domingo, 22 de julio de 2012

Recuerdos - Capitulo 25.

Monte Mercuccio, 1 de julio
 Volvieron a la habitación de Dante, y se sentaron nuevamente a los pies de la cama. Ante el silencio que se había interpuesto entre ambos, y una tensión creciente, él comenzó a hablar.
—Antes que nada tienes que saber que no es una bonita historia —advirtió—. Y entenderé si luego de escucharme te pones de pie y te largas, para no volver a verme.
—Diciendo eso me haces creer que lo que leí sobre ti es cierto.
—¿Y qué has leído? —preguntó él, como si no supiera.
Leanne vaciló.
—Que eres un pirómano, y que…tu madre murió a causa de ello.
—¿Qué he asesinado a mi madre, quieres decir?
—No digo que haya sido intencionalmente…—respondió ella, insegura, pero Dante la interrumpió.
—Leanne, calla —ordenó—. Te contaré la historia desde el principio, y luego eres libre de opinar lo que quieras
Leah asintió con la cabeza, en silencio.
—Bien… ya sabes que nací en Londres, hijo de unos padres ambiciosos y fríos, podridos en dinero, que se llevaban el mundo por delante. Un matrimonio por conveniencia que terminó en desgracia. Mis padres no se querían. Es más, llegué a pensar que se detestaban, pero por alguna extraña razón, frente al mundo simulaban ser una pareja perfecta. Para la sociedad, los Blaird eran una familia feliz, pero esa definición estaba muy lejos de la realidad. Puertas adentro, mi casa era un infierno, especialmente para mí —se detuvo un momento y tragó saliva, como si lo que viniera a continuación fuera doloroso—. Mi madre odiaba los niños. El hecho de que me concibieran se dio solamente porque tenía que nacer un heredero varón, que sería en un futuro un hombre de negocios, exitoso, y que llevaría orgullosamente el buen apellido Blaird. Esas eran sus expectativas, y al ver que yo no cumplía con ellas, y con la personalidad dominante que esperaban de mí, me despreciaron. Mi madre nunca se tomó la molestia de ocultar el gran aborrecimiento que sentía por mí. Cuando tenía seis años, la cantidad de palizas que mi madre me había dado eran incontables, y esa cantidad aumentaba con el tiempo, al igual que la violencia con la que me golpeaba.
»Nunca llegué a comprender por qué me odiaba tanto. Siempre había sido un chico tranquilo, que raramente hacía travesuras, pero cuando las hacía las pagaba muy caras. Era un niño acobardado. Mi madre me amenazaba y me advertía de que si yo hablaba con alguien sobre sus maltratos, me abandonaría. Vivía con miedo, y por eso intentaba ser obediente y hacer todo lo que se esperaba de mí. Sabía que un paso en falso podía costarme una golpiza.
»Mi padre estaba al tanto de los maltratos de mi madre, pero no hacía nada por mí. Cuando la veía golpearme se limitaba a quedarse en el marco de la puerta observando, con impotencia y expresión acongojada. Lo cierto es que él también tenía miedo. Suena extraño, pero él vivía sometido a la abrumante y agresiva personalidad de mi madre. Nunca me defendió, prefería hacer como si nada pasara. Ignoró toda su vida mi dolor, y ni siquiera le importaba.
»Se repitió la misma situación hasta que tuve once años. Hasta aquella fatídica noche en la que todo ardió en llamas y mi vida se fue al diablo por completo. Recuerdo que ese día, extrañamente, los empleados no estaban en casa. Solo estábamos mi madre y yo. Me desperté por el fulgor dorado que entraba por la puerta de mi habitación, y el calor abrasador que me envolvía. Salí de la cama, y en cuanto puse una mano en el picaporte noté que estaba tibio. Eso pareció muy extraño, así que decidí ir a buscar a mi madre y ver que sucedía. Su habitación estaba frente a la mía. La puerta se encontraba abierta, y lo que vi cuando me asomé a ella fue lo más terrible presencié jamás. Esa imagen me acompañará por el resto de mi vida —los ojos de Dante se empañaron de lágrimas—. Mi mamá estaba en el suelo, envuelta en una bola de fuego, como el resto de su habitación. Gritaba, estaba agonizando —se detuvo y cerró los ojos con fuerza. Al cabo de uno segundos soltó un suspiro y continuó—. Y no hice nada por ella. Me quedé allí parado durante unos minutos, sin pensar en nada, y luego me eché a correr. Corrí por el pasillo y bajé las escaleras, no sin antes notar que gran parte de mi casa estaba prendiéndose fuego, pero eso no me detuvo. Me escondí en el sótano y permanecí allí, abrazando mis rodillas y sollozando en silencio, hasta que la policía me encontró prácticamente un día después. Pero eso no había sido todo. Hubo algo que me impulsó a huir de ahí en ese preciso momento, sin hacer nada por mi madre. Algo que me dio la certeza de que esa noche no estábamos solos mi madre y yo en esa casa —un escalofrío recorrió su cuerpo—. Sentí un sonido a mis espaldas. Un sonido diferente, aparte del crujir de todo lo que se quemaba. «Clic, chas» —guardó silencio por un momento, apretando los puños—. Ese maldito sonido me atormentó durante años. Lo escuchaba en mi mente todo el tiempo, una y otra vez.
»Cuando me sacaron del sótano, yo me encontraba totalmente aturdido. La mansión se había reducido a ruinas, y todo estaba rodeado de gente, policías y ambulancias. Pasaban los días, y yo no mostraba señales de recuperarme del trauma vivido. Me encontraba en silencio y con la mirada perdida todo el tiempo, excepto cuando me daban ataques de ira y rompía todo lo que tenía a mí alrededor. Mi padre, para tenerme controlado, pidió a los psiquiatras que me mantuvieran medicado. Y entre antidepresivos, tranquilizantes y pastillas para dormir, permanecía dopado prácticamente todos los días.
»Los medios de comunicación nos acosaban, y especulaban abiertamente sobre las causas del incendio y la muerte de mi madre. Y aunque al principio solo eran rumores, las sospechas de que yo había provocado el fuego intencionalmente crecían cada vez más. Luego del funeral, mi padre decidió mudarnos a Italia. Una vez allá, y pasado un mes aproximadamente, fue cuando por primera vez salió en televisión la noticia de que el único heredero de los Blaird, con tan solo once años, había asesinado a su madre. Las pruebas se acumulaban en mi contra. Cuando me sacaron del sótano, encontraron sospechoso el hecho de que hubiera tenido la lucidez para esconderme en el único lugar seguro de la casa. Y cuando los médicos me revisaron y vieron mi cuerpo magullado y lleno de moretones, empezaron a investigar mi historia. Los maltratos de mi madre salieron a la luz, y tuvieron una razón más que suficiente para pensar que yo tenía motivos para odiarla y matarla, aunque no era así. Pero eso, sumado a un largo historial de piromanía a lo largo de las generaciones Blaird, me convirtió en el culpable perfecto.
»Empezaron a investigarme y a hacerme preguntas a las cuales yo me negaba a responder. Seguía muy traumado por todo lo que había presenciado, y la presión que me ejercían no me ayudaba. No entendía por qué la gente creía que yo había asesinado a mi propia madre, y eso me afectaba a tal punto que empecé a creer que era cierto. Todos los recuerdos de esa noche se habían borrado por completo de mi mente. Solo tenía la imagen de mi madre agonizando entre las llamas, y ese atormentador sonido que sonaba todo el tiempo en mi cabeza.
»Nunca tuvieron pruebas suficientes para declararme culpable, aunque todo el mundo lo creía. Pero pasados unos años, la gente se fue olvidando del caso y ya no éramos el centro de atención. Incluso mi padre parecía haber olvidado todo lo que había sucedido. Nuestra vida en Italia fue muy diferente de lo que había sido. Mi padre pasaba fuera de mi casa, y me ignoraba por completo, mientras yo pasaba el tiempo solo, luchando con mis remordimientos.
»Cuando tenía quince años, mi padre falleció, pero eso no significó nada para mí. Éramos como dos desconocidos, y su ausencia se había adentrado en mi vida desde la infancia. Pero mi inestabilidad psíquica y emocional empeoraba cada vez más. Había llegado hasta tal punto que yo mismo me consideraba culpable de la muerte de mi madre. El no poder recordar lo que había sucedido exactamente me turbaba terriblemente. Me volví prácticamente dependiente de las pastillas y los antidepresivos. Mi vida se iba en picada. Había sufrido demasiado para haber vivido tan pocos años, pero gracias al apoyo incondicional que me brindaba Chris, mi mejor y único amigo, pude salir de ese hoyo.
»Cuando fui mayor, tuve una revelación. Todos los recuerdos que mi mente había bloqueado durante todos esos años volvieron a mí de un golpe. Recordé cada detalle de esa noche, y por fin supe qué había sido lo que había originado ese «Clic, chas». Era el sonido de un mechero, y el tercero que había estado en la casa, parado a mis espaldas ese día, había sido mi propio padre. Tuve esa certeza en cuanto lo recordé, pero ¿qué más daba? Mi padre ya había muerto, y de nada valía culparlo ahora, aunque aún no puedo evitar sentir un escalofrío cuando recuerdo que estuve viviendo cuatro años más con un hombre que había intentado asesinar a su mujer y a su hijo, quemando su propia casa. Nunca pude comprender sus motivos. Pero bueno, supongo que la piromanía es así. No se puede encontrar lógica en ese tipo de enfermedades mentales.
»Tarde muchos años en recuperar el control de mi vida, pero a poco me fui recuperando y encontrando motivos para vivir. Las personas que habían arruinado mi existencia ya estaban muertas, y ya no había nada que hacer. No habían podido conmigo. Yo estaba allí, vivo, y tenía que seguir luchando. Estuve prácticamente diez años intentando sanar mis heridas. Intentando abandonar el rencor, y perdonar a mis padres por haber robado mi infancia, por haber roto mi alma y mi cordura. Por haber destruido mi vida. Tratando de salir adelante sin evadirme, y especialmente, entender que yo no fui culpable de nada, sino que fui la principal víctima de toda esta tragedia.
 Para cuando Dante terminó de hablar, Leanne se encontraba llorando, mientras apretaba con fuerza la mano de él. No tenía palabras. De todas las cosas que se había imaginado, no se esperaba una historia tan dura.
Dante levantó la mano y le acarició la mejilla.
—No llores, tonta —le susurró, mientras le dedicaba una sonrisa torcida—. No tiene caso hacerlo ahora.
—Lo siento tanto por ti, Dante —sollozó, sin soltarlo—. No te mereces nada de lo que te ha sucedido.
—Nadie lo merece, Leah. Pero lo bueno es que en última instancia los dolores sufridos son lecciones que hemos aprendido.
—Perdóname. Perdóname, fui muy estúpida. No debí hacerte revivir todos esos recuerdos. Solo debí confiar en ti —farfulló, abrazando fuertemente a Dante.
—No te disculpes. Fui yo quien te prometió que te lo contaría, ¿lo recuerdas? Siempre cumplo mis promesas —respondió él, correspondiéndole—. Por eso es que debes creerme cuando te digo que te ayudaré.
—Es que no veo como encontrarás una manera de ayudarme.
—Tú déjamelo a mí. Ahora tal vez sea mejor que vayas y hables con Sam sobre la llamada de Ian y te lo cuente con detalles. Yo iré a visitar a una vieja conocida, para saldar unas cuentas pendientes, pero cuando regrese, te juro que todo volverá a su lugar. 

