jueves, 11 de julio de 2013

Rencores - Capitulo 36.

Triland Port, 8 de junio


 Una vez hubo salido de la prisión, Leanne pudo al fin respirar el aire fresco de la tarde. Miró su reloj de muñeca y se dio cuenta que aquella visita, que le había parecido eterna, no le llevó mucho más de una hora, aunque en el cielo ya empezaba a oscurecer.
 Todavía no era capaz que comprender porque se sentía tan turbada e inquieta. Quizá porque en el fondo era consciente de que la conversación con Donna no era lo único que tenía pendiente.
«Ian», le recordó recriminante la voz de su consciencia, pero apartó aquella idea meneando la cabeza. Por alguna razón intentaba aplazar lo más que podía aquel enfrentamiento. No se sentía preparada para plantarle cara. Tenía miedo, y esa era la única verdad.
 Cruzó los brazos sobre el pecho y comenzó a caminar hacia ningún lugar, buscando despejarse un poco.  Su agotamiento mental era terrible y se recordó a si misma lo bien que le vendrían unas cuantas horas de sueño.
 Intentaba no pensar mucho en Dante, aunque le fuera imposible. Necesitaba mantenerse fuerte para todo lo que se le venía encima, y abandonarse al dolor solo la paralizaría. No, no podía hacer eso, aunque quisiera. Tenía que luchar y seguir en pie, porque eso es lo que Dante hubiese querido para ella.
 Se mantuvo caminando por las calles de la ciudad sin prisas pero sin pausas, meditando y reflexionando, mirando sin ver a la gente que pasaba por su lado, completamente absorta en sus pensamientos.
Acabó perdiendo la noción del tiempo. No estaba segura de cuanto había durado su caminata pero el cielo ya estaba negro y punteado de estrellas. Lamentó mirar hacia arriba y no encontrar la Luna, le hubiese gustado haber tenido aquella silenciosa compañía que la siguiera a cada paso que daba.
Dobló una esquina y volvió a la realidad al vislumbrar un bar cruzando la calle. Se acercó hasta el lugar y allí se detuvo, observando por un momento a las personas que dentro se encontraban. No había mucha gente, solo un par de hombres sentados en la barra y una pareja haciéndose arrumacos en la mesa más apartada del salón.
No sabía si era por aquel estilo rustico combinado con adornos y detalles en carmesí, o simplemente la música de ambiente que llegaba como un susurro lejano hasta el exterior, pero aquel sitio desprendía alguna clase de misterioso encanto, y cuando quiso acordar se vio sentada en uno de los taburetes junto a la barra, esperando ser atendida.
Los dos clientes que estaban disfrutando de una cerveza en la barra suspendieron su charla apenas la vieron entrar, y Leanne podía notar por el rabillo del ojo como la escrutaban con la mirada. Aquello la incomodó un poco, pero decidió hacer caso omiso a ese hecho.
 Mientras aquellos hombres la escudriñaban de pies a cabeza y retomaban su conversación por lo bajo, Leah se distrajo observando el tapizado de las paredes. Era de color caoba oscura, y tenía líneas de color más claro que lo surcaban en una especie de zigzag que se repetía siempre igual. Demasiado simétrico, decidió Leanne, resoplando por lo bajo. No le gustaba la simetría en la decoración. Para ella una linda decoración tenía que ser natural y desestructurada. Nada de líneas iguales que se repitan ni cosas raras.
 Un muchacho joven se acercó a ella por detrás de la barra y le preguntó que deseaba beber, arrancándola de sus divagues. Leanne pestañeó varias veces, como si estuvieran hablándole en un idioma desconocido, y cuando comprendió la situación rió entre dientes algo avergonzada. Recordó de pronto que ella no era una bebedora habitual, y se preguntó por un segundo qué demonios hacía allí sentada, pero antes de tornar más extraño el momento y quedar como una completa estúpida, pidió un Martini seco y el joven asintió con una amable sonrisa.
 Sintió pasos a sus espaldas y miró por encima de su hombro. La pareja se levantaba de su sitio y se dirigían a la salida tomados de la mano. Una vez afuera, Leah pudo observar que la chica lo abrazaba y posteriormente el chico le daba un apasionado beso. Después ella se alejó y él parecía dignarse a entrar al bar nuevamente. Leanne volvió la vista al frente y agradeció con un movimiento de cabeza al barman que le acercaba su trago. Se precipitó la copa a los labios e hizo una mueca al probar su bebida.
—¿Espera a alguien? preguntó el chico detrás de la barra, jugueteando con una pequeña botella de vidrio entre sus manos.
Leanne negó con la cabeza y bajó la mirada. Se sintió tonta por estar en aquel lugar, sin un motivo por el cual permanecer allí, bebiendo algo que no le gustaba, sin esperar a nadie y sin que nadie la esperara a ella. Unas enormes ganas de llorar la abordaron y apretó los labios, dejando con cierta brusquedad la copa sobre la madera lustrada.
