sábado, 12 de enero de 2013

Luto - Capitulo 34.

Triland Port, 7 de junio


 El velorio de Dante se llevó a cabo al entrar la tarde.
Cuando Leah llegó allí, en compañía de Samantha, ya había algunas personas presentes, a los que identificó como los criados que trabajaban en la casa de Dante. La cocinera lloraba desconsoladamente mientras los demás la confortaban, y al ver a Leah acercarse le dieron sus condolencias.
 Leanne había permanecido callada  desde que había salido de su casa. Ya no lloraba, pero tenía los ojos irritados y cristalizados. Samantha le infundía valor con la mirada y su silenciosa presencia.
Ambas se acercaron al cajón en el que Dante yacía inerte y Leah sintió una vez más como la realidad le golpeaba en la cara. Finalmente lo constataba con sus propios ojos, él estaba muerto.
Se atrevió a levantar una mano y rozarle la mejilla con la yema de los dedos. El contacto frío la hizo estremecer, y se obligó a reprimir un sollozo.
Samantha se había quedado un poco rezagada, dándole su espacio. Sabía que para su amiga estaba siendo demasiado difícil asimilar el fallecimiento de Dante, y verse frente a su cadáver debería ser muy doloroso.
Leah se acercó un poco más y en un susurro casi imperceptible, dijo:
—Perdóname, Dan…Perdón por haber sido tan egoísta.
Aunque sabía que él ya no estaba allí, solo se encontraba frente a un cuerpo vacío carente de alma.
Se mantuvo allí, observándole, y al cabo de unos minutos se volteó al advertir que alguien se acercaba.
Se trataba de un pequeño grupo de personas que ella no conocía. Dos muchachos que no superaban los treinta años, y una mujer que aparentaba unos cincuenta y cinco años o más.
Todos vestían de luto, muy elegantes, y se acercaron a Leanne y Sam a dar su pésame.
Una vez dichos los saludos de rigor, la recién llegada, al notar la expresión sumamente afectada de Leah, le preguntó qué relación tenía ella con Dante, insinuando un amorío con un tono que resultó totalmente fuera de lugar.
—No era su novia, si eso está intentando saber, señora. Dante y yo éramos amigos muy cercanos —respondió Leah, sin poder ocultar del todo su desagrado.
—Oh, muy bien —repuso la mujer, algo incómoda—. No me he presentado. Soy Crysta, prima de Charles, el difunto padre de Dante. Ellos son Óscar y Faustino, mis adorados hijos.
Aquello le sorprendió bastante. En especial por lo poco afectados que parecían por la muerte de un familiar, y porque no guardaban ningún parecido con Dante. Tanto la mujer como los muchachos eran rubios de ojos muy claros y piel bronceada.
—Qué extraño, Dante jamás mencionó que tuviera parientes —contestó al fin.
—Es que perdimos contacto con él hace un tiempo. Nos mudamos muy seguido ¿sabes? Y no es fácil mantener las relaciones. Aún así nos enteramos de la noticia y decidimos viajar para despedirle.  Somos los únicos parientes vivos de Dante. Y es una desgracia que ni yo ni mis hijos poseamos el apellido Blaird, de lo contrario sería más fácil hacernos cargo de sus bienes, que no pueden quedar librados al azar. Estoy segura que es lo que Dante habría deseado. Al fin y al cabo, él solo era un heredero, pero el origen de su fortuna se remonta a muchas generaciones anteriores que se rompían la espalda trabajando duro para que él pudiera ser ese niñito mimado que fue. Su única misión era formar un matrimonio conveniente y engendrar a un heredero para que siguiera con la dinastía. Pero el muchacho ha muerto tan joven, y no ha dejado fruto alguno. Es una verdadera lástima.
«Una aprovechadora», pensó, apretando los dientes, pero se guardó sus comentarios. No se sentía con fuerzas como para discutir con aquella mujer que, se notaba, había venido a asegurarse de llevarse una buena tajada de la fortuna de Dante, y la muerte del mismo no podía resultarle más conveniente. Se asqueó de aquellas personas y decidió alejarse, dejando las palabras de la estirada mujer en el aire.
