domingo, 9 de diciembre de 2012

Promesa - Capitulo 33.

Vercega, 6 de junio

 Todo había pasado demasiado rápido. En eso estaba pensando mientras un punzante dolor de cabeza parecía querer partirla en dos.
No había logrado dejar de llorar. El nudo en su garganta era tal que apenas podía hablar. Ni siquiera podía pensar con claridad desde que había recibido la carta de Dante. Luego de ese momento todo se había vuelto extraño y borroso. Solo sabía que había enloquecido y buscó de todas las maneras posibles averiguar dónde se encontraba Dante, hasta que al fin dio con su paradero, casi milagrosamente.
 Leanne se enderezó en su sitio y con un sollozo ahogado se retiró las manos del rostro. Observó a Samantha, que se encontraba a su lado posando una mano sobre su espalda y observándola con una mezcla de compasión y ternura.
—Deberías descansar un poco…—murmuró su amiga, intentando sonar agradable.
Leah negó con la cabeza.
—Entonces un café te vendría bien. ¿Está bien si te dejo sola un momento?
—Claro —se forzó a asentir, con un hilo de voz. En realidad no quería que Sam se alejara, la necesitaba.
Trató centrar su atención en la figura de Samantha al alejarse por el pasillo, en un inútil intento de ahuyentar todo lo demás de su mente, pero no tuvo éxito. Los recuerdos y pensamientos dolorosos volvían a ella como puñales en el pecho. No podía dejar de memorar una y otra vez todo lo que había vivido con Dante, todo lo que él había hecho por ella.
Jamás se perdonaría el haber sido tan ciega como para no notar lo que le estaba sucediendo.
No, «ciega» no era la palabra. La palabra era «egoísta». Había sido demasiado egoísta con Dante, tanto que, por pensar solo en ella y en sus problemas, nunca reparó en los problemas de él.
No merecía todo lo que Dante le había dado. Ya no merecía nada. Nunca se perdonaría por esto.
«Si tan solo lo hubiera imaginado…», pensó en su fuero interno, pero se detuvo allí. Ahora no servía de nada pensar en lo que hubiera sucedido. Lo único que importaba era que Dante estaba muriendo en ese preciso instante, y ella no podía hacer nada por evitarlo.
Pensar aquello fue como un baldazo de agua fría.
Volvió a dejar caer el rostro entre sus manos y comenzó a llorar fuertemente. Deseaba que todo aquello fuera un sueño. Deseó estar en el lugar de Dante, darle su propia vida si fuera necesario.
No merecía morir así. Dante, tan honesto y leal. Tan buena persona, tan fuerte. No, no podía morir de aquella forma. No aún. Era muy joven. No podían quitarle la vida después de todo lo que había soportado para lograr mantenerse a flote. No era justo. No quería creerlo.
 Y de pronto alguien rozó su espalda, y fue como un cable a tierra. Por un segundo creyó que cuando abriera los ojos todo estaría bien.
Se incorporó repentinamente, desorientada, y lo que sintió le quitó el aire.
Era Dante. Tuvo la certeza de que él se encontraba ahí junto a ella, aunque no pudiera verlo. Su presencia era tal que la dejó sin palabras, atónita.
Trató de aferrarse a aquella sensación que le trasmitía una paz inconmensurable, pero tras unos segundos se empezó a desvanecer.
Ahora lo entendía; él se estaba despidiendo. Entender eso le produjo un espasmo de dolor.
No todavía. No estaba preparada para decirle adiós.
«Por favor…», rogó en su interior a Dante para que permanecería a su lado, pero de nuevo las lágrimas comenzaron a manar de sus ojos sin darle tregua, nublando su mente por completo.
El solo imaginar que en cualquier momento podía salir de la sala un médico para anunciarle la muerte de Dante la sobrecogía. No podría soportarlo. Necesitaba que Samantha estuviera a su lado, y dirigió los ojos con desespero hacia el extremo del pasillo, como si pudiera llamarla con la mirada. Pero lejos de encontrarse con los ojos de su amiga, se cruzó con la mirada de un joven con rostro desencajado y aspecto desaliñado que se dirigía vacilante hacia ella.
