente ileso. Ésta es otra de las grandes incógnitas del incendio que apuntan a la misma teoría, (...)
Éstas fueron las palabras del comisario Thomas Roddenwy, quien está al mando de la investigación...]
Steven entró repentinamente al apartamento, y Leanne cerró rápidamente el navegador. No quería que él supiera que había estado investigando a Dante.
 Él la miró, y se acercó a ella, preocupado.
—Dios, Leah, ¿qué ha pasado?
—Nada —respondió, aún atónita por lo que había leído.
—¿Nada? Pero si estás muy pálida, mujer. Parece que acabaras de ver un fantasma.
 Ella se puso de pie, y se paró frente a Steven.
—Steve, ¿quién es ese hombre que compró la casa de tus padres en Monte Mercuccio?
—Dante, creo que se llamaba, ¿porqué?
—Sé como se llama. No me refiero a eso. ¿Crees que hayan muchas personas con su nombre?
—Pues, normal. Dante no es un nombre del todo original que digamos.
—Por Dios, dime que su madre no murió hace... —hizo un calculo rápido— catorce años.
Steven la observó desencajado, y la sacudió levemente por los hombros.
—Leanne, ¿tú estás bien? Estás divagando. No entiendo de que rayos me hablas.
—Venga, olvídalo —repuso ella, exasperada, apresurándose a tomar su cartera y sus llaves.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a salir?
De pronto el teléfono sonó, desviando la atención de ambos.
—Maldita sea —murmuró Leanne, y caminó hasta la otra habitación para contestar, de mala gana.
—¿Quién habla? —preguntó grosera, al levantar el tubo.
—¿Jenna? ¿Cómo estás? Me alegra escucharte.
—Dante...—musitó ella, sin aliento. Steven al escuchar ese nombre se asomó a la puerta, con expresión confundida. 
—¿Sucede algo? ¿He llamado en mal momento? Disculpa por no devolverte el llamado ayer. A mi mayordomo se le olvidó avisarme, y cuando me lo dijo era muy tarde. Espero que esto no te moleste.
Leanne se aclaró la garganta.
—No, en absoluto. También me alegra escucharte. 
—¿Qué tal si quedamos a tomar un café esta tarde? —inquirió Dante, animado. Como si no notara el tono distante de Leah.
«pero tenemos evidencia verídica para creer que el autor de dicho homicidio fue Dante Blaird Birrow, el único hijo de la reciente difunta», esa frase golpeó en su cabeza. Trató de disimular sus nervios y tragó saliva.
«No puede ser», pensó, meneando la cabeza.
—Me parece estupendo —se oyó contestar, sin pensarlo.
—¿Entonces te parece bien si nos encontramos a las cinco, en la cafetería Coffss?
—Ahí estaré.
—Genial. Nos vemos esta tarde, Jenna. Adiós.
 Cortó la llamada, y Leanne se quedó unos segundos con el auricular en la mano.
Steven se adentró a la habitación, mirándola fijamente.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Ahora resulta que sales con Dante?
—Te lo explicaré más tarde, Steve. 
—No te hagas la misteriosa conmigo.
—Hay algo muy extraño en ese hombre...
—Vaya, pues chocolate por la noticia.
—No hablo solo de su aspecto. Da igual, déjalo. 
 Steven se mantuvo toda la tarde insistiendo acerca de que le explicara lo que sucedía, pero Leanne no cedió. En parte porque no estaba segura de que lo que había leído fuera cierto, y en parte porque estaba demasiado nerviosa por encontrarse con Dante. 
 Parecía que el tiempo no transcurría más, y cuando por fin fueron las cuatro y media salió a la calle, tomó un taxi y se dirigió rumbo a la cafetería. Creyó que llegaría demasiado pronto, pero al entrar se sorprendió al encontrarse con la mirada despistada y ausente de Dante, que le sonrío de forma cordial. El gesto asustó un poco a Leah, ya que lo amable de su sonrisa no concordaba con los ojos sombríos con los que la observaba. De todas formas le devolvió la sonrisa. Se acercó a la mesa donde estaba y se sentó frente a él.
—Lo siento, llego tarde —se disculpó Leah, aún sabiendo que había llegado diez minutos antes de lo pactado.
—No, no llegas tarde. Soy yo quien siempre llega demasiado temprano. Manías mías.
 Un momento después se acercó un camarero, y les preguntó que iban a tomar. Ambos pidieron café negro y un pastel de frambuesa para dos.
—Te noto algo tensa, ¿sucede algo? —comentó Dante, luego de que les trajeran el pedido.
—Si, en realidad si —respondió ella, bajando incómodamente la vista. Por alguna extraña razón no soportaba aguantarle la mirada.
—Lo supuse. Y creo saber de que se trata.
—¿De verdad? ¿Y cómo lo sabes?
—Simple intuición. Conozco esa mirada...
—¿Perdona? —repuso ella, sin comprender.
—Tienes miedo.
Leanne levantó la cabeza de golpe, mirándolo fijamente con ojos escrutadores.
—¿Tendría que tenerlo?
—Eso depende de ti.
—Entonces es cierto. Tú eres un...—comenzó Leah, apretando los puños sobre la mesa.
—No. Nunca dije que fuera cierto —le interrumpió. Tomó un sorbo de café, y continuó—. No entiendo porqué la gente es tan paranoica...
—Estás enfermo —espetó ella, sin reparo alguno.
—Si, tal vez lo esté... pero tengo una pregunta para ti, ¿porqué aceptaste salir con un loco? Porque así me llaman, ¿no? Loco, pirómano...¿asesino? Pues déjame decirte que todo eso es mentira. 
—Quizás tú seas el que miente ahora. Y yo odio las mentiras.