—¿Se siente bien, señorita? —insistió el hombre, con una mezcla de preocupación y curiosidad reflejada en el rostro.
—Perfectamente —respondió ella algo cortante, y acto seguido se bebió de un tirón el resto de su Martini.
Los clientes que se mantenían en la barra, a los que ahora se había sumado el enamorado de la entrada, levantaron la vista y la observaron algo sorprendidos.
—En ese caso, creo que tengo algo para usted —repuso él, sin inmutarse ante el tono grosero de Leanne, volteándose a buscar en la estantería un par de botellas.
—Oh, no…yo no…—intentó protestar Leah intuyendo sus intenciones, negando con las manos.
—Descuide, corre por cuenta de la casa. Además, estamos entrando en la hora feliz —explicó, combinando bebidas en un vaso con movimientos expertos y una sonrisa segura en su rostro.
Leanne resopló y se encogió de hombros. Se dijo a si misma que no estaría mal un trago gratis antes de volver a casa. De vez en cuando es bueno permitirse ciertas cosas.
— ¡Eh, Mike! ¿Qué hay de nosotros? —exclamó el hombre a su derecha, arrastrando las palabras y con las mejillas encendidas. Se dejaba ver a simple vista que se encontraba bastante ebrio.
— Calma, Tom. Primero las damas —contestó tranquilo Mike, el barman, riendo afablemente. Luego de esto se dirigió nuevamente a Leah e hizo patinar el trago que había preparado de un extremo a otro de la barra, hasta quedar a milímetros de las manos de ella—. Bébalo de un golpe, señorita. Eso le ayudará a trasmitirle a su rostro la idea de que se encuentra perfectamente —concluyó con una sonrisa, observándola atento y esperando que ella hiciera lo que le indicaba.
Leanne alzó las cejas y tomó el vaso con una mano, algo insegura de hacer lo mismo que la vez anterior. El fuerte olor a alcohol que desprendía aquella bebida le llegaba hasta la nariz.
—No lo hará…—murmuró el enamorado a uno de los hombres, y Leah entornó los ojos, sintiéndose desafiada.
Se armó de valor y se llevó el vaso a los labios, bebiéndolo todo de una vez. Sintió como aquel líquido le quemaba la garganta, y cuando apartó el vaso vacío no pudo evitar echarse a toser. Aquello provocó una carcajada general, e incluso ella acabó sumándose a las risas.
Mientras duraba el jolgorio, Mike aprovechó para acercar a los demás presentes grandes jarras de cerveza que remplazaron las vacías. Una vez hecho eso, se aclaró la garganta y volvió a dirigirse a ella:
—¿Qué tal te ha sentado ese trago, eh? ¿Aguantas otro? —inquirió tuteándola, manteniendo su sonrisa.
—Creo que ha sido suficiente por hoy —se apresuró a responder—. Además, no traigo mucho dinero encima.
—Oh, no se preocupe por eso, señorita —terció el ebrio al que habían llamado Tom—. Yo puedo invitarla esta vez.
Leanne dirigió su vista a él de forma directa. El hombre la observaba con brillantes ojos verdes, algo entrecerrados y somnolientos. No tendría mucho más de 35 años y vestía traje, aunque la corbata colgaba deshecha y los botones de su camisa estaban desprendidos hasta la altura del pecho.  Al advertir que ella lo miraba le dedicó una fugaz sonrisa, antes de volver a centrarse en su cerveza y probablemente olvidar lo que acababa de decir.
—Venga, te prepararé otro de esos y si no tienes dinero, pues se lo apunto a Tom —concluyó Mike finalmente, disponiéndose a hacer lo que había dicho.
—No, en serio, no sé si debería…
—Oh, no seas aguafiestas. Es una noche preciosa y eres una muchacha joven, entonces ¿por qué no? Creí que mi trago especial lograría alegrarte, pero sigo viendo esa expresión triste en tu rostro. No me gusta ver caras largas en mis clientes, ¿sabes?
Leanne se removió en su lugar, algo incómoda ante lo que escuchaba. Bajó la mirada y liberó un suspiro inaudible.
—Creo que ya me voy a casa, gracias de todas formas —repuso, haciendo caso omiso a las palabras ajenas, poniéndose de pie lentamente.
—Está bien, entiendo. Pero es una lástima que ya lo haya preparado. Si tú no lo tomas tendré que desecharlo…—agregó él, con evidente dramatismo.
Leah se volteó una vez más a mirarlo y al ver la sonrisa cómplice que Mike esbozaba no pudo más que echarse a reír.
—Vaya, eres un experto persuadiendo a tus clientes, ¿verdad? —apostilló, riendo por lo bajo y meneando la cabeza.
—A veces —admitió, sonriendo más ampliamente con aire triunfal—. Además, estabas a punto de irte sin pagar. Tenía que retenerte.
Al escuchar lo último que él decía agrandó los ojos y se cubrió la boca con una mano, reconociendo en su fuero interno que aquello era cierto. No se había detenido en ese detalle.
