martes, 16 de octubre de 2012

Hasta siempre y nunca - Capitulo 31.

Triland Port, 5 de junio

 No había podido dejar de dar vueltas en la cama en toda la noche, sin lograr conciliar el sueño. Cuando la luz del alba comenzó a filtrarse por las rendijas de la persiana, Leah supo que era en vano seguir intentándolo, Morfeo no quería acogerla en sus brazos.
Miró el reloj, que daba exactamente las 7:35 a.m. y se incorporó de la cama. Caminó hasta el baño, y se dio una ducha rápida. Luego se dirigió a la cocina y decidió prepararse un café fuerte.
Dio una vista rápida en derredor  y suspiró. Tanto silencio la perturbaba. Hacía ya tiempo que Steven no vivía con ellas, y Sam no había pasado en casa aquella noche. Había salido a cenar con un misterioso chico X, del cual no había querido dar detalles aún, y le sugirió que no la esperara para cenar. Sonrío al recordarlo. Le gustaba ver a su amiga feliz. Se lo merecía más que nadie.
 Dante apareció en su mente de pronto. Tomó entre sus manos la taza de café humeante y se encaminó hasta la mesa, aún con él en su cabeza, recordando todas las cosas que le había contado de su vida, y de la forma en la que se había ensañado con ayudarla. Desde el primer momento, cuando eran completos desconocidos, Dante le había brindado una confianza que Leah no había encontrado en nadie jamás. Aún cuando ella se mostraba desconfiada, incluso mezquina, él jamás había perdido los nervios y siempre se mostraba igual, tranquilo, imperturbable, neutral. Era prácticamente imposible descifrar las emociones que Dante experimentaba, ya que no dejaba que estas se vieran en su exterior. La única ventana que reflejaba sus pensamientos eran sus ojos. Aquellos ojos negros como la noche, sombríos, profundos. Aquella mirada vacía, ausente, rota, que hablaba de un dolor inconmensurable, de maltratos e injusticias, que no contrastaba con la sonrisa siempre dispuesta que él solía esbozar.
Se sentía profundamente culpable por haber desconfiado de él alguna vez. Dante tenía un corazón tan bueno y  honesto como un niño pequeño, pero poseía a la vez la sabiduría y experiencia de un anciano. Así como algunas personas transforman sus experiencias dolorosas en una armadura de odio y rencores, él había podido canalizarlo en lecciones aprendidas que lo habían ayudado a madurar y a entender que la vida tenía sentido solo si se ayudaba a los demás con intenciones desinteresadas y salidas del corazón.
Ahora hacía cuatro días que no lo veía. Recordó aquella conversación que habían tenido en su casa, cuando después de haberle contado todas sus tristes experiencias le había sugerido que hablara con Sam para que ella le contara con detalles sobre la llamada de Ian. También había comentado algo sobre saldar cuentas con alguien, y le había jurado que muy pronto todo habría vuelto a su sitio.
Después, rememoró el momento en el que Donna había caído en su casa hecha una fiera, declarando que esperaba un hijo de Ian. Cuando Leah escuchó aquello casi pierde la cabeza, pero Dante había intercedido alegando que Donna viviría su supuesto embarazado en la cárcel. Luego de eso la mujer había enloquecido, y se había ido de ahí hecha una bola de nervios. Dante tranquilizó a Leah asegurándole que aquello del embarazo era mentira, y cuando ella preguntó que había querido decir con eso de que Donna iría a prisión, Dante se limitó a decir que solo era parte de su estrategia.
Leah no había comprendido muy bien a qué se refería, pero en ese momento había optado por no preguntar más. Se encontraba muy confundida y perturbada por todo lo que había oído, y no quería seguir fastidiando a Dante. Pero ahora que ya habían transcurrido días, y la ausencia de Dante comenzaba a notarse más, Leah había empezado a inquietarse, especialmente porque en el fondo de su corazón tenía un extraño presentimiento sobre todo aquello que había ido aumentando con los días, sumado a que cada vez que intentaba llamar a Dante al móvil saltaba el contestador automático.
Era consciente de que podía llamarlo a su casa, o ir allí directamente, pero no quería molestar. Le preocupaba estar agobiando demasiado a Dante, y meditaba la idea de si todo aquello de la ausencia no lo hacía para que ella le diera un respiro.
Suspiró, estaba resignada. A esta altura ya había entendido que el misterio siempre formaría parte del aura de Dante y aquello no cambiaría.
 De pronto escuchó el ruido de la cerradura, y la puerta abrirse, y a continuación el suave repiqueteo de unos tacones que se escuchaban más y más cerca.
Segundos después, apareció Sam caminando sigilosamente hasta la cocina, y sonrió sorprendida al ver allí a Leah.
—Vaya, ¿tan temprano y despierta?
—No he podido dormir en toda la noche.
—No me digas, te has estado preocupando por mí y no has podido dormir. Oh, que tierna eres —contestó, bromeando.
—Que va, ni recordaba que no estabas en casa —repuso, siguiéndole el juego a la vez que reía.
—Auch, eso ha sido cruel —se quejó Sam, caminando hasta la mesa y sentándose frente a Leanne—. Y yo que me he estado preguntando toda la noche si estarías bien sin mí. Eres muy insensible.
—Deja de mentir, de seguro el chico X te ha tenido tan entretenida que ni siquiera recordabas que habías dejado aquí sola y abatida a tu triste amiga.
Ambas soltaron una carcajada al unísono.
—Bueno, a decir verdad sí, lo siento. Es que ese chico es una dulzura, niña.
— ¿Y sigues en plan de ocultarme su identidad?
—Efectivamente.
—Venga, Sam, ya suéltalo. ¿O planeas decírmelo cuando estén por irse al altar?
—Ya, está bien, te lo diré. Es que hace varias semanas que estamos saliendo. No te lo había dicho hasta ahora porque no sabía que tan enserio iba la cosa…
— ¡Sam! —protestó Leanne.
—Sí, sí, sé que te lo debería de haber contado desde un principio, lo siento. Es que sabía que te emocionarías por mí, pero no quería que lo hicieras hasta no estar segura de cómo iría todo.
— ¿Eso significa que ahora es algo formal?
—No sé si decir que es formal, ya que aún no somos novios, pero venga… ayer me ha llevado a su casa por primera vez ¡Vive solo! Es un chico súper simpático y emprendedor. Creo que te agradará.
—Aún no me has dicho su nombre.
—Se llama Andrew, ¿no es un nombre precioso? Dios, escucha como hablo. Parece que estuviera más enganchada de lo normal —sonrío, se la notaba realmente contenta—. Pero espera, todavía no te he dicho lo mejor. ¿Sabes dónde vive? ¡En Remembranzas! Mira, que loco el destino, que me ha llevado a conocer a un chico de tu pueblo de la infancia. Quizá incluso se conocen ya…
Leah la observó extrañada y visiblemente sorprendida.