Leah, consumida por la congoja, volvió la vista al suelo, pero un impulso inconsciente la hizo volver una vez más el rostro hacia el muchacho.
Y de pronto, el alma se le fue a los pies. Perdió consciencia de todo lo que la rodeaba y por un momento pensó que iba a desmayarse. Le era prácticamente imposible creer a quien tenía enfrente.
—Ian —murmuró para sí misma, sin voz, al tiempo que salía corriendo indeliberadamente a su encuentro.
Si Leanne había creído en algún momento que todo aquello era un sueño, esa repentina aparición casi se lo había confirmado. Pero no importaba, nada importaba ya. Si seguía intentando comprenderlo se volvería loca, estaba segura.
Ian la rodeó con sus brazos fornidos y la levantó en el aire, en un fuerte abrazo.
Leah no paraba de llorar y de murmurar incongruencias, el corazón estaba a punto de estallarle.
Por un segundo se preguntó cuánto tiempo había esperado por aquel momento. Cuántas noches había llorado apretando los dientes, deseando estar en los brazos de Ian. Era increíble, simplemente no tenía palabras.
 Al cabo de varios minutos, él la apartó con delicadeza y tomó su rostro entre las manos. En sus ojos claros asomaban lágrimas que no dejaba salir.
Lentamente, Ian acercó sus labios a los de ella, pero Leah a regañadientes se separó de él bruscamente.
De un momento a otro la realidad la había abofeteado, haciéndola volver a poner los pies en la tierra.
Aquello no era un sueño, y aunque no comprendiera realmente que estaba sucediendo no podía dejarse llevar por las emociones.
—Ian…—gimoteó, intentando que su voz sonara firme, sin conseguirlo.
— ¿Qué sucede? —preguntó él, sin disimular su sorpresa ante tal rechazo.
— ¿Qué sucede? —repitió, incrédula —. ¿Apareces de la nada y me preguntas qué sucede? ¿Estás intentando matarme o qué?
—Leah, lo sé, lo siento… Yo…
Unos pasos provenientes del pasillo lo obligaron a interrumpirse, y ambos voltearon a ver.
Las piernas de Leah comenzaron a temblar cuando identificó al médico de Dante, que se dirigía hacia ellos con rostro sombrío. Ella sabía lo que estaba a punto de suceder, y las palabras que vinieron después cayeron como una cascada sobre sus hombros.
—Lo siento muchísimo señorita Winick…—comenzó el hombre, pero Leah dejó de escucharlo.
Sintió la presión de la mano de Ian en su codo, intentando sostenerla al ver que se desvanecía, y eso fue lo último que identificó. Entre sonidos dispares y formas borrosas que se movían en su entorno su vista se fue apagando hasta abandonarla en la más terrible oscuridad.
Dante había muerto, y una parte de ella se había ido con él.


*       *       *

 Después de que el doctor les anunciara la terrible noticia del fallecimiento de Dante, Leanne había sufrido una fuerte crisis nerviosa, desplomándose en medio del pasillo. Había sido trasladada de inmediato a la sala de enfermería del hospital y, tras suministrarle algunos tranquilizantes, había caído en un profundo sueño.
Ian se encontraba a un lado de la camilla, aguardando a que ella despertara, bajo la mirada escrutadora de Sam, que lo observaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho, desde la pared donde estaba recostada, al otro lado de la habitación.
—Ya deja de mirarme como si tuviera la culpa —masculló Ian, irritado.
—No sé cómo has tenido el descaro de venir hasta aquí en una situación como esta.
—Eso no te lo explicaré a ti. ¡Deja de meterte en todo! —exclamó, lleno de cólera.
—Calla, imbécil, que estás en un hospital. Y no hables como si tu vida me interesara en lo más mínimo, cariño, que por mí te tiras de un puente y me da igual. Lo que haces me afecta sólo cuando le afecta a Leanne, como ahora.