—Lo siento, tengo la cabeza en cualquier sitio —explicó, revolviendo su bolso en busca de dinero.
—Oye, detente. Estabas a punto de probar mi bebida especial…luego me pagas.
Leah rió resignada y finalmente asintió, volviendo a sentarse donde se encontraba antes.
Alzó el vaso para acabar con todo aquello de una vez, pero antes de comenzar a beber miró en derredor y advirtió que los cuatro hombres allí presentes la observaban expectantes.
Mike al notar esto, soltó una sonora carcajada y negó con la cabeza.
—Oh, no te cohíbas por nosotros. No eres la primera chica en venir a ahogar sus penas aquí.
—Ya…pero yo no he venido a ahogar mis penas, solo pasaba a tomar un trago.
—¡Ja! Lo que tú digas, muñeca —volvió a intervenir Tom, palmeándole la espalda y riendo también, hasta que su carcajada se convirtió en toz y todos rieron nuevamente. 
—Tomaré esto y me marcharé para que continúen con su juerga —afirmó ella, volviendo a centrarse en su vaso.
—Muy bien, pero te recomiendo que esta vez te lo tomes con calma. Creo que se me ha ido un poco la mano y me ha quedado demasiado fuer… —Mike dejó la frase en el aire al ver su advertencia llegaba demasiado tarde. Leanne le puso el punto final a sus palabras dejando con un leve golpe el vaso vacío sobre la barra. Se lo había tomado de un sorbo y simulaba ni inmutarse por ello, aunque nuevamente la bebida volvía a arder en su interior, incluso más que antes.
El enamorado rió divertido al verla, mientras meneaba la cabeza.
—Si su intención era volver a casa, luego de eso tendrá que hacerlo arrastrándose…—Acotó entre risas, generando un bullicio de carcajadas y choque de jarras de sus compañeros que aprobaban y festejaban su comentario.
—Bah, borrachos… —rumió algo ofendida, sacando el dinero de su bolso y dejándolo a un lado del vaso, dispuesta a largarse de una vez de ese ambiente que de pronto le pareció hostil. Aunque había sido una tontería, se sintió burlada por un momento y no le agradaba en lo más mínimo. Sus parpados pesaban un poco, pero pensó que podría ser peor y que regresaría a casa sin problemas.
No sintió verdaderamente los efectos del alcohol hasta que se puso de pie y su vista la traicionó, desenfocándose por unos segundos. Se sintió terriblemente mareada, pero se obligó a salir del lugar intentando disimular su estado. Antes de salir sintió algunos comentarios a su espalda y un par de carcajadas, pero ni les entendió ni les prestó atención.
Una vez fuera, el aire nocturno le golpeó en la cara. Aquella sensación era gratificante, pero también era capaz de notar como su ebriedad se acentuaba cada vez más.
Decidió que se marcharía en taxi, ya que no estaba en condiciones de caminar correctamente y si lo intentaba probablemente sucediera tal como el enamorado del bar lo había predicho. Se alegró de que aún pudiera pensar con coherencia.
Buscó su móvil en el bolso para llamar al servicio de taxímetro, y cuando lo encontró advirtió que tenía 5 llamadas perdidas de un número desconocido. Supuso que era Sam; al fin y al cabo ya estaba bien entrada la noche y ella no le había dado señales de vida. Con lo paranoica que era su amiga seguramente pensaría que Donna había conseguido escapar y apuñalarla. Rió en voz alta por su ocurrencia, y se dignó a llamar a aquel número para informarle de que seguía con vida.
Atendió al segundo tono y Leah se apresuró a hablar:
—¡Hey, Sam! —exclamó alegremente—. Siento no haber contestado tus llamadas, no oí el móvil. Me detuve en un bar por un par de tragos, pero antes de que me vengas con un sermón te advierto que no estoy ebria…—farfullo en tropel las palabras, riendo un poco aún sin saber cuál era la gracia.
—¿Leah? —preguntó una sorprendida voz masculina al otro lado del aparato.
Leanne se puso seria de pronto y guardó silencio, sin comprender muy bien la situación.
—¿Leah? ¿Sigues ahí? —insistió nerviosamente esa voz tan familiar, y ya no le cupieron dudas.
—¿I-Ian…? —Inquirió titubeante, más como una afirmación  que como una pregunta.
—¿Estuviste bebiendo? ¿Dónde estás?
—¿Por qué tienes el celular de Sam? Quiero hablar con ella.
—Leah, este es mi móvil.
—No es cierto. Sam me llamó porque estaba preocupada por mí y acabo de devolverle la llamada. ¿Está ella contigo?
—Estás diciendo tonterías. Ella no está conmigo y este no es su número. Fui yo quien estuvo llamándote.
—¿Y por qué me llamas desde el celular de Sam, ah?
—Estás ebria.
—Yo solo quiero hablar con Samantha, ¡maldita sea!
—¿Dónde estás?
—Déjate de tonterías, Ian. Necesito hablarle. Ella está preocupada por mí y tú estás haciéndome perder el tiempo.
—¿Dónde rayos estás, Leah?
—Que pesado eres. Estoy en la puerta de un bar, ¿ya? ¿Ahora puedo hablar con mi amiga?