 Leah echó una mirada en derredor y se le encogió el corazón. Contó mentalmente a las personas que se encontraban en el velorio. Eran trece personas, entre las cuales contaban los cuatro criados, los tres parientes, el médico de cabecera de Dante, un hombre y una señora que se habían mantenido apartados compartiendo la congoja, Samantha, ella, y el cura encargado de la Iglesia. Aunque Dante no era religioso habían tenido que darle lugar al velorio allí porque por extraño que pareciera Dante no tenía un seguro de vida que corriera con gastos funerarios.
A Leah le apenaba muchísimo que hubiera tan poca gente velándolo. Él había sido una persona extraordinaria, y si la gente le hubiera dado una oportunidad de conocerle seguramente en aquella iglesia no cabrían todos los que habrían asistido. Pero eso no era así, y ahora era tarde para pensar semejante cosa…
 Se sorprendió al escuchar el llanto desgarrado del hombre que estaba acompañado por su esposa. Ahora ambos estaban de pie frente al cajón y murmuraban cosas entre sollozos.
Una vez que se hubo calmado, Leah se atrevió a acercarse para ofrecer sus condolencias. El hombre, con voz apagada pero amable les saludó y se presentó:
—Soy George Jackson, y ella es mi señora esposa, Esther. Era el abogado de Dante, que en paz descanse.
Supuso que aquel hombre le conocía lo suficiente y la relación de ellos había sido lo bastante estrecha como para que la pérdida le causara tal sufrimiento.
Se presentó también y se alejo, junto a Sam, que la tomaba del brazo y no se separaba de su lado.
 El cura se colocó tras el púlpito y solicitó a los presentes que se sentaran. El pequeño grupo de personas apenas ocupaba algunos bancos en aquella iglesia enorme.
El sacerdote citó algunos pasajes de la biblia y luego rezó para que el alma del difunto encontrara la paz eterna.
Leanne no se consideraba creyente, pero aún así cerró los ojos, inclinó su cabeza, y rogó interiormente por Dante, con la esperanza de que donde quiera que estuviera se encontrara feliz.
 Cuando el cura hubo terminado su oración preguntó si alguien quería decir algunas palabras en memoria de Dante. Leah pensó en ofrecerse, pero antes siquiera de ponerse en pie, el mayor de los muchachos que acompañaba a Crysta se encontraba en dirección al púlpito.
«Oh, no. Esto es el colmo», pensó para sus adentros Leah, indignada ante tal desfachatez.
—En mi nombre y en el de mi familia me presento hoy aquí, ante ustedes, para honrar la memoria de Dante, una persona tan querida por todos nosotros que se ha ido al cielo —hablaba con un acento británico tan marcado que era difícil entenderle, y junto con sobreactuado sufrimiento daba una imagen penosa que comenzaba a incomodar a los presentes—. Dante y yo éramos inseparables. Yo hubiera dado mi vida por ese muchacho, y sé que él la hubiera dado por mí. Su pérdida está siendo increíblemente dolorosa para mi familia. Cierro los ojos y nos veo a ambos de niños, en Inglaterra, jugando, siendo felices como lo éramos. Luego él comenzó a cambiar, su madre murió, su padre murió, se vio envuelto en problemas judiciales, y acabó siendo un ermitaño seducido por poder y el dinero, que por derecho también tendría que habernos pertenecido a nosotros —esto último lo dijo con cierto resentimiento en la voz, y su madre se removió incómoda en el asiento. Leah no podía creer lo que oía, si continuaba aquel discurso iba a gritar. El muchacho se aclaró la garganta, consciente del rumbo que empezaban a tomar sus palabras, y prosiguió: —. Pero claro, aún así siempre le quisimos e intentamos brindarle apoyo, aunque nos rechazara. Y hoy lamentamos su pérdida terriblemente. Rezaré cada noche por su alma, para que encuentre la luz y descanse en paz.
El joven —que Leah no estaba segura si se trataba de Óscar o Faustino— al terminar de hablar cerró los ojos con aire solemne, se persignó y volvió a su sitio.
Leanne estaba que no cabía en sí misma de la bronca que la consumía después de las palabras que acababa de oír. Una verdadera falacia. Se jugaría la cabeza a que aquel par no se había criado con Dante, ni le querían, ni les hacía infelices su muerte. Todo lo contrario, el único motivo que los movía a estar allí presentes era el puro interés por echarle mano a la fortuna Blaird.