viernes, 20 de julio de 2012

Confesiones - Capitulo 24.

Triland Port, 1 de junio

 Samantha y Leanne se encontraban sentadas en el sofá de su apartamento, ambas en silencio, frente al televisor. Leah cambiaba distraídamente de canales con el mando a distancia, sin prestarle mayor atención a ningún programa en especial, y su amiga la observaba, con mirada ausente.
—¿Sucede algo, Sam? —preguntó Leanne de pronto.
—No, en absoluto —mintió, apartando la mirada.
—Te ves preocupada
Samantha soltó un suspiro y la miró con culpa.
—Pues sí. Estoy preocupada. Y la verdad es que sí sucede algo, Leah. Algo grave.
—Me asustas…
—Es que no he parado de pensar en ello. Sé que me matarás cuando lo sepas, pero no puedo seguir ocultándolo.
—¡Entonces dilo de una vez! ¿Qué es eso tan importante que me has ocultado?
—No sé ni por dónde empezar. Sé que no te lo tomarás bien. Te lo diré, pero aún así me gustaría que Dante estuviera presente.
—¿Dante? —inquirió, sin comprender.
—Sí, Dante. Llámalo y pídele que venga.
—Sam, por Dios, ¿qué rayos sucede ahora? ¿Qué se traen ustedes dos?
—Solo hazlo. Ya lo entenderás.
Leah poco convencida, se puso de pie y caminó hasta el teléfono.
Mientras, a sus espaldas, Samantha se deshacía en nervios. Todavía no sabía cómo demonios comenzaría a contarle lo de la llamada de Ian, y aunque Dante estuviera allí dudaba que pudiera hacer algo al respecto. Suspiró. Al menos tendría algo de tiempo para pensar que decir.
 Nadie respondía al teléfono en casa de Dante, y Leah comenzó a inquietarse. Al tercer intento, oyó del otro lado de la línea la voz de una mujer.
—Residencia Blaird, buenas tardes. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—Buenas tardes. Soy Leanne. Me gustaría hablar con Dante, por favor.
—Lo siento, señorita, pero eso no será posible.
—¿Él no está en casa?
—Sí está, pero no puede atenderla.
—Es importante.
—El señor Blaird ha tenido una pequeña recaída de salud hace un par de horas —susurró la mujer, titubeando —. Tendrá que disculparme, pero no puedo comunicarla.
—¿Está enfermo? —preguntó Leah, con voz aguda, alarmada.
—Que tenga un buen día, señorita Leanne —concluyó la mujer, antes de cortar la llamada.
Leah estaba desencajada. Volvió a la sala donde estaba Sam, y ésta notó enseguida su cambio de expresión.
—¿Qué ha sucedido?
—Samantha, tú ayer has ido a ver a Dante, ¿verdad?
—Así es, ¿por qué preguntas?
—¿Te había dicho si estaba enfermo, o algo así?
—A decir verdad, no. Pero no se veía muy bien. Estaba muy pálido, incluso parecía más delgado. Pero cuando le pregunté al respecto me dijo que solo había tenido una mala noche, y bromeó sobre ello.
—Acabo de llamarle, pero no pude hablar con él. La mujer que atendió el teléfono me ha dicho que tuvo una recaída de salud y no podía comunicarme con Dante —farfulló, nerviosa—. No sé si debería hacerlo, pero creo que iré por su casa. La explicación que me han dado no me deja tranquila.
—Leah, no creo que sea lo mejor. Si ni siquiera te ha atendido el teléfono, dudo mucho que puedas verlo.
—Aún así lo haré. Sam, Dante no tiene a nadie aquí. ¿Qué tal si necesita algo y no sabe a quién acudir?
—Él tiene dinero. Dudo que algo le pueda llegar a faltar.
—El dinero no lo es todo. El saber que tienes a alguien ahí, preocupándose por ti, no se paga con nada.
Samantha suspiró.
—Está bien, hazlo. Pero ni bien tengas noticias me pones al tanto, ¿hecho?
—Lo tendré en cuenta —respondió Leah, tomando su abrigo y caminando hasta la puerta—. Cualquier cosa te llamaré. Hasta luego, Sam. Y recuerda que cuando regrese, tú y yo tenemos una conversación pendiente.
—Claro, lo recordaré —asintió Sam, mordiéndose el labio.
 Leanne salió del edificio y tomó un taxi enseguida. Le indicó la dirección y en menos de media hora se encontró frente a las puertas de la imponente mansión Blaird, esperando ser atendida.
Una mujer de aspecto mayor, seguramente el ama de llaves, le abrió la puerta y la invitó a entrar.
—Necesito ver a Dante —dijo Leah, con voz firme pero preocupada.
—El señor Blaird se encuentra algo indispuesto y no podrá recibirla esta tarde, señorita.
—Le ruego que le diga que estoy aquí, es importante.
La mujer soltó un suspiro.
—Usted ha de ser la mujer que llamó hace un rato. Leanne, ¿no es así?
—Sí, así es. Me ha dicho que Dante ha tenido una recaída de salud y la verdad es que me ha dejado muy intranquila. Siento haber venido sin avisar, pero quiero saber si Dante se encuentra bien.
—Creo que no podré ayudarla. Tengo órdenes explicitas de que nadie lo molestara. Por favor, señorita, solo hago mi trabajo.
—Escúcheme un momento, señora. Usted trabaja aquí y de seguro sabe que Dante no tiene personas muy allegadas. Yo soy su amiga, y necesito saber cómo está. Póngase en mi lugar.
Notó que el ama de llaves titubeaba. Miró nerviosamente a los costados, y finalmente posó su mirada insegura sobre los ojos de Leah.
—Acompáñeme a la cocina. Tal vez pueda decirle algo que sea de su interés —murmuró por lo bajo, y Leanne asintió, siguiendo sus pasos hasta la habitación continua.
—Permítame prepararle algo mientras conversamos —sugirió, con tono amable, mientras bajaba un par de tazas del estante superior—. ¿Té, café? ¿Qué se le ofrece?
—Café, por favor —respondió Leah, sin darle mayor importancia.
La mujer, con movimientos hábiles y prácticos se dispuso a preparar el café. Saltaba a la vista tenía años de experiencia.
—Primero que nada, ha de saber que puedo meterme en un buen lío por hablar de este tema con usted —comenzó, vacilante—. Pero aún así lo haré, porque soy testigo de lo solo y desamparado que Dante está en el mundo, y sé que es un buen chico, y no merece nada de lo que le sucede.
—¿Qué es lo que le sucede? —interrumpió Leah, alarmada.
—A decir verdad solo puedo compartir con usted mis deducciones, señorita, ya que nadie en esta casa sabe a ciencia cierta qué es lo que tiene el señor. Desde el primer momento a todos nos llamó la atención la gran cantidad de medicaciones que toma, y lo poco que se alimenta para ser un hombre de veinticinco años. Eso, sin contar las visitas de un médico que viene a la casa dos días a la semana. Hay días que el señor ni siquiera sale de su habitación, y la situación nos preocupa. Un día, Kathy, una joven empleada que trabaja aquí, se atrevió a preguntarle si algo le sucedía, pero él lo negó y eludió sus preguntas.
—¿Y qué es lo que le ocurre ahora? ¿Les ha dado alguna explicación?
—Que va, niña. Esta vez no ha sido necesaria una explicación, todos lo vimos desplomarse ayer en medio del salón. Desde temprano en la mañana había estado revolviendo papeles viejos, y haciendo llamados telefónicos. Se lo veía muy nervioso y estresado. Y a la hora del almuerzo, cuando se retiraba de la mesa, cayó desmayado sin más —se detuvo para deslizar la taza de café en dirección a Leanne—. Llamamos a su médico de siempre, lo atendió en su habitación y se retiró una hora después, negándose a darnos algún tipo de diagnostico. Y desde entonces, el señor no ha salido de su habitación. Esta mañana cuando Kathy fue a llevarle el desayuno, él le ha dicho que rechazáramos todos los llamados y eludiéramos a las visitas. Al parecer no quería ver a nadie.
Leanne guardó silencio unos minutos. Se encontraba shockeada por lo que acababa de oír.
—No es posible…—susurró, incrédula.
—No se preocupe, señorita. El señor es un hombre millonario, y tenga lo que tenga, hoy en día no hay tratamiento o medicina que el dinero no pague.
 Ambas se sobresaltaron al oír que la puerta de la cocina se abría. Para sorpresa de las dos mujeres, detrás de ella apareció un maltrecho y desarreglado Dante, quien les regaló una sonrisa, pero no pudo evitar su expresión de sorpresa.
—¿Leah? Que sorpresa verte por aquí. No te esperaba.
—Oh, Dante…disculpa por no avisar sobre mi visita.
—Nada de eso, mujer. Tú siempre estás invitada a venir aquí.
—Señor, perdone que me entrometa, pero ¿no debería usted volver a la cama? Aún no se ve del todo repuesto.
Dante hizo un gesto de desapruebo, pero no había enojo en su voz.
—En absoluto, me siento muy bien —respondió, volteándose para quedar frente a Leanne—. Leah, acompáñame.
 Leanne cruzó la casa, siguiendo a Dante, en dirección al despacho. Una vez allí ocuparon unos preciosos sillones que estaban cerca de una estufa a leña.