—Bah, cierra la boca de una vez —resopló, poniendo los ojos en blanco.
Leanne comenzó a removerse en la cama y ambos se reclinaron cerca de ella.
—Ian…—susurró, al tiempo que abría los ojos lentamente.
—Aquí estoy, calma —repuso él enseguida, tomándole una mano entre las suyas.
Leanne cerró los ojos con fuerza y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas.
Samantha carraspeó y arrastrando los pies se dirigió hasta la puerta.
—Yo… les daré un momento. Estaré fuera —anunció sin esperar respuesta, al tiempo que abandonaba la sala.
—Leah, cariño, lo siento tanto…
Ella abrió los ojos de repente y con un movimiento brusco apartó su mano de las de Ian.
—No entiendo, Ian, no lo entiendo. Lo estás arruinando todo —dijo con voz débil pero llena de rabia.
— ¿De qué hablas?
— ¡Hablo de que eres un imbécil! —gritó, con la voz rasgada.
— Leah, por Dios, ya basta. Basta de esto. Tranquilízate. Sé que hay muchas cosas de las que hablar, pero con estas rabietas tuyas no me es fácil comprenderte.
Leanne se sentó en la cama y dejó caer su rostro entre las manos. Al cabo de unos segundos comenzó a llorar desconsoladamente, frente a la mirada impotente de Ian, que moría por abrazarla pero sabía que si lo hacía solo empeoraría la situación.
— ¿Qué te crees? —comenzó por lo bajo entre sollozos ahogados— ¿Qué puedes aparecerte un día y hacer de cuenta que nada sucedió? ¿Qué puedes venir en plan de ‘’Hola, estoy aquí’’, y pretender que caiga a tus brazos olvidándolo todo?
—Oh, Leah…
Ella levantó la vista y clavó sus ojos cristalizados en los de él.
—Maldita sea, Ian. Esto no se supone que ocurriría así. No ahora, no en estas circunstancias. Demonios…He estado los últimos malditos cinco meses de mi vida imaginando cómo sería el día en el que volvería a verte, y te juro por Dios que esto jamás cruzó mi mente.
—No era mi intención que…
—Cuando Sam me dijo que llamaste y que me esperarías en Remembranzas casi me dio un vuelco el corazón —le interrumpió—. Me volví completamente loca y comencé a imaginar de diez mil formas diferentes como sería ese reencuentro. Pero aunque verte era lo que más deseaba, no estaba segura de que fuera lo correcto.
»Decidí contárselo a Dante y preguntarle su opinión al respecto, así que me dirigí a su casa y…—Leah tragó saliva, le costaba reprimir sus ganas de llorar—. Cuando llegué a su casa recibí una carta que él me había dejado, en la que me hablaba de su enfermedad y de lo…cobarde que se sentía al decírmelo de aquella forma —las lágrimas rodaron sin control por sus mejillas y el nudo en su garganta comenzaba a ahogarla—. Pero no fue cobarde —se forzó a agregar, con un hilo de voz.
—Leah, puedes dejarlo. Podemos hablar de esto cuando te sientas mejor si te hace daño.
—No fue cobarde en absoluto —continuó, haciéndole caso omiso—. Fue una de las personas más fuertes y maravillosas que conocí jamás, y siempre estará en mi corazón —enjugó sus lágrimas con el dorso de la mano y dejó escapar un suspiro—. Y no es así como esta maldita historia debería continuar, Ian. Yo solo tendría que haber llegado allí, encontrar a Dante, escuchar sus palabras de ánimo y salir a buscarte. Y luego te encontraría a tiempo, justo en la puesta de sol. Te besaría, te abrazaría, te contaría cuanta falta me has hecho. Nos perdonaríamos por todo el daño y todo estaría bien. Volveríamos a Triland, te presentaría a Dante formalmente y te contaría con detalles todo lo que ese hombre hizo por mí. Tú y Dante podrían ser buenos amigos, porque él es muy importante para mí, y sé que te llevarías bien con él por verme feliz ¿no es así?