Se paró de su asiento como impulsada por un resorte y caminó hasta ocupar el lugar dónde hacía minutos había estado aquel farsante.
—Primero que nada, mi pésame a todos los que están aquí. A todos aquellos que le querían de corazón. A cada persona que pudo ver en Dante la bondad altruista y desinteresada que brindaba. A ustedes, que como a mí, su fallecimiento a significado una pérdida enorme. Ánimo y fuerzas —se detuvo un momento para tomar aire. No quería soltar el llanto—. Sin embargo, reniego de todo aquel que le juzgó sin conocerle.  Reniego de las personas que lo lastimaron, que lo acusaron injustamente, que lo abandonaron cuando más necesitaba apoyo. Dante fue un hombre que sufrió muchísimo y aún así salió adelante con todo, sin que los problemas acabaran con su gentileza y su buena disposición. Y en discrepancia con palabras anteriores, él jamás se dejó corromper por el hecho de ser millonario. No era ermitaño, solo temía al mundo que lo había herido, aunque haya personas aquí presentes que no comprendan eso, porque en realidad no le conocían. De todas formas, y a pesar de la indignación que me provoca el descaro de ciertas personas, no los acusaré, sólo porque sé que si Dante hoy se encontrara aquí y los escuchara, solo sonreiría y no guardaría ningún resentimiento aunque las peores palabras levantaran contra él.
»Dante hizo muchísimo por mí, y aunque hubiera vivido cien años, no hubiese sido suficiente para agradecerlo. Generoso. Leal. Honesto como pocos. Ahora es un ángel más en el cielo, y quizá allá esté mejor. Que en paz descanse, como merece.
Cuando abandonó el púlpito, Sam se acercó para abrazarla. Después de ella se acercó la cocinera, y la joven empleada que también trabajaba en la casa de Dante, y ambas la rodearon con los brazos, soltando algunas lágrimas. Luego se acercó George, el abogado, y apoyó una mano en su hombro con un gesto de gentileza.
—Sus palabras han llegado a emocionarme —admitió el hombre—. Me alegra que esté aquí, señorita Winick. Alguien tenía que tener el coraje de subir allí y plantar cara para reparar el bochornoso discurso del joven británico. ¿Acaso soy el único que tuvo la impresión de que sus palabras no fueron sinceras?
—Le aseguro, señor, que me ha parecido lo mismo. Me sorprende que sean parientes de Dante, él jamás me mencionó que hubiera miembros vivos de su familia.
—Ni a mí, por cierto. Crucé un par de palabras con la señora Crysta hace un momento, y al parecer hace mucho alarde de ser un familiar, pero por lo que entendí tienen un parentesco lejano. Es evidente que están aquí por el dinero que creen que les corresponderá, pero créame señorita, como abogado de Dante puedo asegurarle que se llevaran un fiasco a la hora de leer el testamento.
—Oh, perdone señor Jackson, pero me es de muy mal gusto discutir sobre el dinero y el testamento que dejó Dante cuando su cuerpo ni siquiera ha sido debidamente enterrado.
—Lo siento, no fue mi intención ser grosero. Entiendo que ha sido muy mal educado de mi parte hacer mención de algo así. Le pido me disculpe.
—Descuide —respondió Leah, intentando sonreírle.
 La mujer del abogado se acercó y se alejó con George luego de susurrarle algo al oído.
 Leanne dirigió su mirada distraída hasta la puerta de entrada y pudo vislumbrar, sorprendida, a Ian sentado en uno de los últimos bancos de la iglesia. Se mantenía mirando al suelo y su cuerpo daba pequeños temblores. Tenía toda la apariencia de alguien que estaba llorando.
Al mirar a un costado constató que Sam había advertido su presencia al mismo tiempo que ella. Con un movimiento de cabeza le indicó que tendría que acercarse a él.
 Leah se dirigió en su dirección, sorteando los bancos que los separaban, y se sentó en silencio a su lado.
—No creí que vinieras…—comentó ella por lo bajo, sin estar segura de que él fuera a responderle.
Efectivamente, estaba llorando.
—No pensaba hacerlo —admitió, luego de unos cuantos minutos, sin levantar la mirada. Su voz flaqueaba.