—Ahora yo también estoy preocupado. Dime exactamente cuál es ese bar y yo te llevaré con Samantha.
—Pero…no quiero verte aún, Ian.
Un silencio glacial se apoderó de la conversación durante unos segundos, hasta que él se aclaró la garganta y consiguió responder:
—¿Por qué no? Tenemos que hablar.
—No es un buen momento. Necesito hablar con Sam, no contigo. Hazme el favor de pasarle mi llamada.
—Ya, entiendo…Entonces haremos lo siguiente. Tú me dices dónde estás y yo le diré a Sam que vaya por ti, ¿está bien? De todas formas en ese estado no creo que puedas ir muy lejos estando sola…
Leanne elevó la vista y se encontró con un letrero en el que se leía ‘’BAR Habitué’’, en neón.
—Bar Habitué, o algo así.  ¿Vendrá por mí?
—Sí, lo hará. No te muevas de ahí, Leah —respondió él, segundos antes de cortar la llamada.
 Se quedó en silencio pegada al móvil durante unos segundos, y tras parpadear un par de veces salió de su estado de estupor. Guardó el aparato de vuelta en su cartera y dio una mirada en derredor, algo desconcertada. Ciertamente, no le quedaba muy claro qué había sido esa conversación que había mantenido con Ian, pero lo que si había comprendido era que alguien vendría por ella.
Apretó los puños y negó con la cabeza, algo molesta ante la idea de que posiblemente fuera él quien pasara a recogerla, y no Sam, como había prometido.  
Volvió la vista a sus espaldas y observó por una fracción de segundos como los hombres del bar aún bebían y reían despreocupados.
«Da igual quien sea, mientras venga alguien a llevarme a casa pronto», pensó finalmente, en el preciso momento en que una fuerte nausea azotó su estómago. Realmente no estaba nada familiarizada con el alcohol y procuró no volver a beber luego de esa noche.
 Una mano que rozó su espalda la hizo estremecer. Apretó con fuerza su cartera bajo el brazo y haciéndose de valor giró sobre sus talones para ver de qué se trataba.
Ian se encontraba parado frente a ella, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada de desaprobación en el rostro. Su cabello se encontraba despeinado, como siempre. Llevaba unos pantalones de jean oscuro y una sudadera negra. Sus ojos celestes se veían casi grises en la penumbra nocturna, y algunas líneas que reflejaban preocupación surcaban su ceño fruncido.
Leanne tuvo que controlarse para no echarse a sus brazos. Aunque su barba de tres días y unas tenues ojeras de cansancio lo hicieran verse algo mayor, seguía teniendo esa mirada de niño socarrón que siempre había llamado su atención.
Leah liberó un suspiro inconsciente y percibió como una sonrisa amenazaba con aparecer en las comisuras contrarias, aunque él se obligaba a mantenerse serio. Golpeaba con un pie el suelo, y ella al advertir esto casi se echa a reír. Ian parecía toda una madre enfadada.
—¿Por qué me miras así, ah? ¿Dónde está Sam? —preguntó Leah, rompiendo el silencio y dejando de lado cualquier tipo de bienvenida. 
—¿Y todavía preguntas? Sam no podrá venir, Leah.
—Venga ya, ni siquiera le has avisado.
—Supuse que no querrías que te viera en este estado…—se excusó.
—¿Cuál estado?
—Estás ebria.
—Da igual, de todas formas se dará cuenta en cuanto llegue a casa.
—No tienes por qué volver a tu apartamento aún —repuso él, tomando de su mano y comenzando a caminar por la acera, tirando de ella con suavidad, sin darle tiempo a protestar.
—¡Oye! ¿Qué crees que haces?
—Estoy quedándome en un hotel que queda muy cerca de aquí. Puedes quedarte conmigo hasta que estés un poco más sobria y luego volverás a casa si quieres.
—Oh, perfecto, gracias por decidir por mí, Ian. Porque eso es lo que has estado haciendo desde que llegaste de Remembranzas —le acusó con rudeza, aunque sin deshacer el lazo de sus manos— Te recuerdo que ya no tengo 12 años.
Él detuvo su marcha y se volteó a mirarla un momento, con rostro inexpresivo. Soltó la mano que le sostenía y posó ambas en las mejillas de Leah, acercándose más y mirándola directamente a los ojos.
—Sé que ya no eres una niña, Leah… Eres una preciosa mujer autosuficiente y con un carácter envidiable. Pero comprende, cariño, por más que lo intente no consigo dejar de protegerte.
Leanne sintió como una corriente eléctrica la recorría tras ese contacto y pudo advertir como un rubor poco característico de ella aparecía en su rostro. Apretó los labios, aún sin saber que decir, sintiendo como su corazón se derretía ante cada palabra de él. Deseaba más que cualquier otra cosa que aquellos escasos centímetros que los separaban desaparecieran, convirtiéndose en un beso que le dijera sin palabras cuanto lo amaba todavía, pero a veces y aunque odiara reconocerlo su orgullo era más  fuerte.