—Claro que sí, cariño…
—Él es una persona increíble. Estoy segura de que te agradaría, era muy amable, y bueno, y…—nuevamente las lágrimas acudieron a sus ojos—. No puedo soportar que se haya ido. No puedo, no puedo creerlo, maldita sea. Él no puede estar muerto.
—Ven aquí, Leah —repuso Ian, profundamente conmovido, sentándose al lado de ella y rodeándola con sus brazos—. Estoy aquí ahora. Superaremos esto juntos, ¿está bien? No volveré a alejarme de ti, ni dejaré que tú te vayas de nuevo.
Leanne relajó su cuerpo y se abandonó al llanto, dejando que Ian la abrazara y la protegiera, como lo había hecho durante tantos años.
—Esto es tan difícil…—murmuró, con tono ausente—. No puedo simplemente cerrar los ojos y aceptar que Dante se ha ido. Él merecía vivir. Merecía vivir y ser feliz, porque eso es lo que las buenas personas merecen.
—Dante fue muy feliz, Leah. Tú lo hiciste feliz.
— ¿Cómo puedes saberlo?
—Tuve la suerte de conocer a Dante…Y le debo muchísimo.
Leanne se apartó un poco de él y lo miró a la cara seriamente.
— ¿Cómo rayos…
—Leah, hay muchas cosas que he de contarte. Dante hizo más cosas de las que imaginas, por ti y también por mí. Pero no te contaré nada de eso ahora; este no es el momento ni el lugar apropiado para hacerlo, solo te diré que fue Dante el que me pidió que viniera aquí.
Los ojos de Leanne se abrieron como platos, y antes de que estallara en preguntas Ian continuó:
—Luego de que te esperara varias horas junto al lago, volví a casa, descorazonado por tu ausencia, pero al llegar me encontré con una pequeña nota metida debajo de la puerta. No tenía remitente, ni siquiera destinatario. Era solo un trozo de papel con un número de teléfono y cinco palabras escritas «Es importante que me llames». Al principio dudé, pensé que no era algo confiable. De hecho había decidido no hacerlo, pero a la tarde siguiente tenía un presentimiento tan fuerte de que era algo importante, que no pude postergarlo más, así que lo hice.
»Me atendieron al primer tono. «Sabía que llamarías, Ian. Soy Dante», me dijo, y sin dejarme responder ni darme alguna clase de explicación continuó hablando. Fue breve con sus palabras, pero supo qué decir exactamente para movilizarme por completo. «Creo que Leah te necesita, y es urgente». Luego de eso me pasó una dirección, la de este hospital, diciendo que te encontraría aquí. Y antes de colgar la llamada, me dijo que probablemente no lo volvería a ver, pero que sabía que yo era un buen muchacho y confiaba en que te amaría como mereces. Que no quería que en nuestros corazones quedara algún sentimiento de culpa o deuda para consigo, porque cualquier deuda había sido saldada por la felicidad que tú le habías regalado. Me pidió específicamente que te dijera eso, que le hiciste inmensamente feliz y que ése era el único propósito de su vida. Que te cuide, y que me cuide, y que siempre estaría contigo, aunque no pudieras verle.
Leanne se apegó a Ian y él la abrazó con más fuerza. Le era imposible responder. Quería desaparecer, que toda aquella tortura acabara de una vez por todas. Las palabras que Dante le había comunicado por medio de Ian le habían calado hasta lo más profundo de su alma, pero aunque todo aquello le dolía, la reconfortaba de cierta forma el saber que él había sido feliz.
— ¿Porqué no me lo dijo? —susurró con una voz apenas audible—. Él no permitió que yo entrara a verle cuando llegué aquí.
—No lo culpes por eso. Quizá solo quería que guardaras un lindo recuerdo de él, y de la última vez que lo has visto.
—No es que lo culpe. Es solo que…me hubiese gustado poder despedirme de él.
—Creo que siempre fue consciente de su estado, y de cómo acabarían las cosas, Leah. Puedo intentar ponerme en su lugar y creo entender su manera de actuar.