Dante rió en voz alta.
—Hmm, mira quién me trata de mentiroso...la señorita «Jenna Biancciani», o debería decirte... ¿Leah?
Leanne frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Tú misma lo dijiste. El día que saliste a la terraza, yo ya me encontraba allí. Solo que tú no me viste. Escuché cuando te hablaste a ti misma. También cuando dijiste que tu compromiso era falso.
—De todas formas, eso no es nada en comparación con lo que tú has hecho.
—No tienes porqué ser tan grosera conmigo, Leah... Aquella noche en la terraza fuiste muy amable y educada, ¿qué pasó ahora?
—No sabía frente a quien estaba.
—La gente es tan flexible...—comentó como para sí mismo, al tiempo que dejaba escapar un suspiro y hacía un gesto con la mano—. Hacen de un simple rumor lo más interesante de sus vidas.
—Dudo mucho que sea un simple rumor. 
—¿Puedo preguntar como lo has sabido?
—Yo... yo lo leí en internet.
—Vaya, así que me investigas. Y ahora dime, ¿porqué te interesa tanto mi vida?
Ella vaciló en responder.
—Me recordabas a una persona... a alguien muy importante para mí —respondió por lo bajo, con pesar.
—Por la forma en que lo dices no debe ser una bonita historia.
—Lo era, pero yo lo arruiné. Él es el amor de mi vida, ¿sábes? Pero ahora jamás lo volveré a ver.
—¿Murió?
—Algo así. Me vi obligada a abandonarlo y lo destruí por completo con la despedida.
—Lo superará. 
—No puedes saberlo.
—No hay mal que dure cien años...
—Eso lo dices porque no estás en mi lugar.
Dante sonrió, condescendiente. Con la mirada de un anciano que escucha las ensoñaciones de un niño.
—Leah, mírame. ¿Paresco alguien que no ha sufrido nunca en su vida?
Leanne lo observó. Sus ojos eran muy oscuros, casi negros. Vacíos. Cansados. Opacos. Mirarlo así tan fijamente la hizo sentirse mal por él. Nunca había visto una mirada tan desolada.
Al notar que Leanne no respondía, volvió a sonreír. Pero no era una sonrisa alegre, si no como un gesto acostumbrado.
—Tomaré eso como un no. 
—No lo entiendo... —murmuró Leah, como si se lo dijese a ella misma.
—¿Qué no entiendes?
—No entiendo la razón por la cual me siento tan... cercana a ti. Si, suena estúpido, pero es como si te conociera de toda la vida, cuando en realidad no te conozco ni en lo más mínimo.
—¿Eso es bueno?
—No lo sé —caviló por un momento, confundida—. Dante, tú me das miedo. Lo digo de verdad. Siendo sincera, es más que eso. Eres ese tipo de persona a la cual nunca me acercaría. Tú sola presencia me intimida, pero a la vez siento que en este momento eres alguien en quien puedo confiar.
—Vaya...y yo que creía que era el único loco aquí.
Leanne rió ante el tono divertido de Dante, algo más relajada.
—Si, suena raro. Lo sé. Ni siquiera estoy segura de que no seas un maldito desquiciado, pero tengo la certeza de que no quiero mantenerme alejada.
—Pues que valiente... —contestó él con tono burlón y una sonrisa que intentaba ser maliciosa.
—Si, creo que voy a correr el riesgo. Además, cuando intentas intimidarme me pareces más indefenso.
—¿Y cómo puedes estar segura de que no es una táctica para tranquilizarte, y luego matarte? —preguntó Dante, con suspicacia.
—No eres tan inteligente —contestó Leah, sonriendo autosuficiente.
—No me subestimes.
—Y luego vas, y te quejas si piensan que eres un maniaco...
Él soltó una carcajada, divertido.
—Confio en su sentido del humor, señorita Biancciani.
—Winick. Leanne Winick, ese es mi nombre —le corrigió.
—Bien. Señorita Winick, entonces.
Leanne sonrió. Satisfecha. Era curioso, pero de pronto se sentía como si estuviera en compañía de un viejo amigo.
 Luego de eso se mantuvieron conversando de temas bastante triviales durante aproximadamente una hora y media, hasta que ambos decidieron que se estaba haciendo algo tarde, y Dante tenía otros compromisos con los que cumplir aún.
Al salir de la cafetería, un coche aguardaba a Dante en la puerta. Él se ofreció a llevarla a casa, pero Leah se negó, e insistió en irse en taxi.
Se despidieron, y cuando Dante estaba a punto de subir a su coche, ella lo detuvo.
—Dante...¿puedo hacerte una pregunta? —inquirió de pronto, acercándose a él nuevamente.
—Por supuesto —accedió él, de buena gana.
—Tal vez te moleste...
—Prometo no ofenderme. 
—¿Te consideras inocente de lo que te han acusado?
Dante cambió el gesto, como una expresión de incomodidad. Pero tras cavilar unos segundos respondió:
—Durante muchos años me lo cuestioné seriamente, pero hoy estoy seguro de mi inocencia.
—¿Y porqué esa contradicción? Sabes, me gustaría oír tu versión de la historia...—dijo, dejándose llevar por su curiosidad, sin reparar en el atrevimiento de su comentario.
—Te lo contaré con gusto el día que esté convencido de que me creerás. Mientras tanto eres libre de especular cuanto quieras —repuso, sonriendo a medias—. Adiós Leah. Ha sido una tarde agradable. Gracias —concluyó, al tiempo que subía al coche, y su chofer cerraba la puerta de éste. 
Ella finalmente asintió, algo desconforme, pero completamente segura de que ésta había sido la primera tarde de muchas junto a Dante Blaird.