—Intuyo que tu visita tiene un motivo especial —comenzó él, mirándola a los ojos.
—Así es. He venido porque…—vaciló. Podría empezar a preguntarle qué era lo que le sucedía, pero recordó que eso podría traerle problemas a la empleada por hablar a espaldas de su patrón, así que por el momento decidió evadir ese tema—. Estoy aquí porque Sam me pidió que viniera —mintió.
—¿Sam? ¿Por qué?
—Pues no lo sé, eso supongo que me lo tienes que decir tú —improvisó Leah, dando palos de ciego—. Resulta que esta tarde estábamos conversando, y me ha dicho que tenía algo importantísimo que decirme, algo que no podía seguir ocultándome y que supuestamente, cuando yo lo supiera, me enfadaría mucho —notó como la expresión de Dante cambiaba y se volvía más seria. Tenía la certeza de que él sabía de lo que hablaba—. Luego se retractó y me dijo que viniera a hablar contigo, que tú podrías explicarlo mejor. Y bueno, aquí estoy.
El semblante de Dante guardaba un gesto desencajado
—¿Me estás diciendo que Samantha quiere que sea yo el que te cuente lo de la llamada?
—Exacto —contestó Leah, simulando seguridad, como si supiera de lo que hablaba.
Él se masajeó las sienes, estresado.
—No puedo creer que Sam me haga esto —dijo, casi para sí mismo—. No sé ni por dónde empezar.
—Pues, empieza desde el principio.
Soltó un suspiro apesadumbrado.
—Verás, Leah…—comenzó, cuando de pronto vio una sombra desde la puerta del despacho. Puso los ojos en blanco —. Será mejor que continuemos la plática en otro lado.
Se puso de pie, y Leanne repitió el movimiento sin preguntar nada. Ambos salieron del despacho, subieron al piso superior, y se adentraron a una habitación. Leah no tardó en darse cuenta que no era nada más ni nada menos que el dormitorio de Dante.
—¿Porqué hemos subido?
—Kathy, una de mis empleadas —respondió, sentándose a los pies de su cama—. Es una chismosa de primera, y le encanta estar enterada de todo. Estaba husmeando en la puerta del despacho, por eso decidí que saliéramos de ahí, ya que este tema es bastante personal y solo te incumbe a ti.
—¿A mí? —preguntó ella, sentándose a su lado.
—Así es…—concedió—. Leanne, lo que te tengo que contar no es un tema nada fácil de abordar, y aún no me creo que Sam haya creído era mejor para ti si te enterabas de esto por mi parte. De todas formas y ya que estamos aquí, te lo contaré, aunque sé que no te lo tomarás nada bien.
—Deja de dar vueltas, Dante. Dilo de una vez —exigió.
—Ian te está buscando —soltó, y notó como el color escapaba del rostro de Leanne—. Hace unos días llamó a Sam preguntándole por ti, pero ella le ha dicho que no sabía nada de tu vida, ni de dónde te encontrabas.
—¿Qué…qué estás diciendo? —tartamudeó, mientras unos temblores le recorrían el cuerpo— ¿Cómo que Sam le ha dicho que no sabía de mí? ¡¿Cómo ha sido capaz de hacer eso?! —gritó, mientras las lágrimas incontrolables bañaban su rostro lleno de amargura y rabia.
—Leah, esa no es toda la historia —dijo él, por lo bajo—. Y no hay forma de decir esto sin que te duela, así que solo lo diré. Él le confesó a Sam que estaba comprometido. Ian se ha comprometido con Donna.
En ese preciso momento Leanne cayó al suelo de rodillas, mientras se cubría el rostro con las manos, y lloraba desconsoladamente. Estaba destrozada. Él lo sabía.
Dante se agachó a su lado y la rodeó con sus brazos. Era consciente de que en ese momento cualquier palabra sobraba. Lo único que podía hacer por ella era estar ahí y brindarle un abrazo sincero.
Leah rodeó el cuello de Dante y lo abrazó fuertemente, sin dejar de sollozar y murmurar cosas que él no llegaba a comprender.
Ambos permanecieron allí durante un largo tiempo, sentados en el suelo, abrazados, mientras Dante le acariciaba el cabello y le susurraba palabras de ánimo.
Al cabo de un rato notó que la respiración de ella se tranquilizaba y su llanto había acabado. Se separó para verla y notó que estaba dormida.
La levantó y la llevó hasta la cama. No quería despertarla, sería mejor que descansara un poco para poder asimilar todo con mayor serenidad.
Se tumbó a su lado y la observó mientras dormía. Quería estar allí cuando despertara, y hacerle saber a Leah que no estaba sola en medio de toda esa agonía.
 Leanne abrió los ojos poco a poco y soltó un pequeño suspiro. Miró a Dante, y entornó los ojos.
—De todas las personas que hay en el mundo, ¿por qué justo Donna? ¿Por qué se casará con esa maldita bastarda que arruinó mi vida? —susurró con la voz quebrada.
—Aún estás a tiempo de evitarlo, Leah.
—¿Tan fácil se olvido de mí? ¿Cuatro meses fueron suficientes para que rehiciera su vida?
—No es así, Leah. Por algo ha llamado a Sam. Él quiere saber de ti.
—Ellos acabaron conmigo, Dante. ¿Qué quiere saber de mí? Ya no queda nada de la Leanne que él conoció hace años. La mataron. Esa Leanne acaba de morir hoy —gimoteó con un hilo de voz y los ojos cristalizados.
—No tienes que darte por vencida. Por favor, Leanne, tú eres fuerte.
—Que estúpida. Que estúpida fui —murmuró, desconsolada—. Mientras yo lo lloraba cada madrugada, mientras tenía pesadillas causadas por el dolor de alejarme, mientras yo solo soñaba con volverlo a ver, él se revolcaba con esa…
—Deja de pensar esas cosas. Todo esto ha de tener una explicación. Estoy seguro de que cuando Ian y tú puedan volver a hablar las cosas se aclararán…
—No. No, Dante, claro que no. Eso nunca pasará. Yo nunca, jamás en la vida volveré a buscarlo —declaró con voz firme—. Te lo juro por mi padre —concluyó, al tiempo que algunas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Nada de eso, Leanne. Por Dios, solo escúchate. Tú no eres así. Tú nunca te das por vencida. No puedes dejarlo todo inconcluso. No puedes simplemente dejarlo así, sin saber que fue lo que sucedió.
—¿Quieres saber lo que sucedió? Sucedió que nunca signifiqué nada para Ian. Sucedió que ni bien puse un pie en el avión, pensando en su bien y en el de su familia, él estaba flirteando con esa ramera, y ahora se casará con ella. ¡Sé olvidó de mí! ¿Entiendes eso?
Dante tomó el rostro de Leah entre sus manos, y la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Recuerdas aquella noche en la que te prometí que te sacaría de ese pozo donde estás metida? —le susurró, a centímetros de ella.
—Esto simplemente no puedes arreglarlo, Dante.
—Cree en mí, Leanne. Te juro que no te fallaré. Sé exactamente cómo solucionar esta tragedia.
—No puedo creerte, Dan. No hay forma de mitigar este dolor.
—¿No puedes solamente confiar en mí? Sé lo que hago, Leah. Y aunque no puedo explicarlo, conozco la forma de reparar todo esto.
Ella se apartó de él bruscamente.
—¿Cómo puedes pedirme que confíe en ti? —preguntó ella, cortante—. Dímelo, Dante. ¿Cómo confío en alguien del cual no sé nada acerca de su vida? ‘’No puedo explicarlo, no puedo explicarlo’’ ¿Es todo lo que sabes decir? Pues para mí no es suficiente.
—Sabes lo justo y necesario sobre mí. Lo demás no es importante.
—Para mí si es importante. Dijiste que me lo dirías. Prometiste que me lo contarías todo cuando estuvieras seguro de que yo te creería. Este es el momento.
—No lo sé, Leah…
—Tú lo sabes todo de mí. Sabes que perdí a mi madre siendo una niña, y a mi padre en la adolescencia. Sabes que soy huérfana y que viví en un hogar sustituto. También sabes todo acerca de quién es Ian y que fue lo que pasó con él. Y en cambio, ¿Qué se yo de ti? Un inglés de veinticinco años aparece de la nada y compra una enorme mansión en Monte Mercuccio. Único heredero de una fortuna exorbitante. ¿Y qué más? —preguntó, molesta—. Puedes confiar en mí, Dante, puedes contármelo ¿De qué tienes miedo? Estoy dispuesta a oírlo todo…
Él no respondió. Simplemente guardó silencio y apartó la mirada.
—Lo siento…—murmuró, con una voz apenas audible.
—¿Eso es todo lo que dirás? Bien, pues entonces lo siento yo. Disculpa, Dante, pero no puedo confiar en alguien a quien no conozco —sentenció, caminando hasta la puerta.
Salió al pasillo y las lágrimas comenzaron a brotar nuevamente de sus ojos. Estaba completamente sola. Sola y destruida.
 Cuando se dispuso a bajar las escaleras, sintió que alguien la tomaba del brazo.
—Está bien, Leah. Ven, te lo contaré todo…—dijo Dante, titubeando. 