— ¿Andrew? ¿De Remembranzas? ¿No será…—unos golpes en la puerta principal la interrumpieron.
— ¿Esperabas a alguien? —preguntó Sam de pronto.
—No, a nadie. ¿Quién rayos viene a esta hora?
Sam se encogió de hombros, mientras se ponía de pie.
—Descuida, yo iré a ver.
Salió de la cocina y tardó unos minutos en volver. Cuando regresó, tenía una expresión extraña.
—Leah, te buscan en la entrada.
— ¿A mí? ¿Quién es?
Sam puso los ojos en blanco y suspiró.
—Será mejor que vayas a verlo tú misma.
Poco convencida se levantó de su sitio y se encaminó hasta la entrada. Su sorpresa fue grande cuando al asomarse a la puerta vio a una persona de pie, con un enorme ramo de rosas rojas que cubría su rostro, y llevaba una nota en la que se leía ‘’Discúlpame’’.
Hubo un pequeño momento de silencio. Leah aún no comprendía la situación.
El hombre fue retirando lentamente el ramo, hasta dejar ver su rostro. Steven, sonriendo tímidamente, apareció tras él.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, cortante.
—He venido a disculparme por lo que pasó la última vez que nos vimos —comenzó, titubeante, extendiéndole las flores—.  Lo siento mucho, Leah.
Leanne tomó las flores, pero no hizo amague de dejarle entrar.
—Steven, te comportaste como un animal con Dante. Ni siquiera tenías motivo para golpearlo, y aunque los tuvieses seguiría estando mal.
—Lo sé, y lo siento. Entiende, Leanne, los celos me estaban matando.
— ¿Celos? ¿Celos de qué? Mira, Steve, tal vez te has tomado muy enserio lo del compromiso, pero sea lo que sea, te aclaro que tú y yo solo éramos amigos.
—Pero tú me besaste.
—No. Tú me besaste.
—Da igual, porque no me detuviste.
Leah resopló, irritada.
—Venga, Steven, será mejor que dejemos las cosas así.
—Quieres dejarlo así porque sabes que tengo razón, ¿verdad? Vamos, Leah, no está mal que estés interesada en mí, solo dilo. A decir verdad, siempre lo supe.
— ¡Deja de ser tan egocéntrico, por Dios! —exclamó Leanne, molesta—. Siento decepcionarte, Steven, pero no. Nunca estuve interesada por ti. Éramos amigos, y como amigo te apreciaba muchísimo, pero tú confundiste las cosas y te volviste sumamente fastidioso —se detuvo para respirar, y le devolvió las flores—. Toma, llévatelas. No las quiero. Ahora será mejor que tú y tus flores desaparezcan de mi vista en este momento porque estoy perdiendo los nervios.
—No puedo creer que me trates de esta forma, Leah. ¿Por qué te empeñas en aferrarte a tu pasado? Porque es por lo que me rechazas, ¿no es así? Aún guardas la esperanza de que ese tal Ian vuelva por ti.
—No toques ese tema, Steven. No sabes ni siquiera de lo que estás hablando.
— ¡Es que estoy seguro de que es eso! Y si no, peor aún, estás saliendo con Dante. ¿A que sí?
— ¿Cuándo te volviste tan imbécil?
—Es que no concibo la idea de que me rechaces así. No puedo creerlo.
—Tu arrogancia me da asco, Steven. Te ruego que desaparezcas de mi vista si no quieres ponerme histérica.
— ¿Y si no me marcho, qué? ¿Gritaras hasta que me exploten los tímpanos?
Leanne lo fulminó con la mirada, y luego soltó un suspiro resignado.
—Está bien, me rindo. Entra —respondió condescendiente, haciéndose a un lado.
Steven la miró extrañado pero no vaciló en entrar a la casa. Caminó hasta el living, dejó las rosas en un florero, y se sentó en el sofá. Luego observó como Leanne tomaba unas llaves, su abrigo, y se encaminaba a la puerta.
— ¡Oye! ¿A dónde demonios vas?
—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees, Steven, pero no me quedaré yo también a soportar tu presencia —concluyó, desapareciendo tras la puerta.
Steven apretó los puños, y gruñó con rabia al escuchar como su prima se carcajeaba desde la cocina escuchando el pleito.
Sam caminó hasta la sala, y se quedó mirando a Steve desde el umbral de la puerta.
—Date por vencido, Steven. Te advertí desde un principio que Leanne no era la chica ideal para ti.
— ¡Cierra la boca! —gritó él, furioso por la jugada de Leah.
—No tienes que escucharme si no quieres, pero en el fondo eres consciente de que en tu estrategia de conquistarla no contabas con enamorarte de ella.
—No estoy enamorado, Samantha, deja de decir estupideces.
— ¿Ah, no? Pues te comportas como si lo estuvieras. Y déjame decirte que tus escenitas de despecho son patéticas, Steve, déjalo ya.
—No recuerdo haberte pedido opinión al respecto.
—Resulta que estás en mi casa, y puedo decir lo que se me pegue la gana, ¿cómo lo ves?
Él se puso de pie, y caminó hasta la puerta de entrada como alma que lleva el diablo.
—Púdrete, Sam —rugió entre dientes, al tiempo que salía del apartamento pegando un portazo.  
Samantha soltó una estrepitosa carcajada. Amaba hacerlo enojar.
—También te quiero, Steve.
Se extendió en el sofá y cerró los ojos, relajada. Había dormido realmente poco la noche anterior, pero valía la pena por haberla pasado con Andrew. Sonrió feliz. Tal vez al fin había encontrado al hombre de su vida.
Se puso de pie y decidió tomar un largo baño de burbujas. Más tarde se hizo algo de almorzar, y se preguntó interiormente dónde se había metido Leanne.
El sonido del teléfono al sonar rompió el silencio del lugar. Sam resopló, disgustada. Temía que fuera Steven, no tenía ganas de seguir hablando con él, pero la idea de que fuera Andrew la impulsó a ponerse de pie y contestar la llamada después de que sonara durante unos minutos.
— ¿Samantha? —habló una voz perturbadoramente conocida desde el otro lado.
—Así es. ¿Quién habla ahí? —preguntó ella, con curiosidad.
—Sam, soy yo. Ian…
Al escuchar aquello Samantha pudo sentir como su rostro se encendía de rabia.
—Ah, tú. Vete al demonio —gruñó, a punto de cortar.
— ¡No! ¡Por favor, te ruego que no cuelgues!
— ¿Qué rayos quieres, Ian? ¿Seguir atormentando a Leah? No te lo permitiré. No dejaré que te burles de ella —le espetó, sin reparo alguno.
—Oh, Sam, por el amor de Dios, tienes que escucharme.
—Tienes 10 segundos —cedió, de mala gana.
—Escucha, Samantha. Ni siquiera he llamado para que me comuniques con Leanne, solo quiero que le hagas llegar un mensaje de mi parte, nada más.
—Continúa…
—Primero promete que lo harás.