Él esbozó una sonrisa ladina y sin esperar respuesta volvió a tomar de su mano, reanudando la caminata en silencio. Leanne sabía que había notado su reacción. Siempre lograba leer en ella como si los pensamientos se le escribieran en la cara. Liberó un suspiro que evidenciaba su desacuerdo, y ya resignada se limitó a seguir sus pasos.
—Deja de refunfuñar. No voy a hacerte nada, no sé a qué le tienes tanto miedo.
Al escucharlo bufó e hizo rodar sus ojos, moviendo la cabeza.
—¿Miedo? No digas sandeces.
—Si no es miedo entonces, ¿qué es? Venga, ilústrame —le incentivó, observándola por encima del hombro durante una fracción de segundos, aún con aquella sonrisa torcida en sus labios.
—No tengo porqué decirte nada.
—Ah, ¿no? Pues sí que tienes, y no es lo único.
—¿No serías tú en todo caso quién debería darme explicaciones? —inquirió, alzando una ceja.
—Sí, y lo haré cuando gustes escucharme.
Leanne apretó los dientes y desvió la mirada. ¿Siempre la dejaría en un callejón sin salida? No sabía cuánto tiempo más iba a poder evadir el tema, y menos aún cuando se sabía bajo los efectos del alcohol.
Para su sorpresa, Ian pareció aceptar aquel silencio como respuesta, y  no volvió a insistir en reanudar aquella conversación por el momento.
Se mantuvieron caminando un poco más, hasta que finalmente llegaron a un bonito edificio de varias plantas. Al adentrarse en el hall, Leanne dedicó unos segundos a admirar el lugar, mientras él la guiaba hasta los ascensores. No era un hotel de lujo, pero tenía un toque de elegancia y buen gusto. Definitivamente daba la impresión de ser una estancia agradable y acogedora.
Ian la dejó entrar primera, y marcando el piso 4 el ascensor entró en movimiento. Él no emitió ni una sola palabra allí dentro, ni siquiera le había dirigido la mirada y hasta le había soltado la mano. Leanne comenzó a creer que su actitud mezquina lo había ofendido, y se lamentó por esto internamente. No quería herirlo, solo…intentaba protegerse a sí misma.
 Otro mareo acompañado de nauseas la invadió y agradeció al cielo el haber llegado a la planta correcta. Ian se limitó a hacerle un movimiento de cabeza para indicarle que lo siguiera, y ella algo dolida por esa repentina indiferencia simplemente caminó tras sus pasos en silencio. Pensó en comentarle acerca de lo mal que estaba sintiéndose, producto de lo que había bebido, pero decidió que tampoco le hablaría. No conocía sus intenciones, pero si él estaba jugando a algo con ella, ella jugaría el mismo juego.
Cuando por fin entraron al apartamento, Ian se quitó la chaqueta y la tiró sobre un sofá, dirigiéndose luego a un mini-bar que se encontraba cerca de la ventana. Antes de abrirlo, se volteó a ver a Leah y esbozando una pequeña sonrisa fue el primero en romper el silencio:
—Te invitaría un trago, pero creo que no estás en condiciones de seguir bebiendo…—comentó con sorna, riendo entre dientes. 
—Muy gracioso —respondió ella cortante, mientras hacía a un lado la chaqueta de Ian y se sentaba en el sofá, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
 Ian liberó una carcajada y sacó finalmente una botella de champagne, la cual descorchó enseguida y, sin molestarse en buscar una copa, comenzó a beber directamente de la botella.
Leanne no lo miraba. Se mantuvo en aquella posición sin moverse, aunque su cabeza daba vueltas, igual que su estómago.
Él dejó la botella sobre una mesa y se sentó a su lado, observándola sin hablar por varios minutos. Ni siquiera era consciente de la sonrisa que aparecía en su rostro cada vez que la miraba. Se veía tan hermosa como siempre había sido, aún encontrándose alcoholizada. Su melena oscura caía como una preciosa cascada sobre sus hombros. Sus mejillas estaban algo sonrojadas, y sus largas pestañas, perfectas, se arqueaban hacia arriba con total simetría. Y luego sus labios…rosados y delicados como pétalos. Se tuvo que controlar para no robarle un beso en aquel preciso momento. El rostro de Leanne expresaba tal serenidad que parecía que hubiera caído en un profundo sueño, y él solo deseó que el tiempo nunca hubiera pasado. Deseó con todo su corazón que aquella mujer aún le perteneciera, que aún le amara. Anheló nunca haberse separado de ella, y que todo aquel tiempo que estuvo lejos de su lado nunca hubiese existido. Pero entonces Leah abrió los ojos, y ahí estaba de nuevo: la realidad abofeteándole el rostro con la fuerza de mil hombres. Vio de nuevo en los ojos de la persona que más amaba aquel reclamo silencioso, aquel resentimiento que los hería a ambos, pero que por alguna razón ella callaba. Ojalá no fuera así. Ojalá Leanne sacara fuera todo aquel rencor. Ojalá le gritara, lo insultara, le escupiera en la cara todas esas palabras que él sabía que escondía, porque Dios era consciente de que lo merecía. Solo así todo aquel dolor se volvería algo tangible de lo que se podrían deshacer. Pero mientras ella callara, continuaría consumiéndolos a ambos. A Leah por esconderlo, y a él por no tener el valor ni el derecho de hacerla hablar.