viernes, 13 de julio de 2012

Vendetta - Capitulo 23.

Monte Mercuccio, 31 de mayo
 Dante aún no se lo terminaba de creer. Que justo Donna Covarenni estuviera implicada en este asunto era un verdadero golpe de suerte. Y a decir verdad, no le extrañaba que fuera ella. Él sabía mejor que nadie lo retorcida que podía llegar a ser esa mujer. Era consciente de que no tenía escrúpulos ni miramientos, y que con solo veinticuatro años era una estafadora.
Él se conocía esa historia de memoria. Thomas y Sharon Covarenni, un matrimonio millonario. Dos personas generosas y muy amables. Eran conocidos en la ciudad por sus numerosas donaciones a centros de caridad y hospitales. Lamentablemente, Sharon era estéril, y por muchos tratamientos que se hizo, no consiguió tener ningún hijo biológico. Años más tarde, la pareja decidió prestar su casa como hogar transitorio para niñas huérfanas. Y una de esas niñas fue Donna. Una pequeña y hermosa bebé de cinco meses, a la cual Sharon no tardó en adoptar legalmente, dándole su apellido de casada.
Los años fueron transcurriendo, y Donna se convirtió en una muchachita consentida y vanidosa, a la que nunca se le negaba nada. Sus padres le daban absolutamente todo lo que quería, y la niña lo agradecía con una actitud de desprecio creciente hacia ellos. Donna creció creyendo que el mundo era suyo, y podía hacer lo que quería. Vivió pisoteando a los demás sin ningún tipo de remordimiento toda su vida. Durante su adolescencia salió con una incontable cantidad de chicos, a los que dejaba de lado en cuanto se aburría. Y uno de esos chicos había sido Christopher Damerihé, el mejor amigo de Dante.
Chris y Dante se habían criado juntos, eran como hermanos. Y aunque a los 10 años Chris abandonó Inglaterra, siempre mantuvo contacto mediante cartas y llamadas con Dante durante más de 12 años.
La cuestión es que cuando Chris dejó Londres, él y sus padres se instalaron en Ville Navarra, y ahí fue cuando el chico conoció a Donna. Fue un flechazo instantáneo, y no tardó más de dos o tres años en confesarle a ella que estaba enamorado. Donna se rió en su cara y se burló de él, alegando que aunque tuviera muchísimo dinero, era feo, y sería una vergüenza que la vieran por la calle con alguien como él. A Christopher se le rompió el corazón, pero esto no fue motivo suficiente para dejar de insistir. En varias oportunidades consiguió salir con ella, y cuando parecía que la relación se encaminaba, Donna no tardaba demasiado en dejarlo por alguien más.
Cuando Donna cumplió dieciocho años aparentó ser una persona totalmente diferente. Parecía una chica madura y simpática, que había dejado atrás los caprichos de la infancia. Chris aprovechó esta oportunidad para pedirle que formalizaran una relación, y para su sorpresa, ella aceptó.
Fueron novios durante un año aproximadamente. En esta ocasión y cuando parecía que todo iba viento en popa, Chris invitó a Dante a cruzar el océano y visitarlo en su casa de Ville Navarra. Él aceptó, y fue en ese momento cuando conoció a Donna personalmente. La impresión que tuvo de ella fue bastante desagradable. Aunque superficialmente parecía una chica adorable, Dante tenía la certeza de que todo eso era una farsa. Advirtió de esto a Chris, pero no quiso escucharlo. Estaba totalmente cegado por el amor.
A los pocos días de que Dante partiera nuevamente para Inglaterra, el padre de Donna falleció repentinamente de un derrame cerebral.
Thomas había legado toda su fortuna y propiedades a su esposa, pero la pérdida de su marido fue para Sharon un golpe que no pudo soportar.
A Donna no se le movió ni un pelo por la muerte del hombre que la había criado. El único sentimiento que guardaba en ella era una rabia inconmensurable por saber que no había heredado ni siquiera una cuarta parte de la fortuna. Abandonó la actitud madura que había tomado, y se convirtió en una chica mezquina y cruel, reflejando en Sharon todo el rencor que ahora le guardaba a su difunto padre.
Los maltratos psicológicos y desprecios que Sharon recibía por parte de su hija, sumado a la agonía de haber perdido a su marido, no tardaron en empujarla a la más negra depresión.
Sharon, con sus cincuenta y dos años, tenía un corazón débil y cansado, y calló en cama, donde se mantuvo postrada hasta el día de su muerte, cuatro años más tarde.
Donna se regodeó interiormente de ser la única heredera viva de los Covarenni, pero se llevó una sorpresa al constatar que su madre le había legado solo el 5% de la fortuna, y la mansión. Todas las demás propiedades, y el resto del dinero tenía que ser donado a la caridad.
Por supuesto, Donna no era ninguna tonta, y sabía que si alguien la podía ayudar era Chris, descendiente de una familia de abogados intachables.
Le pidió que falsificara un testamento para poder hacerse con la fortuna de su familia. Le llenó la cabeza hasta tal punto que logró convencerlo de que ese dinero tendría que ser suyo por derecho. Y Chris, a pesar de las advertencias de Dante, accedió a hacerlo. Falsificó el documento y Donna se convirtió en la heredera absoluta de la fortuna Covarenni.
El plan de Donna hubiera sido perfecto si no hubiera sido tan tonta de pegarle una patada en el trasero a Chris ni bien tuvo el dinero en su poder. Sabía que Christopher sería incapaz de delatarla ante las autoridades, y si lo hacía, él también saldría perjudicado.
Donna le había jurado a Chris que se casaría con él una vez recibiera la herencia, y cuando Chris advirtió que todo había sido una mentira, decidió terminar con su vida.
Sumamente alcoholizado, terminó aplastado por la carrocería de su auto y envuelto en llamas, después de haber dado aproximadamente 15 vueltas barranca abajo.
Chris se suicidó, pero no sin antes hacérselo saber a Dante. Le envió una carta explicándole sus motivos, adjunta con el verdadero testamento de la madre de Donna. En la carta además de despedirse de Dante, contaba con detalles la historia de la falsificación, dejando en suma evidencia a Donna.
 Dante pasó con delicadeza su mano sobre la superficie suave de la carta. Nunca dejaría de sentirse culpable por no haber podido evitar la muerte de su amigo.
Sintió un fuerte nudo en su pecho, pero intentó tranquilizarse. Ya era tarde para lamentarlo.
—Creo que ha llegado la hora de hacer justicia, Chris. Por ti, y por todas las personas que han sufrido por culpa de esa hija de perra…—susurró con dolor, mientras observaba a través del cristal como los primeros rayos de luz pintaban de dorado el horizonte. 

Sé que es un capitulo sumamente corto, pero las había dejado con demasiada intriga en la entrada anterior. Además tenía ganas de escribir, y bueno, esto fue lo que salió. Espero que lo disfruten!
Un fuerte abrazo a todas.

martes, 10 de julio de 2012

Aliados - Capitulo 22.