—Venga ya, Ian. No estás en condiciones de exigirme nada. Tú solo habla, y yo evaluaré si contárselo o no  —repuso prepotente.
—Es muy importante para mí, Sam, por favor…
—Bah, que eres insoportable —se quejó, irritada —. Bien, te lo prometo. Ahora dime.
—Dile que necesito verla. Que ya no hay nada con Donna, y que lo sé todo. Estoy arrepentido, y no podré vivir en paz si no hablo con ella pronto. Dile que si está dispuesta a oírme, la esperaré esta tarde a las cinco, a orillas del lago Remembranzas, bajo del roble donde solíamos descansar. Ahí estaré, y la esperaré todo el tiempo que sea necesario. Si no aparece, entenderé que no quiere saber de mí, y no volverá a tener noticias mías nunca más.  Eso es todo.
Samantha no podía creer lo que oía. Tantas cosas abrumaron su cabeza que no sabía si aquello que él le decía era bueno o malo para Leanne.
—Si tanto la necesitas, ¿por qué no vienes por ella? —inquirió inconscientemente.
—No la obligaré a verme si no quiere hacerlo. Solo dejaré que ella decida. Confío en que le harás llegar el recado. Gracias, Sam.
—Lo haré. Adiós —concluyó finalmente, cortando la comunicación.
Se encontraba en shock. Se dejó caer en una silla, mientras meditaba qué sería lo correcto. Una fuerte sensación de dejavú la invadía. Se sentía exactamente igual que cuando Ian había llamado preguntando por el paradero de Leanne. Ahora parecía saberlo todo, porque ni siquiera había titubeado al dar por hecho que Sam tenía contacto con ella.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero algo tenía claro: esta vez sí se lo diría a Leanne.
Volvió a ponerse de pie, tomó el teléfono, y marcó el número del móvil de Leanne. Sonó un par de veces, y ésta atendió.
— ¿Qué sucede, Sam? ¿Steven se ha marchado ya? —se apresuró a deducir.
—No, Leah, no tiene nada que ver con eso. Mira, te diría que vinieras para decírtelo personalmente, pero creo que cuanto antes lo sepas mejor.
—Me asustas cuando hablas tan seria, Sam…
—Mira, cariño, iré al grano. Ian acaba de llamar a casa. Ha dicho que si estás dispuesta a verlo, te esperará esta tarde a las cinco bajo el roble que está a orillas del lago Remembranzas. Dijo que si decidías no ir, lo entendería y no volvería a molestarte.
Escuchó un silencio sepulcral al otro lado de la línea.
— ¿Ian? —fue lo único que llegó a murmurar Leah, ahogada por el nudo creciente de su garganta.
—Siento soltarte esta bomba así como así, Leah, pero tenías que saberlo.
—Está bien, Sam. Has hecho lo correcto. Gracias —respondió, conmocionada, con una voz totalmente ida y ausente.
Leanne cortó la llamada y se quedó unos minutos mirando a la nada. No podía creer lo que había escuchado.
«Esta tarde, a las cinco…» repitió en su fuero interno, aún incapaz de asimilarlo.
¿De verdad estaba preparada para ver a Ian en aquel momento? Ella no olvidaba lo fácil que Ian la había superado. Todavía recordaba con un dolor punzante que Ian no había vacilado en correr a los brazos de su peor enemiga a buscar consuelo. Aquello le dolía profundamente, y no estaba segura de querer perdonarlo.
Miró su reloj de mano. Era consciente de que llegar a Remembranzas le constaría un par de horas, pero aún estaba a tiempo si decidía hacerlo.
Se encontraba tan confusa que no sabía ni siquiera que pensar.
De pronto Dante volvió a su mente, y ese mismo pensamiento fue el que le dio la respuesta que necesitaba. Iría a verlo, le contaría lo de la repentina llamada de Ian y dejaría que el juzgase a su criterio que era lo que tenía que hacer. Confiaba seriamente en lo que Dante le diría, ya que hasta ahora nunca le había fallado, y necesitaba de una opinión centrada y objetiva como la suya.
No perdió más tiempo y emprendió camino hacia Monte Mercuccio.
 Debido al tráfico, demoró más de lo que esperaba. Sabía que el tiempo le jugaba en contra ya que en caso de que decidiera finalmente ir a Remembranzas, tenía que llegar a las cinco allí.
Cerró los ojos por un momento e intentó relajarse. De nada servía agobiarse de antemano. Solo trataría de mantener la mente en blanco y confiar en el juicio que Dante le diera.
Cuando por fin llegó a la mansión, su corazón comenzó a latir desenfrenadamente. Tenía un malestar terrible y no entendía a que se debía aquella sensación. Se convenció de que era todo provocado por su psicosis mental y se dignó a llamar a la puerta. El ama de llaves abrió enseguida, y notó que los ojos de la mujer brillaron en lágrimas apenas la vio.
— ¡Gracias al cielo que has venido, niña! —exclamó, estrechándola en brazos al tiempo que quebraba en llanto.
Leanne no comprendía nada, y su cara de desconcierto total llevó a la mujer a apartarse, secar sus lágrimas, e intentar explicarse.
—Por favor, entra. Hay algo muy serio que tengo que contarte —comenzó, haciéndose a un lado y dejando que Leanne se adentrara a la casa.
Ambas caminaron en silencio hasta la sala. La mujer indicó a Leah que tomara asiento y aguardara allí un momento, al tiempo que desaparecía tras las puertas del despacho de Dante.
Volvió a aparecer tras un par de minutos, con los ojos cristalizados nuevamente, y un papel temblando entre sus manos.
— ¿Usted es la señorita Leanne Winick, no es así? La muchacha que había venido aquí hace unos días buscando al señor Blaird —inquirió, más como una afirmación que como una pregunta, intentando fuertemente reprimir el llanto.
—Así es, soy yo. Y me está asustando, señora. Agradecería profundamente que me explicase que significa todo esto.
El ama de llaves se sentó al lado de Leah y tomó su mano, mirándola a los ojos.
—Verá, señorita Winick, la cuestión es que el señor Blaird no ha vuelto a casa en tres días. La última vez  que lo vimos, él apenas podía hablar y mantenerse en pie. Estaba muchísimo más pálido y delgado, después de haber pasado todo el día anterior encerrado en su habitación —soltó un pequeño sollozo, pero hizo lo posible por contenerse y seguir—. Nos pidió a todos que nos reuniéramos en la sala, y que esperásemos a que bajara. Cuando lo hizo, con ayuda de su chofer, nos saludó a todos con un beso y un abrazó, y nos dio las gracias por haber sido una familia para él. Luego de eso, solicitó que nadie hiciera preguntas y que volviéramos a nuestras actividades de rutina. Nadie se atrevió a desobedecer, aunque todos sabíamos que algo andaba terriblemente mal. Volví a la cocina, y al cabo de media hora el señor requirió mi presencia en su despacho. Fui hasta allí sin vacilar, y él… me entregó este sobre —dijo, mostrándoselo a Leanne, que la observaba perpleja—. Me dijo que confiaba en mí y que por eso me encomendaría esa misión. Me pidió expresamente que si tú volvías por aquí preguntando por él, te diera este sobre de su parte. Pero si no volvías a la mansión nadie podía llamarte y avisarte de lo acontecido, ni mucho menos enviarte la carta por correo, o hacértela llegar por otra persona —la mujer se detuvo por un par de segundos, tragó saliva y continuó—. Supongo que todo esto lo explicará en la carta, o quizás no, pero ahora está en tus manos, tal y como el señor me lo había pedido —se puso de pie y tomó una larga bocanada de aire—. Te dejaré sola. Estaré en la cocina —concluyó la mujer, dejando a Leah sola en medio de la sala, con aquella carta en la mano.