—Pero estás aquí
—Me siento culpable, Leah…Dante, sin ni siquiera conocerme, devolvió a mi vida todo lo que le daba sentido. Te trajo conmigo. Me mostró quién era Donna en verdad y lo ciego que estuve…Y yo no le traté como se merecía.
—Ahora es tarde para remordimientos —respondió Leah, con un rastro de resentimiento en la voz. Por más que lo intentara no podía evitar que la cólera la invadiera cuando recordaba lo fácil que Ian había aceptado comprometerse con Donna.
—Pues vaya, eso no ha sido muy reconfortante.
Ella hizo caso omiso al tono recriminatorio de su comentario y ambos se mantuvieron en silencio por un buen rato, sin mirarse.
—Tenemos que hablar, Leah.
— ¿Hablar de qué? —preguntó, fingiendo no saber.
—De nosotros, de lo que sucederá a partir de ahora.
—No aquí, Ian. No ahora.
—Lo sé, lo sé. Pero es que tu actitud es muy diferente a la de ayer en el hospital.
Leanne le dirigió una mirada indignada, casi irritada, aún consciente de que él no la estaba observando.
—Las situaciones son muy diferentes a las de ayer —se limitó a decir, deseosa por terminar con aquella conversación que le parecía absolutamente fuera de lugar.
— ¿Qué ha cambiado?
—Oh, Ian, te ayudaré a iluminarte mejor. Ayer me encontraba sin dormir desde hacía dos días, esperando noticias de Dante que se debatía entre la vida y la muerte. Luego tú apareciste de la nada. Más tarde él murió y sufrí una terrible crisis de nervios. Viniste a consolarme, sí, y admito que en mi estado de vulnerabilidad acepté tu consuelo de buena gana, pero cuando me fui a dormir tuve tiempo de tranquilizarme un poco y pensar, y de llegar a la conclusión de que todavía hay muchas cosas que aclarar entre nosotros antes de intentar…—no encontró la palabra que buscaba—. De intentar lo que sea que vayamos a intentar.
—Me hiciste prometerte que lucharía por nuestra relación, ¿verdad?
—Ian…
—Lo hiciste, ¿no es así?
—Sí.
— ¿Me puedes prometer algo a cambio? —preguntó él, mirándola con sus irritados ojos claros por primera vez en toda la conversación.
Leah vaciló, sin contestar, apartando la mirada. Él prosiguió de todas formas:
— ¿Me prometes que volverás a Remembranzas conmigo?
Ella volvió a titubear, pero esta vez lo miró directo a los ojos.
—Te prometo que hablaremos de nosotros largo y tendido una vez que todo esto pase —respondió suavemente—. Mientras tanto, estoy haciendo duelo por la muerte de mi mejor amigo que está siendo velado aquí mismo, y espero profundamente que puedas entenderme y respetarlo.
Leanne se puso de pie y se alejó de él sin más. Sabía que lo había herido, pero tenía que dejarle las cosas claras. Si bien se moría por volver y reconstruir su vida junto a él, necesitaba algunas explicaciones antes. No quería que Ian se permitiera creer que por aparecer de la nada como el héroe de la historia quedaría absuelto de sus errores. Ni ella de los suyos, por supuesto. Estaba dispuesta a explicar y contar cada detalle de lo que había sido su vida en los últimos meses si él lo creía necesario. Pero no era el lugar ni el momento de discutir, ni siquiera de pensar, en todo aquello. Era la última despedida de Dante, y en él tenía que concentrar toda la atención.
Volvió al lado de Sam y ésta le dirigió una mirada inquisitiva, mas no preguntó nada.
 Leah pasó el resto del día y la noche allí en la iglesia hasta que Samantha la obligó a marcharse al advertir que si no descansaba un poco pronto se desmayaría allí mismo.
Ian se había marchado sin despedirse, comprobó Leanne al dirigirse a la salida y pasar por al lado del banco donde hacía unas horas habían estado hablando.
De camino a casa no pudo apartar de su mente la propuesta de Ian de volver con él a Remembranzas. Estaba claro que lo tendría más que en consideración, pero antes de prometerlo sabía que tenía algunas cosas pendientes que hacer antes de poder marcharse de la ciudad: tenía que hablar por última vez con Donna.
Y lo haría al día siguiente sin falta, decidió.