Monte Mercuccio, 30 de mayo
 Samantha salió de su casa temprano en la mañana, y a las 10:30 a.m. ya se encontraba en Monte Mercuccio, precisamente en la residencia Blaird. La noche anterior Dante la había llamado y le había dicho que necesitaba hablar con ella urgentemente.
Aunque él no quiso decirle de que se trataba, Sam daba por descontado que era algo sobre Leanne, y no pudo negarse a concurrir al encuentro. En parte por curiosidad, y en parte porque tenía la esperanza de que Dante le dijese que estaba interesado en Leah.
 Ahora se encontraba en una hermosa y bien decorada sala, tan grande que a simple vista podía decir que solo esa habitación ocupaba lo mismo que tres cuartas partes de su apartamento. Se preguntó interiormente como alguien soportaba vivir solo en aquella mansión tan inmensa. Era, sin duda, una de las casas más hermosas y elegantes en las que Sam había estado, pero tenía algo que le daba la certeza de que jamás podría vivir en un lugar así.
Los techos tan altos, los ventanales inmaculados y enormes, la cantidad casi excesiva de espejos que se encontraban dispersados por la sala, las paredes blancas, impolutas, en contraste con las cortinas azules y grises, acompañadas por el silencio casi fúnebre que reinaba en la casa, creaban un ambiente de frialdad y soledad que la abrumaba. Se dio cuenta de que Dante había provocado en ella la misma sensación el día que le había conocido. Aquel lugar plasmaba perfectamente el aura sombría que lo rodeaba a él todo el tiempo.
Sam miró a su alrededor y se dio cuenta que esa casa ya no tenía nada de lo que había sido la residencia de sus tíos. Dante lo había redecorado todo a tal punto que ni siquiera parecía el mismo lugar.
 La puerta que estaba a sus espaldas se abrió lentamente. Sam se volteó y vio a Dante aparecer tras ella, levantando la mirada y sonriendo levemente. Él la saludó cordialmente, con su usual voz serena, y la invitó a tomar asiento. Ambos caminaron hasta los sillones y se sentaron enfrentados.
 Samanta lo observó mientras se acomodaba en su sitio. Dante lucía extraño. Si, incluso más extraño de lo habitual. Su rostro tenía un color mortecino, contrastado por unas ojeras oscuras y profundas. Incluso parecía tener las mejillas más hundidas desde la última vez que lo había visto. ¿Sería posible que él hubiera perdido peso en dos días?
Su cabello, oscuro como el carbón, estaba despeinado y bastante revuelvo, como si recién hubiese salido de la cama. Algunos mechones le caían descuidados en la cara. Y su atuendo tampoco era muy presentable. Vestía un jean gris oscuro, bastante desgastado, y una sudadera negra. En los pies llevaba pantuflas a cuadros, que desentonaban completamente.
—¿Cómo estás, Samantha? Me alegra mucho que hayas venido —dijo él, amablemente, rompiendo el silencio.
—Yo estoy bien, gracias. ¿Tú que tal estás?
—Supongo que estoy tan bien como puedo estarlo —repuso él, con un suspiro.
—Te ves algo enfermo, ¿de verdad te encuentras bien?
Dante le dedicó una sonrisa torcida, encogiéndose de hombros.
—He tenido una mala noche, eso es todo. Descuida.
—Si tú lo dices está bien. De todas formas juraría que has adelgazado notablemente en estos dos días, es increíble.
—Ya ves, hago lo imposible por mantener mi esbelta figura —bromeó él, soltando una pequeña carcajada para distender el tema—. Oh, que descortesía la mía, no te he preguntado si quieres algo de beber ¿Qué te apetece? ¿Un té, un café?
—No, gracias. En realidad voy algo corta de tiempo ya que tengo otros compromisos con los que cumplir —se excusó—. Me gustaría saber la razón por la que me has citado.
—Ya, entonces iré al grano. Deduzco que te imaginas que todo esto tiene que ver con Leanne —comenzó él, algo vacilante—. Mira, sé que prácticamente no nos conocemos, pero creo no equivocarme al suponer que harías cualquier cosa por ayudar a Leah.
—Así es. Ella es como mi hermana, haría lo que fuera.
—Entonces si quieres ayudarla, primero me tendrás que ayudar a mí.
—No entiendo, ¿Cuál es el punto?
—El día que fui a tu casa, cuando Leah y yo salimos a caminar en la noche luego de que Steven me golpeara, conversamos mucho y ella terminó contándome la historia de Ian.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Sam, sorprendida—. Ella de verdad debe confiar en ti, no le cuenta eso a cualquiera.
—La cuestión es que cuando me lo contaba, inesperadamente comenzó a llorar. No supe que hacer, no soporto ver a una mujer llorar, y verla así, tan vulnerable, me partió el alma —confesó él, con un suspiro apesadumbrado—. Le prometí que la ayudaría Sam, y necesito hacerlo, sea como sea.
—Me conmueve mucho que te comprometas tanto con Leah. Ella está muy lastimada, y lo que más necesita es alguien en quien apoyarse —contestó, repiqueteando sus dedos nerviosamente en el posa brazos del sofá—. Pero aún así tus actitudes me confunden, Dante. Cualquiera diría que haces esto porque estás interesado en ella, pero no tendría sentido ayudarla con su problema, ya que eso incluiría llevarla a los brazos de Ian, y saldrías perdiendo.
—Es que tú no lo entiendes, Sam. Esto va mucho más allá. Leanne tiene algo que nunca he visto en nadie. Una luz propia tan especial, tan única, que verla opacada por una dolencia amorosa es una pena —se detuvo para tomar aire, pasándose la mano distraídamente por el cabello—. Sam, he vivido lo suficiente como para saber en carne propia que todo en la vida tiene solución. Todo, menos la muerte. Esto sonara bastante raro, pero desde el día en que vi ese halo de sufrimiento en sus ojos supe que tenía que ayudarla. Y desde que supe el porqué de su dolor, no he pensado en otra cosa. No es solo por ella, también es por mí.
—¿Por ti?
Dante bajó la mirada, soltando un suspiro.