Leanne no podía reaccionar ante lo que había escuchado. No comprendía que era lo que estaba sucediendo realmente. Sus manos temblaban y sudaban, temerosa de lo que pudiera leer cuando abriera aquel sobre.
Cerró los ojos, suspiró, y se llenó de valor para hacerlo. Abrió el sobre, en el que se leía claramente ‘’Leanne Winick’’, y extrajo de él la carta.
Era un papel suave y de textura lisa, saltaba a la vista que no había sido elegido al azar. En él estaba gravado el mensaje, con una letra limpia y clara.

‘’Monte Mercuccio, 3 de junio

  Querida Leanne:
Si estás leyendo esto es porque has ido a buscarme y no me has encontrado. No sé cuánto tiempo habrá pasado ya de mi partida, pero probablemente ya me encuentre muy lejos de casa.
 He estado pensando en este momento desde el día en el que te conocí. Desde aquella noche en la terraza, en la que te vi llorando y supe que cambiarías mi vida.
 Tal vez en este tiempo que hemos vivido juntos has llegado a pensar que soy una persona buena, o posiblemente has creído que soy fuerte por haber soportado todas esas historias de mi vida que hace tan poco te conté. Quizá no sea así, pero en caso de que lo creyeras, déjame decirte que estás equivocada. No soy bueno, ni mucho menos fuerte, solo soy un tonto cobarde y egoísta. ¿Qué por qué digo esto? Te lo explicaré.
Cuando llegué aquí, a Monte Mercuccio, mi vida carecía de sentido. Me fui de Italia intentado escapar de aquellos recuerdos atormentadores que por las noches no me dejaban dormir, pero en el fondo sabía que estaba condenado. No importaba a donde fuera, o en que rincón del mundo intentara esconderme, aquellos demonios del pasado venían siempre por mí y me encontraban, destrozando mi cordura y estabilidad mental.
La noche en la que llegué a esta casa, y te vi, algo cambió dentro de mí. Me encandilaste con esa luz interior y entendí enseguida que había algo especial en ti. Luego hablamos cuando nos encontramos en la terraza, y ese halo de tristeza que había en tus ojos me perturbó profundamente.
Fui muy egoísta, Leah, porque aún siendo consciente de que no podría quedarme por mucho tiempo a tu lado, insistí con verte, una y otra vez, hasta lograr que te encariñaras conmigo.
 Aquel día en el que fui a tu casa, y más tarde me contaste toda la historia de Ian y lo que había sucedido, sin darte cuenta me diste un motivo para vivir. Desde ese maldito momento en el que te abracé y lloraste en mi hombro, soportando aquel sufrimiento terrible, supe que no descansaría en paz hasta quitarte de encima esa carga. Te lo prometí, y aunque no me creíste, puedo decir con orgullo que lo logré.
Ayer, he mandado a prisión a Donna, la vil autora de todos los pesares de tu vida.
Me extendería demasiado si te contara con detalles la razón por las cuales ella está ahora tras las rejas, pero en resumidas cuentas te diré que yo conocí a Donna hace muchísimos años. Ella también me causo mucho dolor, empujando al suicidio a mi mejor amigo, y después de tantos años volví para hacer justicia por todos aquellos que hemos sufrido por su causa.
Seguro ahora Ian está esperando por ti, si es que ya no se han encontrado de nuevo. Él podrá contarte todo con más detalles, y de seguro lo comprenderás.
 Estoy casi seguro de que no esperabas mi partida. Y sabes, no suelo llorar desde hace muchos años, pero créeme que he lagrimeado al escribirte esto. Rayos, está siendo más difícil de lo que esperé.
Solo queda disculparme, Leah. Te pido perdón desde lo más profundo de mi corazón por no haber podido decirte todo esto en la cara. Y es que me he despedido de tanta gente a lo largo de mi vida, de tantos seres queridos que he perdido para siempre, que no sería lo suficientemente fuerte como para soportar despedirme de ti también, y ver tus lágrimas, y causarte dolor, y escucharte pedirme que no me vaya, porque simplemente no puedo quedarme. Lo siento, solo soy un cobarde.
Discúlpame por no tener el valor necesario para decirte la verdad. Por no haber tenido el coraje de confesarte que estoy enfermo hace mucho y no me queda demasiado tiempo de vida.
Elegí venir a esta ciudad para morirme lejos de todo aquello que me había destruido, y apareciste tú, y cambiaste por completo el rumbo de las cosas. Dejé de estar tan vacío y comencé a sentir que en realidad no quería morir. Me volviste a la vida, me diste un motivo por el cual luchar, y levantarme cada día. Verte me hacía feliz y fui tan egoísta al aferrarme a esa alegría, que ni siquiera pensé en el daño que te haría cuando tuviera que alejarme. Entenderé si me odias, Leanne, no merezco menos que eso. En este momento me odio a mi mismo si tu corazón está sufriendo por mi culpa, mas me voy satisfecho por tener la certeza de que al fin podrás volver a los brazos de Ian, como has anhelado todo este tiempo.
Fuiste el milagro más grande de mi existencia, Leanne Winick, y jamás dejaré de agradecerte eso. Y ruego a Dios encontrarte en otra vida, porque eres la clase de chica de la que me hubiera gustado estar enamorado.
 Si has leído esta carta demasiado pronto y hace poco me he marchado, te pido por favor que no me busques. No deseo que me veas en este estado en el que casi no tengo fuerzas para sostener este lápiz con el que te escribo, y no soportaría verte sufrir una vez más.
 Jamás olvides que me fui de aquí feliz de haber cumplido mi palabra, tan feliz como espero que tú también lo seas, al lado de Ian y de todas esas personas que tanto te aman y te cuidan.
Hasta siempre y nunca, Leah.
Te quiere eternamente, Dante.’’

martes, 9 de octubre de 2012

Última oportunidad - Capitulo 30.

Remembranzas, 5 de junio
  
 Ian cruzó la habitación y abrió las ventanas de par en par, dejando entrar toda la luz de la mañana. Hacía un día precioso. Observó con una nostalgia arrolladora el lago Remembranzas a lo lejos, y sintió encogerse el corazón. Asumió una vez más que volver a aquella casa había sido lo más acertado.