—¿Qué pasa? —inquirió Leanne por fin, con una voz más débil de lo que le hubiera gustado.
La voz de ella lo arrancó de sus pensamientos, y algo aturdido, se forzó a responder.
—Nada. ¿Cómo te sientes?
—Terriblemente.
Él sonrió con ternura, y Leah creyó que su corazón se le detenía por completo. Desvió la mirada enseguida. Ian podía ser endemoniadamente seductor cuando se lo proponía, y lo sabía.
—¿Dónde está el baño? —atinó a preguntar, titubeante, antes de que aquel momento se volviera incómodo.
Él se puso un poco más serio y le indicó a donde llevaba cada puerta, «baño», «cocina», «terraza», y por último agregó:
—Y aquella es mi habitación, pero no deberías entrar ahí —sugirió, esbozando una sonrisa ladina.
—¿Ah? ¿Y eso por qué? —Se puso de pie y lo miró arqueando una ceja—. ¿Acaso tienes a Donna escondida ahí? —añadió, bromeando con cierta malicia.
—Oh, vaya, que chistosa —respondió sarcástico, parándose frente a ella.
—Solo preguntaba, no te ofendas. Al fin y al cabo es tu prometida, ¿verdad? —continuó con aire desafiante, sin medir sus palabras pues la desinhibición provocada por el alcohol la empujaba a continuar hablando.
—Basta, Leanne. No quieres empezar con esto —le advirtió seriamente, cruzando los brazos sobre el pecho. Sabía que no era el mejor momento para discutirlo ya que ella no estaba en sus cabales.
—¿Por qué no?
—Estás completamente ebria.
Ella rió con amargo cinismo, resoplando después.
—Eres un cobarde —sentenció, volteándose en dirección al baño.
Ian la detuvo, sosteniéndola del brazo y haciéndola retroceder.
—¿Cobarde, yo? Bueno, venga. Si tanto insistes, hablemos ahora.
—Olvídalo, Ian —repuso, intentando soltarse del agarre, sin conseguirlo.
—¿Lo ves? Eres tú la cobarde. Siempre intentas evitarme y no quieres escuchar nada de lo que tengo que decir, pero sin embargo sigues mirándome como si yo hubiese sido el culpable de todo.
—Suéltame.
—¿Por qué no me respondes algo a eso?
—¡Suéltame! —exclamó, tirando su brazo con fuerza.
—Bah, haz lo que quieras —contestó, liberándola de su agarre y tumbándose de espaldas en el sofá, visiblemente cabreado—. Siempre acabas siendo la misma niña caprichosa.
Leanne se alejó unos pasos de él, pero se detuvo y quebró en llanto inevitablemente. Ian enseguida advirtió sus sollozos, y aunque quiso hacer caso omiso a aquel hecho no pudo evitar acercarse a ella. Se puso de pie y caminó hasta donde estaba, y aún a riesgo de que Leah lo rechazara, la rodeó con sus brazos por la espalda, escondiendo el rostro en su cabello.
—Déjame —gimoteó con voz apenas audible—. ¿Por qué me trajiste aquí?
—No iba a dejarte sola —murmuró él, cerca de su oído, sin separarse aún. El perfume de ella lo embriagaba hasta tal punto que pensó que podría mantenerse así durante el resto de su vida.
—Me dejaste sola cinco meses, Ian. Puedo sobrevivir —le espetó, apartándose y girando sobre sus talones para quedar frente a él.
Aquel comentario le fue como una puñalada en el pecho, y tuvo que armarse de valor para continuar inquebrantable.
—Tú fuiste la que me dejó.
—No hiciste nada por detenerme.
—Leah, tú rompiste mi corazón. ¿Qué se supone que hiciera?
—¡Te comprometiste con esa zorra ni bien puse un pie fuera de Remembranzas! —gritó con furia, mientras las lágrimas incontrolables empapaban su rostro.
—Sé que fue un error, Leanne. Lo asumo y lo siento tanto que ni siquiera eres capaz de imaginarlo. Pero ella juntó los pedazos de mí que tú dejaste. Me destruiste por completo con tu partida y Donna… no lo sé, maldita sea. Sé que fui un imbécil, pero ella solo… solo estuvo ahí. Y tú no, tú me abandonaste sin explicarme el por qué, acabando con todo lo que tenía sentido para mí.
—Si te abandoné lo hice solo pensando en tu bien y el de tu familia. ¿Acaso crees que fui feliz estando lejos de ti? Mi vida fue una tortura, Ian. No podía ni comer ni dormir, ni siquiera pensar con claridad. Solo quería que tú fueras feliz, pero que te comprometieras con ella fue para mí algo imposible de superar…
—No puedo comprenderte, Leanne. Según tú, querías que siguiera con mi vida, y fue eso exactamente lo que intenté hacer. No comprendo porque estás tan enojada. Sé que te fuiste por hacerme un bien, pero acabaste con ambos al tomar esa decisión. Leanne, no fuiste sincera conmigo. Podíamos haberlo conversado, podíamos haberlo solucionado de otra forma.