—No puedo explicártelo, Samantha. Pero algún día lo entenderás, y sabrás a lo que me refería.
—¿Porqué tanto misterio cuando se trata de ti, Dante?
—Hay cosas más importantes de las que hablar ahora. Y todo lo que necesito saber en este momento es si cuento contigo o no.
—Por supuesto que cuentas conmigo. Solo dime que es lo que tengo que hacer —contestó ella, resignada a seguir insistiendo sobre lo anterior.
—Necesito que me ayudes a localizar a una tal Donna. Yo lo único que tengo es su nombre, pero confío en que tú tienes más información.
—¿A Donna? —exclamó Sam, casi en un grito.
—Sí, la chica esa que obligó a Leah a irse. Por Dios, dime que sabes quién es y dónde vive.
 Samantha titubeó. Ahora se encontraba entre la espada y la pared. Sabía que si ayudaba a Dante, él la encontraría enseguida, y se enteraría de que Ian y Donna ahora estaban comprometidos. Si Dante llegaba a hablar con Ian, y éste le decía que Sam ya sabía lo de su compromiso, Leah la odiaría por no habérselo confesado.
—¿Sucede algo, Sam? Te has puesto pálida.
No tenía alternativa, tendría que confiar en él y contárselo.
—Dante, lo que te diré a continuación es algo que Leah no sabe. Algo que no he tenido el valor de contarle —se aclaró la garganta y tragó saliva—. Hace cinco días Ian llamó a casa, preguntándome si sabía algo de ella. La está buscando.
—¿Y cómo has podido ocultarle eso? Sam, por el amor de Dios, eso puede significar todo para Leanne —respondió él, sin poder ocultar su indignación.
—Espera, no es todo —le interrumpió—. A lo primero que atiné fue a decirle que no había sabido nada de ella últimamente. Entiéndeme, Dante, cuando Leah llegó a Triland Port estaba destrozada. Y aún, cuatro meses después, la sigo escuchando llorar por las noches. No podía exponerla a que vuelva a lo mismo por algo que no era seguro. Solo intenté protegerla. Y no me arrepentí de ello cuando él me confesó en esa misma llamada que estaba comprometido. ¿Adivinas con quién?
—Con Donna…—contestó él, en un susurro, incrédulo.
—Exacto. ¿Qué querías que hiciera? No puedo decirle a Leanne que el amor de su vida se ha comprometido con la misma hija de puta que le arruinó la vida. No puedo hacer eso.
—Pero tiene derecho a saberlo.
—¿Estás loco? Si Leah lo supiera se moriría. No podrá soportarlo, es demasiado para ella.
—Nosotros estaremos ahí para sostenerla si se derrumba. Leah no está sola. Tiene que afrontar la realidad, por más dura que sea. Solo de esa forma conseguirá seguir con su vida.
—No estoy de acuerdo, Dante. No hay necesidad de provocarle tanto dolor si podemos evitarlo.
—Sam, la verdad tarde o temprano saldrá a la luz. ¿O prefieres que ella siga haciéndose ilusiones de ver a un hombre que está con un pie en el altar?
Samantha se mantuvo en silencio un momento, contrariada.
—No lo sé… la verdad no sé qué mierda hacer. Yo solo quiero lo mejor para Leah, nada más.
—Pensemos, Sam, tiene que haber algo positivo en todo esto.
—Dudo que lo haya.
—Piénsalo de esta forma, ¿porqué un hombre felizmente comprometido y a punto de casarse, buscaría a su ex?
—Pues no sé, ¿en busca de un último polvo con su primer amor antes de atarse para toda la vida con esa perra de Donna?
—Sam, hablo en serio —dijo él, poniendo los ojos en blanco.
—¡Yo también hablo en serio! Vamos, que los hombres siempre son tan… ¿cómo decirlo sin que suene fuerte?
Dante soltó un suspiro, meneando la cabeza.
—Ya, disculpa. Es que la situación me supera. El solo hecho de recordar a Ian susurrando que la amaba, y necesitaba volver a verla, me hace apretar los puños de rabia.
—De todas formas no me parece normal. Creo que hay algo detrás de esa llamada. Hay un motivo más fuerte que lo empujó a buscarla, podría asegurarlo.
—Espera, ahora que recuerdo…él me dijo algo que me dejó desencajada. Intentó explicarme el porqué de la huída de Leanne, y me dijo que el motivo había sido una supuesta carta que ella había recibido. Una carta en la que decía que Ian tenía una aventura con otra chica. Según Ian, Leah la recibió, la creyó y por eso decidió marcharse.
—Tendrías que haber mencionado eso antes, Sam —respondió Dante, con el rostro repentinamente iluminado—. Esto nos deja dos cosas claras. La primera, Ian ignora por completo que Donna está involucrada en la huída de Leanne. Y la segunda, y más importante; alguien se ha tomado la molestia de inventarle una historia paralela y hacérsela creer. Ahora, la pregunta es porqué.
—No lo había pensado de esa forma. Tienes razón, pero aún así, no sé cuál es el plan… ¿qué se supone que haremos al respecto?
—Tengo la certeza de que por alguna razón, Donna ha empezado a mover las fichas. Si Ian aparece ahora, cuatro meses después, buscando a Leanne tan desesperadamente y con una versión de los hechos totalmente opuesta a la verdadera, es motivo suficiente para creer que él sospecha que se ha perdido una parte de la historia.
—¿Y eso es bueno?
—Si es como lo imagino, es muy bueno. Quizá ese compromiso no sea tan feliz y flamante como lo imaginamos, y tal vez esa boda no esté tan cerca. Creo estar seguro de que Ian solo busca la verdad detrás de todo esto, y si es así, lo ayudaremos.
—Vaya, que espabilado eres —comentó Sam, realmente sorprendida por sus deducciones.
Él sonrió, modesto.
—Solo son hipótesis, Sam. Pero bueno, por algo hay que empezar, y en este momento la equis en nuestro mapa es Donna, y hay que llegar a ella.
—No será difícil hacerlo. Yo te ayudaré. Esa perra de Donna Covarenni pagará por todas las que ha hecho.
De pronto Dante la miró con ojos desmesurados, sin poder disimular la sorpresa.
—¿Cómo has dicho? ¿Donna Covarenni? —preguntó, incrédulo, mientras una sonrisa de victoria se le pintaba en los labios.