Luego de que todo el episodio del arresto de Donna pasara, no perdió un minuto más. Junto todas sus pertenencias y se esfumó de la casa. Había decidido volver definitivamente a Remembranzas, y no pisar aquella mansión nunca más.
 Sintió una puntada de culpa al recordar lo mal que se había portado con Dante. Aquel hombre que, aunque no lo conocía,  había hecho hasta lo imposible por abrirle los ojos y mostrarle la verdadera cara de la mujer que tenía al lado. Había actuado con total nobleza y desinterés, a pesar de los maltratos que había recibido por parte de Ian. Incluso se quedó con él luego de la detención de Donna, y lo ayudó a hacer el equipaje y a juntar sus cosas para marcharse de allí. Dante abandonó la mansión cerca de media noche, cuando inesperadamente se comenzó a descompensar. Empezó a marearse, y a sentirse terrible, al tiempo que se ponía más pálido y su temperatura corporal aumentaba precipitadamente. Él insistió en llamar una ambulancia, pero Dante dio una rotunda negativa. Intentó componerse, hizo una llamada telefónica, y su chofer pasó a buscarle al cabo de un rato. Ian expresó su preocupación por la salud de él, pero Dante bromeó con ello y le restó importancia al asunto. Antes de despedirse de Ian, le pidió que si veía a Leanne antes que él, no le contara de aquel incidente. Poco convencido aceptó, mientras lo observaba alejarse de la casa hacia el coche. Esa había sido la última vez que mantuvieron contacto.
Era cierto que no conocía prácticamente a aquel hombre, pero tenía la certeza de que era una persona increíble. Se había tomado la molestia de contarle a Ian todo de principio a fin. Desde cómo conoció él a Donna, hasta cómo había arruinado su vida, llevando al suicidio a su mejor amigo. También le contó algunos detalles más del verdadero motivo por el cual Leanne había abandonado Remembranzas, aunque no quiso ahondar demasiado en ese tema, alegó que sería mejor que lo hablasen ellos una vez se reencontraran, aunque Ian tenía serias dudas de que eso ocurriese.
Dante le había dicho que Leah estaba al tanto de su compromiso con Donna, y que se lo había tomado fatal. Ella estaba muy dolida, y no concebía que Ian la hubiera olvidado tan rápido.
Él temía que Leah jamás lo perdonara, y lo peor es que tenía motivos para odiarle. No podía culparla por ello.
La idea de que Leanne creyese que él la había olvidado lo mortificaba. Las ganas de ir a buscarla y tenerla en sus brazos lo abrumaban. Había tantas cosas que quería decirle. La extrañaba demasiado, y ahora que era libre, apenas podía reprimir sus ganas de ir tras ella. Pero tenía miedo. Miedo de que ella lo rechazara, y no quisiera verlo. Miedo de que lo detestara a tal punto de que ni siquiera lo escuchara.  
La angustia y el arrepentimiento lo estaban carcomiendo por dentro, pero sabía que se lo merecía. Ni siquiera era capaz de imaginar todo lo que ella había sufrido, después de sacrificarse tanto para que él fuera feliz.
Se odiaba a sí mismo. Jamás se perdonaría haberle hecho tanto daño a Leanne. Nunca dejaría de arrepentirse de haber estado tan ciego, de haberse dejado consumir por el dolor, el rencor y el despecho, que lo empujaron a buscar refugio y consuelo en una relación vacía como la que mantenía con Donna.
Ahora, que se encontraba absolutamente solo y podía ver las cosas con mayor claridad, comenzaba a ser realmente consciente de la falta que Leah hacía en su vida. Empezó a recordar cómo era todo antes de que ella se marchase, y todos esos momentos venían a su mente como si de un sueño se tratara. Se preguntó a sí mismo cuando su vida se había convertido en un infierno, pero suspiró, sabedor de aquella respuesta.
 Caminó con lentitud por toda la casa, parcialmente vacía. Se notaba que hacía mucho tiempo nadie entraba allí. En cada rincón de aquel lugar lo atacaban distintos recuerdos sin darle tregua. Revivir todos aquellos momentos felices que había vivido allí, junto a su familia y su amada, era tan doloroso como arrancarse la piel con las uñas.
Se detuvo y observó a su alrededor. Frente a él, entre la penumbra de aquella sala mal iluminada, vislumbró una vieja foto que colgaba inerte en la pared. Se acercó hasta allí, y quitó el polvo para poder admirarla mejor. Ver aquello fue como una puñalada directo al pecho.
En el retrato se encontraba su padre, pasándole cariñosamente el brazo por la cintura a su madre. En los brazos de la mujer se encontraba una recién nacida Molly, y de la mano de su padre estaba el pequeño Francis. Al lado de Fran, estaba Morgan, pasándole un brazo por los hombros a su hermanito menor. A la izquierda de su padre estaba David, el mayor de los hermanos. Y a la derecha de su madre estaba Lenna, abrazando a Ian. Todos sonreían abiertamente, felices.
No fue hasta ese momento cuando se dio cuenta de que estaba llorando. Aún, y después de tantos años, le seguía doliendo profundamente recordar la hermosa familia que había tenido una vez. Ahora su familia estaba completamente destrozada. Su padre se había suicidado, su madre se había vuelto completamente loca. Los rencores habían provocado que la relación con sus hermanos mayores se fuera al diablo, y se había visto obligado a separarse de sus hermanos menores también.
Los extrañaba, y le dolía admitirlo.
Desgarrado por el llanto se dejó caer al suelo, donde se sentó abrazando sus rodillas, mientras sollozaba. Su vida se había ido completamente al infierno.
El amor de su vida lo había abandonado. Sus amigos de la infancia, Claire y Drew, lo habían traicionado de la peor forma posible. Y cuando intentó seguir con su vida, fue a parar al lado de Donna, una maldita enferma que había acabado de arruinar su existencia.
Se encontraba totalmente perdido. No sabía qué hacer con su vida de allí en más. No había tenido el valor para hablarle a su madre de lo que había pasado con Donna. No se lo había contado ni a ella ni a sus hermanos. Se intentaba convencer de que aún no era el momento para hacerlo, pero en el fondo sabía que lo único que se lo impedía era la vergüenza que sentía de haber fracasado.
Tampoco sabía si lo correcto era ir en busca de Leah, o simplemente dejarla en paz y desaparecer de su vida por completo, aunque eso último significase su eterna desdicha.
 Se puso de pie, y caminó hasta la sala continua. Allí se sentó en una silla, al lado de la ventana, encendió un cigarrillo y dejó que el tiempo se consumiera. Hacía mucho no fumaba, pero ahora ello le ayudaba a calmar la ansiedad.
Se sentía profundamente vacío y solo, como nunca antes. La certeza de que todas las personas en las que había confiado lo habían olvidado y dejado a un lado le pesaba más de lo que le gustaba admitir. Suspiró. Qué más daba. Al fin y al cabo, se lo merecía.