—¿Y dejar que tu madre muriera sin hacer nada?
—Eso no era tu responsabilidad.
—Ian, eras el amor de mi vida. No podía dejar que…
—¿Ya no lo soy? —le interrumpió.
Leanne vaciló, bajando la mirada.
Él volvió a acercarse a ella y levantó su mentón con delicadeza, haciendo que lo mirara.
—Leah, cariño, basta ya —susurró con voz débil, enjugándole las lágrimas—. Sé que te he hecho daño, y tú a mí, pero te he perdonado. Perdóname tú también, no puedo vivir sin ti.
—¿Eso es todo lo que te importa? —preguntó ella, obligándose a sostenerle la mirada—. ¿Qué te perdone para apaciguar tu intranquila consciencia?
—No, no tergiverses las cosas. Me importas tú.
—Pero no fue así cuando planeabas casarte con Donna, ¿verdad?
—¿A ti te importó destrozarme cuando terminaste conmigo? —inquirió él, con voz neutral, volviendo a cruzar sus brazos.
—¡Claro que me importó! —exclamó Leah, consternada—. Me importó hasta que me enteré que me olvidaste como si nunca hubiese existido, ¡comprometiéndote con esa ramera!
—Ya déjala ir, Leanne. Por el amor de dios, déjala salir de nuestras vidas de una vez por todas. Ella ahora está en la cárcel, donde siempre debió estar, y tú estás aquí, esmerándote en apuñalarme una y otra vez con mis propios errores. ¡Me equivoqué! ¡Lo siento! ¿Qué más quieres que haga? No puedo volver el tiempo atrás, Leanne. No puedo volver al día en que te marchaste y encadenarte a una silla para que no lo hicieras. Era tu decisión, no iba a obligarte a permanecer conmigo. Sé que debí detenerte, pero no lo hice, y es por eso que ahora estoy aquí intentando repararlo todo. Vine a buscarte porque te necesito y no quiero perder más tiempo. Deberías estar admitiendo que tú también me has extrañado lo que yo a ti, en vez de insistir en destruir con reproches lo poco que queda de esto.
 Leanne se cubrió el rostro con ambas manos, negando con la cabeza. Su cuerpo se estremecía levemente por sus sollozos, pero esta vez Ian no se movió. Sabía que estaba cerca de conseguir lo que quería, y también era consciente de que ya no había marcha atrás. Lo que sea que sucediera de ahora en más definiría el futuro de ambos, pues la última palabra la tendría ella.
—No puedo…—murmuró ella, con un hilo de voz—. No puedo asumir que estuviste acostándote con otra mujer cada noche en la cual yo me deshacía en lágrimas y culpa por lo que te había hecho. Pensando que nunca lo superarías, pensando que… —se interrumpió y resopló con ira, secándose las lágrimas bruscamente—. Ahora lo veo con claridad, Ian. El motivo por el cual me duele tanto es porque en el fondo siempre guardé la esperanza de que tú vinieras por mí. Acepté ese trato con Donna creyendo interiormente que tú no me dejarías marchar, pero lo hiciste y luego te fuiste con ella. Duele, porque pensé que no me olvidarías.
—No te olvidé. ¿Por qué crees que estoy aquí, Leah? ¿Por qué no dejas de pensar en Donna por un minuto e imaginas la gran vida que aún podemos vivir juntos? Tú también me lastimaste, Leanne, pero no vine detrás de ti para echártelo en cara. La herida que dejaste sigue abierta para mí, pero decidí olvidarlo porque te amo demasiado. Tú ni siquiera te has disculpado conmigo, y yo ya te he perdonado. ¿Por qué no puedes hacerlo tú también? Sí, sé que estuve con Donna y eso te atormenta, pero yo no te he preguntado a ti con cuantos hombres has estado. No quiero saberlo, no me importa. Me da igual si sé que aunque haya habido otras personas nunca dejaste de pensar en mí.
—¿De verdad crees que hubo alguien?
—Por favor, Leanne. No me lo hagas tan jodidamente difícil, ese no es el maldito punto —suspiró fuertemente, desviando la mirada—. Mira, Leah, yo te conozco, sé lo que intentas. Sé que estás probándome. Sé que me amas pero quieres que te convenza de que vale la pena volver conmigo. Muy bien, es una tortura para mí pero está bien, lo acepto porque lo merezco. Porque soportaría esto y mucho más aunque la única certeza fuera que al final vas a volver conmigo y superaremos de una vez toda esta mierda. ¿Y sabes qué? No importa. Dime lo que quieras si eso te ayuda a sentirte mejor. Suéltame en la cara todo eso que te quitó tantas noches de sueño. Grítame o insúltame, y acúsame de lo que quieras. Pero solo si al final vas a abrazarme y a decirme que me amas como antes.
 Ian volvió la vista a ella y la miró fijamente. Leanne lo observaba sin dejar de llorar. Algo había cambiado en su mirada, y él lo había notado. Sonrió. Por primera vez desde que había llegado a la ciudad sintió que finalmente comenzaba a agrietar la dura coraza que Leanne había forjado en su interior. 