lunes, 2 de julio de 2012

Contención - Capitulo 21.

Triland Port, 28 de mayo
 Dante se subió al coche, y le indicó la dirección a su chofer.
Interiormente, se sentía sorprendido por la invitación que había recibido por parte de Leah el día anterior. Ella había alegado que quería que conociera a Samantha, su mejor amiga, y por cortesía él no había podido declinar la propuesta, aunque no podía negar que se sentía bastante nervioso.
 Al doblar en la esquina pudo divisar enseguida el edificio al que se dirigía, ya que era el único en la cuadra.
El chofer lo dejo en la puerta y Dante, con su peculiar forma de andar, se dignó a entrar. Caminaba con la espalda levemente curvada hacia adelante, y las manos en los bolsillos delanteros de su jean. Sonrió al recordar que su niñera de la infancia le decía si no mejoraba su postura a los veinte años tendría una enorme joroba y jamás podría volver a enderezar la espalda.
Entró en el ascensor, marcó el décimo piso y esperó.
Al entrar en el pasillo admiró por unos segundos el entorno que lo rodeaba. Era un lugar acogedor, con decoración modesta pero de muy buen gusto.
Buscó puerta por puerta hasta encontrar la que buscaba. Apartamento 34F, pasillo izquierdo, décimo piso. Tocó a la puerta y aguardó.
Un minuto después, la puerta se abría y lo primero que captó su atención fue la mirada de Leah, mientras lo recibía y lo invitaba a entrar. Por primera vez desde que la conocía veía en ella un halo de alegría, y esto lo hizo sentirse reconfortado.
—Dan, ella es Samantha —Leanne los presentó cuando estaban frente a frente.
Dante le sonrió, con aquella sonrisa tan particular que él tenía y que a menudo la hacía sonrojar. No era una sonrisa alegre, si no un gesto de amabilidad que suavizaba su semblante sombrío, dándole una expresión casi tierna.
Los tres caminaron hasta el living y ocuparon los sillones, mientras conversaban de temas triviales y poco relevantes.
Mientras Sam hablaba de la asquerosa humedad que había en el ambiente en los últimos días, Dante la escuchaba en silencio, asintiendo con la cabeza, al tiempo que observaba la decoración del apartamento. Lo sorprendió lo hogareño y ordenado que era para que en el habitaran dos jóvenes de veinte años. Se sentía a gusto.
Leanne propuso tomar café, y se encaminó a la cocina para prepararlo. Dante se ofreció para ayudarla, pero ella se negó, argumentando entre risas que ese día ella era la anfitriona.
Una vez Leah estuvo fuera de la habitación, Sam dirigió a Dante una mirada casi cómplice y se aclaró la garganta.
—Veo que tú y Leah salen a menudo…—se atrevió a comentar, llamando la atención de él.
—Así es. No conozco a mucha gente por aquí, así que siempre es grato pasar las tardes con una persona tan agradable.
—Pues hacen una pareja preciosa
Dante soltó una pequeña carcajada nerviosa.
—Dudo mucho que esas sean las intenciones de Leanne.
—¿Y cuáles son las tuyas?
Él guardo silencio por un momento y se removió en su sitio.
—Mi única intención es estar ahí para ella. Puedo darme cuenta de que no está pasando por un buen momento, y me apena mucho saber eso. Leah es una persona que parece fuerte, pero una vez que la conoces notas cuan frágil es, y sé que en este momento está sufriendo por algo, aunque no sepa bien por qué —suspiró—. Tal vez esta respuesta te decepcione un poco, pero estoy siendo sincero. Solo busco poder ayudarla de alguna u otra forma, y ya —concluyó.
—En otras palabras, no estás interesado en ella —afirmó Sam, con cierto desánimo en la voz.
—No es que no esté interesado, si no que no tengo dobles intenciones. A simple vista puede parecer lo mismo, pero no lo es. Me refiero a que lo que ella ve en mí es lo que soy. No hago nada esperando algún tipo de reacción en especial de su parte, ni salgo con ella esperando enamorarla, o algo así. Simplemente estoy ahí, dispuesto a que me conozca y confíe en mí. Y lo que sea que venga después no puedo predecirlo.
—Dante, sé que no te conozco, pero siento que eres la única persona que puede sacar a Leah del pozo donde se está ahogando.
—Ojalá sea así, porque me gustaría hacerlo.
Samantha sonrió.
—Bueno, supongo que después de todo aún puedo guardar la esperanza de verlos juntos.
—Eso no puedo garantizarlo.
—¿Por qué no?
Dante bajó la mirada y no respondió.
—¿Tienes a otra mujer? —preguntó Sam, sin poder disimular su preocupación.
—Oh no, por Dios, claro que no. No es nada de eso.
—¿Entonces?
Él soltó un suspiro.
—Simplemente no se cuanto tiempo estaré aquí…
Samantha quiso preguntarle a que se refería, pero Leah irrumpió en la sala con los cafés. Dejó la bandeja en el centro de la mesilla y acomodó las tazas.
Leanne no pasó por alto el silencio que había generado al entrar en la habitación, clara señal de que hablaban de algo que no querían que ella escuchara. Pero prefirió ignorar ese hecho y no preguntar nada al respecto.
Luego de eso la que llevaba las riendas de la conversación era ella. Samantha se sorprendió de verla tan animada, y le gustaba pensar que esto se debía a la presencia de Dante.
Él parecía un buen chico, el tipo de chico que Leanne necesitaba. Pero la había dejado preocupada lo que él había dicho sobre no saber cuánto tiempo estaría allí. La forma en la que había intentado evitar responder, y el tono grave con el que lo había hecho luego le generaban un presentimiento extraño, pero decidió no pensar más en ello. Al fin y al cabo, ya había tenido demasiado atrevimiento al mantener tal conversación con Dante. Él no tenía por qué haber respondido a sus preguntas, y aún así lo había hecho de buena gana.
 Ya caía la noche cuando de pronto llamaron a la puerta principal. Los tres compartieron miradas de sorpresa, ya que no esperaban más visitas.
Leanne se puso de pie, pero Sam la detuvo e insistió en que ella iría.
Abandonó la sala, y cuando abrió la puerta sus ojos se dilataron de la sorpresa.
Steven, con un aspecto patético y seriamente alcoholizado apenas se podía mantener de pie frente a ella.
—¿Qué rayos haces aquí en este estado?
—Déjame entrar, quiero ver a Leah —masculló con la lengua tan trabada que apenas le había entendido.
—Tú no entrarás a mi casa estando así. Joder, Steven, juraste que ya no beberías.
—¡Que me dejes ver a Leah! —gritó, intentando hacer a un lado a Sam.
Samantha intentó retenerlo, pero segundos después Leanne y Dante se asomaron a ver qué sucedía.
La cara de Steven se transformó al ver a Dante dentro del apartamento.
Empujó a su prima y se adentró a la casa, avanzando entre tumbos.
Leanne estaba paralizada por la situación que estaban presenciando, y Dante simplemente no entendía que rayos sucedía. Observó a Steven caminar hacia él, y fue cuando reconoció de quien se trataba.
—Señor Cacciatore…cuanto tiempo…—saludó Dante, con un tono tan cordial que hizo enfurecer aún más a Steve.