—Él no me dio una opción, Ian. No pensó en cómo me sentiría yo al saber de su enfermedad y al tener que asumir que no podría hacer nada para evitarlo. Debió habérmelo contado y dejar que yo decidiera verle o no. Debió permitir que yo le ayudara en lo que pudiera, que lo acompañara en su enfermedad así como él estuvo conmigo en los momentos duros. Pero él se ha ido para siempre, y ya no lo veré de nuevo.
—A él tampoco le dieron una opción, cariño. Él no eligió esto, pero así es la vida. Y claro que pensó en ti, Leah, pensó demasiado en ti. Sabía que no tenía cura y no podía evitar hacerte daño, pero trató de lastimarte lo menos posible. Apuesto a que él también hubiera deseado despedirse personalmente de ti, pero tal vez no lo hubiera soportado. Estoy seguro de que Dante desde que te conoció ha estado preparando todo para cuando este día llegara. Por algo hizo todo lo que hizo por ti, y me trajo contigo justo en el momento en el que él ya no podía permanecer a tu lado. Sé que duele muchísimo, Leanne. El único motivo por el cual no estoy llorando como un niño es porque tú me necesitas fuerte ahora, pero no creas que la muerte de Dante me ha sido indiferente.
Ella se apartó un poco de él y secó sus lágrimas, procurando no derramar las que se juntaban en sus ojos nuevamente.
—Es tan injusto…—suspiró, apagada—. Todo es horrible, Ian. Se supone que esto acabaría bien. En el fondo de mi corazón siempre tuve la esperanza de que algún día tendríamos nuestro final feliz…pero no es de esta forma como terminan los cuentos. Esto no es lo que yo esperaba.
— ¿Y crees que yo esperaba algo así? Leanne, tienes que entender que en la vida pasan cosas, y a veces nada tiene sentido. Y la realidad te golpea, te derriba, te enloquece, y simplemente no puedes comprenderlo. Pero esta es la vida real, y de eso se trata. De aguantar los golpes y continuar. Y no sé como terminan las demás cuentos, pero mira hacia atrás y recuerda; nuestra historia siempre ha sido así. Tú perdiste a tu padre, yo perdí al mío, y soportamos juntos cada piedra que el destino nos ha lanzado, y tú sabes que no han sido pocas. Pero aquí estamos, míranos. Seguimos vivos, aunque duela, y eso es lo importante.
—Sé que tienes razón —gimoteó, cubriéndose la boca con una mano—. Pero no puedo hacerme a la idea de que…
—No digas que no puedes, Leah, porque sí puedes. Lo único que no puedes hacer ahora es rendirte. Tienes que ser fuerte y seguir luchando por los que no han podido hacerlo, y si lo haces, a la larga entenderás que la recompensa es maravillosa, porque Dante vivirá atreves de ti. En cada risa, en cada momento de felicidad, será él quién ría y se alegre de haberte devuelto todo eso que habías perdido.
Leah, con el rostro empapado, se acercó a Ian nuevamente y le rodeó el cuello con los brazos. Ahora cualquier palabra sobraba.
Él instintivamente le correspondió el abrazo, conmovido, con un nudo en la garganta que amenazaba con convertirse en llanto.
«No hay forma de que pueda volver a alejarme de esta mujer», pensó convencido, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
—Tengo miedo, Ian —admitió ella, de pronto.
— ¿A qué tienes miedo?
—Tengo miedo de volver a perderte. No aguantaría esto si tú no estuvieras aquí conmigo.
—No pienses así, cariño. Sé que todo esto ha sido muy rápido y extraño, pero verte otra vez me ha convencido de que no podré vivir nunca más lejos de ti. Ahora todo es difícil y doloroso, pero cuando esto pasé, volveremos a reconstruir todo lo que ambos, por necios, hemos destruido.
Leanne levantó la vista y lo miró directamente a los ojos, como si pudiera ver su alma.
— ¿Lo prometes? 
Ian se deshizo del abrazo, tomó la mano de Leah y la colocó contra su pecho.
—Lo prometo.