 Las horas transcurrían sin ninguna relevancia para él. Inmerso en una angustia que apenas soportaba. No se había movido de ese sitio en casi tres horas. No sentía sueño, ni hambre, ni nada. Estaba en la nada más absoluta, y sentía que se estaba volviendo loco.
 Miró su reflejo en el cristal de la ventana y sintió asco de sí mismo. Sentía lástima de su imagen penosa, y agradeció al cielo que nadie estaba allí para verlo en aquel estado.
Se secó las lágrimas con brusquedad y se puso de pie. Ya no podía soportarlo más.
Caminó hasta el teléfono y se dijo a sí mismo que esto sería lo último que haría por intentar recomponer su pasado, si no tenía éxito, simplemente se resignaría.
Marcó el número y aguardó. Sentía que moría un poco más a cada tono que sonaba sin obtener respuesta. Volvió a marcar, y al cabo de unos minutos la voz de una mujer se escuchó del otro lado. Él intentó reprimir el llanto y hablar con calma.
— ¿Samantha? —preguntó, inseguro.
—Así es. ¿Quién habla ahí?
—Sam, soy yo. Ian…
—Ah, tú. Vete al demonio
— ¡No! ¡Por favor, te ruego que no cuelgues!
— ¿Qué rayos quieres, Ian? ¿Seguir atormentando a Leah? No te lo permitiré. No dejaré que te burles de ella.
—Oh, Sam, por el amor de Dios, tienes que escucharme.
—Tienes 10 segundos.
—Escucha, Samantha. Ni siquiera he llamado para que me comuniques con Leanne, solo quiero que le hagas llegar un mensaje de mi parte, nada más.
—Continúa…
—Primero promete que lo harás.
—Venga ya, Ian. No estás en condiciones de exigirme nada. Tú solo habla, y yo evaluaré si contárselo o no.
—Es muy importante para mí, Sam, por favor…
—Bah, que eres insoportable —resopló Sam, irritada —. Bien, te lo prometo. Ahora dime.
—Dile que necesito verla —contestó él—. Que ya no hay nada con Donna, y que lo sé todo. Estoy arrepentido, y no podré vivir en paz si no hablo con ella pronto. Dile que si está dispuesta a oírme, la esperaré esta tarde a las cinco, a orillas del lago Remembranzas, bajo del roble donde solíamos descansar. Ahí estaré, y la esperaré todo el tiempo que sea necesario. Si no aparece, entenderé que no quiere saber de mí, y no volverá a tener noticias mías nunca más.  Eso es todo.
—Si tanto la necesitas, ¿por qué no vienes por ella?
—No la obligaré a verme si no quiere hacerlo. Solo dejaré que ella decida —repuso Ian, con voz firme—. Confío en que le harás llegar el recado. Gracias, Sam.
—Lo haré. Adiós —concluyó ella, cortando la llamada.
 Suspiró. Por alguna extraña razón se sentía más relajado, aunque sabía que aún no estaba todo dicho. No sabía si Leah aparecería allí o no, y probablemente no lo hiciera, pero él guardaba una última esperanza de verla.
Si Leah no se presentaba a la cita no le quedaría otra que aceptarlo y cumplir con su palabra. Jamás volvería a buscarla, y dejaría que ella continuase con su vida lejos de la suya, aunque le doliera en lo más profundo del alma.
Arrastrando los pies caminó hasta el cuarto de baño y se tomó una larga ducha. Se afeitó, se vistió, y aunque aún faltaba poco más de media hora para que el reloj diera las cinco, decidió salir de la casa y hacer tiempo fuera para calmar un poco los nervios y relajarse.
Lo bueno de Remembranzas era la paz increíble que le trasmitía, pero ahora se veía opacada por el miedo a cruzarse con personas indeseadas como Claire o Andrew, que vivían muy cerca de allí.
Aún tenía cuentas pendientes que rendir con ellos, pero todavía no era el momento. Se encargaría de ello una vez que decidiera que haría con Leanne, pero de lo que estaba seguro era que no dejaría las cosas así como así.
 Caminó por las adoquinadas calles del centro de Remembranzas, para luego volver a las afueras y dirigirse al lago. Ya faltaban apenas minutos para la hora indicada, y no quería llegar tarde.
Al llegar al lugar se sentó bajo el árbol y espero pacientemente. Su mente era un mar de confusión y nervios, pero luchaba por mantenerse sereno.
El tiempo transcurría y el observaba obsesivamente de un lado a otro del sendero que llegaba hasta ese sitio. No había rastros de Leanne.
Mantuvo la calma, y contempló el atardecer en soledad.
En su cabeza abundaban las hipótesis de porqué ella se había retrasado.
Leanne ahora vivía en Triland Port, era lejos y tal vez el tráfico le impedía llegar a tiempo. Ó tal vez simplemente había decidido no asistir. ¿Y qué tal si Sam le había jugado una mala pasada y no le había hecho llegar el mensaje a Leanne realmente? No, no podría ser tan cruel. Había sonado sincera cuando prometió hacerlo.
 Pero el sol hacía rato se había ocultado, y la noche y la oscuridad se habían apoderado de todo. Habían transcurrido casi cuatro horas, y aunque le destrozara el corazón tenía que aceptar que Leanne no vendría a su encuentro.
Con los ojos cristalizados luchó por no derramar ni una sola lágrima, y se puso de pie, para luego arrastrar los pasos por el camino de vuelta.
Estaba desolado y sumido en la más negra depresión, pero suspiró, resignado. Sabía que todo aquello no era más de lo que se merecía, pero aún así no podía sacarse de encima el horrible presentimiento de que algo terrible había ocurrido.

jueves, 4 de octubre de 2012

Traicionado - Capitulo 29.

Ville Navarra, 2 de junio

 Caminaba de un lado a otro del pasillo, frente a la puerta de la habitación de invitados. La preocupación e incertidumbre lo estaban carcomiendo por dentro.
Recordó nuevamente la pequeña discusión que había tenido con Donna el día anterior, cuando ésta había llegado llorando y sumamente alterada a la casa. La había encontrado en una crisis de nervios e ira que nunca imaginó de ella, que solo se dedicaba a romper y tirar al suelo todo lo que podía, gritando y maldiciendo histéricamente a todo pulmón.
Ian había intentado detenerla, mientras le hacía una pregunta tras otra, intentando averiguar que le sucedía. Pero ella hacía caso omiso. Él, harto de sus insolencias, la tomó fuertemente por los hombros y la obligó a tranquilizarse, pero Donna se zafó del agarre como una fiera, y comenzó a gritarle que se fuera de la casa, que no lo quería volver a ver nunca más.
 Ian intentó no perder los nervios, pero ella se rehusaba a abandonar su actitud delirante y enardecida. Finalmente, subió las escaleras como alma que lleva el diablo y se encerró en la habitación de invitados, de donde no había vuelto a salir.