—¿Qué haces tú en la casa de Leanne? Deja de meterte con mi chica, hijo de perra! —exclamó, lleno de cólera.
—Disculpa, pero Leanne no es tu chica. Estoy aquí porque me han invitado. Creo que el que no es bien recibido aquí eres tú.
—No eres quien para decirme si soy o no bienvenido a la casa de Leanne. Tú eres un puto loco. Mírate. No sé cómo te han dejado salir del manicomio.
—Pues no lo sé, pero si de locos hablamos…¿de verdad crees que es muy cuerdo caer en la casa de una chica estando totalmente ebrio? Venga, que si tu intención es conquistarla lo estás haciendo jodidamente mal.
—Te romperé la cabeza —gruñó Steven, al tiempo que le propinaba un fuerte puñetazo en la mandíbula.
Dante se repuso del golpe rapidamente, he hizo ademán de devolvérselo, pero bajó los puños enseguida.
—Venga ya, que macho eres —soltó con sarcasmo—. En el estado en el que estás podría darte un golpe y dejarte inconsciente, ¿sabes? Pero no lo haré solamente porque apenas puedes mantenerte en pie, y porque hay dos chicas aquí delante que no tienen porqué presenciarlo. Ahora me iré de aquí, y arreglaré las cosas contigo cuando aprendas a comportarte como un hombre.
Steven no respondió. Solamente se quedó recostado contra la pared, en silencio, observándolo con desprecio.
—Oh, Dante…¡cuánto lo siento!
—No, por favor Leah, tú no tienes nada por lo que disculparte.
—Claro que sí. Por Dios, me siento fatal.
—Descuida, no pasa nada —repuso con una sonrisa torcida, frotándose el sitio del golpe—. Me iré a casa ahora. Nos vemos luego…
—No, espera. Yo también me voy —lo detuvo—. Sam, haz algo con tu primo. Lo quiero lejos de mi vista cuando vuelva —concluyó, con el ceño fruncido.
Dante se despidió de Samantha, y salió del apartamento. Leanne fue a buscar un abrigo y su bolso para salir.
—Leah, espera…—le dijo Steven antes de que saliera por la puerta, tomándola del brazo.
—Suéltame.
—Discúlpame, Leanne, por favor. No sé que me pasó.
—No quiero escucharte. Has ido demasiado lejos —tronó Leah, soltándose bruscamente de su agarre y cruzando finalmente la puerta.
 Cuando salieron finalmente a la calle ambos caminaron por la acera en silencio.
La noche ya se cernía fría y oscúra sobre sus cabezas, y una tranquilidad poco habitual envolvía la ciudad.
—Siento mucho haber armado tanto disturbio en tu casa…—se disculpó Dante de pronto.
—Venga, Dante. Lo que faltaba, que me pidas disculpas. Soy yo quien tiene que pedirte perdón. No puedo creer lo que Steven ha hecho, de verdad.
 Dante sonrió, encogiendose de hombros levemente para restarle importancia.
—Olvidemos el tema. Ya tendré tiempo de arreglar las cosas con Steven.
—No sé que demonios tenía en la cabeza cuando se le ocurrió golpearte…
—Estaba ebrio. Es comprensible.
—No es comprensible, no lo justifiques.
—No intento justificarlo, solo digo que la situación fue predecible. Me ha visto en tu casa y se dejó llevar por los celos.
—¿Celos?
—Oh, Leanne, no te hagas la sorprendida —repuso él, riendo a medias—. Creo que cuando me advirtió que no me metiera con ‘’su chica’’ dejó más que claro que ese fue el problema. Parece que después de todo se tomó muy en serio lo de que eras su prometida.
—Yo nunca le di esperanzas, no se porque actua de esa forma.
—¿No te han enseñado que no puedes ir por la vida rompiendo corazones? Eso es muy cruel —bromeó él.
—El mío ya se ha roto. Tal vez solo me esté desquitando —contestó Leah, con una sonrísa triste.
—Lo bueno de eso es que dicen que solo se puede romper una vez. Lo demás son rasguños.
—Pero a mí no me lo han roto, yo misma me he encargado de destrozarlo.
—¿Masoquista?
Ella sonrió condecendiente, con los labios apretados.
—No exactamente. Digamos que tuve que elegir entre vivir una historia de amor perfecta con la persona que más amaba, y dejar que su vida fuera miserable, o marcharme y permitir que fuera feliz, y que seguiria su vida sin mí.
—No comprendo. ¿Cómo puede ser miserable la vida de una persona teniendo a su lado a quien más ama?
Leanne bajó la mirada.
—No lo entenderías.
—Puedo intentarlo.
—Es una larga historia…
Dante asintió con la cabeza.
—Comprenderé si me dices que no quieres hablar de ello.
—No, no es eso. Es que no quiero aburrirte.
—Es completamente imposible que me aburra conversando contigo.
Suspiró.
—Verás… Ian y yo fuimos novios durante toda la adolescencia. Nos amabamos demasiado, y aunque pasamos momentos duros siempre pudimos salir adelante. Pero Ian tenía muchos problemas en su casa y en su familia. Su madre estaba enloqueciendo, y necesitaba de un tratamiento que Ian no podía pagar. Estaba dispuesto a vender su propia casa para costear la rehabilitación de su madre, pero yo no podía permitir que hiciera eso. Tenía tres hermanos pequeños de los que hacerse cargo, y no podía dejarlos en la calle —se detuvo un momento y se aclaró la garganta—. Desesperada por ayudarle, fui a la casa de un matrimonio que me crió durante mi adolescencia. Al llegar allí me enteré de que ambos ancianos habían muerto, y la unica persona que seguía allí era Donna, su hija —Leanne apretó los puños al pronunciar su nombre—. Ella siempre había estado detrás de Ian. Es una mujer egocéntrica y frívola. Una déspota que cree poder llevarse el mundo por delante. Pero lamentablemente, seguía siendo mi unica opción. Le conté lo que le sucedía a Ian, y le pedí que lo ayudara. No se negó a hacerlo, pero me puso una condición: que me marchara y nunca regresara por él.
—No puedo creer que hayas aceptado.
—No tenía opción…—respondió, con voz torturada, al borde del llanto.
—Claro que tenías opciones, Leah. Solo tenías que haber buscado un poco más, y no someterte a esas condiciones que a la larga solo te amargaron la existencia.
—Ahora ya no tiene importancia —dijo ella, con un hilo de voz, mientras una primera lágrima rodaba por su mejilla, y hacía la vista a un lado.
—No puedes darte por vencida —contestó Dante, al tiempo que la tomaba de la barbilla, obligandola a mirarlo, mientras le enjugaba las lágrimas con la otra mano.
Este gesto conmovió a Leanne, haciendo que inevitablemente quebrara en llanto, escondiendo su rostro en el pecho de él, buscando contención.
Dante se tensó, sorprendido por estar tan cerca de ella, pero la rodeó con sus brazos, intentando consolarla. No sabía que decirle. No recordaba cuando había sido la ultima vez que había visto llorar a una mujer.
—Porfavor, Leah, no llores. Todo se solucionará.
—No, esto no tiene arreglo —sollozó—. Ian me debe odiar.
—No concibo que alguien pueda odiarte.
—Es que no sabes cuanto daño le he hecho.
Él se apartó un poco de ella, mirandola a la cara.
—Buscaré la forma de ayudarte.
Leanne bajó la mirada y no respondió.
—Leah, mirame, ¿puedes creerme? Te prometo que haré algo al respecto.
—¿Qué es lo que haras?
—Aún no lo sé, pero no dejaré que sufras —respondió Dante, con voz firme, mientras se preguntaba interiormente donde comenzaría a buscar a esa tal Donna.