 Bueno, la verdad no sé si seguirá alguien por aquí. No tengo excusas por haberme ausentado tanto tiempo, así que no pretenderé que quede alguien que aún esté pendiente de la historia.
Sé que el capitulo es larguísimo, pero lo debía y bueno, más nada. Continuaré la historia hasta el final aunque haya pasado mucho tiempo ya.
Y esta vez sí, hasta pronto.

7 comentarios:

Sofi-Ciel Errant- dijo...

¿Cómo puedes pensar que nadie lee tu novela? jajaja Linda, pase muchas veces por acá para ver si subias algo nuevo y no :_ Pero al fin!

Me alegro de leer de nuevo algo tuyo, sobre todo, porque a pesar de que fue largo, fue emocionante y tierno n.n

Me encanto la discución entre Ian y Leah, al fin logran sincerarse uno con otro, aunque Leah esté ebria jajaja
Me encanto la parte donde quería hablar con Sam, me hizo reír :P

Bueno, no tengo mucho tiempo para comentar,pero quiero decirte que tu novela sigue siendo genial y que me alegro que vuelvas y digas que vas a subir hasta el final, porque tenía miedo de que no lo hicieras :_
Gracias por pasar por mi blog,subo cada tanto porque ando sin tiempo y sin inspiración :S Pero sigo, sigo en blogger!

Abrazo y obvio que nos leemos, bienvenida de nuevo :3

TheWickedNightmare dijo...

Si vuelves también tus seguidores c:
Saludos

Luna Violeta dijo...

J O D E R
No me creo que estes de vuelta... y encima con este capitulo ¡Tremendo capitulo! Por dios, me dejaste emocionada hasta que vi el "continuara" ¡Ya no puedo soportar más, necesito saber que pasa con Leanne! Lo siento pero Ian se comporto como un verdadero idiota cuando penso que la pobre chica podria haber estado con otro. En serio me molesto mucho, y más aún querer presipitar todo entre ellos ¡mierda aún lloro por Dante y este viene queriendo componer todo como si nada hubiera pasado! Me gusto mucho mucho como escribiste la primera parte. ¿Soy yo.. o has mejorado tu manera de escribir?
Me encanta y estoy muy feliz de que hallas regresado!!
Un abrazo enorme y te espero aqui (más te vale aparecer porque tengo una bolsa con tomates lista en caso de ausencias...)

Marie C. dijo...

Eh, eh! Pero mira quien ha regresado!
Primero, había leído el capitulo desde que lo publiscaste y juro que había pensado que ya había comentado, malas jugadas de mi mente ._. Pero por meras meras volví a pasarme y ahora si comento!

CUATRO MESES? Desapareciste cuatro meses? Joder que eso si es mucho. Y tan solo mira, volviste y nosotras tambien lo hicimos! no te ibamos a dejar sola! Y menos con todo ese rollo que aun quedaba por resolver!

Sabes que me encanto? A pesar de esos cuatro meses sin saber nada de ti, no tuve que leer el capitulo anterior para saber de que venia este, recuerdo, y eso demuestra lo mucho que estoy enganchada con tu historia y lo mucho que me alegro de que hayas vuelto!

Y si, si, si! Me encanto que volvieras con todo y con este capitulo! Ahora recuerdo aun mas a dante y aun sigue el dolor, a Ian y siento una pequeña desesperación por saber que sucederá entre ellos.
Donna, cariño, ella se puede pudrir allá el la cárcel.
Y estoy segura de que el próximo capitulo estará aun mejor que este porque espero que leah hable, y que el hecho de que haya tomado no la haga quedarse dormida en medio del discurso que debe dar ._.

Y joder si! Que a mi también me ha encantado como escribiste cada cosa! es como si las vacaciones te hubieran hecho aun mejor, pero es que bah, desde el principio se ve que eres de las buenas, de las muy muy buenas
Si que si!
Besos guapa!
y espero ese hasta pronto

Anónimo dijo...

bueno te puedo asegurar qe yo sigo checando tu blog esperando con ansias qe subas capitulo nuevo
de verdad espero qe la termines porqe de verdad qiero saber el final

Carmen del Río Alonso dijo...

me encanta, acabas de ganar una seguidora más :).
el mio es: http://historiadeunamor12345.blogspot.com.es/
un beso.

あうり dijo...

¿Seguirás la historia? Porque recuerdo haberla encontrado por azar y empecé a leerla por curiosidad, poco a poco me enganché, pero dejaste de publicar tan seguido y dejé de leerte. No soy una fiel lectora y lo siento, sólo vengo a preguntar si algún día seguirás, porque es muy buena y creo que debería hasta ser publicada, de veras. Tienes talento para escribir.
Hoy me he pasado por el blog de nuevo a ver si ya la habías terminado, pero veo que no. No seguiré leyéndote hasta que no vea un final, porque sino me iré olvidando de la trama y tendré que releerme todo de nuevo infinitas veces y aunque no me importaría, no tengo el tiempo suficiente para hacerlo. Así que lamento ser egoísta en este sentido.

También siento haberte escrito tanto y que hayas tenido que leer tanto, si es que sigues por este mundo de blogger y todo esto.

En fin, nunca te comenté con esta cuenta, es más, creo que ni siquiera te comenté con alguna cuenta mía y que mis comentarios siempre fueron anónimos, pero que sepas que te leía.

A mí y a mucha más gente nos encanta lo que escribes, y seguiremos(o al menos yo seguiré) pasando por aquí para ver cuando nos darás un final a esta historia que tanto queremos.

Ahora sí que me despido, gracias por dejarnos disfrutar de un pedazo de tu arte.