No comprendía que había sucedido, pero sabía que no era nada bueno. Temía por la salud psíquica de Donna, y el miedo a que hiciera algo irracional o atentara contra su propia vida lo aterraba profundamente.
Dio un largo suspiró y se dejó caer, rendido, en un diván que se encontraba en el pasillo. El agotamiento mental al que Donna lo había empujado en los últimos días era increíble. Estaba estresado, necesitaba un respiro. Pero sabía que no podía quejarse. Él había aceptado el compromiso con Donna, y aunque le costara el alma estaría con ella hasta las últimas consecuencias. Era lo mínimo que le debía después de todo lo que había hecho por él.
 Se mantuvo allí durante un largo rato, esperando a que Donna recapacitara y abandonara la habitación, pero eso no sucedía y él comenzaba a impacientarse.
Se puso de pie, estaba decidido a tirar la puerta abajo si era necesario, pero cuando se dignó a hacerlo, una de las empleadas de la casa apareció de repente, visiblemente agitada.
—Señor, buscan a la señora Donna —farfulló, retorciéndose las manos.
— ¿Quién es? Ella no puede atenderlos ahora.
—Entonces será mejor que baje usted —advirtió, con ojos temerosos.
 Ian tomó una bocanada de aire y caminó hasta las escaleras arrastrando los pies. Al llegar al piso inferior, la situación lo dejó perplejo. Cinco hombres aguardaban en medio del vestíbulo, cuatro de ellos estaban uniformados de policía, y a medida que avanzaba se percató de que el quinto era Dante.
—Buenas tardes, caballeros… —saludó Ian, inseguro, mientras su mirada confundida iba de un rostro a otro.
—No tan buenas, Ian…—repuso Dante, mirándolo de forma compasiva.
— ¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó, con un tono más severo que el anterior.
—Usted debe de ser el señor Higgins, ¿no es así? —inquirió uno de los oficiales.
—Sí, así es. Y exijo saber qué rayos está pasando.
—Tenemos una orden de captura contra la señorita Donna Covarenni Sans —declaró otro de los oficiales, extendiendo frente a Ian el papel de detención —. Por tanto, procederemos a arrestarla.
 La vista de Ian comenzó a oscurecerse. Aquello no podía ser cierto. ¿Donna, arrestada?
Tal vez todo lo que ella le había contado era cierto después de todo. Quizá aquello solo era consecuencia de no querer aceptar los chantajes de Dante, y por eso la detenían.
Pero si eso era así, entonces… ¿también Leanne había participado en aquella confabulación?
No, de ninguna manera. Eso no podía estar pasando.
—No se llevaran a Donna —rugió Ian, de forma casi inconsciente.
—No puede oponerse a ello, señor Higgins. Si se niegan a cooperar, tendremos que sacarla a la fuerza.
— ¡No se llevaran a Donna! —repitió, fuera de sí, empujando con fuerza al agente de policía.
—No me obligue a detenerlo a usted también, ¡esto es desacato a la justicia! —exclamó el hombre, irritado.
—Oficial, no será necesario —intervino Dante, intentando calmar las aguas—. Tenga un poco de comprensión y sepa entender el estado de nervios de Ian.
El policía resopló, malhumorado, pero decidió omitir el pequeño altercado.
—Procedan —ordenó a los demás oficiales, y los cuatro hombres se adentraron más a la casa.
Ian hizo un violento amague de detenerlos, pero Dante lo contuvo, sosteniéndolo por los hombros.
—Ian, tu actitud solo está empeorando las cosas. Sé que ahora no entiendes nada, pero cuando este episodio pase lo comprenderás. Te lo prometo.
Cegado por la ira y la confusión, Ian se soltó del agarre y le atinó un puñetazo a Dante en el rostro.
—Te estás burlando de mí, ¿no es así? Me dijiste que habías venido a ayudarme, pero no era cierto, ¿verdad? Tú y Leah solo se estaban riendo de mí todo este tiempo, y se han aliado para arruinar mi vida.
Dante llevó la mano a la boca, donde había sido golpeado, y miró sus dedos llenos de sangre.
—Eso es mentira, por Dios. No sé qué es lo que Donna te ha metido en la cabeza, pero nada de eso es cierto. Solo te está manipulando, Ian, date cuenta.
Éste lo ignoró, y se encaminó a las escaleras, por donde habían ido los policías. Dante intentó detenerlo, poniendo una mano en su pecho.
—Ian…
—Apártate de mi camino —ordenó, con ojos centellantes, y subió las escaleras rápidamente.
Dante fue detrás de él, y cuando ambos llegaron al pasillo lateral del piso superior, observaron como los oficiales sacaban a Donna esposada de la habitación.
Ian nunca la había visto tan decadente y desalineada. La mujer pataleaba y gritaba a toda voz, histérica, víctima de una cólera incontrolable, mientras dos de los oficiales hacían lo posible por controlarla.
Levantó la mirada y sus ojos se encontraron de frente con los de su prometido.
—Tú, eres un maldito traidor —acusó a Ian, con un odio ferviente—. Después de todo elegiste a Leanne, ¿verdad? ¡Eres una basura! ¡No puedes permitir que me hagan esto! —chilló.
—No, Donna, yo solo…
— ¿Porqué no aprovechas para contarle a Ian todo lo que has hecho, Donna? —Interrumpió Dante—. ¿Por qué no le cuentas que fuiste tú la culpable de que Leah abandonara Remembranzas? ¿Por qué no confiesas que la chantajeaste, así como después chantajeaste a Claire, escribiendo esa carta falsa para que Ian se apartara de ella?
— ¡Cierra la maldita boca, Dante!
—Vamos, Donna, ¿qué pasa? ¿No eres tan valiente para confesar las atrocidades que has hecho? ¿Acaso Ian no sabe que fuiste la causante de que tus padres fallecieran, sólo por quedarte con su fortuna? Venga, dile como hiciste para empujar a Chris al suicidio después de usarlo. Cuéntale que humillaste a Leanne, y te aprovechaste de su bondad para hacerla creer que todas las desgracias de Ian eran su culpa. Quiero escucharte, vamos. Cuéntale, maldita perra.
— ¿Todo eso es cierto, Donna? —inquirió Ian, con los ojos dilatados, sin poder salir de su estado de estupefacción.
Ella quebró en un llanto incontrolable que la ahogaba.
—Solo quería que me amaras, Ian —gimoteó, con un hilo de voz—. Todo lo he hecho por amor, perdóname.
Ian, con la mirada ausente, se acercó más a ella hasta que sus rostros quedaron totalmente enfrentados.
— ¿Todo eso es cierto? —repitió, con voz gélida.
— ¡Perdóname, Ian! ¡Te amo! Solo quería lo mejor para ti.
Las lágrimas acudieron rápidamente a los ojos de él. No quería creer lo que oía. Quería despertar de aquella pesadilla
—Siempre estuve enamorada de ti —continuó—. Era consciente de que con Leah nunca llegarías a nada, ni tendrías todo lo que te mereces. Solo quise darte una vida mejor, mi amor. Lo siento, perdóname —rogó, con voz lastimera.
—No quiero tu amor, bastarda —rugió, luchando por retener las lágrimas en sus ojos—. Prefiero quemarme en el mismo infierno antes de amarte a ti.
—Eso es lo que nunca soporté de ti, Ian. Eres un maldito desagradecido. Tu madre es una puta loca, y tus hermanos estaban muriendo de hambre. Después del suicidio de tu padre nunca pudiste volver a encaminar tu vida,  y lo sabes. Cargabas a rastras con una familia que en el fondo no soportabas, y perdías tus días trabajando en una asquerosa tienda por un sueldo que no te daba ni para caramelos. A su vez, tenías tu romance barato con una ramera mediocre como Leah, y te limitabas a soñar que algún día, mágicamente, saldrían de esa desgracia. Yo te saqué de ese pozo, Ian, y deberías agradecérmelo con tu vida. Has usado y abusado de mi dinero, ¿y ahora así me tratas? Eres muy poco hombre, Ian, me decepcionas profundamente.
—Sí, mi vida nunca fue la mejor. Disculpa, princesa, no todos nacemos en una cuna de oro como tú. Es cierto que en mi familia había altibajos, pero no te permitiré que digas que no los soporto, porque los amo a pesar de todo, y eso nunca cambiará. No esperaré que lo entiendas, Donna, tú no sabes lo que es amar, tú no sabes lo que es una familia. No conoces el valor de trabajar, sudar y esforzarte por salir adelante. No sabes, ni nunca sabrás, lo que es dar todo de ti por alguien importante. No entiendes que significa tener amigos, y personas en las quienes confiar, y recargarte cuando estás dolido.
»Leah no es ninguna mediocre, y mucho menos una ramera, y lo nuestro no era un romance barato. Nosotros nos amábamos. Sí, teníamos una vida difícil, pero ¿sabes qué? Éramos felices. Y ahora tengo la certeza de que tú nunca, jamás en la puta vida sabrás lo que eso significa.
El gesto de Donna había cambiado por completo. Había abandonado el lugar de victima que se había esforzado en actuar hasta ahora, y mantenía el ceño fruncido, con una mirada sombría y perturbadora.
—Oh, Ian, me has llegado al corazón. Si no estuviera esposada, creo que hasta te aplaudiría —contestó, sarcástica—. Muy bien, habéis ganado, pero no puedo evitar reírme al escucharte alardear de esa felicidad que dices haber tenido. No puedo no reírme al oírte hablar de esos amigos, cuando Andrew, tu mejor amigo, me contaba absolutamente todo lo que hablaban, y se acostaba conmigo sabiendo que yo era tu prometida. No puedes hablar de amigos, teniendo una amiga como Claire, que conociendo lo que había sucedido realmente con Leanne, y sabiendo dónde se encontraba, te lo ocultó todo este tiempo sin decirte una palabra.
»Ahora, dime una última cosa, Ian… ¿sigue siendo felicidad cuando todo lo bueno de tu vida es una mentira?
—Eso no puede ser cierto… —susurró Ian, incrédulo, con un nudo en la garganta y los ojos cristalizados.
— ¿De qué te sorprendes, Ian? Drew siempre fue un envidioso que vivió a tu sombra toda su vida. Estaba enamorado locamente de Claire, pero claro, ella solo tenía ojos para ti. No podía odiarte más, y aproveché eso a mi favor, por supuesto. Me acostaba con él para que pudiera vengarse de ti, y a cambio él te llenaba la cabeza de papelitos para que olvidaras de una vez por todas a Leah. Ambos ganábamos, era perfecto.
»Claro que con Claire fue más difícil. Me molestaba que ella estuviera detrás de ti. A decir verdad, me ponía enferma de los celos. Y no solo eso, sino que también nos escuchó hablando a mí y a Drew de lo que había sucedido con Leanne, y se enteró de todo. Yo tenía muy claro cuánto te adoraba esa chica, pero también era consciente de que bajo ningún concepto te confesaría cual era el paradero de Leanne, para que fueras corriendo a buscarla. En eso tuve razón, pero al pasar un tiempo se volvió fastidiosa. Decía que no soportaba ocultarte más aquel secreto, y decidió que te lo diría. Obviamente no iba a permitir que eso sucediera, entonces fue cuando escribí aquella supuesta carta que te hice llegar, en la que ella se dirigía a Leah, y le contaba de una supuesta aventura que tú y ella tenían a escondidas. Por suerte la recibiste a tiempo, y me creíste a mí. Admiro la confianza ciega que me tenías, ya que ni siquiera quisiste escucharla. Eres algo terco y temperamental Ian, pero eres leal como un perro, eso siempre me encantó de ti.
Ian se mantuvo estático en su lugar. No creía lo que estaba escuchando. Acababa de entender que había sido traicionado por todos en quienes había confiado hasta su vida, pero se negaba a asumir que aquello fuera cierto.
—Tal vez, y después de todo, de verdad Leanne era la única persona que te amaba realmente —continuó Donna, con voz filosa—. Pero no supiste verlo, Ian. Elegiste el camino fácil, e hiciste a un lado aquella historia en vez de ir corriendo tras ella a buscarla. ¿Y cómo le has agradecido su fidelidad? Olvidándola, y comprometiéndote con una chica que prácticamente no conocías. Bravo, Ian, no esperé menos de ti. En el fondo siempre lo supe, tú y yo somos iguales.
— ¡No vuelvas a decir eso, maldita! ¡Jamás seré tan vil y despreciable como tú!
— ¿Qué tan seguro estás de ello? Míranos, Ian, los dos estamos solos. Nadie daría un centavo por nosotros. Y es que en última instancia, las acciones de tu vida te condenan para siempre.
Ian se llevó la mano al pecho, desgarrado, rendido. Sentía que el mundo de pronto se estaba derrumbando encima de su espalda.
—No imaginas cuanto te odio, Donna…—masculló entre dientes, con un desprecio que ardía.
—Está bien que lo hagas, Ian. Eso no me lastima. Me conformo con saber que nunca en tu puta vida olvidarás mi nombre. No imaginas cuan feliz me hace esa certeza —concluyó, sonriendo cínicamente.
—Eso ha sido suficiente, Covarenni. Ya, llévensela —ordenó uno de los oficiales a quienes la tenían sujeta.
Esta vez Donna no forcejeó, ni se negó a cooperar. Se alejó tranquilamente, con una sonrisa de triunfo pintada en la cara.
 Una vez los policías abandonaron la casa, Ian comenzó a sollozar por lo bajo, cubriéndose el rostro con ambas manos.
Dante aún permanecía a su lado, con el rostro acongojado por la escena que acababa de presenciar.
Apoyó con firmeza una mano en el hombro de él, a modo de consuelo, y soltó un suspiro.
—Tranquilo, Ian. Todo ha terminado.